Te quiero... porque enjugas mis
lágrimas y conviertes el pañuelo en un barco de papel. Una embarcación de ese
material parece frágil, a punto de deshacerse entre las olas, como tú. Entonces
me invitas a subir a bordo y contemplo, con asombro, como surcas los mares sin
naufragar. A veces, cuando parece que vas a volcar, giras el timón y el barco
se endereza, retomando el rumbo.
Me enseñas que lo importante no
es la apariencia de los sueños, sino el material con el que los construyes. Ha
de ser resistente porque nunca sabes cuándo va a soplar un viento capaz de
derribarlos. Pero, sobre todo, tienes que saber que, a pesar de todo, son
sueños y que, por mucho que desees que se hagan realidad, si no luchas por
ellos, no lo conseguirás.
Me regalas un poquito de tu luz
cuando mis bombillas se han fundido. A veces, es solo la suave llama de una
vela, otras es un destello del mismo sol. No te importa quedarte a oscuras si
con tu brillo consigues dibujar una sonrisa en un rostro en el que solo había
lágrimas. Mientras la cera de tu vela se consume alumbrando a los demás, te
basta con un milímetro de mecha para iluminarte a ti misma.
Eres consejera del tiempo, marcas
su ritmo, a una velocidad menor de lo que lo hace el reloj y le dices a las
horas que han de tener paciencia, que es necesario saber esperar. Reconstruyes
mis trocitos y los pegas y si alguno no te encaja, creas la pieza perfecta para
completar el rompecabezas. Nunca te rindes porque el reloj no funciona sin
alguien que le dé cuerda.
¡Qué afortunado es aquel que
viaja por el desierto sin agua y encuentra un oasis, el que no ve y haya unas
gafas, el que en una tormenta tiene cobijo! Pero más dichoso es aquel que tiene
el oasis, las gafas y el cobijo cerca, en una persona. Pues sí, a mí me tocó el
premio y encontré un paraguas cuando la tormenta estaba a punto de empezar.
Te quiero... porque en días como
hoy, en los que solo hay lágrimas, te construyes veinte brazos para rodearme
con ellos y decirme que todo va a ir bien. Desarrollas treinta oídos para
dejarme hablar hasta quedar tranquila y
abres cuarenta bocas que solo pronuncian las palabras correctas. Pero, a pesar
de todo, te basta con un corazón para hacer que me sienta querida.
Te quiero... porque una sonrisa no es el cambio justo por mil lágrimas y, aún así, tú la regalas. Te quiero por mil motivos que me hacen sonreír y todos ellos se resumen en un "Te Quiero"
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