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jueves, 23 de diciembre de 2010

Mi música

Cada nota vibra en la sala como si fuera la última, cada sonido se inserta en los corazones de los presentes como un escalofrío, capaz de recorrer cada uno de los órganos de los presentes. Todo en aquella melodía es ligero, dulce. Suena como suenan los finales, a paz, a quietud, a tranquilidad. Después de la tormenta la calma, después de la tensión la relajación, después de la vida la muerte.
Suena como una de esas historias de alguna vida, una en la que la gente que ha llorado, se ha peleado y a discutido sin sentido alcanza la tranquilidad, resuelven los problemas y continúan sus vidas. Suena también a una de esos cuentos de amor en los que el que quiere más sufre, y se decepciona porque la otra persona no pudo estar a la altura y, tras ello, de nuevo la calma. Paz y quietud tras encontrar de nuevo el amor, en otros brazos, con otra persona, de volver a ser feliz.
El músico deja, cada vez que presiona el piano, toda su vida plasmada. Sus miedos e inseguridades abandonan temporalmente su cuerpo para instalarse en la sala junto a la ilusión, la alegría, la esperanza... Y pasa a ser un intermediario entre la música y el público. Pero no un intermediario justo, sino totalmente parcial. La gente recibe lo que él siente, tanto si es bueno como si es malo.
Sus manos pulsan las teclas de aquel piano con suavidad pero con firmeza y precisión. Con cada sucesión de acordes evoca recuerdos pasados en los presentes, añoranzas que se muestran vívidas. Algunos vuelven a su más ignorante infancia, cuando todo valía, cuando para ser feliz bastaba con sonreír. Otros recuerdan viajes, experiencias pasadas con un grupo de amigos que ya no está. Quizá algún otro oyente de aquella sinfonía se retrotrae a sus más cálidos momentos de amor con esa persona que hace a un único ser humano sentirse especial.
Dos personas en la sala se sienten ligadas, por una desconocida melodía. Unidos con sogas invisibles que no aprietan, simplemente sostienen. Ávidos de esperanza, con ganas de conocer, de experimentar, con vivir... Los problemas han quedado atrás, el pasado es pasado y el presente se creó para volver a ser feliz.
Los silencios hacen vibrar la sala. Todo se oye en esos breves instantes, hasta los pensamientos del que espera en el exterior. Y de nuevo vuelta a la música, suave susurro de sonido sinfónico, perfecto al oído, comprensible para todos, incluso para el que no sabe.
Las manos suben y bajan por las teclas del piano, elásticas, sabias y experimentadas, no sólo en la música, sino también en una materia que no se califica: la vida. Cada acorde en su sitio, ni una nota fuera de lugar, todo equilibrio. Y el intérprete se alza en la silla y desciende de nuevo con la música, como una ola, al compás del viento.
En el momento de máximo esplendor de la obra algunas lágrimas se derraman, discretas, por mejillas anónimas que contemplan en cada nota como va con ellas una parte de su vida. Quizá demasiadas emociones contenidas esperando el momento justo para ser liberadas. La música actúa como las compuertas de una presa, cuando el alma está llena permite que todo se libere y se evapore, y así de nuevo queda un espacio libre.
El músico cierra los ojos para sumirse de nuevo en su música, entonces ellos se miran mudos y se entienden, no saben lo que el otro piensa pero no es necesario. La música es capaz de unir corazones, es capaz de crear palabras repletas de sentido en medio del silencio, puede incendiar el mar y fundir el agua y el aceite en perfecta armonía.
Y de repente todo acaba, como empezó, sin sentido. El piano se sume en el silencio otra vez, las luces de la sala se encienden y los receptores abandonan el lugar que ha sido testigo de un misterioso cúmulo de sentimientos. Ellos permanecen quietos, mirándose, intentando comprender qué ha ocurrido sin éxito. Quizá todo se base en eso, estar en el lugar adecuado en el momento oportuno. La melodía sigue sonando en la cabeza de los presentes y lo hará durante mucho tiempo.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Pensamientos de un puente

Es difícil darse cuenta de que tu vida está cambiando. Justo cuando piensas que todo ha terminado, una ilusión vuelve a echar raíces dentro de tu corazón. Una nueva ilusión va creciendo día a día en tu interior y sólo tienes ganas de sonreír, de saltar, de cantar, de demostrarle al mundo que ha llegado tu turno para ser feliz.
Es bastante irónico como ocurre todo, como las personas que tú creías que estaban destinadas para ti se transforman en los antagonistas de un cuento en el que tú eres el protagonista. Y de repente la vida te muestra parte de sus cartas y ves como esa persona que no tenía ningún valor para ti, a la que despreciaste mil veces, empieza a cobrar vida y se convierte en el centro de tu campo gravitatorio.
Parece que los planetas que siempre se aliaron en tu contra, esta vez lo hacen en tu favor. Necesitabas un cambio en tu vida y alguien te lo ha concedido, todo lo que te hacía infeliz ha desaparecido, no se puede decir que para siempre pero sí el tiempo suficiente para que tú puedas ser feliz rodeado sólo de las personas que te quieren.
El optimismo ha sustituido al pesimismo entres tus compañeros de viaje. Eres consciente de que todo se puede torcer en cualquier instante pero no te importa, prefieres disfrutar al máximo esta nueva etapa. Sabes que quizá toda la ilusión que tienes hoy por esa persona que se hace un hueco en tu cabeza muy probablemente no llegue a ningún lado y no te importa.
Has limpiado tu corazón y de él ha desaparecido la debilidad anterior. Ahora mismo no quedan hueco para sus mentiras, no es momento para la autocompasión ni para los llantos por lo que fue. Esta vez la vida te sirve un apetitoso plato con tu porvenir y quedarte estancado sólo supondría tirar por la borda todo por lo que has luchado.
Una sonrisa verdadera se ha instalado en mi cara y amenaza con quedarse. Es un gesto verdadero que ha llegado por Navidad, con los regalos y la nieve. Quizá desaparezca cuando lo haga ésta, dejando paso a la tristeza que lleva dentro de mi vida demasiado tiempo. Espero que no sea así, pero sólo el tiempo y mis decisiones lo dirán.

domingo, 28 de noviembre de 2010

El último pensamiento

Se levantó a la misma hora de siempre, cansada por el madrugón y la mala noche que había pasado. Llevaba varios días durmiendo escasas horas, como si tuviera la sensación de que algo no iba bien pero no lograba averiguar qué era. Nada en su vida había cambiado en los últimos meses: sus amigos seguían ahí, con los problemillas de siempre; su familia la llamaba varias veces a la semana para informar del buen estado de salud de todos... nada amenazaba con comprometer esa estabilidad que llevaba varios años construyendo.
Encendió la televisión como cada mañana antes de ir a trabajar, nunca prestaba atención a lo que estaban echando pero le servía de compañía, hacía que volviera a sus años en la casa paterna donde el desayuno se tomaba entre el bullicio de su madre peinándose, su padre saliendo de la ducha y su hermana viendo los dibujos animados.
Poco a poco iba despertando y pensó en el día que tenía por delante. Iría a trabajar y en el descanso de la comida debía visitar al óptico para recoger las nuevas gafas que había encargado una sema antes. Era jueves por lo que cuando saliera del trabajo, después de ocho incansables horas, debería visitar el gimnasio, donde se tonificaba desde principios de año. El hecho de analizar el día era tranquilizador, no soportaba pararse demasiado tiempo a pensar.
Se arregló como cada día. Su traje negro impolutamente planchado la esperaba colgado de una percha en el armario, la camisa que se pondría ese día estaba cuidadosamente doblada sobre la mesa. Al mirarse al espejo recordaba como cuando era apenas una adolescente su madre reprochaba diariamente su descuido con la ropa y ahora, cuando vivía sola se había visto obligada a ordenar cada día la casa y todo lo que en ella había.
Mientras se peinaba pensaba en el futuro y en el pasado. El sueño que había tenido la había alterado. En él aparecía siendo una viejecita llena de arrugas, postrada en una silla de ruedas y sola, completamente sola. Desde muy joven había mostrado un patológico miedo al compromiso que le había supuesto dejar escapar a varios pretendientes muy valiosos. Esta vez estaba alargando la situación, él quería casarse y formar una familia pero ella no se sentía preparada por lo que se habían tomado un tiempo. Ambos en el fondo sabía que ella no cedería, en ese tema no y que tendrían que poner punto y final a aquella relación, pero ella no quería verse sola. Y allí estaba aún su ropa esperando que pasara a recogerla para desaparecer para siempre de su vida, uno más. Pero él era diferente, la quería y ella a él.
Pensaba en cómo se habían truncado muchos de sus sueños por conseguir la estabilidad que ansiaba. Atrás quedaba el espíritu viajero propio de su profesión y las largas jornadas en la calles, lejos de la oficina, buscando la noticia más pura, junto al público. Quizá tenía una casa y un sueldo fijo al mes pero echaba de menos algunas de esas cosas, alguno de esos riesgos.
La vida no la había tratado mal, tenía todo lo que podía desear y era bastante feliz, pero la plenitud nunca es completa. Notaba un vacío, algo faltaba y no podía decir con exactitud qué era. Llevaba notándolo desde su último cumpleaños cuando todos sus amigos la sorprendieron con una fiesta escondida. Allí estaban todos, casados y algunos incluso con hijos. Unos pasaban penurias para llegar a final de mes con dos colegios que pagar, otros tenían caras de sueño ya que los pequeños no les dejaban dormir pero aún así parecían felices. Y allí estaba ella, sola por elección, contemplándoles y muriéndose de envidia.
Cerró el bote de rimmel, no quería seguir pensando en eso, hacía que se sintiera más desdichada. Entró a la cocina a rescatar su paquete de chicles y vio la nota en la nevera que decía que debía llamar a su hermana. Llevaba varios días evitando la llamada, sabía que su hermana había hablado con él y la intentaría convencer para que se comprometiera. Pero ella no sabía nada, su vida siempre había sido idílica en el amor. Había encontrado a su amor con apenas catorce años y aún seguían juntos. Formó una familia feliz como las de las películas y vivía una vida muy familiar, comía cada día con su madre y su padre y por la noche cenaba con su marido y sus hijos. Por supuesto que la envidiaba, pero era su hermana y se lo había montado muy bien.
Ya estaba lista para salir, cogió el bolso y buscó las llaves del coche, pero entonces se acordó. Él había llevado el coche al taller el día anterior, antes de irse, un problema en los frenos había dicho, así que hoy viajaría en tren. No tenía nada en contra del transporte público, pero sabía que por la hora que era llegaría tarde. Bajo aprisa las escaleras y entro en la boca de metro donde viajaría hasta la estación de RENFE.
El metro llegó en seguida y pudo coger el tren puntualmente. Mientras estaba allí sentada seguía pensando en él. Quería formar una familia con él, pero tenía miedo al fracaso, a no ser suficientemente perfecta para hacerlo, a no hacerle feliz... Iba pensando todo esto cuando de repente un pitido quebró sus oídos y se vio en el suelo. No entendía que había pasado, estaba sorda, algo había explotado, no podía moverse y un dolor inmenso ocupada el espacio donde habían estado sus ojos. Notó como un líquido viscoso salía de su oreja. Intentó levantarse pero no disponía de fuerzas, además algo había atravesado su pierna. Intentó escuchar algo pero el pitido no se lo permitía, pero en el fondo sabía que había ocurrido algo grave, sentía pasos de un lado hacía otro y sus años como periodista destinada en catástrofes le permitían distinguir el caos que se producía a su alrededor.
En esos momentos no se paró a pensar en cómo salir de allí, era muy consciente de que eso ya era imposible, había perdido demasiada sangre y la hemorragia cerebral era muy fuerte. En sus últimos instantes de vida quiso casarse con él, vio como sería su familia y no tuvo miedo, sabía que estaría a la altura. Con ese último pensamiento cerró los ojos y se sumió en la oscuridad y el silencio eternos, con una sonrisa en la cara y allí quedó bajo el esqueleto metálico de un tren que estalló llevándose su futuro por delante.
En su piso quedaba el papel que avisaba de la llamada a su hermana que jamás realizó, la ropa que él jamás se llevó, en la óptica las gafas que nunca pudo recoger, su mesa vacía con documentos que jamás entregó, el gimnasio vacío ya que ese día cerró y las llaves del coche, reparado desde la noche anterior en el buzón.
Quizá decidió demasiado tarde y nadie se enteró, pero en el fondo de su corazón el día de la despedida él sabía cuál había sido su último pensamiento y sus corazones estuvieron siempre juntos. A pesar de todo él sabía con certeza que nunca jamás nadie los separaría.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Según Pablo Neruda...

Pablo Neruda dijo una vez: "Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo,  y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas". Efectivamente cuando más perdido estás, cuando piensas que todo va a salir mal, cuando ves que la gente sólo echa más leña al fuego, cuando te crees sólo... ahí te encuentras a ti mismo. Todas tus dudas parecen cobrar sentido entonces, sabes claramente qué es lo que tienes que hacer y donde.

Podría decir que la solución es continuar sin mirar atrás, pero el alma humano no es tan puro, no podemos continuar sin más, perdonando y olvidando, queremos algo más, venganza, odio... Deseamos que el dolor que nos han causado sea vengado porque sabemos que es injusto, que no lo merecíamos y que nadie puede devolvernos ese tiempo que hemos perdido.

La rabia nos inunda y tenemos ganas de llorar, de llorar y herir, hacer que la persona que nos ha destrozado reciba un poco de lo que nos regaló y así comienza la venganza. Quizá no sea el método más terapéutico y en muy pocas ocasiones termina bien, pero es el que a priori nos parece más sano. Hacer todo lo posible para que nadie pase por lo que pasamos nosotros, intentar ser el punto y final de una larga lista de daños.
Pero nos sentimos culpables, mejor dicho, nos hacen sentir culpables y, ante todo, no tenemos la culpa. Sólo somos la causa de nuestros errores y no debemos cargar con los del prójimo por mucho que nos lo hagan pensar.
Crueldad, como ya dijo una gran mujer, como cualquier otro vicio, no requiere ningún motivo para ser practicada, apenas oportunidad. Y es que el hacer daño es gratuito, echamos balones fuera, la culpa a otros y a la vez lo alimentamos con crueldad porque cuanto más hundamos al otro mejor nos sentimos, menos solos y creamos así un círculo vicioso.
Pero a pesar de todo, el ser humano está preparado para levantarse tras caer una y otra vez, se llama instinto de supervivencia, no podemos estar abajo demasiado tiempo. A pesar de todo de una u otra manera, ponemos la otra mejilla para recibir un golpe más, esperando que sea definitivo y que se acabe el dolor definitivamente. Pero no, no es así volvemos a levantarnos dispuestos a encajar otro golpe, uno más.
Pero a pesar de todo expresamos a la perfección todo nuestros sentimientos, entre mentiras, entre resentimiento, sabiendo perfectamente que no tenemos motivos para quejarnos porque la crueldad y la venganza han actuado por nosotros. Somos conscientes de que nos hemos aprovechado de los que nos rodean y sabemos que estamos solos porque lo merecemos. Pero aún así somos capaces de dar nuestro último ataque, como una serpiente y soltar todo nuestro veneno.
Un gran amigo me mostró todo esto, como era posible destrozar a una persona, hundirla hasta que no pueda casi respirar. Él dijo: "Me has jodido como poca gente lo ha hecho, sabes que estaba y estoy enamorado de una persona y que estaba a punto de empezar algo serio y te has encargado de joderlo. Confié en ti y fuiste de las poquísimas personas a las que se lo conté y lo sabías y ya has jodido todo. No te puedes hacer una idea del daño que me estás haciendo con todo esto. Gracias por todo como siempre (irónicamente claro)". Pero yo digo: "No ha llegado el día todavía que tú me hagas sentir culpable. Tú has decidido tu futuro no yo. Pero gracias porque me tú has hecho que me encontrara a mí misma".

viernes, 19 de noviembre de 2010

La chica del acantilado

Es una gota de arena la que crea el mar y un minúsculo grano de arena el que forma el desierto más grande del mundo. Es una pequeña piedra la que construye un acantilado y una hierba en el lugar adecuado la que hace que surja una pradera. Es una pequeña semilla, inapreciable para el ojo humano, la que se asienta en el corazón y hace que florezca algo, a veces ese algo es una bonita flor, grande y vistosa, otras, por el contrario es un pequeño cactus que pincha a quien lo toca.
Al escribir esto imagino a una chica vestida con un blanco vestido de raso que se agita con el viento, sentada de espaldas en un acantilado junto al mar. Veo la luna, reflejando su brillo sobre el inmenso océano y de fondo una melodía, quizá una vieja pieza para violines o un solo de piano. Una chica con la vista perdida en el horizonte sintiendo cada fenómeno atmosférico sobre su piel, el viento, la brisa...
Y allí pensaba, se preguntaba por lo vivido, el por qué del dolor que él le había hecho. No entendía cómo la vida puede cambiar tanto en tan poco tiempo. Había apostado todo lo que tenía a una sola carta ante su convicción de que iba a ganar y ahora se había quedado sin nada. La nada no era tan suculenta como se había imaginado, allí no estaba ninguno de sus amigos, ni su familia, había arriesgado todo y no había recibido nada.
Sola, así es como se sentía ahora, sola y abandonada. La decepción tomaba cada uno de sus músculos y agarrotaba su corazón. Nunca se había entregado con tanta pasión y desinterés, é había sido todo para ella y ahora ya no estaba. Todos se lo avisaron y ella no quiso ver, no quería creer que el centro de su mundo no la quisiese, no podía hacer caso a todo eso porque no quería.
Y el tiempo les dio la razón, él se marchó de la misma forma que había llegado, arrasando todo a su paso y dejando a su paso caos. Los trozos de su corazón caían a su lado, afilados y ensangrentados por el reciente dolor y allí esta ella, de nuevo sola, pero esta vez nadie había acudido a consolarla.
Esa imagen se va esfumando de mi mente y me veo a mí misma, sola en esta habitación, rodeada de fotos que demuestran que existió y no fue un sueño. Lloró porque sé que es lo único que puedo hacer, llorar, la indecisión ha supuesto que le perdiera a él y que el resto del mundo se fuera.
En este punto las disculpas no sirven y las demostraciones son demasiado débiles y efímeras. He metido la pata hasta el fondo y me he hundido en mi propio egoísmo, en mis mentiras y en mis errores. No supe ver el camino correcto ni conseguí elegir bien, una vez más me equivoqué, para no variar, para continuar con la rutina. La diferencia es que está vez nadie estaba para levantarme, todos se habían cansado y se habían marchado. Yo soy la chica del acantilado, una vez más, demasiado perdida como para ver con claridad, demasiado orgullosa para pedirperdón.

lunes, 15 de noviembre de 2010

La vida no es un sueño asombroso

Me senté en una silla en medio de una luz cegadora, cuando lo hice la oscuridad se cernió sobre mí. No podía apreciar mis huellas sobre el barro ni el camino que tenía frente a mí. Ni siquiera apreciaba lo más cercano a mi posición, sabía que mis brazos estaban ahí por su peso cayendo, olía mi perfume pero era incapaz de ver nada.
No sé cuánto tiempo permanecí en esa oscuridad ni que pasó en esos momentos a mi alrededor, sólo sé que no podía comprender nada, estaba en shock, intentando asimilar sin éxito mi vida. De pronto algo allí en frente se iluminó.
La imagen que vi me causo dolor, me hizo llorar amargamente por aquello que se ha perdido. Esa escena fue sustituida por otra y luego otra y otra... y todas ellas me hacían dejar de respirar. Las lágrimas seguían brotando de mis ojos, incansables al desaliento y yo seguía desorientada viendo mi vida pasar.
Lloraba por lo tonta que fui, porque malgasté mi tiempo con personas que nunca lo agradecieron, que pasaron por mi vida como estacas que lo único que hacen en clavarse en el corazón. Lloré por lo que di sin recibir nada a cambio y el dolor que me fue devuelto, por la decepción, por lo que no había llorado antes.
Y de repente las lágrimas cesaron como vinieron. Poco a poco la luz fue apareciendo poco a poco, primero débilmente, luego con algo más de fuerza. Parecía que todo iba a salir bien ahora que había algo que alumbraba mi camino así que me dispuse a andar.
Pero justo cuando lo estaba haciendo algo me cegó, una explosión de luz seguida de una nueva oscuridad. Otra vez la misma historia, otra decepción, pero ésta vez mucho más grande que las anteriores. Una persona diferente, alguien en quien confiaba me había soltado la mano al borde del precipicio y la caída había sido casi mortal.
En ese momento, agonizando lo vi. A veces depositamos toda nuestra confianza y nuestras expectativas en personas que no son capaces de cargar siquiera con sus vidas. Gente que se pasa el día mirando a su ombligo sin ser consciente de la gente que a su alrededor se preocupa por ellos. Y todos esos buenos deseos se convierten en armas arrojadizas que hacen mucho daño tanto al que las tira como al que las recibe.
Quizá sea que la vida no es un sueño asombroso o que de los sueños al final te acabas despertando y ves que la realidad no es tan ideal como creías. Puede ser que lo bueno es que te den golpes que te hagan más fuerte y que aún lleno de heridas puedas seguir adelante. Pues bien yo ya llevo una muesca más en mi cinturón, ésta más grande que las anteriores y más dolorosa también, pero que seguro que me resultará muy útil en algún momento de mi vida.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Mi momento

Si pudieras elegir un recuerdo, el más feliz, el más triste, el más insignificante o el más importante, ¿cuál sería? ¿qué hizo que ese momento fuera  especial frente a un cúmulo infinito de instantes almacenados?
Mi momento no es demasiado grande, ni demasiado importante, quizá tampoco sea demasiado significativo y puede que sólo yo le diese importancia, pero es mío. Justo en ese instante me sentí parte de algo, un algo del cual yo era una mínima parte pero, al igual que el resto de piezas, era indispensable para su funcionamiento.
Me hizo sentir especial, como si fuera alguien en el mundo, como si de verdad a alguien le importara lo que yo sintiera o pensase. De verdad creí que nada podía ir mal desde aquello, que la gente que me rodeaba estaría allí siempre. Todas aquellas personas se fueron, unas lejos y otras más cerca, pero la mayoría de ellas desaparecieron de mi vida. Pero no se esfumaron para siempre, permanecían allí en mi recuerdo, como el primer día.
Cada vez que me encuentro triste y estoy perdida, recurro a mi recuerdo especial. Allí están ellos en el momento más feliz de todos los que residen en mi memoria, mirándome con caras sonrientes y gorros de fiesta, haciéndome sentir que todo iba a salir bien.
Es curioso eso de los recuerdos felices, son capaces de hacerte llorar mares a la vez que sacan la mejor sonrisa de tu boca. Pueden causarte la añoranza más amarga y la alegría más profunda, pueden convertirse en una marca que oriente tus pasos o en una cuerda que tira de ti hacia atrás impidiéndote avanzar.
Hay veces que me siento sola, con un poco de música y me pongo a pensar cómo hubiera sido mi vida de haber vivido ese momento de otra manera, de haber conocido a otra gente. Nunca encuentro una respuesta definitiva, quizá hubiera sido más feliz o quizá no, nadie lo sabe.
Lo que más echo de menos  es el ruido, la gente de un lado a otro, cada uno absorto en sus propios pensamientos pero siendo conscientes de la presencia del otro junto a ellos. No me gusta el mundo de ahora, en el que cada uno mira su ombligo sin saber por qué el vecino ha perdido la sonrisa. En mi recuerdo no me sentía sola y sé que los de mi alrededor tampoco lo estaban.
Realmente misterioso el mundo de la memoria, creemos que no la podemos manipular pero estamos constantemente interviniendo en ella, transformando los recuerdos en idílicos, construyendo la felicidad que no tenemos en la realidad. Cada recuerdo es una vaga sombra de la vida, sin esencia para lo bueno y lo malo. Los momentos increíbles se convierten en medianamente buenos y los malos son siempre soportables. Pero la verdad es que cuando viviste ambos, experimentaste sentimientos llevados al límite y eso los recuerdos jamás lo mostrarán.
El malo nunca fue tan malo y el bueno tampoco es el héroe de cuentos. Los recuerdos están bien, pero no pueden dominar tu existencia. Soy consciente de que mi recuerdo no es tan bello como lo recuerdo y que felicidad no era lo único que sentía. Sé que no todas las personas que estaban ahí me causaban simpatía y que ese día me acosté sintiendo lo mismo que cualquier otro. Pero también sé que ocurrió algo ahí que me hizo seleccionar lo que viví y elevarlo en la memoria, crear con ello un modelo y vivir según él.
Lo que allí pasó queda para mí, la gente se ha desvanecido, la música y el ruido que se oía se apagó, los lugares han perdido su color original y las estrellas que brillaban han desaparecido. No me importa que nunca se vuelva a repetir porque sé que una vez ocurrió y con eso me basta para ser feliz.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El mensaje en la botella

Puedes ir andando por la arena de una playa y encontrar una botella con un mensaje dentro, es poco probable, pero puede ocurrir. Puede ser que un día te levantes y lluevan pétalos de rosa, puede ser que una mañana te mires al espejo y allí no estés tú. Puedes vivir tu vida esperando que ocurra algo excepcional, algo que dé sentido a tu vida, que te haga sonreír como nunca antes lo habías hecho, que te haga darte cuenta que todo merece la pena.
Hubo una época que esperaba que mi vida cambiase, nada tenía sentido, faltaban muchas cosas que no era capaz de encontrar. Quería cambiar de ambiente, de amigos, necesitaba salir de mi mundo y tomar aire, poder llenar mi pulmones para introducirme en otras aguas. Cada segundo que permanecía entre los mismos pensamientos pesimistas me oprimían el pecho y no podía respirar, sólo sabía llorar y cada lágrima que brotaba de mis ojos lo hacía entre profundos dolores.
Veía películas y envidiaba a los protagonistas que pasaban de no ser nadie, vivir camuflados entre miles de iguales, a ser gente especial que vivía historias especiales. Deseaba ser alguna de esas actrices que se enamoraban de un desconocido en un autobús de camino al trabajo y que conseguían vivir una vida feliz. Quería realizar uno de aquellos viajes por todo el mundo y descubrir gente nueva, escondida en las raíces de otra cultura.
Llegó un momento que pase a resignarme, ya no lloraba pero estaba muy lejos de ser feliz. Vivía por rutina, respiraba porque me daba pereza ahogarme y me levantaba cada mañana porque siempre lo había hecho así. No ponía ilusión en nada de lo que hacía y los días se me hacían eternos, el sol me molestaba y la noche me cansaba. Ya no buscaba motivaciones convencida de que no las encontraría jamás. Así transcurría mi vida, entre nada y menos, entre poco y nada, entre oscuridad y vacio.
Un día decidí volver andando a casa, necesitaba despejarme después de un día más largo que de costumbre. Entonces vi unas viejas vías del tren junto a mi camino, estaban valladas y no podía pasar, pero me hicieron pensar qué pasaría si el próximo tren pasar sobre mi cuerpo. Para mí nada, llevaba mucho tiempo viviendo en la nada por lo que la muerte no supondría un cambio. Para los de mi alrededor probablemente tampoco, había decidido desvincularme de todo porque no era feliz y ellos no notarían que ya no les llamaba, porque hacía meses que no lo hacía, ni se darían cuenta de que no estaría en las fiestas, porque había dejado de ir.

Me dio rabia pensar que no significaba nada para nadie y estallé en lágrimas. Lloré como nunca antes lo había hecho, me tiré al suelo y me abracé las rodillas, me dolía el pecho, llevaba conteniendo aquello demasiado tiempo. Ahí fui consciente de cuantas cosas había perdido por esperar un hecho magnífico que cambiara mi vida. Mis sueños dejaron de ser eso, sueño, para convertirse en una obsesión. Por supuesto que necesitaba amigos nuevos, pero los viejos tenían que seguir ahí, también necesitaba viajar pero los que me querían debían ser testigos de ello. Debía buscar el éxito y visitar nuevos ambientes, pero sin olvidarme de quién era, recordando mi pasado, lo que me hacía única.
Volví a casa y al entrar lo que vi no me gustó, nadie sonreía como yo recordaba, la tristeza reinaba en aquel ambiente y yo sabía que era culpa mía. Había pasado los últimos meses de mi vida destrozando cada cosa que tocaba, haciendo infeliz a cada persona que se acercaba a mí y era hora de que eso cambiara. Allí se iniciaba una nueva etapa de mi vida en la que no había sitio para la desilusión.
Puede ser que un día vayas paseando por una playa y encuentres una botella con un mensaje dentro, puede ser que la abras y ese día tu vida cambie radicalmente, es difícil, pero puede ocurrir. Pero no te puedes sentar en la arena de la playa con la vista perdida en el horizonte esperando esa botella porque quizá nunca llegue, o aparezca cuando menos lo esperas, o ya estuviese ahí y tú no la viste. De la misma manera, en tu vida no te puedes sentar viendo los días pasar, esperando el milagro que cambiará todo, alejando a los que te quieren por miedo a que te distraigan de encontrar lo que esperas
 Debemos vivir como mejor podamos o sepamos cada día, soñando, pero sin olvidarnos de que el cambio le construimos nosotros con cada paso, cada acierto y cada error, y los sueños, como diría aquel, sueños son.

sábado, 30 de octubre de 2010

La experiencia

La conocí hace cinco años, aún lo recuerdo. Ella estaba sentada en su silla, con la mirada perdida y el pelo alborotado. Las arrugas de su piel definían la experiencia de cada rasgo, sus dedos entrelazados dibujaban las profundas curvas de unos huesos envejecidos y sus canas se extendían a lo lardo de su espalda en el pelo que un día se recogió en un elegante moño. La piel casi trasparente mostraba aún algo de lo que debió ser en su origen, suave y agradable, aunque ahora las manchas adornaban su textura.
Era la viva imagen de la experiencia, cada parte de su cuerpo postrada en aquella vieja silla deseaba contar algo vivido, una historia de una infancia lejana, diferente. Recuerdo como me acerqué lentamente por si acaso la sacaba de la burbuja construida en los últimos tiempos, con la precaución de quien trata con un sonámbulo. Ella notó mi presencia y acercó una silla que estaba a su lado para que yo me sentase, y así lo hice. Pasamos horas contemplando la nada, cada una absorta en sus cosas, sin prestarnos atención, pero sabiendo que estábamos acompañadas.
Luego empezó a hablar, a contar historias de su juventud ya pasada, y mientras lo hacía, un sin fin de lágrimas brotaban de sus ojos. Lágrimas de comprensión, por fin se sentía útil, escuchada, querida. Y yo me limitaba a contemplarla en silencio, atendiendo ensimismada a sus palabras. Tenía tanto que dar y nadie había querido recibirlo. Cada día me sentaba junto a ella en el mismo taburete unos minutos y una nueva historia brotaba del fondo de su ser, un esfuerzo para una memoria considerada débil.
Me recordaba tanto a mi abuela cuando se sentaba en la mecedora del salón a ver la televisión. Ella hacía que la miraba pero nunca la veía, estaba pendiente de cada cosa que hacíamos y le gustaba contemplar nuestra juventud. Aprovechaba cada vez que estábamos cerca para recordar viejas "batallitas" del pasado. Cuando lo hacía la entraban ganas de llorar, como a alguien que sabe que está en el final de sus días.
En el tiempo que vi a aquella mujer en su silla me sentí comprendida, cada vez que me ocurría algo se lo contaba y ella asistía en silencio a mis malas experiencias. Me restaba sus brazos ara llorar y me recordaba que todo el mundo pasa por lo mismo. Sabía elegir de entre todo su amplio repertorio, la frase adecuada para hacerme sentir bien y cuando la decía mi mundo se ponía derecho.
No podía entender que había hecho aquella mujer para merecer ser relegada al olvido, qué pecado era tan grave de no ser perdonado. Poco después lo entendí, su error había sido envejecer. Cada año que cumplía la restaba utilidad en su mundo, la convertía en un objeto inservible que sus hijos y nietos deseaban guardar en el trastero para que no molestara. Tanto fue así que un día se olvidaron de visitarla y a ese día le sucedió otro, y luego otro, y luego otro... Así hasta que un día permaneció horas y horas en su silla esperando ver la juventud de su sangre y nunca llegaron.
Ella amaba a su familia, luchó mucho por ver a sus hijos crecer entre las penurias que la tenían atada a una larga jornada laboral. Muchas veces se equivocó y les regaló su vida sin esperar nada a cambio. Tropezó mil veces en la misma piedra y avanzó, pero en ese lugar encontró su pared, la que le impidió seguir avanzando.
A pesar del tiempo, sé qué ropa llevaba puesta aquel. Recuerdo su bata azul cielo raída en las costuras, su pijama rosa con ositos y sus zapatillas de cuadros escoceses. Nunca olvidaré que se había arreglado como solía hacer para acudir a una fiesta hacía no mucho tiempo. Su pelo lucía recogido en un moño y en sus mejillas había cierto toque de color. En sus manos un libro, de esos que parecen antiguos y una pequeña caja de cartón.
Eses día llegué a la hora de costumbre y cuando ya me iba, unas horas después me tomó la mano, suavemente pero con decisión, y se incorporó. Fue la primera y la única vez que la vi de pie, con su delgada figura vertical, esperando volver a su amada silla. Me miró con sus verdes ojos llenos de lágrimas y me entregó aquel libro y aquella caja, me dio un abrazo, cálido y dulce, y se sentó. Intenté hablar pero su mirada permanecía de nuevo impasible al infinito, como la primera vez, y allí permaneció para siempre, mirando a la nada y viendo todo.
Se marchó como había vivido, en silencio, sin intención de molestar a nadie, dejando como recuerdo de su estancia una medalla de oro con su nombre grabado, un nombre que marcaría mi vida, y un álbum de fotos antiguas, fotos de toda una vida que yo custodiaría como tesoro, intentando inculcar su experiencia a los que desearan oírla.
Hay muchas cosas en la vida que se pueden almacenar: las cajas, la comida, la ropa... en definitiva, todo lo material. Podemos guardar en grandes armarios bolsas de objetos desterrados al olvido, cosas que han perdido su utilidad y son retiradas a lugares escondidos para que no estorben. Pero las personas no son simples objetos, llevan tras de sí miles de instantes de vida para aconsejarnos, millones de historias con las que entretenerlos y centenares de kilos de comprensión. Los seres humanos que envejecen saben qué es el cariño y saben qué es no tener nada y aún así tenerlo todo. Nos dan la vida y no esperan nada, solo una visita o una palabra amable.
Ella se fue físicamente, pero sé que cada minuto que pasamos juntas me cambió y me hizo diferente, ni mejor ni peor, simplemente distinta. Ahora logro entender lo que es el cariño y puedo darlo y recibirlo. Sé que ella sonríe desde arriba porque por fin es feliz, sabe que su vida mereció la pena y por eso pudo marcharse en paz, libre de rencores y odios, sólo feliz por lo que dejaba.

viernes, 29 de octubre de 2010

Vacunada

Cuando nos vacunan contra la gripe lo que realmente están haciendo es introducirnos virus para que nuestro cuerpo genere anticuerpos contra ellos. Podemos vacunarnos contra muchas enfermedades y, en la mayoría de casos, evitar padecerlas; pero existen otro muchos casos en los que terminamos desarrollando efectos secundarios o los virus se vuelven más poderosos y nuestro cuerpo no puede eliminarlos.
En el amor ocurre lo mismo, cuando vemos una enfermedad inminente nos vacunamos para inmunizar nuestro frágil corazón, esperamos permanecer impasibles ante el problema que venga y así evitar el dolor. Pero hay veces que esas vacunas se vuelven en nuestra contra, o muchas otras, el virus ha mutado y no hay vacuna que valga contra él.
Creemos que podemos enfrentarnos a eso que nos da tanto miedo porque pensamos que está superado, y cuando llega el momento descubrimos como las viejas heridas del pasado se van abriendo lentamente y vuelven a sangrar. En esos momentos nos damos cuenta de lo ingenuos que somos, caemos en la cuenta de que padecemos adicción al dolor.
Y es que las heridas pueden llegar a cicatrizar y cerrarse por completo, pero necesitan mucho tiempo y los humanos no estamos dispuestos a esperarlo y arriesgamos. Los puntos que las cerraban se desprenden y caen y volvemos a recordar ese dolor que nos mantenía inmóviles y decaídos. Pero, en el remoto caso de que dejásemos cicatrizar esa brecha, seguiría produciendo dolor, una punzada que nos doblaría en el momento.
Desde casa todo es diferente, delante de un ordenador nos colocamos el traje de superhéroe y nos vemos capaces de enfrentarnos a todo, pero la realidad llega a nuestra vida en forma de criptonita y nos priva de nuestros poderes. Nos volvemos frágiles, lloramos de infelicidad de nuevo y recordamos cosas que prometimos olvidar. Desempolvamos pensamientos que juramos no volver a tener.
Toda la madurez y experiencia que creíamos haber obtenido se queda en una ilusión óptica provocada por la seguridad que provoca la distancia. Lo que creíamos haber logrado se convierte en un montón de escombros, restos de un rascacielos sin cimientos. La página pasada retrocede y volvemos a leer una y otra vez el mismo capítulo de siempre y, aunque ya sabemos el final y lo que daña, esperamos que esta vez sea diferente, que pueda cambiar.
Y mientras las ciudades edificadas en nuestro corazón son desoladas por terremotos, huracanes y maremotos se van creando nuevos muros de hormigón a base de expectativas. Paredes que nos resultan familiares por la cantidad de veces que chocamos contra ellas, pero aún así preferimos seguir llenándolas de esperanzas que derrumbarlas y ver lo que hay detrás.
Dicen que "el corazón tiene razones que la razón no entiende" y quizá por eso una parte de nosotros quiera seguir alimentando el "puede ser". Pero sabemos que no debemos, que eso ya lo hemos vivido y no hemos sido feliz, el problema es que no sabemos como cambiar de dirección, como librarnos de la fuerza de gravedad del corazón, como ser felices sin eso. Necesitamos que alguien nos aconseje y nos regañe para sentir que lo estamos haciendo mal. Quizá eso no cambie las cosas pero queremos que nos digan que estamos equivocados y así el malestar que sentimos se hace más llevadero.
Todos estos pensamientos son los virus de esa pequeña jeringuilla que insertó un día ese virus en nuestro cuerpo, que lo dejó crecer esperando que nuestro cuerpo reaccionara luchando contra él. Pero no esperaba que nuestro ser se rendiría ante él, dejándonos expuestos a un dolor más fuerte contra el que no hay antibiótico que lo desarme, crece y crece sin que podamos hacer nada.

Si quieres algo déjalo libre, si regresa es tuyo, si no, realmente nunca lo fue


miércoles, 27 de octubre de 2010

Carpe Diem


Los seres humanos estamos diseñados para amar, para escuchar, para sufrir y para meter la pata. Podemos equivocarnos en cada paso que damos, cada metro que avanzamos y jamás darnos cuenta o, mucho menos, reconocer nuestro error. Somos capaces de herir a los que tenemos cerca, olvidar las cosas realmente importantes y dejar de luchar ante la más mínima dificultad.
No nos damos cuenta de la importancia de los pequeños detalles que nos rodean hasta que los perdemos. Creemos que siempre van a permanecer ahí, como parte de nuestro día a día, gestos cotidianos, personas que cada mañana veíamos al empezar el día... Pero como todo, eso también se acaba. Es cada uno de esos instantes sin ninguna importancia lo que más añoramos: esas sonrisas que comprendían tus malos momentos, esas miradas de complicidad, esa mano que aparecía en el momento adecuado, ese chascarrillo que no has vuelto a oír y miles de recuerdos más que no se repiten cada día.
Sabemos que el tiempo pasa, pero no somos conscientes de la velocidad a la que lo hace. Es capaz de llevarse años enteros en lo que a nosotros nos parecen segundos y cada rato que se va lo hace en el momento en el que estamos empezando a disfrutarlo. Quizá sea porque lo vivimos todo a medias, esperando segundas oportunidades, aguardando a que la felicidad completa llegue de un plumazo y no nos damos cuenta de que la felicidad la construimos nosotros mismos. Somos felices cada vez que nos entregamos a alguien por amor, cada vez que tendemos a un amigo nuestra mano, cada vez que somos útiles a alguien, cada vez que de verdad vivimos.
Pero una vez más nos equivocamos y empleamos ese preciado tiempo colocándonos metas imposibles, intentando ser personas que de verdad no somos. No somos capaces de ver que lo que tenemos que hacer es vivir cada instante como si fuera el último, tenemos que apreciar lo realmente importante y eliminar los falsos ídolos y lo que está de relleno en nuestra vida.
Nunca pensé que llegaría a añorar tanto esas cosas. Siempre me quejé de que no me dejaban mi espacio, de que me chinchaban, de que nos enfadábamos, y es justo eso lo que más echo de menos. No me arrepiento de nada de lo que hice, pero si me diesen la oportunidad de regresar a esos años lo aprovecharía todo mucho más. Daría las gracias las veces que no las di, besaría a quien no besé y sonreiría a los que miré mal.
Y cuanto más miras el pasado y lo bello que es, más rápido pasa el presente y tampoco lo vives al doscientos por cien, ni siquiera a la mitad, estás por estar, ansiando un mañana mejor, dejando pasar oportunidades y desperdiciando sueños.
Llega un momento que has cumplido cada meta que te has propuesto, has luchado por ser la persona que ahora eres y has cedido todo tu tiempo a la causa que consideraste correcta. Ahora haciendo la revisión de tus años de vida te das cuenta que las metas eran falsas, que no te gusta en quien te has convertido y que tu causa no respondía a lo que de verdad querías. Quieres regresar y no puedes, te desesperas y no ves que nunca es tarde, cada día es la pieza clave de un rompecabezas que puede cambiar el resto de tu vida. Cada decisión importa aunque parezca insignificante y el pasado nos ha de servir para no cometer los mismos errores.
No quiero que al leer esto pienses que simplemente es bonito o que te deje indiferente. No quiero que caiga en saco roto como un blog más. Me gustaría que dejases de buscar excusas en tu vida para asumir tu culpa, que desechases la rutina y no pienses que mañana habrá tiempo para besar, para amar, para descubrir porque, aunque lo haya, puedes emplearlo en seguir siendo feliz.

lunes, 18 de octubre de 2010

De película

"Hay veces que la vida exige un cambio. Una transición. Como las estaciones. Nuestra primavera fue maravillosa, pero el verano se ha terminado… y nos perdimos el otoño. Y ahora, de repente, hace frío, tanto frío que todo se está congelando. Nuestro amor se ha dormido y la nieve lo tomó por sorpresa. Y si te duermes en la nieve no sientes venir a la muerte.Cuídate." Paris, je t'aime.

"Qué difícil. Pero me parece que aún es más difícil quedármelo para mí sola. Supongo que por eso lo hago. Tú siempre me preguntabas en qué momento había empezado a quererte. Empecé a quererte exactamente cuando me llamaste para decir que me dejabas. De hecho fue en ese preciso momento cuando olvidé el amor que sentía antes, me olvidé de la ternura y del sexo, de tu lengua, me di cuenta de que lo que había sentido antes no era más que el simple reflejo de lo que era el amor. Descubrí que no te había querido nunca. De repente pensé en aquella torturaba que practicaban en Francia. ¿Sabes qué hacían? Ataban las extremidades de una persona a cuatro caballos y los azuzaban en direcciones diferentes. Pues así es cómo me sentí. Así es cómo me siento. Ahora ya sé lo que es amar. Te amo con esa clase de amor que había rezado por sentir cuando era una adolescente y que ahora rezo por no volver a sentir nunca más." Cosas que nunca te dije.

"Toda mi vida he esperado conocer a mi hombre ideal, y entonces apareciste tu... no te pareces en nada al hombre que había imaginado. Eres cínico, gruñón e inaguantable, pero lo cierto es que pelearme contigo es lo mejor que me ha pasado nunca, y creo que es muy posible que me haya enamorado de ti." 27 Vestidos.

"Cuando el rey Lear muere en el quinto acto ¿sabes cómo lo expresó Shakespeare? Escribió: muere. Eso es todo, nada más. Sin fanfarrias, sin metáforas, sin brillantes palabras finales. Así que la culminación de la obra de literatura dramática más influyente es “muere”. Tuvo que ser Shakespeare un genio para expresar “muere”. Sin embargo, cada vez que leo esa palabra, me invade un infinito sentimiento de tristeza. Ya sé que es natural sentirse triste, pero no por la palabra muere, sino por la vida que hemos visto antes de esa palabra.
He vivido mis cinco actos, no te pido que te alegres de que me tenga que ir, sólo te pido que pases página, que continúes leyendo. Y des paso a la siguiente historia.
Y si alguien pregunta alguna vez qué ha sido de mí, cuéntale mi vida en todo su esplendor, y acaba con un sencillo y modesto -murió-." Mr. Magorium.

domingo, 17 de octubre de 2010

Te recuerdo

Es curioso como de una pequeña cosa puede surgir algo tan grande, algo que haga que tu mundo se frene y se fragmente en mil trozos, que cambie el curso normal o que pare o acelere los latidos de tu corazón. Cuando echas la vista atrás eres incapaz de señalar qué momento fue y si lo haces prácticamente no recuerdas la ropa que vestías, las palabras que pronunciaste o las personas que te rodeaban. No hubo nada que te hiciera recordarlo porque nada lo hacía especial. Durante un tiempo lo mantuviste ahí, en la misma caja de cientos de instantes sin importancia, acumulando polvo en el viejo desván de tu memoria.
Pero como ya he dicho, aún si darte cuenta va cambiando el rumbo de tu historia, ese momento se convierte en importante y te ves obligado a desenterrarlo del lugar donde estaba. Lo miras y analizas numerosas veces sin conseguir ver su excepcionalidad, sin adivinar por qué era diferente. Lo único que sabes es que es importante y que marco un antes y un después.
Pues bien, mi momento se hallaba escondido en un baúl lleno de recuerdos de convivencias y excursiones, de días fuera de casa en los que me reí y disfruté. Los momentos importantes de esos día permanecen junto al resto de recuerdos vitales pero ese, en concreto lo deseché porque era algo tan cotidiano que no podía esperar que se convirtiera en algo que me hizo tan feliz y me causó tanto daño.
Una mañana soleada cogí un autocar que me llevaría a aquel lugar, todos estábamos cansados por el madrugón, pero ilusionados por aquel fin de semana que pasaríamos lejos de casa. Mucha gente de la que veríamos allí, ya nos era conocida y mucha otra nos lo sería en muy pocas horas.
El momento exacto no lo recuerdo con exactitud, supongo que el tiempo y el polvo lo borraron. No sé que hice cuando me le presentaron y cómo nos miramos, no logro recordar quién se acercó a quién, ni nada de lo que pasó ese día entre nosotros.  De la noche sí conozco algún momento más, sé que tuve miedo en algún juego y sé que él me abrazó y, a pesar de no conocerle, me tranquilizó como después hizo muchas veces más. Con él me sentía segura de una forma agradable, como cuando era pequeña y tenía una pesadilla y mi madre me abrazaba. Era tierno y dulce pero no me terminaba de gustar.
Aquel fin de semana se acabó y con él nuestro contacto, estuvimos varias semanas sin saber el uno del otro pero de repente empezamos a hablar de nuevo. Pasábamos horas delante del ordenador riéndonos como tontos, nos dábamos toques sin sentido y , a veces, yo me sorprendía pensando en él. Pero mis sentimientos se mantenían impasibles, me gustaba un poco, pero no le quería.
Poco a poco intentamos empezar algo más profundo que dejara atrás la amistad, quedamos en persona y pasamos una buena tarde, dando vueltas por un Madrid diferente, más bonito. El calor llegó y cada día que pasaba me daba cuenta de que no podía seguir manteniendo aquello, que é no era mi chico y que no podía dejar que siguiesen creciendo ilusiones. Allí acabó todo, muy a mi pesar y quizá más al suyo, nunca lo supe.
Pero dicen que el tiempo pone a cada uno en su lugar y conmigo lo hizo con creces. Me enamoré de él, tarde pero lo hice, pero ya era demasiado tarde. Lo intenté con todas mis fuerzas, luchando por cada cosa que podía ser una puerta de acceso a su corazón, empeñando mi vida por él. Y aunque suene a tópico, la vida raras veces te da una segunda oportunidad y en mi caso no fue diferente, Pasé mucho tiempo llorando, sin poder sentir nada, hablar con él era como pasear sobre un suelo ardiente, cada vez que me decía te quiero me clavaba una estaca en el corazón y yo no podía pasar página. Recordaba los momentos tontos y felices que pasamos, cómo nos reíamos juntos, los motes que teníamos, las discusiones... Todo lo que un día no valoré y ya no podía recuperar.
Y, una vez más, el tiempo actuó limpiándolo todo. Dejó mi corazón sin sentimiento alguno hacia él, pero también se llevó mis ganas de volverme a enamorar. Lo intentaba disimular pero me seguía doliendo saber que estaba con otras y me costó mucho olvidarle.
Los mese pasaron y otra vez hablamos, bien, como al principio, sin rencores ni  nada que echarnos en cara y una vez más, la vida me recordó cuál era mi lugar. Había perdido mucho cuando decidí dejarle y lo iba a pagar durante cada día de mi vida per ya no dolía tanto, estaba resignada. Sabía que a partir de ahora me tocaría ser su amiga, me tocaría decirle te quiero como alguien más y no como yo lo sentía, tendría que estar ahí y ver como se enamoraba sin poder evitar soltar unas lágrimas y no podría evitar ver que él no me quería de la misma manera. Al fin y al cabo queda un tiempo para él, quizá otro para mí pero nunca uno para los dos juntos.
A lo mejor llega un día en el que ambos podemos volver a sentir lo mismo al igual tiempo o quizá ese día no llegue nunca. No sé dónde estaremos dentro de unos años, ni si seguiremos hablando, no puedo saber si le llegaré a olvidar y él me perdonará del todo. Lo único que tengo claro es que ahora a lo único que puedo aspirar a su amistad y no voy a renunciar a ella por nada del mundo.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Puedo escribir los versos más tristes esta noche


Hoy no me siento con fuerzas, la ilusión de los primeros días está desapareciendo y no tengo nada que decir así que dejaré que Neruda hable por mí.
PUEDO escribir los versos más tristes esta noche. 
Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada, 
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos". 

El viento de la noche gira en el cielo y canta. 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Yo la quise, y a veces ella también me quiso. 

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. 
La besé tantas veces bajo el cielo infinito. 

Ella me quiso, a veces yo también la quería. 
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. 

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. 
Y el verso cae al alma como pasto el rocío. 

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. 
La noche está estrellada y ella no está conmigo. 

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. 
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Como para acercarla mi mirada la busca. 
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. 

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. 
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. 
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. 

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. 
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. 
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, 
mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,  y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 

martes, 12 de octubre de 2010

Los primeros días

Es interesante observar como todas las cosas que creía ciertas han ido cambiando en las últimas semanas. Poco a poco se ha ido poniendo a prueba mi capacidad de adaptación a un medio desconocido y que me asustaba demasiado. Lo  nuevo estaba ahí, justo delante de mis ojos pero yo ya no temía enfrentarme a ello.
La gente paseaba sin rumbo, perdida ante la inmensidad de esa nueva etapa desconocida, todos sin rumbo y sin finalidad, estaban allí porque tocaba. Las miradas incidía de reojo en unos y otros procedentes de diferentes flancos y las preguntas eran comunes: ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres?
Llegué a aquel sitio desconocido con una historia a mis espaldas, un verano raro, diferente, un círculo de amigos que no pasaba por su mejor momento... Cada paso que daba se convertía en un cuchillo clavándose sobre mi espalda. Echaba de menos todo, incluso las cosas más pequeñas y sabía que en aquel lugar no las encontraría: no iba a estar él como cada día de los últimos seis años recogiéndome cada mañana en casa, no iba a volver en el autobús con esa gente que me abrazaba cuando me encontraba mal y había numerosas cosas que no iba a recuperar.
Ese día me encontraba mal, una noche larga sin sueño, de esas que me acompañaban desde verano. Por fin se había acabado, todo el sufrimiento por una relación que apuntaba a la luna y nunca llegó a despegar. Al principio me alivié pero después el dolor me llenó, dolor por lo que no fue, por la enfermedad que nos separó, por todo lo que no le había podido dar. Los ojos se me llenaron de lágrimas pero jamás llegaron a aflorar. Ya no estaba en el colegio donde podía llorar con mis amigas durante mucho tiempo y después sentirme aliviada. Allí las cosas eran diferentes, cada uno iba concentrado en su propia camisa, en sus historias y nadie tenía tiempo para más.
Pasaron los días allí y lejos de mejorar la situación se volvía más dura, más insostenible. Los profesores no eran los míos, los que tantas veces me dijeron que yo podía, los que al final se convirtieron en mis confesores y tutores de una vida que no parecía tan difícil. Me giraba en clase y no encontraba ese rostro amigo del que ha compartido tantas cosas, las caras que encontraba por los anchos pasillos no me resultaban familiares y no conseguía encontrar el acompañamiento en nadie.
Dejé de hablar e, incluso de sonreír. La gente me tomaba por una persona tímida y cerrada y yo no lo era, jamás lo había sido. Cada día se presentaba como una tortura y al legar a casa las cosas no mejoraban. Me daba cuenta de lo que me estaba alejando de la gente que más quería, de los momentos que me estaba perdiendo pero es que no conseguía reunir el valor para coger el teléfono y marcar un número. Todo me daba igual, me sentía sola y al echar la vista atrás no conseguía recordar los buenos momentos.
Así estuve varios días pero poco a poco todo fue volviendo a una calma más feliz y embriagadora, de esas que te hacen sentir a gusto, reconfortado y seguro. Fui conociendo a gente más afín que hasta entonces había permanecido oculta como yo, por miedo o por egoísmo. Al regresar cada noche ya no estaba sola y me di cuenta de que nunca lo estuve simplemente estaba demasiado ocupada compadeciéndome de mí misma en un rincón como para prestar atención al resto del mundo. Vi que todos tenían sus tristezas y sus dolores, que los míos contaban pero no eran más importantes.
Cada sonrisa escondía tras de sí un pasado, muy parecido al mío, en un ambiente similar, miraba a los ojos de la gente y podía descubrir mil historias que antes no estaba dispuesta a escuchar pero ahora me sentía con ánimo de oírlas. Todos rompimos las barreras y nos acercamos, todavía con impedimentos pero allí estábamos, dispuestos a intentarlo.
Y una vez más todo giró de repente. Lo que pasó aquel viernes volvió  poner mi mundo del revés, me llevó a aquel punto al que no quería volver, a la angustia y las lágrimas. Me mostró que no podía pasar página sin curar las heridas porque si no se abrían y se hacían cada vez más dolorosas. Así que fui allí cargando mi nudo en la garganta y me enfrenté a él. La persona que había conseguido hacerme la mujer más feliz del mundo durante unos meses pero que también me había vuelto la más triste.
Al verle se me cayó el peso equivalente a mil losas de mármol sobre la cabeza. Estaba frente a mí, tan indefenso y perdido que no parecía él y entonces mi nudo en el estómago se disolvió y fue sustituido por lástima. Sentía que tuviera que pasar por algo así y más aún sentía que hubiera decidido pasarlo solo. Había perdido una de las cosas más importantes que tenemos los humanos y aún ahí estaba allí, guardando el tipo, intentando parecer fuerte y despreocupado. Pero yo le conocía y sabía que él no era así y que le dolía todo aquello y que necesitaba un abrazo y un cariño que había decidido rechazar.
Una barrera nos separaba, un muro trasparente de esos que a pesar de su fragilidad no puedes romper por la fuerza. Una pared que habíamos ido construyendo durante todo un verano para protegernos el uno del otro cuando de verdad la amenaza no veía de nosotros. Pero a pesar de todo nos miramos y lo entendimos: comprendimos lo que habíamos dejado pasar y lo que habíamos pasado y las lágrimas invadieron sus ojos al igual que los míos. Pero ninguno lloró, ya no era el momento y como dice un sabio dicho "no llores porque terminó, sonríe porque ocurrió".
Así me despedí de él, dejando en aquel lugar lleno de muerte y dolor no sólo un amor tierno y sincero sino todo el pesar que me había embargado los últimos meses. Supe que pude hacer las cosas mejor pero no tenía nada de lo que arrepentirme. Allí cerré aquel capítulo para siempre que podía iniciarse como una amistad o permanecer cerrado como un recuerdo pero que nunca más me causaría dolor.
Lo mejor vino después, la gente se preocupó, los nuevos amigos llamaron y se interesaron y los viejos por supuesto lloraron conmigo. Ya no quedaba hueco para la duda, no tenía que renunciar a nada para seguir avanzando y las reticencias hacia lo desconocido se borraron. Era momento de crecer y confiar aunque luego doliera, mejor arrepentirse de lo que haces, lo que vives y por lo que lloras que de lo que nunca sabrás qué hubiera podido ser.

lunes, 11 de octubre de 2010

Mis recuerdos

A lo largo de mi vida he visto muchas cosas y he pasado por muchos momentos. Me he enfrentado a auditorios llenos de gente con su atención puesta en mí. He sentido el éxito en mi cuerpo y he tenido mucho dinero, tanto que podía comprar casi cualquier cosa. El balance de mi vida cae sobre el lado positivo pero no por las fiestas a las que asistí, ni los coches que compré. Mis experiencias no se valoran en euros, de hecho pocas cosas de las realmente válidas pude comprar con el dinero.
La gente que conocí mientras triunfaba ya no está, se evaporó con la fama y el prestigio. Mis vestidos caros se arrugaron y pasaron de moda y mis zapatos de tacón me dejaron de parecer útiles. Todo lo material se fue desgastando y  pasó a ocupar un lugar más en una habitación llena de trastos viejos. Pero aún así yo era feliz.
Había otras cosas en mi vida que me hacían enormemente dichosa. Recuerdo una tarde de sábado, nada la hacía especial y para mí lo fue. Recuerdo que estaba cansada, un viernes duro y quedé con dos amigas para dar un paseo. Hacía tanto frío que terminamos en un restaurante tomando un café caliente. Recuerdo que nos reímos mucho, hablamos de todo, nos desahogamos juntas y volvimos a reír y al llegar casa me sentía en paz, bien, feliz. Eso sí lo echo de menos, los paseos por Madrid en invierno que te llevaban a lugares llenos de luces y músicas recónditas de intérpretes ambulantes.
Recuerdo una noche, una vez más el sábado como protagonista y una vez más sin planes para ese día.  Pero para no variar de nuevo había alguien ahí dispuesto a aguantarme unas horas. Todo empezó con chocolate y mojito y terminó en una noche de risas y recuerdos. Hubo tiempo para todo: lloramos, hicimos el ridículo pero lo pasamos bien.
Miles de días insignificantes un grupo de personas sin importancia se reúnen para hacer algo cotidiano y lo mejor es de esas horas que pasan juntos salen los mejores momentos de su vida. Las cosas que pasan desapercibidas por el mundo son las que nos hacen realmente felices. Un día de nieve atrapados en una cuesta con miedo a caernos, una fiesta, un día de febrero...
Lo que realmente me hizo feliz cada día fueron las llamadas de teléfono que no decían nada, sólo ocupaban horas y gastaban batería mientras un silencio rico en mensajes llenaba el tiempo. Me sentía cómoda compartiendo copas y bailes en un local de mala muerte en un barrio desaparecido del mapa junto a la gente que no me quería por lo que tenía sino por lo que era. Estaba a gusto sentada en el césped de una avenida lejana comiendo pipas mientras decidíamos donde cenar.
Es curioso que habiéndolo tenido todo sólo aprecies lo más insignificante, los pequeños momentos que hacen que un día pase de ser uno más en el calendario a ser legendario. Pero lo que marca la diferencia no es el cómo lo vives sino con quién lo haces. Un viaje puede ser un auténtico desastre si estas solo o un desastre divertido si estás con tus amigos. Una mala racha puede ser el principio de una depresión o sólo un día malo si te rodeas de buenos consejeros.
Todo forma parte de un dar y recibir. Pero lo que se entrega no es dinero y lo recibido no se puede tocar con los dedos. Se ve, se nota, se percibe en el ambiente que lo rodea y causa mucha satisfacción aunque en otros momentos sea desdicha. Pero sea como fuere merece la pena entregar un pedacito de tu corazón y recibir miles de trozos a cambio.
Los viajes, el lujo y la buena vida han llenado mi vida durante gran parte de ella, pero no la han marcado, solo han adornado los momentos realmente importantes.