Ella peina su pelo frente al
espejo con esa mirada que a él tanto le asustaba. Eran los ojos de la
determinación, de las decisiones tomadas, de asumir consecuencias. Pintó su
pelo de dorado para esconder aquello que le daba miedo, cambió sus vaqueros por
faldas y los tacones elevaron sus pies.
Dejó todo atrás y corrió dejando
la puerta de par en par. Nunca echó la vista atrás para ver lo que dejaba abandonado y, tal vez, por eso no reparó en aquel que la despedía con un pañuelo,
aguardando a que ella cumpliese sus sueños.
Ella corrió y jamás se detuvo.
Vivió, buscó y no encontró y, cuando ya estaba tan cansada que no era capaz de
sentir sus extremidades, volvió. Recuperó el color de sus cabellos y su brillo,
desempolvó sus viejos pantalones medio rotos y, tras curar las ampollas de los
pies, volvió a calzar sus viejas zapatillas.
Se sentó en la orilla del mar
mientras observaba como las olas chocaban contra las rocas. No entendía en qué
se había equivocado ni qué había hecho mal. Se preguntó por qué había fracasado
a pesar de intentarlo con tanto esfuerzo. La soledad era más dolorosa después
de haber luchado durante años por evitarla.
Entonces, una mano se enredó en
su pelo y, antes de que pudiera girarse, cubrió sus ojos. Ella notó su tacto
duro y familiar, eran las mismas manos que recordaba. Se giró y le vio allí,
sonriendo como lo había hecho antes. Algunas arrugar nuevas surcaban su rostro
y su pelo había comenzado a vestirse de gris. Sus miradas se cruzaron durante
un instante eterno y entonces ella lo comprendió: él era lo que había buscado
sin éxito. Siempre había estado allí.
A veces, nos empeñamos con todas
nuestras energías en buscar algo, en cumplir nuestros sueños. Nos frustramos
cuando las cosas no salen como querríamos y nos da rabia no poder estirar un
poco más el brazo para alcanzar nuestras metas. En ocasiones, golpeamos nuestra
cabeza mil millones de veces contra el mismo cristal esperando poder
atravesarlo y solo desistimos cuando el mareo y los chichones nos derriban. De
vez en cuanto, nuestros deseos de descubrir más allá hacen que no reparemos en
lo que nos rodea.
Puede ser que esas veces haya que
sentarse y dejar de buscar, no presionarse más, no golpearse contra un vidrio
que no va a ceder. No siempre hay que buscar para encontrar, algunas cosas
ocurren solas, sin motivo, cuando menos las esperamos y nos sorprenden de una
manera que no podíamos imaginarnos. Después de todo, la vida es un poco eso,
dejarse sorprender.