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domingo, 25 de noviembre de 2012

Todavía


El tiovivo comenzó de nuevo a girar. Las luces tintineaban pasando por todos sus matices de brillo y color; primero blanco, un descanso, y, posteriormente ese amarillo que dominaba frente al azul de la plaza. Los caballitos, retenidos siempre en la rotación del juguete, se movían al son de una melodía que parecía sacada de una caja de música. No había demasiada gente, esos ya no eran tiempos de tiovivos.

Ella contemplaba la escena. Acababa de llegar ataviada con su mejor vestido, su pelo caía sobre sus hombros en suaves ondas que tardó horas en modelar, el rubor del que llega tarde iluminaba sus mejillas bajo su discreto maquillaje.  Se detuvo al lado de la fuente que dividía la plaza mientras observaba el elemento extraño. Un gran árbol de Navidad se erguía firme frente a ella, luchando por ensombrecer la belleza del tiovivo. Decenas de pequeñas bolas abrigaban sus ramas, cintas de los más bellos colores sobresalían entre el verde y cientos de pequeñas bombillas de colores brillaban repartidas por toda su estructura.

Se le vino a la cabeza el árbol de su infancia, el que tantas veces montó con su familia, el que se llenaba de bolas hechas por su abuela, el que, con el paso de los años, fue perdiendo sus hojitas de plástico hasta parecer una sencilla rama. Las imágenes de los regalos y los Villancicos junto a sus seres queridos iluminaban sus ojos mientras observaba la estrella que coronaba el árbol.

Ella se detuvo junto a aquel gigante de colores, no se le ocurría mejor sitio para esperar.  Pero los minutos pasaron y el suave viento despeinó sus cabellos. Su palabra favorita siempre fue "todavía". Para ella era como decir "aún no, pero espera un poco y verás cómo sí". Quizá en aquel momento fuera la mejor palabra, la que le hacía aguardar un poco más.

Pero el tiovivo se apagó y la gente fue vaciando la plaza. Solo quedaban unos cuantos rezagados y ella, con su vestido arrugado junto a su árbol. El frío había hecho que el rubor que antes coloreaba sus mejillas, se pasase a su nariz. Sus rizos se habían abierto en mil cabellos encrespados por la humedad y las lágrimas se deslizaban entre los surcos negros de su maquillaje.

Su "todavía" no había funcionado y un "no pero no" lo había sustituido. Era el momento de irse a un lugar donde la esperaran a ella. Y así, en silencio, como había llegado, se fue caminando lentamente, pero sin mirar atrás. Después de todo probablemente sí que había sitio para su palabra mágica: "todavía no es el momento, pero aguanta un poco más y verás cómo llega".

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Deseos de cosas imposibles


Pedimos deseos a las estrellas fugaces, a las velas de la tarta de cumpleaños, a los tréboles de cuatro hojas… Cerramos los ojos y los apretamos muy fuerte, intentando retener la magia en nuestro interior; pero ésta se escapa por nuestras pestañas y se derrama con nuestras lágrimas, milímetro a milímetro, dejando un rastro que brilla durante unos segundos hasta extinguirse por completo.

El tiempo pasa y los deseos no se hacen realidad. La poca esperanza que nos queda la depositamos cada noche en nuestra almohada y pensamos: "Mañana va a ser un día mejor". Lo repetimos hasta que nuestro anhelo se mezcla con un sueño en el que, efectivamente, cada minuto supera al anterior. Al despertar, esa magia moja nuestro rostro e impregna nuestras sábanas pero permanece en la cama, fuera todo es igual.

Con la estela de la estrella pedimos que nos quieran locamente y, en cambio, nos encontrando amando sin medida a alguien que no sabe que existimos. Soplamos pestañas y dientes de león, saltamos las hogueras de San Juan, nos sentamos frente al Año Nuevo  ocultos en prendas rojas… Deseamos, rogamos, suplicamos y nada, el responsable de hacer realidad los deseos parece que estaba a otra cosa.

No es cierto eso que dicen que el más feliz es el que menos necesita. El ser humano más dichoso, sin duda, es el que menos desea, el que se encuentra cada día a sí mismo en el espejo y se sonríe, el que acepta la noche como parte del día, el que adora los minutos de sesenta segundos, el que aprecia lo que tiene por encima de lo que podría poseer. Un hombre feliz es aquel que no desea nada que no pueda conseguir por sí mismo.

Mientras, el resto de mortales seguimos acumulando deseos en las velas de la tarta. Los albergamos unos segundos en nuestros pulmones, nos llenamos de ellos y luego los expulsamos, de manera que el fuego se extingue con ellos. Quizá ese es el problema, que los echamos de nosotros mismos demasiado pronto, intentando cargarle a otro la tarea de hacerlos realidad.

Escribo el último mensaje del día: "que todos tus deseos se cumplan", lo espero de veras. Y sin más, hoy me voy a la cama, puede ser que mis deseos de hoy no se realizasen pero me acuesto susurrándole a mi almohada eso de "Mañana va a ser un día mejor".

miércoles, 14 de noviembre de 2012

14.11.2012


Derramó toda la leche sobre la cocina, las manos le temblaban de nerviosismo, de rabia. Su cara no había conseguido recuperar su color original, sus preciosos ojos verdes se emborronaban detrás de un velo de humedad, el corazón había emprendido una carrera infernal y él no conseguía detenerlo.

No entendía qué había ocurrido. Había vuelto a ver esa sonrisa justo en el momento en el que necesitaba tenerla más apartada. Los ojos de ella le habían mirado directamente a los suyos, desnudándole, dejándole expuesto. El contenido de su pupila había cambiado, ya no había amor allí dentro, ni cariño, ni siquiera compasión por él, estaban congelados, vacíos, con el brillo del dolor. Pero su sonrisa, siempre tan abierta al mundo, era feliz sin él.

Tiró la taza enfadado. Llevaba demasiado tiempo esperando aquel momento, intentando demostrarle que aquel libro que comenzaron juntos había escrito su puto final hacía mucho tiempo. Nunca se preparó para aquella sorpresa, no esperaba verla tan contenta, no contaba con su indiferencia y, mucho menos, espero su olvido.

A su favor sabía que él también lo había hecho bien. Ocultó el torrente de emociones tras palabras vacías, miradas ausentes y distancia, mucha distancia. Pero, todo aquello le pasó factura, se sentía perdido como unos mese atrás. Necesitaba gritar que no todo estaba bien, pedir opinión, consuelo, pero no podía hacerlo. El tiempo de hablar se pasó y el de actuar  huyó, ahora era el momento de asumir, no se merecía llorar.

Recuperó la calma y, poco a poco, la rabia se fue disipando. Era consciente de que, en unos días, la tranquilidad volvería a su vida. Le hubiera gustado pedir perdón por tantas cosas que sabía que había hecho mal pero ya no había tiempo. Debía ser justo con ella, por una vez, y no remover la basura. Ella le había concedido su espacio y era el momento de devolverle el favor, de dejarla marchar.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Madrid


Como en el cuento del Mago de Oz conseguí aparecer justo donde necesitaba solo con golpear tres veces los talones de mis zapatos. Allí estaba todo el mundo, dispuesto a detenerse un segundo para mirarme, para preguntarme, para sentarse a conversar. Vi muchas caras familiares y las sonrisas que más me gustaban se volvieron a abrir para mí.

Me senté frente a lo que tanto miedo me había dado encontrar y descubrí que, aquella sombra que parecía amenazante desde la cama, era solo el reflejo de un jersey mal colocado en la silla. Me enfrenté a miradas vacías y otras que, no llegaba a comprender: rencor, cansancio… Pero el hielo de aquellos ojos no tuvo nada que hacer contra el calor de mi felicidad.

Caminé por las calles de esa ciudad, enamorándome de nuevo de ellas, reconciliándome con cada pedazo de cielo nublado. No hubo tiempo para la nostalgia, había demasiado que contar y muy poco tiempo para hacerlo. Todos habíamos continuado adelante y eso, más que nunca, era algo que compartir.

Y todo lo que me había preocupado entonces no estaba, no había resto de las malas sensaciones. Me alegraba tanto de verlos a todos, de abrazarlos y volver a sentirme parte de todos esos lugares y personas. Echaba tanto de menos esos detalles del día a día, el sonido de su risa, el tacto de sus manos, la candidez de su voz.

Al volver, sentí que, por desgracia, el tiempo no se había detenido en el momento en el que yo me fui. Pero eso no fue nada malo, las personas avanzan y encontré a cada uno de ellos allí, dispuestos a contarme sus proyectos, sus ilusiones, los cambios que estaban experimentando. Era raro estar allí pero todo parecía como entonces, mejor dicho, casi todo.

Ahora es el momento de volver a decir "hasta luego", esta vez por un rato más corto. Regresar a mi burbuja, con las pilas cargadas, deseando vivir mil experiencias más para contar a la vuelta. Esta vez me voy tranquila porque sé que aquí me esperan a la vuelta y que, allá donde me dirijo, están aguardándome con los brazos abiertos.