Ocurre, en ocasiones, que te
embarcas en un viaje. Preparas la maleta poniendo mucha atención de no olvidar
nada. La llenas de ropa, zapatos, libros y recuerdos y, a veces, no eres capaz
de cerrarla. Revisas la lista de cosas que tienes que llevar contigo una y mil
veces y, tras comprobar que todo está dispuesto, echas el cerrojo.
Pasas horas de tren en tren,
cogiendo autobuses, aviones y coches y justo cuando llegas a tu destino te das
cuenta. Has pasado horas preparando tu equipaje, controlando cada objeto que introducías
en él, escribiendo millones de listas y, después de todo, no ha servido de
nada, lo has olvidado.
Llevas tu mejor vestido, las
últimas botas que compraste, el DVD de tu película favorita, una foto en blanco
y negro con esa persona que tanto significó para ti. Has llenado tres maletas
pero, ¿de qué te sirve todo eso si, al fin y al cabo, no has cogido lo más
importante?
No recordaste meterte a ti mismo,
te olvidaste de guardar tu sonrisa más sincera, tu mejor mirada, tu caricia más
reconfortante. No cogiste esa frase que hacía que todos se rieran, ni ese gesto
que a él le ponía tan nervioso. Dejaste atrás tu color de pelo, tus pasiones y
tus aficiones pensando que no había hueco para ellas entre los zapatos de tacón
y el maquillaje.
Hay veces en las que te embarcas
en un viaje sin entender muy bien el por qué, lo único que sabes es que tienes
que irte. Avanzas con miedo de que no haya nadie para recibirte en ese nuevo
lugar. Cambias, escondes tu cara tras tus manos y, de repente, al llegar,
descubres que te han estado esperando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario