Cada nota vibra en la sala como si fuera la última, cada sonido se inserta en los corazones de los presentes como un escalofrío, capaz de recorrer cada uno de los órganos de los presentes. Todo en aquella melodía es ligero, dulce. Suena como suenan los finales, a paz, a quietud, a tranquilidad. Después de la tormenta la calma, después de la tensión la relajación, después de la vida la muerte.
Suena como una de esas historias de alguna vida, una en la que la gente que ha llorado, se ha peleado y a discutido sin sentido alcanza la tranquilidad, resuelven los problemas y continúan sus vidas. Suena también a una de esos cuentos de amor en los que el que quiere más sufre, y se decepciona porque la otra persona no pudo estar a la altura y, tras ello, de nuevo la calma. Paz y quietud tras encontrar de nuevo el amor, en otros brazos, con otra persona, de volver a ser feliz.
El músico deja, cada vez que presiona el piano, toda su vida plasmada. Sus miedos e inseguridades abandonan temporalmente su cuerpo para instalarse en la sala junto a la ilusión, la alegría, la esperanza... Y pasa a ser un intermediario entre la música y el público. Pero no un intermediario justo, sino totalmente parcial. La gente recibe lo que él siente, tanto si es bueno como si es malo.
Sus manos pulsan las teclas de aquel piano con suavidad pero con firmeza y precisión. Con cada sucesión de acordes evoca recuerdos pasados en los presentes, añoranzas que se muestran vívidas. Algunos vuelven a su más ignorante infancia, cuando todo valía, cuando para ser feliz bastaba con sonreír. Otros recuerdan viajes, experiencias pasadas con un grupo de amigos que ya no está. Quizá algún otro oyente de aquella sinfonía se retrotrae a sus más cálidos momentos de amor con esa persona que hace a un único ser humano sentirse especial.
Dos personas en la sala se sienten ligadas, por una desconocida melodía. Unidos con sogas invisibles que no aprietan, simplemente sostienen. Ávidos de esperanza, con ganas de conocer, de experimentar, con vivir... Los problemas han quedado atrás, el pasado es pasado y el presente se creó para volver a ser feliz.
Los silencios hacen vibrar la sala. Todo se oye en esos breves instantes, hasta los pensamientos del que espera en el exterior. Y de nuevo vuelta a la música, suave susurro de sonido sinfónico, perfecto al oído, comprensible para todos, incluso para el que no sabe.
Las manos suben y bajan por las teclas del piano, elásticas, sabias y experimentadas, no sólo en la música, sino también en una materia que no se califica: la vida. Cada acorde en su sitio, ni una nota fuera de lugar, todo equilibrio. Y el intérprete se alza en la silla y desciende de nuevo con la música, como una ola, al compás del viento.
En el momento de máximo esplendor de la obra algunas lágrimas se derraman, discretas, por mejillas anónimas que contemplan en cada nota como va con ellas una parte de su vida. Quizá demasiadas emociones contenidas esperando el momento justo para ser liberadas. La música actúa como las compuertas de una presa, cuando el alma está llena permite que todo se libere y se evapore, y así de nuevo queda un espacio libre.
El músico cierra los ojos para sumirse de nuevo en su música, entonces ellos se miran mudos y se entienden, no saben lo que el otro piensa pero no es necesario. La música es capaz de unir corazones, es capaz de crear palabras repletas de sentido en medio del silencio, puede incendiar el mar y fundir el agua y el aceite en perfecta armonía.Y de repente todo acaba, como empezó, sin sentido. El piano se sume en el silencio otra vez, las luces de la sala se encienden y los receptores abandonan el lugar que ha sido testigo de un misterioso cúmulo de sentimientos. Ellos permanecen quietos, mirándose, intentando comprender qué ha ocurrido sin éxito. Quizá todo se base en eso, estar en el lugar adecuado en el momento oportuno. La melodía sigue sonando en la cabeza de los presentes y lo hará durante mucho tiempo.





















