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domingo, 30 de septiembre de 2012

Dejarse sorprender

Ella peina su pelo frente al espejo con esa mirada que a él tanto le asustaba. Eran los ojos de la determinación, de las decisiones tomadas, de asumir consecuencias. Pintó su pelo de dorado para esconder aquello que le daba miedo, cambió sus vaqueros por faldas y los tacones elevaron sus pies.

Dejó todo atrás y corrió dejando la puerta de par en par. Nunca echó la vista atrás para ver lo que dejaba  abandonado y, tal vez, por eso no reparó en aquel que la despedía con un pañuelo, aguardando a que ella cumpliese sus sueños.

Ella corrió y jamás se detuvo. Vivió, buscó y no encontró y, cuando ya estaba tan cansada que no era capaz de sentir sus extremidades, volvió. Recuperó el color de sus cabellos y su brillo, desempolvó sus viejos pantalones medio rotos y, tras curar las ampollas de los pies, volvió a calzar sus viejas zapatillas.

Se sentó en la orilla del mar mientras observaba como las olas chocaban contra las rocas. No entendía en qué se había equivocado ni qué había hecho mal. Se preguntó por qué había fracasado a pesar de intentarlo con tanto esfuerzo. La soledad era más dolorosa después de haber luchado durante años por evitarla.

Entonces, una mano se enredó en su pelo y, antes de que pudiera girarse, cubrió sus ojos. Ella notó su tacto duro y familiar, eran las mismas manos que recordaba. Se giró y le vio allí, sonriendo como lo había hecho antes. Algunas arrugar nuevas surcaban su rostro y su pelo había comenzado a vestirse de gris. Sus miradas se cruzaron durante un instante eterno y entonces ella lo comprendió: él era lo que había buscado sin éxito. Siempre había estado allí.

A veces, nos empeñamos con todas nuestras energías en buscar algo, en cumplir nuestros sueños. Nos frustramos cuando las cosas no salen como querríamos y nos da rabia no poder estirar un poco más el brazo para alcanzar nuestras metas. En ocasiones, golpeamos nuestra cabeza mil millones de veces contra el mismo cristal esperando poder atravesarlo y solo desistimos cuando el mareo y los chichones nos derriban. De vez en cuanto, nuestros deseos de descubrir más allá hacen que no reparemos en lo que nos rodea.

Puede ser que esas veces haya que sentarse y dejar de buscar, no presionarse más, no golpearse contra un vidrio que no va a ceder. No siempre hay que buscar para encontrar, algunas cosas ocurren solas, sin motivo, cuando menos las esperamos y nos sorprenden de una manera que no podíamos imaginarnos. Después de todo, la vida es un poco eso, dejarse sorprender.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Mariposas


¿Alguna vez has sentido esa mano que, con sumo cuidado, aparta un mechón de pelo de tus ojos? Un escalofrío recorre tu espalda y se instala en tu estómago y te hace sonreír mientras tus mejillas se tiñen de un rosa intenso. Una vez que esa ilusión entra en ti no puedes hacerla desaparecer y piensas en ese pequeño gesto cada minuto del día.

Después de eso tus días se basan en recordar aquella conversación con él, buscar el significado oculto detrás de esas palabras que te dijo y, cuando por fin le ves de nuevo, huir despavorida por miedo a que note que algo en ti a cambiado. Contemplarlo, a veces, sin que lo note e imaginar que vuelve a rozar tu cara con su cálido tacto.

Es la sensación de estar sentado en un acantilado con los pies colgando hacia un mar que resuena, amenazador, algunos metros por debajo. La seguridad que da tener la tierra bajo tu trasero y, a la vez, ese nudo en el estómago por contemplar un paisaje tan bonito con medio cuerpo colgando. Saber que puedes caer en cualquier momento y aún así permanecer allí, con el aire en la cara.

Cada día que amanece es un nuevo día de verano que calienta tu vida cuando el otoño ya se ha instalado y pretende quedarse. Es una estrella fugaz que brilla en un día soleado y una gota de agua tras una semana en el desierto. El corazón, que parecía llevar siglos dormido, despierta y acelera y frena a su antojo y, misteriosamente, eso te hace feliz.

El ruido llena lo que hasta no hace mucho eran silencios. Bandas sonoras ponen música a tus días. Alguien pincha risas enlatadas, aplausos y onomatopeyas a cada paso que das. Velocidad, los días parecen tener menos horas que de costumbre y solo unos pocos de esos minutos tiene ya sentido.

¿Alguna vez has sentido esa mano que, sin pensar en las consecuencias, te acaricia una mejilla mientras nota como se ruboriza al hacerlo? Entonces estás perdido. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Now, I'm here


Ocurre, en ocasiones, que te embarcas en un viaje. Preparas la maleta poniendo mucha atención de no olvidar nada. La llenas de ropa, zapatos, libros y recuerdos y, a veces, no eres capaz de cerrarla. Revisas la lista de cosas que tienes que llevar contigo una y mil veces y, tras comprobar que todo está dispuesto, echas el cerrojo.

Pasas horas de tren en tren, cogiendo autobuses, aviones y coches y justo cuando llegas a tu destino te das cuenta. Has pasado horas preparando tu equipaje, controlando cada objeto que introducías en él, escribiendo millones de listas y, después de todo, no ha servido de nada, lo has olvidado.

Llevas tu mejor vestido, las últimas botas que compraste, el DVD de tu película favorita, una foto en blanco y negro con esa persona que tanto significó para ti. Has llenado tres maletas pero, ¿de qué te sirve todo eso si, al fin y al cabo, no has cogido lo más importante?

No recordaste meterte a ti mismo, te olvidaste de guardar tu sonrisa más sincera, tu mejor mirada, tu caricia más reconfortante. No cogiste esa frase que hacía que todos se rieran, ni ese gesto que a él le ponía tan nervioso. Dejaste atrás tu color de pelo, tus pasiones y tus aficiones pensando que no había hueco para ellas entre los zapatos de tacón y el maquillaje.

Hay veces en las que te embarcas en un viaje sin entender muy bien el por qué, lo único que sabes es que tienes que irte. Avanzas con miedo de que no haya nadie para recibirte en ese nuevo lugar. Cambias, escondes tu cara tras tus manos y, de repente, al llegar, descubres que te han estado esperando.