El tiovivo comenzó de nuevo a
girar. Las luces tintineaban pasando por todos sus matices de brillo y color;
primero blanco, un descanso, y, posteriormente ese amarillo que dominaba frente al azul de la plaza. Los caballitos, retenidos siempre en la rotación del
juguete, se movían al son de una melodía que parecía sacada de una caja de música.
No había demasiada gente, esos ya no eran tiempos de tiovivos.
Ella contemplaba la escena. Acababa
de llegar ataviada con su mejor vestido, su pelo caía sobre sus hombros en
suaves ondas que tardó horas en modelar, el rubor del que llega tarde iluminaba
sus mejillas bajo su discreto maquillaje.
Se detuvo al lado de la fuente que dividía la plaza mientras observaba
el elemento extraño. Un gran árbol de Navidad se erguía firme frente a ella,
luchando por ensombrecer la belleza del tiovivo. Decenas de pequeñas bolas
abrigaban sus ramas, cintas de los más bellos colores sobresalían entre el
verde y cientos de pequeñas bombillas de colores brillaban repartidas por toda
su estructura.
Se le vino a la cabeza el árbol
de su infancia, el que tantas veces montó con su familia, el que se llenaba de
bolas hechas por su abuela, el que, con el paso de los años, fue perdiendo sus
hojitas de plástico hasta parecer una sencilla rama. Las imágenes de los
regalos y los Villancicos junto a sus seres queridos iluminaban sus ojos
mientras observaba la estrella que coronaba el árbol.
Ella se detuvo junto a aquel
gigante de colores, no se le ocurría mejor sitio para esperar. Pero los minutos pasaron y el suave viento
despeinó sus cabellos. Su palabra
favorita siempre fue "todavía". Para ella era como decir "aún no,
pero espera un poco y verás cómo sí". Quizá en aquel momento fuera la
mejor palabra, la que le hacía aguardar un poco más.
Pero el tiovivo se apagó y la
gente fue vaciando la plaza. Solo quedaban unos cuantos rezagados y ella, con
su vestido arrugado junto a su árbol. El frío había hecho que el rubor que
antes coloreaba sus mejillas, se pasase a su nariz. Sus rizos se habían abierto
en mil cabellos encrespados por la humedad y las lágrimas se deslizaban entre
los surcos negros de su maquillaje.
Su "todavía" no había
funcionado y un "no pero no" lo había sustituido. Era el momento de
irse a un lugar donde la esperaran a ella. Y así, en silencio, como había
llegado, se fue caminando lentamente, pero sin mirar atrás. Después de todo
probablemente sí que había sitio para su palabra mágica: "todavía no es el
momento, pero aguanta un poco más y verás cómo llega".