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lunes, 31 de diciembre de 2012

2012 razones para brindar


Brindo por lo que fue, por lo que se entregó, sin dudas ni reservas, por lo que se arriesgó por un sueño. Muchas lágrimas se derramaron por rabia o dolor, pero, a pesar de todo, el camino continuó, dejando muchas cosas atrás, a veces demasiadas. Aún así, no había tiempo para permanecer tumbados y encogidos, así que nos levantamos e hicimos lo que mejor sabíamos, seguir adelante.

Brindo por todo lo bueno que permanece, por las promesas que se cumplieron, por las risas que se contagiaron, por compartirlo todo con las personas que mejor nos cuidan. Muchos recuerdos con los que siempre estuvieron se añaden a la lista de experiencias que nos han enseñado, un año más, a mirar a los ojos de los que nos rodean para darles nuestro calor.

Brindo por lo que cambió, por los descubrimientos, por los nuevos recuerdos que creamos y los que jamás olvidaremos. Brindo por los sueños que se cumplieron al despertar, por las manos que se estiraron para sostenernos y los brazos que nos rodearon con cariño. Brindo por las veces que, dejando atrás el orgullo, fuimos capaces de pedir perdón y dar las gracias.

Brindo por las preguntas que se encontraron con sus correspondientes respuestas, por los que aceptaron los malos momentos y le plantaron cara a la vida. No todos los momentos del 2012 fueron dulces, algunos nos llegaron con demasiada sal y otros sabían ligeramente agrios; pero los enfrentamos todos y triunfamos.

Brindo por todos los deseos que viajan en las estrellas fugaces, por todas las peticiones que vuelan en las pestañas y por todas las supersticiones que anuncian la buena suerte. Para que el 2013 venga cargado de más momentos inolvidables, de más retos que nos permitan superarnos, de más obstáculos que saltar y, sobretodo, de más gente maravillosa con quien compartir estos 365 días.

martes, 4 de diciembre de 2012

Carreras

¿Sabes? Yo nunca entendí bien en qué consistía eso de vivir. Una vez me dijeron que era simplemente caminar paso a paso y ser feliz. Pero, cuando empecé a andar descubrí que a mi alrededor todos corrían. Allí no ganaba el que llegaba, ni siquiera el que lo hacía el primero, el vencedor era el más veloz. Se acumulaban kilómetros recorridos por el placer de hacerlo, sin darles ninguna utilidad.

También pregunté qué era amar y me pusieron cientos de películas donde había besos y abrazos. Alguien decía a otro alguien "te quiero" y las palabras rebotaban unos segundos para desaparecer tras los créditos pero, ¿sabes qué? No encontré ni rastro de amor en ellas. Las miradas estaban vacías y las caricias no erizaban ni un solo vello.

Yo creo que esas dos cosas están relacionadas. Las prisas hacen que solo amemos con besos vacíos y fríos abrazos. No hay tiempo para entender, ni para rozarse la mano, las miradas no desnudan el corazón, sino los cuerpos. Los relojes llenan las salas marcando el poco tiempo que queda y la necesidad de invertirlo en continuar corriendo, de meta en meta, sin valorar lo que obtenemos.

Pero, de repente por algún milagroso motivo, aparece un obstáculo frente a nosotros que nos obliga a detenernos. Observamos a nuestro alrededor y caemos en la cuenta de que aquellas carreras no tienen sentido, no llevan a ningún lugar, solo cruzan y separan los caminos de gente que no repara en que no está sola. Y tras detenernos reanudamos el paso, esta vez mucho más lento, al mismo tiempo que saludamos con la mano a aquellos que siguen circulando veloces frente a nosotros.

Y resulta que entre aquellos corredores descubrimos a un amigo, a una amiga, a alguien con el que compartir películas o escuchar música, y volvemos a correr. Pero, esta vez no lo hacemos solos, ni sin sentido. En esta ocasión disfrutamos del aire que refresca nuestra cara con la velocidad, sentimos en nuestro corazón el calor de la mano que nos sujeta y nos detenemos a saborear las metas. Esta vez vivir y amar tienen sentido.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Todavía


El tiovivo comenzó de nuevo a girar. Las luces tintineaban pasando por todos sus matices de brillo y color; primero blanco, un descanso, y, posteriormente ese amarillo que dominaba frente al azul de la plaza. Los caballitos, retenidos siempre en la rotación del juguete, se movían al son de una melodía que parecía sacada de una caja de música. No había demasiada gente, esos ya no eran tiempos de tiovivos.

Ella contemplaba la escena. Acababa de llegar ataviada con su mejor vestido, su pelo caía sobre sus hombros en suaves ondas que tardó horas en modelar, el rubor del que llega tarde iluminaba sus mejillas bajo su discreto maquillaje.  Se detuvo al lado de la fuente que dividía la plaza mientras observaba el elemento extraño. Un gran árbol de Navidad se erguía firme frente a ella, luchando por ensombrecer la belleza del tiovivo. Decenas de pequeñas bolas abrigaban sus ramas, cintas de los más bellos colores sobresalían entre el verde y cientos de pequeñas bombillas de colores brillaban repartidas por toda su estructura.

Se le vino a la cabeza el árbol de su infancia, el que tantas veces montó con su familia, el que se llenaba de bolas hechas por su abuela, el que, con el paso de los años, fue perdiendo sus hojitas de plástico hasta parecer una sencilla rama. Las imágenes de los regalos y los Villancicos junto a sus seres queridos iluminaban sus ojos mientras observaba la estrella que coronaba el árbol.

Ella se detuvo junto a aquel gigante de colores, no se le ocurría mejor sitio para esperar.  Pero los minutos pasaron y el suave viento despeinó sus cabellos. Su palabra favorita siempre fue "todavía". Para ella era como decir "aún no, pero espera un poco y verás cómo sí". Quizá en aquel momento fuera la mejor palabra, la que le hacía aguardar un poco más.

Pero el tiovivo se apagó y la gente fue vaciando la plaza. Solo quedaban unos cuantos rezagados y ella, con su vestido arrugado junto a su árbol. El frío había hecho que el rubor que antes coloreaba sus mejillas, se pasase a su nariz. Sus rizos se habían abierto en mil cabellos encrespados por la humedad y las lágrimas se deslizaban entre los surcos negros de su maquillaje.

Su "todavía" no había funcionado y un "no pero no" lo había sustituido. Era el momento de irse a un lugar donde la esperaran a ella. Y así, en silencio, como había llegado, se fue caminando lentamente, pero sin mirar atrás. Después de todo probablemente sí que había sitio para su palabra mágica: "todavía no es el momento, pero aguanta un poco más y verás cómo llega".

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Deseos de cosas imposibles


Pedimos deseos a las estrellas fugaces, a las velas de la tarta de cumpleaños, a los tréboles de cuatro hojas… Cerramos los ojos y los apretamos muy fuerte, intentando retener la magia en nuestro interior; pero ésta se escapa por nuestras pestañas y se derrama con nuestras lágrimas, milímetro a milímetro, dejando un rastro que brilla durante unos segundos hasta extinguirse por completo.

El tiempo pasa y los deseos no se hacen realidad. La poca esperanza que nos queda la depositamos cada noche en nuestra almohada y pensamos: "Mañana va a ser un día mejor". Lo repetimos hasta que nuestro anhelo se mezcla con un sueño en el que, efectivamente, cada minuto supera al anterior. Al despertar, esa magia moja nuestro rostro e impregna nuestras sábanas pero permanece en la cama, fuera todo es igual.

Con la estela de la estrella pedimos que nos quieran locamente y, en cambio, nos encontrando amando sin medida a alguien que no sabe que existimos. Soplamos pestañas y dientes de león, saltamos las hogueras de San Juan, nos sentamos frente al Año Nuevo  ocultos en prendas rojas… Deseamos, rogamos, suplicamos y nada, el responsable de hacer realidad los deseos parece que estaba a otra cosa.

No es cierto eso que dicen que el más feliz es el que menos necesita. El ser humano más dichoso, sin duda, es el que menos desea, el que se encuentra cada día a sí mismo en el espejo y se sonríe, el que acepta la noche como parte del día, el que adora los minutos de sesenta segundos, el que aprecia lo que tiene por encima de lo que podría poseer. Un hombre feliz es aquel que no desea nada que no pueda conseguir por sí mismo.

Mientras, el resto de mortales seguimos acumulando deseos en las velas de la tarta. Los albergamos unos segundos en nuestros pulmones, nos llenamos de ellos y luego los expulsamos, de manera que el fuego se extingue con ellos. Quizá ese es el problema, que los echamos de nosotros mismos demasiado pronto, intentando cargarle a otro la tarea de hacerlos realidad.

Escribo el último mensaje del día: "que todos tus deseos se cumplan", lo espero de veras. Y sin más, hoy me voy a la cama, puede ser que mis deseos de hoy no se realizasen pero me acuesto susurrándole a mi almohada eso de "Mañana va a ser un día mejor".

miércoles, 14 de noviembre de 2012

14.11.2012


Derramó toda la leche sobre la cocina, las manos le temblaban de nerviosismo, de rabia. Su cara no había conseguido recuperar su color original, sus preciosos ojos verdes se emborronaban detrás de un velo de humedad, el corazón había emprendido una carrera infernal y él no conseguía detenerlo.

No entendía qué había ocurrido. Había vuelto a ver esa sonrisa justo en el momento en el que necesitaba tenerla más apartada. Los ojos de ella le habían mirado directamente a los suyos, desnudándole, dejándole expuesto. El contenido de su pupila había cambiado, ya no había amor allí dentro, ni cariño, ni siquiera compasión por él, estaban congelados, vacíos, con el brillo del dolor. Pero su sonrisa, siempre tan abierta al mundo, era feliz sin él.

Tiró la taza enfadado. Llevaba demasiado tiempo esperando aquel momento, intentando demostrarle que aquel libro que comenzaron juntos había escrito su puto final hacía mucho tiempo. Nunca se preparó para aquella sorpresa, no esperaba verla tan contenta, no contaba con su indiferencia y, mucho menos, espero su olvido.

A su favor sabía que él también lo había hecho bien. Ocultó el torrente de emociones tras palabras vacías, miradas ausentes y distancia, mucha distancia. Pero, todo aquello le pasó factura, se sentía perdido como unos mese atrás. Necesitaba gritar que no todo estaba bien, pedir opinión, consuelo, pero no podía hacerlo. El tiempo de hablar se pasó y el de actuar  huyó, ahora era el momento de asumir, no se merecía llorar.

Recuperó la calma y, poco a poco, la rabia se fue disipando. Era consciente de que, en unos días, la tranquilidad volvería a su vida. Le hubiera gustado pedir perdón por tantas cosas que sabía que había hecho mal pero ya no había tiempo. Debía ser justo con ella, por una vez, y no remover la basura. Ella le había concedido su espacio y era el momento de devolverle el favor, de dejarla marchar.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Madrid


Como en el cuento del Mago de Oz conseguí aparecer justo donde necesitaba solo con golpear tres veces los talones de mis zapatos. Allí estaba todo el mundo, dispuesto a detenerse un segundo para mirarme, para preguntarme, para sentarse a conversar. Vi muchas caras familiares y las sonrisas que más me gustaban se volvieron a abrir para mí.

Me senté frente a lo que tanto miedo me había dado encontrar y descubrí que, aquella sombra que parecía amenazante desde la cama, era solo el reflejo de un jersey mal colocado en la silla. Me enfrenté a miradas vacías y otras que, no llegaba a comprender: rencor, cansancio… Pero el hielo de aquellos ojos no tuvo nada que hacer contra el calor de mi felicidad.

Caminé por las calles de esa ciudad, enamorándome de nuevo de ellas, reconciliándome con cada pedazo de cielo nublado. No hubo tiempo para la nostalgia, había demasiado que contar y muy poco tiempo para hacerlo. Todos habíamos continuado adelante y eso, más que nunca, era algo que compartir.

Y todo lo que me había preocupado entonces no estaba, no había resto de las malas sensaciones. Me alegraba tanto de verlos a todos, de abrazarlos y volver a sentirme parte de todos esos lugares y personas. Echaba tanto de menos esos detalles del día a día, el sonido de su risa, el tacto de sus manos, la candidez de su voz.

Al volver, sentí que, por desgracia, el tiempo no se había detenido en el momento en el que yo me fui. Pero eso no fue nada malo, las personas avanzan y encontré a cada uno de ellos allí, dispuestos a contarme sus proyectos, sus ilusiones, los cambios que estaban experimentando. Era raro estar allí pero todo parecía como entonces, mejor dicho, casi todo.

Ahora es el momento de volver a decir "hasta luego", esta vez por un rato más corto. Regresar a mi burbuja, con las pilas cargadas, deseando vivir mil experiencias más para contar a la vuelta. Esta vez me voy tranquila porque sé que aquí me esperan a la vuelta y que, allá donde me dirijo, están aguardándome con los brazos abiertos.

sábado, 13 de octubre de 2012

Paseo de domingo


Un beso en la frente al despertar, un zumo de naranja por la mañana, un rayito de sol que se cuela a través de las cortinas. Día de domingo, como los antiguos, paseo tranquilo, contar historias, reír de todo. Sentarse un minuto y tomar aire, sin esperar, sin que nadie espere. Subir una cuesta, quedarse sin oxígeno y reírse por lo complicado que resulta hablar.

Dejar la gran avenida, callejear, encontrar sin buscar. Un edificio señorial, una fuente escondida, un jardín de hadas… ¡Cuántas fotos que tomar! Capturarlo todo en la cabeza y continuar. Tropezar y casi caer, podía haber sido un gran golpe, pero, en esta ocasión el centro de gravedad no ha fallado.

Los pájarillos pían entre las ramas de los árboles, poniendo banda sonora al paseo, escondidos. La brisa que refresca la cara, escalofrío y sol de nuevo, reconfortante calor. Huele a lilas, a lavanda, primavera, cabellos que aún se agitan, chaqueta anudada en la cintura. Pequeña carrera por alcanzar algo y verlo volar.

Sonrisa anclada en un rostro, pompas de un regalo de cumpleaños que se elevan flotando a un sitio muy muy lejano. Soñar despierto y caminar, niños jugando, madres paseando y, no muy lejos, un río que fluye lento y ajeno a todo. Aire puro que limpia los pulmones solo con rozarlos.

Regresar, pero por otro camino para ver más casas, jardines y gente diferente. Es la hora de comer casi, huele a tortilla, paella, cebolla pochada y cocido. Decenas de abuelas preparan la comida del domingo a sus nietos. Flanes y natillas esperan en las neveras para ser probados por familias enteras. Sonreír una vez más, gran mañana de domingo.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Llego tarde

Son esos días en los que parece que no va a ocurrir absolutamente nada los que se convierten en importantes. Mañanas que apagas el despertador, que corres a coger el metro maldiciendo con todas tus fuerzas la hora, el clima, la aglomeración... Son días a los que no les pides nada y te lo dan todo.

Hoy te despiertas y miras el reloj, llegas tarde, otra vez. Te levantas y tropiezas primero con esto y luego con eso. ¿Quién dejaría esas dos cosas allí anoche? Tú. Te vistes lo más rápido que puedes, poniéndote lo primero que encuentras. No prestas atención a tu pelo, total, nadie va a verte hoy. Sales, corriendo, sin desayunar, solo pensando en no llegar demasiado tarde.

Pierdes este metro y no llegas a tiempo al transbordo. ¿Por qué apagarías el desperador? Corres por la calle y sabes que la ducha de anoche no sirvió de nada, ya estás sudada otra vez. De repente, frenas en seco y tomas un paso más lento y asequible. Has decidido que hoy te van a esperar.

Miras los escaparates, te detienes en esa cafetería en la que nunca entraste y compras esa palmera de chocolate que tanto te apetece. Lees en el periódico que llega una ola de frío y te ríes, habrá que encender la calefacción. Cambias sacarina por azúcar, hoy los kilos de más no deben suponer un problema.

Pareces feliz. Él te sonríe desde la otra mesa y tú también a él, muy tímidamente, encauzando ese mechón de pelo que se escapa, agachando la cabeza. Torrente de emociones que creías olvidadas y ni siquiera ha amanecido. Os saludáis y comenzáis a hablar como si os conociéseis de toda la vida y continuáseis una conversación ya iniciada. Todo va a ir bien.

Tan temprano que todavía no ha salido el sol y ya has aprendido otra lección. Has entendido que, a veces, es mejor no esperar nada, pierdes mucho tiempo mientras aguardas ese o aquel momento. Relojes que avisan del paso del tiempo y despertadores que nos clavan a la realidad. Pero la vida es más sencilla, simplemente hay que dejar de ver para comenzar a mirar.

jueves, 4 de octubre de 2012

No te arrepientas



Con el viví millones de primeras veces y momentos inolvidables. Me sentía tan querida cuando me rodeaba entre sus brazos… Y me preguntas que si me arrepiento. ¿Cómo me voy a arrepentir de la felicidad absoluta? Jamás cambiaría ese nudo en el estómago que sentía al verle, la manera en la que mis labios se tornaban en sonrisa solo con imaginarle, el escalofrío al sentir sus manos.

Escucha pequeña, la gente piensa que siempre fui así. No imaginan que un día amé, me sorprendí, me entregué cuanto pude y, aún así, me rompieron el corazón.

Mi padre solía decir que un pesimista es un optimista con experiencia, pero quizá le faltó añadir eso de "con mala experiencia". Por eso soy así, entiéndelo. Le pedí al amor mucho, demasiado, y éste me lo concedió en todo su esplendor pero no el tiempo suficiente.

Tal vez se confundió en los ingredientes como ese que equivoca la sal con el azúcar en su pastel de chocolate. Es probable que no mereciera más, pero es muy difícil ver cómo se derrite el hielo en tus manos sin poder mantenerlo congelado.

Por supuesto que el amor existe, cómo no va a hacerlo, yo lo he sentido pequeña. Es el sentimiento más aterrador de todos, te destroza y te sana, te ilusiona y te desespera. Es como sentir calor y frío al mismo tiempo, como estar cansado y querer seguir corriendo.

¿Has hecho alguna vez cola para montar por primera vez en una montaña rusa? Son esos nervios por descubrir qué se siente, el miedo por no saber si esa máquina es segura y la ilusión de ser valiente, de atreverte. Así empieza el amor. Justo cuando te sientas en esa atracción te arrepientes durante un segundo y te quieres bajar. Después viene lo bueno: el vértigo, el mareo, las risas y, al final, la euforia, como meterte en una batidora, la mejor batidora del mundo.

No sé si el amor desaparece o, por el contrario, se queda ahí para siempre, en el recuerdo de lo que un día fue. Pero, ten en cuenta, que el amor no es solo pasión. Es sentarte a descansar en un banco o tomarle la mano en un paseo. Necesitas coger aire, oxigenarte y continuar luchando, porque el amor es una sucesión de batallas por pelear.

Y sí, pequeña, el amor es pura contradicción: es la cuerda más fuerte que te ata a alguien y, a la vez, el hilo más frágil. Nada da a una historia garantías, ni el tiempo, ni la proximidad, ni la experiencia. Pero tranquila, es suficiente con que lo sientas una sola vez para dar sentido a todo lo que nunca lo tuvo. Y, te preguntarás: cuando termina, ¿qué pasa? Será mejor que lo descubras tú misma, aunque prepara muchas tiritas.

Pequeña, estoy poniéndome muy filosófica, derribando muchos muros que construí hace tiempo. Solo quiero que entiendas que hay dos caminos, uno difícil y otro que, bueno, es menos complicado. Amar no es sencillo ni tiene manual, es algo que se aprende con golpes, es duro pero reconfortante. No querer tampoco es un camino de rosas. Duele estar al margen, no implicarte, sentir miedo a cada paso. Todo un sendero para acabar solo y sin una vida que vivir.

Yo elegí amar, entregarme por completo y fracasé. Dolió mucho, no imaginas cuánto, pero no me arrepiento, creía firmemente en todos mis actos. Ahora es tu turno, vive, sueña y cumple tus sueños, enamórate y, sobretodo, no te arrepientas de nada.

lunes, 1 de octubre de 2012

Certezas


Una certeza es todo aquello de lo que se tiene un conocimiento claro y seguro. Es algo cierto que tras  la noche viene el día, que el fuego quema, que mi corazón está latiendo. Pero, ¿qué pasaría si, de repente, mañana no amaneciera? ¿Quién nos asegura que el agua mojará eternamente?

Cada día nos abrazamos a millones de pequeñas certezas. Confiamos que las personas que están hoy se quedarán mañana, que nuestros amigos son de verdad, que nuestras parejas lo van a ser eternamente. Damos por seguro todo lo que dura más de un segundo y, cuando menos lo imaginamos, las certezas nos muestran su cara más aleatoria.

Las certezas cambian con el tiempo. Cuando éramos pequeños nos parecía indudable que, si metíamos la pata, nuestros padres repararían los daños. Ahora la seguridad es que si nos equivocamos habremos de aceptar las consecuencias de la decisión que nos condujo a errar.

Y así damos por supuestos nuestros años, colocando ladrillos de cartón en nuestras vidas. Y, sin previo aviso, un día, una tormenta derriba sin miramientos nuestra casa. Nosotros solo podemos contemplar cómo los muros se reblandecen y los cimientos se derrumban. En ese momento las mayores inseguridades se convierten en realidad. En ese momento, las certezas son un puñado de papel mojado.

Aún cuando se nos ha demostrado que no hay nada completamente seguro seguimos sin comprender qué falló, qué parte del plan no salió bien. Probablemente no nos damos cuenta de que los pequeños detalles son los que definen las cosas más grandes, esa cara B que no nos molestamos en explorar, esa gente a la que no tenemos en cuenta. Y es que solo miramos lo que queremos ver, lo que nos resulta más sencillo, lo que nos gusta contemplar.

Sócrates dijo: "yo sólo sé que nada sé". Cuando pasa el tiempo la experiencia nos demuestra que certeza y duda no son términos tan diferentes, que se implican, que son como dos amigos que intercambian sus ropas. En ese momento no damos nada por supuesto, esperamos las consecuencias, sean cuales sean. 

domingo, 30 de septiembre de 2012

Dejarse sorprender

Ella peina su pelo frente al espejo con esa mirada que a él tanto le asustaba. Eran los ojos de la determinación, de las decisiones tomadas, de asumir consecuencias. Pintó su pelo de dorado para esconder aquello que le daba miedo, cambió sus vaqueros por faldas y los tacones elevaron sus pies.

Dejó todo atrás y corrió dejando la puerta de par en par. Nunca echó la vista atrás para ver lo que dejaba  abandonado y, tal vez, por eso no reparó en aquel que la despedía con un pañuelo, aguardando a que ella cumpliese sus sueños.

Ella corrió y jamás se detuvo. Vivió, buscó y no encontró y, cuando ya estaba tan cansada que no era capaz de sentir sus extremidades, volvió. Recuperó el color de sus cabellos y su brillo, desempolvó sus viejos pantalones medio rotos y, tras curar las ampollas de los pies, volvió a calzar sus viejas zapatillas.

Se sentó en la orilla del mar mientras observaba como las olas chocaban contra las rocas. No entendía en qué se había equivocado ni qué había hecho mal. Se preguntó por qué había fracasado a pesar de intentarlo con tanto esfuerzo. La soledad era más dolorosa después de haber luchado durante años por evitarla.

Entonces, una mano se enredó en su pelo y, antes de que pudiera girarse, cubrió sus ojos. Ella notó su tacto duro y familiar, eran las mismas manos que recordaba. Se giró y le vio allí, sonriendo como lo había hecho antes. Algunas arrugar nuevas surcaban su rostro y su pelo había comenzado a vestirse de gris. Sus miradas se cruzaron durante un instante eterno y entonces ella lo comprendió: él era lo que había buscado sin éxito. Siempre había estado allí.

A veces, nos empeñamos con todas nuestras energías en buscar algo, en cumplir nuestros sueños. Nos frustramos cuando las cosas no salen como querríamos y nos da rabia no poder estirar un poco más el brazo para alcanzar nuestras metas. En ocasiones, golpeamos nuestra cabeza mil millones de veces contra el mismo cristal esperando poder atravesarlo y solo desistimos cuando el mareo y los chichones nos derriban. De vez en cuanto, nuestros deseos de descubrir más allá hacen que no reparemos en lo que nos rodea.

Puede ser que esas veces haya que sentarse y dejar de buscar, no presionarse más, no golpearse contra un vidrio que no va a ceder. No siempre hay que buscar para encontrar, algunas cosas ocurren solas, sin motivo, cuando menos las esperamos y nos sorprenden de una manera que no podíamos imaginarnos. Después de todo, la vida es un poco eso, dejarse sorprender.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Mariposas


¿Alguna vez has sentido esa mano que, con sumo cuidado, aparta un mechón de pelo de tus ojos? Un escalofrío recorre tu espalda y se instala en tu estómago y te hace sonreír mientras tus mejillas se tiñen de un rosa intenso. Una vez que esa ilusión entra en ti no puedes hacerla desaparecer y piensas en ese pequeño gesto cada minuto del día.

Después de eso tus días se basan en recordar aquella conversación con él, buscar el significado oculto detrás de esas palabras que te dijo y, cuando por fin le ves de nuevo, huir despavorida por miedo a que note que algo en ti a cambiado. Contemplarlo, a veces, sin que lo note e imaginar que vuelve a rozar tu cara con su cálido tacto.

Es la sensación de estar sentado en un acantilado con los pies colgando hacia un mar que resuena, amenazador, algunos metros por debajo. La seguridad que da tener la tierra bajo tu trasero y, a la vez, ese nudo en el estómago por contemplar un paisaje tan bonito con medio cuerpo colgando. Saber que puedes caer en cualquier momento y aún así permanecer allí, con el aire en la cara.

Cada día que amanece es un nuevo día de verano que calienta tu vida cuando el otoño ya se ha instalado y pretende quedarse. Es una estrella fugaz que brilla en un día soleado y una gota de agua tras una semana en el desierto. El corazón, que parecía llevar siglos dormido, despierta y acelera y frena a su antojo y, misteriosamente, eso te hace feliz.

El ruido llena lo que hasta no hace mucho eran silencios. Bandas sonoras ponen música a tus días. Alguien pincha risas enlatadas, aplausos y onomatopeyas a cada paso que das. Velocidad, los días parecen tener menos horas que de costumbre y solo unos pocos de esos minutos tiene ya sentido.

¿Alguna vez has sentido esa mano que, sin pensar en las consecuencias, te acaricia una mejilla mientras nota como se ruboriza al hacerlo? Entonces estás perdido. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Now, I'm here


Ocurre, en ocasiones, que te embarcas en un viaje. Preparas la maleta poniendo mucha atención de no olvidar nada. La llenas de ropa, zapatos, libros y recuerdos y, a veces, no eres capaz de cerrarla. Revisas la lista de cosas que tienes que llevar contigo una y mil veces y, tras comprobar que todo está dispuesto, echas el cerrojo.

Pasas horas de tren en tren, cogiendo autobuses, aviones y coches y justo cuando llegas a tu destino te das cuenta. Has pasado horas preparando tu equipaje, controlando cada objeto que introducías en él, escribiendo millones de listas y, después de todo, no ha servido de nada, lo has olvidado.

Llevas tu mejor vestido, las últimas botas que compraste, el DVD de tu película favorita, una foto en blanco y negro con esa persona que tanto significó para ti. Has llenado tres maletas pero, ¿de qué te sirve todo eso si, al fin y al cabo, no has cogido lo más importante?

No recordaste meterte a ti mismo, te olvidaste de guardar tu sonrisa más sincera, tu mejor mirada, tu caricia más reconfortante. No cogiste esa frase que hacía que todos se rieran, ni ese gesto que a él le ponía tan nervioso. Dejaste atrás tu color de pelo, tus pasiones y tus aficiones pensando que no había hueco para ellas entre los zapatos de tacón y el maquillaje.

Hay veces en las que te embarcas en un viaje sin entender muy bien el por qué, lo único que sabes es que tienes que irte. Avanzas con miedo de que no haya nadie para recibirte en ese nuevo lugar. Cambias, escondes tu cara tras tus manos y, de repente, al llegar, descubres que te han estado esperando.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Cortando hilos


La bailarina que giraba en la caja de música se detuvo por fin. Ya no había ningún ruido en la sala, la luz del sol se había extinguido, la oscuridad y el silencio lo habían cubierto todo bajo su manto. Solo quedaban algunos objetos, quizá olvidados, quizá abandonados a propósito por unos dueños que habían partido con todos sus recuerdos a cuestas.

Una blusa sobre la cama mostraba una mancha seca de vino que, por mucho que ella lavó, jamás se fue. Parecía que aquella forma granate se atrincherase en la camisa para atormentarla y hacerle recordar algo que estaba destinado a ser olvidado. Un frasco de colonia  casi lleno permanecía sobre el mueble, un olor capaz de atraer la mala suerte, o eso creía ella. Un atrapasueños que fue incapaz de alejar las pesadillas, una frase que se convirtió en un lema y un mechero que encendió sus ilusiones permanecían también en su habitación ya vacía.

En el cuarto de él las cosas eran diferentes, había dejado más objetos atrás. Sobre la mesa un reloj que se había detenido al marcar las dos. En la pared, colgado, un calendario del mes de mayo con todos los días contados. Fragmentos de cristal brillaban amenazadores en el suelo, parecía que alguien había arrojado algo con fuerza hasta conseguir que se rompiera. El armario estaba medio abierto y en su interior una corbata gritaba a su camisa que se encontraba en otra percha. Todo lo demás estaba tirado aquí y allí: un frasco vacío se asomaba desde un cajón, un colgante se balanceaba en el picaporte y un pequeño llavero brillaba junto a la pata de la cama. Parecía que él había torturado a aquellos objetos antes de dejarlos.

El resto de la casa estaba completamente desierta pero, al llegar a la puerta, tirada en el suelo permanecía la marioneta que el padre de ella le había regalado. Alguien le había cortado los hilos y ahora parecía un vulgar muñeco antiguo. Quizá fuese él, nunca le gustó aquel muñeco que requería que alguien lo moviese en el aire. Tal vez fuera ella, por error, al intentar desenredar un nudo. Puede ser que fuese el tiempo el que desgastó las finas cuerdas.

En el jardín la hierba se comenzaba a secar, la manguera se enroscaba en una esquina mientras una hilera de hormigas trepaba por ella. El columpio que había albergado tantos juegos y risas se había detenido, el agua se evaporaba en la fuente, la pequeña estatua sonreía irónicamente desde una esquina.

Una lágrima cayó rodando de los ojos de aquel testigo que no creía posible que aquello hubiese ocurrido. Otra gotita tímida siguió la carrera de su amiga hasta que la mirada se le nubló completamente. Una pequeña pelota amarilla golpeó su tobillo, que se interponía en su juego. La tomó y vio que sonreía y entre lágrimas comprendió que, quizá solo se trataba de eso, de sonreírle a los malos momentos, de sacarles la lengua, de perdonar, de dejar atrás, de abrazarse a la esperanza, de sembrar ilusiones, de llorar de la risa, de tender la mano, de guiñar un ojo. Pero, sobre todo y a pesar del dolor, se trataba de haber querido tanto como ellos lo habían hecho.

domingo, 19 de agosto de 2012

Para todos


No te olvides de esos secretos en forma de notita, ni de los abrazos que lo sanaban todo. Recuerda esas risas por teléfono y los silencios que decían más que las palabras. Las cenas cuando todo el universo se desmoronaba a nuestro alrededor y las confesiones escondidas entre aquellos árboles. No te olvides, por favor, de los años.

Acuérdate de las veces que nos cruzamos en aquel lugar sin decirnos nada y cómo, de pronto, surgieron mil conversaciones bajo una manta. Ten presentes los recuerdos, esos que yo me llevo encerrados no solo en mi cabeza, sino también entre esas páginas. Recuerda las rabietas que juntas superamos. No te olvides de la fuerza de voluntad.

Guarda en tu corazón las lágrimas, las de felicidad y las de tristeza, y continúa aprendiendo con ellas. Conserva las palabras que flotaban sobre tu cabeza de madrugada, cuando solo tenías ganas de dormir. Recuerda la confianza que pusiste en mí cuando ni siquiera yo la tenía, las cartas, los regalos por sorpresa. No te olvides de que el norte no se mueve de su sitio.

Protege en tu memoria los viajes en tren, las confesiones entre botellines, las risas al descubrir nuevos horizontes. Recuerda los paseos por Madrid, el Palacio, el arpa... Retén en tu corazón las charlas, las fiestas... Todo tenía banda sonora de reggaetón, en el coche, las tres comiéndonos el mundo. No te olvides de que hay un lugar en el que cada uno encaja perfectamente.

Recuerda que, a veces, es mejor escuchar que hablar, ser aconsejada que aconsejar, parar que continuar. Mantén a salvo esas ocasiones en las que aprendimos que un grito lo sanaba todo, que no has de llorar por quién no se merece tus lágrimas, que hay personas que esconden en su interior cosas más valiosas de las que muestran. No te olvides de que todos somos necesarios.

Acordaos de que la victoria es del que lo intenta, que tras la carrera el atleta sigue corriendo. Recordad que el tiempo no se detiene pero, que ni las agujas del reloj son capaces de borrar la memoria. Conservadlo todo bien guardado y, mientras, yo me llevaré conmigo un pedacito de cada uno de vosotros para teneros siempre en mi corazón. No os vayáis, vivid, sed felices pero esperadme a la vuelta.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Una historia en color sepia

Una canción que se repite continuamente en el reproductor como si el tiempo se hubiera estancado en aquel instante para no volver a correr. Un reloj que, por cada segundo que marca hacía delante, retrocede dos. Una taza de café que se enfría sobre la mesa, cerca de una carta arrugada.

Él contempla la calle por la única ventana que da al exterior. Cientos de edificios cubren el horizonte. Pero su mirada se encuentra más allá de aquel barrio, de aquella ciudad, a muchos kilómetros de allí. Su mente viaja entre esos recuerdos felices que creyó haber escondido bajo llave, junto a su conciencia, para que no le molestasen más.

Piensa en aquella foto que nunca se atrevió a destruir, aquel olor que jamás se esfumó del todo, aquella camiseta que no se volvió a poner. ¡Qué vivos brillaban los recuerdos ahora y cuánto daño hacían! Nunca consiguió derramar una lágrima, se lo prohibió a sí mismo, quizá por orgullo o, tal vez, por miedo. Le aterraba la idea de reconocer que algo así había ocurrido y le daba aún más miedo pensar que se había acabado para siempre.

Durante toda su vida había evitado las despedidas, decir adiós no entraba en sus planes, él vivía el presente. Cambiaba a la gente de lugar como se hace con los cuadros, sustituyendo a unos por otros para llenar los huecos que dejaban al marcharse. Creía que correr era de cobardes y así había vivido, sin mover un solo músculo para luchar por sus sueños.

Se acordó de cómo, en esa época, aprendió de nuevo a madrugar, a distinguir todos los matices de gris, a valorar lo que le habían regalado, a sentarse únicamente el tiempo necesario para tomar aliento. Todos estos pensamientos no le tranquilizaban ni le hacían más feliz, solo aumentaban el nudo en la garganta que empañaba sus ojos después de mucho tiempo.

Él, el hombre de hielo, abandona por primera vez en horas su lugar junto a la ventana y se dirige al armario. Allí, bajo un montón de ropa destapa una caja que, al igual que había hecho con sus recuerdos, enterró para olvidar. Mientras la abre, mil palabras acuden a su cabeza y se ordenan en frases que debió pronunciar, en sentimientos que debió expresar, en un "lo siento" que jamás consiguió decir.

El contenido de la caja estaba frente a sus ojos, intacto. El tiempo parecía haberse detenido también en aquellos objetos. No había polvo sobre ellos ni nada que indicase cuánto llevaban allí guardados, ni siquiera él lo sabe ya. Ahora mismo no consigue recordar por qué motivo los escondió como si debiera avergonzarse de ellos. Tampoco sabe por qué razón se enfadó tanto al recibirlos, probablemente no fueran gran cosa pero estaban hechos solo para él.

Entre tanto dolor liberado le resultaba curioso pensar lo que había desatado el torrente que le hizo recordar. Visitar de nuevo ese lugar, en esta ocasión en otra compañía; escuchar las mismas palabras, esta vez procedentes de otros labios o leer otra vez esa máldita carta. Quizá fuera el destino en el que había dejado de creer el que le guardaba un golpe maestro, como si pretendiese vengarse de su falta de fe. Tal vez, era la manera de mostrarle que se había golpeado con el suelo.

Vuelve a su ventana, esta vez con la caja y se sumerge en el color amarillento de la habitación, el sepia de las películas antiguas. Se ha dado cuenta de que, sin quererlo, ha despedido a alguien al que jamás deseó decir adiós. Aquello no le alivia, pero también sabe que después de cada despedida llega el momento de añorar al que se marcha. Hoy él, después de mucho tiempo, ha aprendido a echar de menos.

lunes, 13 de agosto de 2012

Preguntas

¿Alguna vez has escuchado el silencio, has subido únicamente por el placer de bajar, has apretado una mano con fuerza para sostener el cuerpo que hay detrás? ¿Has sido capaz de responder con un monosílabo una pregunta llena de matices? ¿En alguna ocasión has olvidado algo que te hicieron recordar o rompiste una promesa que juraste cumplir? ¿Te equivocaste y no supiste rectificar?

Me gustaría saber si lograste contemplar algo por el placer que te daba verlo o si tomaste tus decisiones por "hacer lo correcto". Quisiera preguntarte si te justificaste en el amor, si pudiste estar seguro de que no ibas a fallar, si rodeaste a alguien entre tus brazos porque tú mismo necesitabas un abrazo.

No puedo irme sin que me digas si alguna vez besaste con la cabeza o perdonaste cuando te tocaba pedir perdón. Necesito saber si echaste de menos, si compraste un regalo porque te hizo sonreír o si cortaste una margarita para deshojarla después ¿Te sentaste en el suelo cuando te dolían las piernas?

¿Alguna vez te diste cuenta de que aún era pronto, escribiste mil veces unas palabras para luego borrarlas, miraste un objeto sin decidirte a actuar? ¿Nunca te aferraste a algo por la persona a la que te recordaba o modificaste tu rutina sólo para variar? ¿No cambiaste de parecer en el último segundo o te dejó de gustar una camisa que adorabas?

¿Has esperado alguna vez el final solo por ver la segunda parte, has gritado por no llorar, has cruzado los dedos detrás de tu espalda? ¿Conseguiste sonreír al recordar aquella anécdota que creías olvidada? ¿Susurraste porque pensabas que así las palabras tenían más valor o desapareciste porque creías que era necesario? ¿Te llegaste a dar por aludido?

Y por último, ¿alguna vez tuviste una sensación tan fuerte que lo diste todo por hacerla caso y después fracasaste? Entonces entenderás que me haga todas estas preguntas: quiero saber dónde me equivoqué.

sábado, 11 de agosto de 2012

Lágrimas de San Lorenzo


Pasa una estrella fugaz y me sorprendo pidiendo un deseo superficial: "Aprobar el curso". Probablemente, cuando vuelva a ver el siguiente destello me piense un poco más lo que voy a decir. Esta es una noche mágica en la que crédulos como yo todavía pensamos que los sueños se cumplen. Todo se basa en no apartar la vista de un cielo que te atrapa en su inmensidad con esos diminutos puntos allí brillando.

Otra más. En esta ocasión ha sido de esas que te congelan la sangre, de las que abren paso en la oscuridad. Una estrella así se merece un gran deseo, de esos que no pueden ser pronunciados en voz alta porque no se cumplen, porque las palabras los privan de su magia, porque solo cobran sentido en tu cabeza.

Otra vez oscuridad. Cada estrella se lleva en su haz luminoso toda la esperanza que pusieron en ella cientos de personas con sus deseos. El minúsculo instante en el que brilla es suficiente para crear una ilusión que se desvanece cuando regresa lo estático. De nuevo se escucha la brisa, las hojas, unos pasos que nadie camina, un agua que nadie agita...

Y allí, de pie bajo ese cielo estrellado espero el milagro. Construyo mil deseos que llevan hacia el mismo punto, la felicidad. Una llamada, una noticia, una señal que me diga hacia dónde debo dirigirme ahora. Una estrella que con su estela guíe mis pasos como hizo con los Tres Reyes Magos.

Mientras tanto, en el Universo el resto de astros permanecen quietos, observando a todas las personas que, como yo, contemplan embelesadas el firmamento. ¡Qué pequeñas parecen, pero qué grandes son! Deben mofarse de nosotros y nuestros cuellos torcidos por el ansía de no perdernos aquel espectáculo. En mi retina un cuadro de Van Gogh: "Noche estrellada" y en mi cabeza el poema XX de Neruda (... y tiritan azules los astros a lo lejos).

Una nube se interpone entre el cielo y yo. Es el momento de acostarse, de seguir soñando en un escenario diferente. Allí, en la oscuridad, el cielo seguirá llorando sus lágrimas de San Lorenzo por los deseos que han de cumplirse, por la felicidad que debe alcanzarse. Aquí abajo continuaremos observando maravillados como decenas de estrellas se desprenden y caen para llevarse consigo todo lo que soñamos.



viernes, 10 de agosto de 2012

Una bocanada de aire

Se parece a esa sensación que tienes cuando sacas la cabeza de debajo del agua. La presión en tu cabeza en el instante antes de salir, el peso de tus pulmones, el mareo... Es como sentir que esa única bocanada de aire es suficiente para olvidar aquel instante fatídico.

Me gusta pensar que algo tan insignificante como el aire tenga esa capacidad milagrosa. Una sustancia que no se ve pero que nos acompaña allá donde vayamos. Esa brisa que te refresca cuando pensabas que ibas a morir del calor, que te empuja la espalda cuesta arriba, que sopla más fuerte para llevarse lejos aquello que te preocupa.

Ese aire que se convierte en viento y encarrila barcos y guía aves. Algo que es capaz de vencer al propio silencio con su leve ulular. Una corriente capaz, no solo de dar vida, sino de destruirla. Huracanes que pueden arrancar casas completas de cuajo, sin pararse a pensar en las personas que había dentro.

Ese viento que, en ocasiones, se parece tanto al amor. Un amor que oxigena un cuerpo que llevaba demasiado tiempo bajo el agua. Un amor que se lleva los cimientos de vidas sostenidas por fuertes pilares. Un amor que destruye con la misma fuerza que crea, que llena los silencios de corrientes de emociones pero que, sin mediar palabra, hace rodar las lágrimas más tímidas y saca a pasear las sonrisas del corazón.

Y estando bajo el agua te planteas si salir o no. Allí se está muy cómodo, sin ruidos molestos, solos tú, el agua y tus pensamientos. Aún así, con la última burbuja a punto de estallar en tu cara decides salir a llenar tus pulmones, eliges amar y dejar que te quieran.

Así funciona el amor, te llena, te guía y, a la vez, te destruye. Hace que seas feliz el tiempo suficiente para que pienses que ha merecido la pena inspirar aquellos litros de aire. Al fin y al cabo es como sacar la cabeza de debajo del agua: si quieres vivir no tienes elección.

-Uy, sí, el mágico aire fresco... Obra milagros con el corazón. (Pd.: Te quiero).

miércoles, 8 de agosto de 2012

Aquí lo importante somos las personas


Es curioso cómo puedes resumir tu vida en veintidós fotos, ni una más, pero tampoco una menos. Imágenes en las que sonríes, en las que pones una mueca, en las que saludas, nunca sola, siempre en compañía. Cada una es capaz de transportarte a un instante importante, al momento de la captura junto al fotógrafo.

En algunas fotos, esas personas se mezclan con el fondo, como si no hubieran estado, como si tú sola fueses capaz de llenar por completo el espacio del objetivo. Esa gente que hace que tus sonrisas parezcan más brillantes, que te recuerdan lo increíble de aquel momento aunque ya quede lejos.

Hay veces que esas fotografías no existen, que se borraron o extraviaron o que nunca fueron capturadas por ningún instrumento más allá de una retina. En otras ocasiones se recuerda más al fotógrafo que a la imagen en sí, gente que no posó delante de una cámara pero que también sonrió detrás de ella.

"Aquí lo importante somos las personas". Los momentos que recuerdan esas veintidós fotografías no serían importantes sin esa gente. Esos amigos que contribuyeron a tu equilibrio, que te hicieron tan feliz cuando no creías tener motivo por el que continuar. Personas que pasaban, sonreían y conseguían iluminar ese cuarto que permanecía a oscuras.

Y así, solo con veintidós imágenes sé que el amor existe, un amor que hace que esas personas, a pesar de ser tan diferentes, encajen perfectamente en un marco, en un puzzle, en tu vida. Ese amor que se puede apreciar en la forma de posar contigo, de acompañarte en esos momentos que hoy te definen.

Es posible que en una maleta no quepan todas las cosas que me gustaría llevar conmigo. Tengo que dejar atrás muchos objetos cargados de significados, muchos lugares especiales, muchas películas que lo dicen todo. Mi yaya siempre ha dicho que si alguna vez se incendiara la casa lo primero que salvaría serían las fotos, es la única forma de recordar a los que ya se fueron. Yo creo que los recuerdos permanecen en la memoria y las imágenes nos hacen ver que existieron de verdad y que fueron maravillosos.

sábado, 4 de agosto de 2012

Allez, le film va commencer

Como en aquella película, elegir lo mejor para alguien que no eres tú mismo. Seguir recordando su olor, el tacto de sus brazos cuando te recogían en su pecho. Saber que jamás olvidarás esa sensación que te recorría el cuello cuando te tocaba, la felicidad que se instalaba en tu corazón cuando te sonreía o la falta de oxígeno que te invadía cuando te miraba.

Es posible que te vuelvas a cruzar con él en algún lugar. Es probable que os reconozcáis y continuéis sin deteneros, aceptando que es mejor así, sin dolor, sin despedidas, sin explicaciones. Quizá sea un instante complicado pero vale más un minuto de lágrimas que una vida entera de nudos en el estómago.

Mirar al cielo, esa bóveda que, a pesar de la distancia, es la misma que cubre todo lo que recuerdas. Este es el lugar más hermoso que he visto en mucho tiempo. Un edificio iluminado en azul que corona una plaza llena de gente paseando, personas que no me conocen, que no me entienden, que no saben por qué motivo hay una lágrima escapando de mi ojo en ese momento.

Aquí el sol sale al lado del mar y las olas luchan por llevarse tus recuerdos. La palabra "amor" no tiene significado porque lo que vale es susurrar "je t'aime" y hacerlo de corazón, demostrándolo con un gran gesto. Es cuestión de coger un tranvía y ver hacia dónde te lleva, sin pensarlo.  Aquí las palabras se entienden pero no se contestan, no puedes luchar contra la gramática.

Da igual que nunca hubiera un espacio reservado para mí. No quiero ser la mártir que afirma que renunció a su propia vida por tu felicidad pues, de haber tenido elección, probablemente no te habría abierto la puerta. El caso es que te has ido o, mejor dicho,  he sido yo la que se ha largado de un lugar que debía haber abandonado hacía ya mucho tiempo.

Quiero que lo entiendas, no te echo de menos, simplemente me acuerdo de ti. Ahora mismo no quiero recortar la distancia que nos separa, que has interpuesto entre nosotros. Únicamente me gusta pensar lo que dirías si estuvieses aquí, qué opinarías de aquel edificio azul que ve entrar centenares de personas, qué película de este cartel escogerías.

Me gusta este sitio en el que las distancias se miden en pasos y no en kilómetros, los minutos no se agrupan formando horas, mis palabras permanecen. Si me quedo en silencio, con la música apagada, escucho a la plaza susurrarme: Allez, le film va commencer.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Causa - efecto


No podemos escapar de la ley de la causalidad. Todo acto tiene un efecto y, a su vez, éste repercute de alguna manera en otro acto posterior. Suponemos las consecuencias y damos por hecho que si prendes fuego una caja se quema, que si te metes bajo una ducha abierta te mojas, que si cierras los ojos dejas de ver.

Nos enamoramos y pensamos que el amor tiene que ser correspondido, odiamos y queremos ser odiados, nos entregamos y esperamos recibir al menos lo otorgado. Creemos saber con certeza las consecuencias de nuestros actos y vivimos sobre un futuro seguro que resulta ser de lo más incierto.

La sorpresa viene cuando, de repente, un día el fuego deja de calentar o el agua se vuelve una sustancia completamente seca. La causalidad nos golpea en el estómago y nos deja retorcidos en el suelo, nos voltea hasta situarnos cabeza abajo y se ríe de los que, hasta hace poco creían saberlo todo.

En esos momentos el sol sale por la tarde y se esconde en el amanecer, la luna comienza a brillar por sí misma y las palabras que ayer conseguían emocionarme, hoy no significan nada. Quizá no conseguí controlar las consecuencias pero ellas tampoco me determinaron a mí. Hoy no lloro por lo que pensé que me hundiría, ni sonrío por lo que creí que me haría reír.

La ley de la causalidad nunca estuvo muy de mi parte pero me hizo considerar la posibilidad de que mis certezas no debían serlo y de que las posibilidades más pequeñas pueden hacerse realidad. He aprendido que todos mis actos tienen consecuencias pero éstas son imposibles de determinar, que tengo que hacer lo que me dicte el corazón y los efectos ya vendrán.

Y, tal y como me dijeron hace poco, he asumido que no sé nada, que no puedo jugar viendo todas las cartas, que considerar todas las opciones hace que pierda un tiempo del que no dispongo. Puede ser que mañana cuando me pinchen no sangre o que salte y no vuelva jamás al suelo pero, al fin y al cabo, ¿es tan importante?

sábado, 14 de julio de 2012

Hay veces... ... Distancia


Hay veces que nos empeñamos en comenzar causas perdidas, en continuar en una batalla que estaba condenada desde el principio. Parece que nos gusta chocarnos contra una pared que no podemos derribar y adoramos las lágrimas de impotencia.  No comprendemos que no tenemos la capacidad de cambiarlo todo, que no somos un milagro con el poder de solucionar los males del mundo.

Hay veces que nos aferramos a la gente que queremos por ese sentimiento de amor y no entendemos que, en ocasiones, es mejor dejar marchar. Permitir que esa persona continúe su camino sin exigirle que regrese, confiando en que estará bien.

Hay veces que la única manera de evitar el dolor es alejándose, es emprender un camino diferente, un sendero que, muy probablemente nunca nos volverá a unir. Unas pisadas que, por separado, serán capaces de conducir a la felicidad mientras que, cuando caminaban juntas, solo conllevaban tropiezos.

Me recuerda a unos pies que se han hecho a unos zapatos, caminan dentro de ellos sin problemas y sienten que habitan en el lugar más cómodo del mundo. Pero, sin previo aviso, esos pies comienzan a sufrir, las ampollas empiezan a brotar y el caminar se convierte en una tarea pesada. Incluso los zapatos se sienten mal por herir a los que, durante tanto tiempo, fueron sus mejores amigos. Quizá ese sea el momento de cambiar de zapatos, de recordar los lugares que pisaron juntos pero comprender que lo mejor es separarse.

Hay veces que es mejor derramar una lágrima por amor que mil por dolor. El amor del desinteresado, del que es capaz de ver más allá de su propio sufrimiento y tiene la humildad de resignarse. Dolor del que lucha tan ensimismado en su propia cruzada que no logra ver que la guerra estaba perdida antes de iniciar la batalla.

Hay veces que es necesario dejar a un lado el miedo al adiós porque el "hasta luego" no siempre vale. Cuando ni siquiera el tiempo es capaz de sanar las heridas del corazón, la distancia actúa como la mejor de las curas: esteriliza la zona afectada y actúa sobre ella aplicando una ligera dosis de olvido.

Hay veces que te das cuenta de que has empleado todas tus cartas, combinándolas para obtener la mejor jugada posible y aún así no has logrado ganar. Te quedaba una última cartulina para obtener la victoria y no lo conseguiste. Deja de apostar y retírate, la partida está perdida.

Un amigo me dijo que si creía en la causalidad tenía que creer en el destino. Jamás lo hice, siempre me pareció algo demasiado sencillo, resignarse y dejar que la vida se viva sola por ti. Pero quizá ese sino exista, en cierto modo, para todos y si lo hace, puede ser que nos vuelva a colocar en la misma dirección, nos sitúe frente a la persona que dejamos atrás o nos acerque lo suficiente para volver a ver sus ojos y su sonrisa. Mientras tanto, la mejor opción es la de seguir viviendo sin su compañía.

lunes, 2 de julio de 2012

^^

Es difícil volver al sitio en el que se ha sido tan feliz. Las personas, el ambiente, todo te recuerda el dolor de tripa por las risas con el que te acostabas, la satisfacción de haber conocido algo nuevo de alguien, un secreto bajo las estrellas. A veces, ese lugar no es físico, es una reproducción que hemos creado en nuestra mente, un espacio que conservamos por lo especial que fue, por lo que nos aportó.

"Al lugar en el que fuiste feliz nunca debieras volver". Ya lo decía el dicho, está bien recordar los buenos momentos pero, es necesario vivir nuevos. Es necesario recordar lo aprendido pero también es importante aprender nuevas cosas. Somos lo que vivimos, cada día algo diferente, como el río que no es el mismo tras un segundo de corriente.

Más difícil aún es abandonar el lugar en el que has sido tan feliz, decir "hasta pronto" cuando sabes que lo real sería despedirte con un "adiós". Lo complicado es agitar la mano sabiendo que el sitio donde vas ahora no es ni la mitad de bueno que el que dejas, caminar cuando lo que te haría feliz sería permanecer en pie, quieto.

Voy coleccionando recuerdos en mi memoria. Los almaceno por lo feliz que me hicieron y, aunque parezca raro, caben todos sin ningún problema. A veces, los contemplo desde fuera acordándome de lo feliz que me hicieron y me pregunto por qué no volverán. Después miro al frente y comprendo que han sido sustituidos por otros aún mejores. A pesar de ello, jamás los olvidaré.

martes, 19 de junio de 2012

Tal vez...


Tal vez algún día nos encontremos de nuevo, en un mundo paralelo, pero diferente. Un lugar en el que tu no cargues tus prejuicios y en el que yo haya abandonado el recuerdo de mis cuentas pasadas. Quizá nos miremos a los ojos y comprendamos que ese sitio no tiene sentido si no estamos juntos, que la gravedad se basa en nuestra forma de mirarnos y que el ciclo de la vida continua siempre y cuando nosotros permanezcamos de la mano.

Tal vez nos sentemos a hablar, de verdad, como nunca hicimos y tú me cuentes tus miedos y aceptes mi hombro para consolar tus lágrimas. Puede ser que yo te cuente quién soy de verdad, sin miedo a los juicios y te haga promesas que pueda cumplir. Es posible que, en ese mundo, tu hayas aprendido a hablar y yo haya comprendido el valor del silencio.

Tal vez en ese mundo la llave de tu corazón no se ha perdido y el grifo de tus ojos puede volver a abrirse para que las lágrimas limpien tu corazón. Ojalá en ese sitio la palabra "rencor" solo se utilice para hablar del pasado y haya sido sustituida por la confianza. Quizá el "nosotros" deje de ser un concepto platónico y sea una realidad, quizá hayamos comenzado a poner los cimientos de una amistad, quizá, quizá...

Es posible que algún día, de vuelta a nuestra realidad,  nos crucemos por la calle y no nos reconozcamos. Puede que se hayan borrado la tristeza y el odio pero también el cariño y el amor. Tal vez ya no pueda ni mirarte a los ojos y decirte "te quiero" y lo que hemos vivido se haya convertido en una sombra de lo que fue. Qué duro es el olvido...

Tal vez un día lea esto y no recuerde por quién lo escribí. Las espinas se clavan durante un tiempo, pero después se extraen con el instrumento adecuado y no dejan marca.  Tal vez un día encuentre el mundo paralelo del que te hablo y, tal vez, tú me des la opción de elegir lo que yo quiero esta vez. Seguramente cometeré el mismo error.

sábado, 16 de junio de 2012

Existe un momento en el que todo cambia


Existe un momento en el que todo cambia. Quizá cuando ocurre no lo notas y pasas por encima de él como si, únicamente, hubiera supuesto un segundo más en una vida llena de minutos. Algo insignificante y pequeño cuya importancia solo percibes cuando, tomando la perspectiva que aporta el tiempo, echas la vista atrás.

A veces es una mirada o un gesto, otras veces una conversación o una palabra perdida en alguna de ellas y, en muchas ocasiones, se trata de estar en el momento adecuado, en el lugar correcto. Pero ese instante no es como la gente dice, todo es como siempre, las leyes de la física siguen actuando y el tiempo sigue corriendo a la misma velocidad.

Es curioso como todos los grandes momentos de tu vida siempre están precedidos de estos segundos sin importancia. Te pueden conducir a la tristeza más profunda o a la época más especial; pueden hacer que tu vida se desmorone como un castillo de arena al que arrasa una pequeña ola o, por el contrario, pueden rescatar una vida que estaba a punto de lanzarse desde un helicóptero sin paracaídas.

Hoy me he dado cuenta cuál fue el momento que lo cambió todo, que me trajo a escribir esto hoy. No fue culpa de nadie que pasase, simplemente ocurrió. Trajo segundos muy felices pero horas muy amargas y, quizá, ese poco tiempo de alegría solo suponga un vaso de agua en el océano de tristeza que vino después.

Supongo que ahora estás esperando que diga un "pero": pero, a pesar de todo, mereció la pena; pero no me arrepiento de nada... Ese momento no va a llegar porque, aún hoy, no estoy segura de si mereció la pena ni de si me arrepiento, no creo que compensase y no sé si, de tener la oportunidad, lo desharía.

Y aquí viene mi "pero".  Pero, cada día se compone de muchos más momentos menos determinantes como para obsesionarse con los que nos van a marcar o los que ya lo han hecho. Elegir la camiseta de manga corta o de tirantes, champú para pelo seco o para cabello teñido, cuchilla o cera suponen mi reto de cada día. Por otro lado, están los que nos construyen sin determinarnos: una conversación con un amigo, pedir ayuda en un ejercicio que se nos atravesó o un abrazo en esa situación complicada.

Existe un momento en el que todo cambia, un instante en el que el mundo da la vuelta para reorganizarse posteriormente. Un segundo de tu vida que no tiene la llave que abre la puerta de la felicidad, pero que tampoco supone la cerradura de la tristeza. Es tuyo y de nadie más y hagas lo que hagas va a estar ahí para que, cuando lo desees, cambies sus consecuencias.

miércoles, 13 de junio de 2012

El peregrino


Esta es la historia de un peregrino que inició su camino igual que muchos otros, lleno de ilusión y con una meta  clara en su cabeza. Recorrió bosques y explanadas, durmió bajo la luna y caminó bajo la lluvia. Tan claro tenía el trayecto, que andaba por inercia, no necesitaba ni siquiera un mapa.

Un día, después de una tormenta, encontró el sendero bloqueado por árboles caídos y piedras. Se detuvo y, por primera vez, en su vida, se sintió perdido. Había vivido demasiado tiempo dando por supuesto todo en su vida, agarrándose a certezas sin saber que éstas son las que, con más frecuencia, se convierten en inseguridades.

Buscó en su mochila algo que le ayudase en aquel momento. Un mapa, una brújula, algo que le indicase como salir de allí. Al abrir el macuto le inundó la sorpresa, dentro solo había piedras. Inútiles rocas que cargaban su espalda y hacían su camino más pesado. El peregrino sintió ganas de llorar pero, eso era cosa de débiles.

En ese momento decidió no sentarse a respirar, no desandar el camino. Intentó recordar cuál era la meta que le había llevado por ese lugar, pero ni siquiera se acordaba de si ese final había existido alguna vez. Aún así, no quería perder tiempo y detenerse, por lo que eligió otro camino. Y así pasó su vida, entre senderos que no conducían a ningún lado, con una mochila llena de piedras, perdido y sin brújula por no pararse un segundo a pensar, por no pedir ayuda, por preferir equivocarse en soledad que acertar en compañía.

Cuando pasas toda tu vida persiguiendo tus sueños aprendes que, muchas veces, es mejor desandar tus pasos y volver a iniciar el camino, que la vida no premia al que llega primero, sino al que llega. Un verdadero peregrino entiende que es necesario detenerse en el camino, a veces para respirar, otras, simplemente, para contemplar el paisaje. Comprende que recorrer ese trecho sin compañía no sirve de nada, que la gente te hace más completo, que necesitar ayuda vuelve más débil y que hablando también se curan las ampollas del corazón.

Un verdadero peregrino no teme que un camino desaparezca porque tiene un mapa para encontrar mil carreteras más que le lleven a su destino. El caminante se desanima cuesta arriba y disfruta en la llanura, llora pero no se rinde y, únicamente, renuncia cuando lo que pretende lograr le hace más desdichado que feliz.

El peregrino es persona, soy yo, eres tú. Viste como un tronco bloqueaba el camino y lo intentaste saltar, continuar con tu vida como si nada sabiendo, de antemano, que eso no era posible. No te detuviste a pensar, a recordar tu meta en la vida y seguiste adelante con una mochila llena de piedras, un lastre que te destrozaba por dentro. Fuiste valiente al elegir otro camino, pero te faltó la fuerza para alejarte del principal en busca de nuevas salidas, te golpeaste demasiadas veces contra la misma pared.

Agachaste la cabeza y emprendiste de nuevo el rumbo, solo y sombrío, alejando a la gente de ti, creando barreras de desconfianza y egoísmo a tu alrededor. Mientras, en tu interior, quieres que la gente a la que quisiste vuelva y te cure, te indiquen la salida. Ellos, por su parte, esperan a que derribes los muros que has creado y volverán, sin duda alguna, a  consolarte. Yo, te contemplo desde la distancia, a punto de irme. El peregrino también aprende que, a veces, la mejor forma de ayudar consiste en no prestar ninguna ayuda.

domingo, 3 de junio de 2012

El mejor regalo


Imagínate, por un segundo, que pudieses viajar a cualquier recuerdo para volver a vivirlo, sin tener derecho a interferir en él. Tendrías la oportunidad de revivir un beso o descubrir por qué te equivocaste en este o aquel momento pero sin tener la opción de cambiarlo. Poder volver a notar aquellas mariposas en el estómago o sentir, de nuevo, el viento en la cara como aquel día. Pisar sobre seguro sabiendo qué te espera mañana.

Parar tu barco en el ayer y echar el ancla, bañarte en el mar abierto de tu memoria sin temor a lo que ya viviste. Elegir el instante más insignificante para rememorar lo que se sentía cuando eras feliz, cuando cada día no suponía una batalla por averiguar quién eres, qué quieres y dónde vas. No tener la necesidad de derramar más lágrimas por sentirte perdido, recordar cómo se veía tu cara cuando tu corazón sonreía.

Ahora, suponte que te ofrecen revelarte una parte de tu futuro, sentarte en una silla para ver unos cuantos fotogramas de tu mañana con la única condición de olvidarlo todo de vuelta al presente. Descubrir el instante más feliz o el más triste, contemplarlo, sonreír, llorar y, después, seguir con tu vida como si nada.

Por último nos queda la tercera opción, no es la que más alivia, ni la que más nos atrae. Consiste en abrazar los recuerdos sin aferrarte a ellos, sin fundirte en su memoria. Se trata de esperar el futuro, pero sin sentarte a hacerlo, ser consciente de que mañana aparece después de hoy pero que has comprado cada uno de los segundos del día y tienes que disfrutarlos.

En esta opción te vas construyendo unas alas para salir a volar con ellas. Es parecido a nadar en un lugar en el que no haces pie, sabes que has de mover tus brazos y piernas para no hundirte y tienes la incertidumbre de cuán profundo estará el fondo. Pero, a pesar de todo esto, no tienes miedo porque sabes que si nadas no te ahogas, que si vives todo irá bien.

Ahora que ya conoces las opciones te toca elegir a ti, pero debes tener en cuenta varias cosas. El pasado siempre está exagerado, los malos y los buenos momentos se graban, multiplicados por mil, en nosotros y se reproducen con más intensidad de lo que, en verdad, supusieron. El futuro es lo incierto y, por ello, nos da curiosidad. Pagaríamos por saber cómo o dónde vamos a conocer, por ejemplo, a esa persona, cuando sabemos que esos son los momentos que realmente se disfrutan por ser sorprendentes, por alterarnos el corazón.

Por último está el presente que asusta por lo rápido que se convierte en pretérito, porque es el que nos hace daño, porque confiamos en un mañana mejor. En cambio, en el presente también nos enamoramos, nos sorprendemos, nos asustamos, viajamos, echamos de más y de menos, olvidamos, decimos "te quiero", metemos la pata, perdonamos, rectificamos, nos alejamos, nos abrazamos, lloramos y, en la mayoría de ocasiones, gritamos muy alto. En el fondo, el presente es el mejor de nuestros regalos.

jueves, 31 de mayo de 2012

Mi musa


- ¡Oye! ¿Puedes bajar la maldita radio?

-No te pongas borde que yo no tengo la culpa de que se haya ido.

-¿No? ¿Tú crees? No esperarías que se quedase a ver la televisión contigo. Tú y tus programas absurdos en los que tiene éxito el que mejor finge cualquier sentimiento. No sé a quién puede interesarle eso. Para colmo esa maldita música, siempre sonando a todo volumen. Así no hay quien se concentre. Además, es una musa, puede ir y venir cuando quiera, puede visitar casas en las que el arte es el pilar fundamental. No tiene por qué aguantar toda tu locura.

-¿Por qué no te paras a analizarte un minuto? Te pasas las horas sentado frente a una hoja en blanco, esperando que ella vuelva, que las palabras que hay en tu cabeza vuelvan a tener sentido. Tienes miedo a ser mediocre, a enfrentarte a ti mismo y lo que no sabes es que para crear un éxito hay que fracasar mil veces antes en el intento. El arte no es un concepto, es una sucesión de "ensayo - error" que, de vez en cuando, da un acierto.

-Pero con ella todo era más fácil. Todo tenía sentido: el sol salía para volver a esconderse, el río desembocaba en el mar y las flores florecían en primavera. Nada era imposible, podía escalar una montaña si me lo proponía o aguantar horas sin respirar bajo el agua. Ahora es de noche demasiadas horas al día, los ríos no tienen final y mis pulmones no resisten tanta presión. Ahora el único concepto que tengo claro es el de abandonar.

-Desistes sin haberlo intentado. El mundo siempre ha sido aleatorio, cada día anochece a una hora, nunca las plantas florecen a gusto de todos y si no mira a los alérgicos y, las montañas se escalan con entrenamiento y el equipo adecuado. Piensa qué sientes, qué quieres y envíaselo a las teclas de tu ordenador. Escríbelo todo y si es malo, tranquilo, alguien te lo hará saber , aunque si es bueno... Si es bueno lo vamos viendo.

-Suena poco esperanzador, como si no confiases en mí. Ella siempre tendría fe en mí.

-¿Cómo voy a confiar en ti si ni tú mismo lo haces? Además, ¿la ves a ella por algún lado? Yo tampoco. Asúmelo, era tu musa pero no se pensó ni un segundo ser feliz o, ¿acaso crees que pensó en ti cuando se le presentó la oportunidad? No tienes que odiarla, a mí me bastaría con que dejases de gruñir y te pusiese manos a la obra en el trabajo. Total, si sale mal tienes el resto de tu vida para arrepentirte o, mejor aún, cambiarlo.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Se me ha metido algo en el ojo...


-¿Me quieres?

-A mi lado siempre.

-¿Renunciarías a todo por mí?

-Hasta a mi vida.

-¿Compartirías todos tus momentos conmigo?

-Solo lo mejor y lo peor de cada día, además de los momentos más insignificantes.

-¿Amigos?

-Amigos.

sábado, 26 de mayo de 2012

Fin de curso


Un año más se cierran las puertas que se abrieron en octubre. Un año diferente del anterior, el mejor en muchas cosas, sin duda, el peor en algunas otras. Un curso en el que destacan las personas que han llegado para quedarse y las que se han ido para regresar en el futuro. Cuesta arriba y bajo al sol en muchas cosas, paso a paso y con el viento en otras.

Por fin descubrir que tu tiempo sigue siendo tuyo aunque se lo entregues a los demás, que renunciar a algo no implica ser menos feliz, que si lo haces parte de ti te acompañará siempre. Cuando hago balance me doy cuenta de que el pronombre "Yo" ya no tiene sentido sin "Ellos" y que lo bueno en compañía pesa más que lo malo en soledad.

Lo que me llevo no son recuerdos, son personas que me han regalado momentos inolvidables. Gente que me ha hecho un poco menos egoísta, que me ha permitido descubrir que mis límites están mucho más lejos de donde yo creía, que me ha enseñado a valorar los pequeños momentos. Personas con las que he aprendido lo rápido que pasa el tiempo y que no se pueden dar las cosas por supuestas porque las grandes certezas son las que antes se convierten en irreales.

He visto llorar y reír a las personas que más quería, he escuchado sus confesiones e inseguridades al iniciar nuevos caminos. A veces, quería huir e irme lejos pero ser valiente es estar cuando necesitas correr, es besar cuando quieres destruir, es perdonar cuando tienes ganas de odiar. Ser valiente no quiere decir que no tienes miedos, sino que éstos no pueden destruirte.

Después de todo, no hace falta ser feliz para hacer reír a alguien, ni hace falta estar contenta para sonreír. Lo que importa es que tus amigos sean felices, aunque no puedas ser tú la que lo haga dichosos. Ya no tengo miedo a la palabra "distancia" porque es necesaria, porque cura y alivia pero no separa lo que merece la pena que esté unido.

A pesar de que el mundo pareció descontrolarse el equilibrio llegó, no a todo el mundo le gustó, pero nos puso a todos los pies en el suelo. Me pone triste pensar que algunos momentos han desaparecido y no volverán, pero estoy contenta porque ocurrieron, porque los puedo meter en mi maleta y llevarlos conmigo en este nuevo viaje. "Hasta pronto" que nunca "Adiós" ;)

miércoles, 23 de mayo de 2012

...porque


Te quiero... porque enjugas mis lágrimas y conviertes el pañuelo en un barco de papel. Una embarcación de ese material parece frágil, a punto de deshacerse entre las olas, como tú. Entonces me invitas a subir a bordo y contemplo, con asombro, como surcas los mares sin naufragar. A veces, cuando parece que vas a volcar, giras el timón y el barco se endereza, retomando el rumbo.

Me enseñas que lo importante no es la apariencia de los sueños, sino el material con el que los construyes. Ha de ser resistente porque nunca sabes cuándo va a soplar un viento capaz de derribarlos. Pero, sobre todo, tienes que saber que, a pesar de todo, son sueños y que, por mucho que desees que se hagan realidad, si no luchas por ellos, no lo conseguirás.

Me regalas un poquito de tu luz cuando mis bombillas se han fundido. A veces, es solo la suave llama de una vela, otras es un destello del mismo sol. No te importa quedarte a oscuras si con tu brillo consigues dibujar una sonrisa en un rostro en el que solo había lágrimas. Mientras la cera de tu vela se consume alumbrando a los demás, te basta con un milímetro de mecha para iluminarte a ti misma.

Eres consejera del tiempo, marcas su ritmo, a una velocidad menor de lo que lo hace el reloj y le dices a las horas que han de tener paciencia, que es necesario saber esperar. Reconstruyes mis trocitos y los pegas y si alguno no te encaja, creas la pieza perfecta para completar el rompecabezas. Nunca te rindes porque el reloj no funciona sin alguien que le dé cuerda.

¡Qué afortunado es aquel que viaja por el desierto sin agua y encuentra un oasis, el que no ve y haya unas gafas, el que en una tormenta tiene cobijo! Pero más dichoso es aquel que tiene el oasis, las gafas y el cobijo cerca, en una persona. Pues sí, a mí me tocó el premio y encontré un paraguas cuando la tormenta estaba a punto de empezar.

Te quiero... porque en días como hoy, en los que solo hay lágrimas, te construyes veinte brazos para rodearme con ellos y decirme que todo va a ir bien. Desarrollas treinta oídos para dejarme hablar hasta  quedar tranquila y abres cuarenta bocas que solo pronuncian las palabras correctas. Pero, a pesar de todo, te basta con un corazón para hacer que me sienta querida. 

Te quiero... porque una sonrisa no es el cambio justo por mil lágrimas y, aún así, tú la regalas. Te quiero por mil motivos que me hacen sonreír y todos ellos se resumen en un "Te Quiero"

miércoles, 2 de mayo de 2012

Sesenta segundos por minuto


"Algo pasará, no cabe duda" se dijo a sí misma y se sentó a esperarlo. Pensó durante horas cómo sería, imaginó los detalles, el momento adecuado, el instante concreto y, cuando anocheció se marchó cabizbaja porque nada había ocurrido. Entonces, se miró a un espejo.

Te has pasado toda tu vida preguntándote si el sol ciega, si el mar ahoga, si el fuego quema, si el amor engancha y jamás alzaste la mirada para ver el sol, ni mojaste tus pies en una playa, ni calentaste tus manos al fuego. Y, por supuesto, no tuviste valor para acercarte al amor, siempre a dos latidos de distancia.

Llegaste al desierto y te sentiste perdida, sin agua y sin fuerzas para continuar. Lo que no sabías es que en cada desierto al que llegas, cabe la posibilidad de encontrar un oasis. Naufragar significa que puedes ser salvada por los delfines y una fractura de corazón se cura con un médico especializado en quererte lo suficiente.

Los instantes concretos no existen, tú los haces adecuados con tus actos. Tienes que aprender a no esperar nada de los momentos pues ellos, cuando no están presos de expectativas, te regalarán más sonrisas. Los gestos y detalles no se fuerzan, fluyen y lo hacen cuando estabas desprevenida mirando el reloj.

A veces es mejor quedarse corto que pecar por exceso, pensar poco a darle demasiadas vueltas, tocar un corazón que abrazar cientos. La decisión correcta no siempre es la más complicada, ni la que más dolor te produce, es la que te hace sentirte tranquila de haberla tomado.

Para eliminar los "y sis" tienes que arriesgar, que si te equivocas ya habrá tiempo para enmendarlo y si aciertas tienes toda la vida para ser feliz. Aunque tu tiempo aquí esté encerrado no vas a dejar de sonreír y vivir hasta que lo liberen. La vida es eso que pasa mientras haces otros planes.

Ahora corre, vuela, salta, grita, sé feliz pero no huyas. No hay marcha atrás, el botón de retroceder ha sido desactivado de tu mando a distancia. El tiempo pasa, pero sin prisa, siempre a sesenta segundos por minuto.