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miércoles, 23 de mayo de 2012

...porque


Te quiero... porque enjugas mis lágrimas y conviertes el pañuelo en un barco de papel. Una embarcación de ese material parece frágil, a punto de deshacerse entre las olas, como tú. Entonces me invitas a subir a bordo y contemplo, con asombro, como surcas los mares sin naufragar. A veces, cuando parece que vas a volcar, giras el timón y el barco se endereza, retomando el rumbo.

Me enseñas que lo importante no es la apariencia de los sueños, sino el material con el que los construyes. Ha de ser resistente porque nunca sabes cuándo va a soplar un viento capaz de derribarlos. Pero, sobre todo, tienes que saber que, a pesar de todo, son sueños y que, por mucho que desees que se hagan realidad, si no luchas por ellos, no lo conseguirás.

Me regalas un poquito de tu luz cuando mis bombillas se han fundido. A veces, es solo la suave llama de una vela, otras es un destello del mismo sol. No te importa quedarte a oscuras si con tu brillo consigues dibujar una sonrisa en un rostro en el que solo había lágrimas. Mientras la cera de tu vela se consume alumbrando a los demás, te basta con un milímetro de mecha para iluminarte a ti misma.

Eres consejera del tiempo, marcas su ritmo, a una velocidad menor de lo que lo hace el reloj y le dices a las horas que han de tener paciencia, que es necesario saber esperar. Reconstruyes mis trocitos y los pegas y si alguno no te encaja, creas la pieza perfecta para completar el rompecabezas. Nunca te rindes porque el reloj no funciona sin alguien que le dé cuerda.

¡Qué afortunado es aquel que viaja por el desierto sin agua y encuentra un oasis, el que no ve y haya unas gafas, el que en una tormenta tiene cobijo! Pero más dichoso es aquel que tiene el oasis, las gafas y el cobijo cerca, en una persona. Pues sí, a mí me tocó el premio y encontré un paraguas cuando la tormenta estaba a punto de empezar.

Te quiero... porque en días como hoy, en los que solo hay lágrimas, te construyes veinte brazos para rodearme con ellos y decirme que todo va a ir bien. Desarrollas treinta oídos para dejarme hablar hasta  quedar tranquila y abres cuarenta bocas que solo pronuncian las palabras correctas. Pero, a pesar de todo, te basta con un corazón para hacer que me sienta querida. 

Te quiero... porque una sonrisa no es el cambio justo por mil lágrimas y, aún así, tú la regalas. Te quiero por mil motivos que me hacen sonreír y todos ellos se resumen en un "Te Quiero"

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