Alguien dijo alguna vez que en el momento en que te paras a pensar si quieres a alguien, ya has dejado de quererle para siempre. [Carlos Ruiz Zafón. La Sombra del Viento]
Las dudas y el amor son incompatibles. La desconfianza se convierte en la criptonita de una relación que la debilita hasta consumirla y reducirla únicamente a cenizas. Es como intentar construir un edificio de cien plantas sin cimientos, como basar una amistad en mentiras, como intentar cruzar el océano con un barco de papel.
Y poco a poco el tiempo erosionará la relación hasta llegar al punto en el que te cuestionas si de verdad le quieres, si está hecho para ti, y comienzas a recrear otras posibilidades sin él. Imaginas cómo sería tu vida sin su presencia y no te desagrada lo que ves. En ese momento puedes acabar la historia con un "THE END" a lo Hollywood y otear nuevos horizontes en busca de esa persona que sea para ti y tú para él.
¿Qué tengo que intentar? ¿Cuánto habrá de ocultar?
Es la imagen que alguien vio, no es la realidad
Y así tras una máscara tengo que ocultar todo lo que soy, lo que eres para mí y lo que me has obligado a sentir por ti. Te odio por hacerme daño, por tratarme como un desperdicio, por dejarme como una mentirosa. Quiero te desaparezcas de mi mente por lo que me has hecho pasar, porque sé que nunca he significado nada para ti.
Pero a la vez te echo de menos. Añoro a la persona que me hacías ser, las risas y los piques y pensar que era realmente importante para ti. Echo de menos cuando las cosas no dolían tanto por el hecho de que tú estabas ahí. Me gustaría tenerte ahí cuando necesito hablar, que te alegres cuando yo lo hago (o que por lo menos lo finjas), que me digas que me quieres, aunque no sea cierto.
Cuando pongo en una balanza los pros y los contras de intentar arreglarlo contigo gana lo bueno, las cosas bonitas que hemos pasado y se podría repetir. Pero ambos sabemos que eso es a corto plazo, que yo no confío en ti porque sé que eres peor que la más letal de todas las armas. Así que prefiero dejarlo así y poder obtener algún beneficio a largo plazo.
Y tú, qué decir de ti. Sigues convencido de que todo lo hice por herirte, por destrozarte, por celos. Pero ambos sabemos que eso no es verdad, que yo estaba despegando sin ti y, una vez más, me cortaste las alas. No actué en tu contra sino en mi favor, lo hice porque sabía que era lo correcto y no me arrepiento. Solo espero que algún día puedas darte cuenta de todo y asumas tus errores; si en ese momento sigues creyendo que los celos me guiaron te pediré perdón, pero no fue así.
Y toda esa añoranza se esconde tras ese reflejo, tras esa sonrisa que intento mantener a cualquier precio, bajo la coraza que ahora nadie consigue romper. Ahí estás tú, una vez más en lo más profundo de mi ser, amarrándote a mí e impidiéndome ser feliz.
Ya Aristóteles en su filosofía afirmaba que el ser humano es un ser social. Para él, este dato implicaba una organización política, para los más románticos una visión del hombre rodeado de gente: amigos, familias...
Cada uno ocupamos un lugar entre nuestros padres, hermanos, abuelos y tíos. No todos nos agradan por igual, ni les entregamos nuestro cariño de igual manera, ni recibimos lo mismo de todos, pero no podemos elegirlos, vienen de serie.
En cambio existe otro grupo, normalmente reducido, al que sí elegimos pertenecer: los amigos. Ellos son la familia que sí elegimos. Ellos son capaces de estar a nuestro lado siempre, en una posición discreta. Ellos saben cuando deben decir lo que quieres oír y cuando contradecirte para que no te estanques en el camino. Ellos saben quién te rodea por interés y aunque los desprecies vuelven a estar cuando los necesitas. Un amigo de verdad jamás te insulta, te dice las cosas con el cariño con el que se dan los consejos. Esas personas no te echan cosas en cara una y otra vez, con una vez es suficiente, ni ven en tus actos malas intenciones. Un amigo respeta tus decisiones aunque sepa que no son las adecuadas permaneciendo a tu lado para levantarte si caes.
Sí, efectivamente somos un ser social y necesitamos a los demás en nuestra vida, pero podemos elegir quién queremos que nos rodee y quién es de verdad un buen amigo. De nada sirven las personas que día tras día te recuerdan tus defectos, que no reconocen tus logros, que no saben frivolizar con las cosas que carecen de importancia, que no saben apreciar lo que tienen.
El tiempo es escaso y hemos de disfrutarlo con las personas que de verdad importan, aunque estas vayan cambiando a lo largo de nuestra vida.
Puedes estar toda tu vida viviendo en unos zapatos que no son los tuyos, simplemente porque te gusta cómo te quedan. Con ellos eres capaz de lograr cosas extraordinarias, de conocer gente que, de otra manera, no conocerías, de ganar dinero... Pero una mañana te levantas con los pies llenos de ampollas y rozaduras y examinas los zapatos. Realmente la suela no era tan gruesa como tu pensabas, por lo que cada china en el caminó te dolió más que a cualquier otro. Pensaste que era tu número, pero tu pie era dos tallas más pequeño y tu talón presenta una fea herida, a la vez que tus dedos están encogidos y morados. Los compraste por su color, te encantaba aquel rojo carmín, y ahora descubres que en realidad son marrones tirando a negro y están muy sucios.
Con la vida ocurre igual. A veces nos empeñamos en vivir una vida que no es la nuestra solo por conseguir éxitos, cosas materiales y dinero. Pero un día, normalmente cuando es demasiado tarde, nos damos cuenta de que no hemos sido felices y decidimos hacer balance de nuestra vida. La gente que nos rodeó estaba con nosotros por nuestras riquezas por lo que en los momentos malos nos encontramos solos y todo nos afectaba mucho más a cualquier otra persona. Otras veces no explotamos a fondo nuestras posibilidades por miedo a fracasar o por comodidad y mientras que nosotros nos creíamos gente exitosa, el resto no veía como unos papanatas comprados.
Al final de tu vida ves tus errores. Algunos los recuerdas con cariño por sus positivas consecuencias, otros son motivo de amargura y de algunos hasta te arrepientes. Pero en esos últimos momentos también ves el resto de tu vida: las risas, las fiestas, los momentos con los amigos, con tu pareja... y sabes que tu vida tiene sentido. La vida es un camino de ilusión en el que a veces aparecen piedras en el camino que esquivar o saltar, en cambio si te calzas unos zapatos equivocados se convierte en un tortuoso viaje que estás deseando acabar.
El ser humano mide el tiempo en minutos, horas... Pero a la hora de recordar momentos los mide en días. Existen días grises y días claros, días despejados en los que llueve y días lluviosos llenos de luz. Hay días en los que quieres llorar y otros en los que ríes. Hay días entre días y días especiales, días de cumpleaños y primeros días de una larga vida.
A veces vivimos días que nos parecen meses y meses que parecen días. En algunos días vivimos momentos que se repiten en varios días y otros que son únicos. Hay días con nombres y apellidos y otros son días perdidos en un calendario, días que quisieras alargar y días que te gustaría acortar.
Quizás algunos días te pasen por encima pero siempre hay muchos días a los que consigues dominar. Recuerda esos días que son palabras y los que son hechos, los que te hacen avanzar y los que te obligan a retroceder, los que te obligan a crecer y en los que quieres volver a la niñez.
Hay días que siempre recordarás aunque lo quisieras olvidar y días que olvidarás aunque los quisieras recordar. Mucha gente escondida entre días que pasan desapercibidos entre días señalados con rojo. Cada día nace gente y muere otra, el día inicial para unos y el final para los que se van.
Existen días en los que vives en la oscuridad para despertar en la luz del otro día. Hay días que terminan en el hogar y otros en la mesa de un bar, días aprovechados y días malgastados por los teóricos dueños del día.
Pero el día, sea triste, feliz, completo, vacío, dulce o amargo se acaba. El día es limitado, son 24 horas, 1440 minutos y 86400 segundos que en el momento que pasan crean una barrera infranqueable. Una frontera que abre la puerta a un nuevo día a la vez que sella el anterior con el cerrojo más fuerte posible: el tiempo.
Y es así como un día sucede a otro y como nos movemos, cabalgando entre ellos, esperando a que nos ofrezcan algo que deseamos, o intentando modificarlos. Pero sea como sea podremos vivir una vida fragmentada en días y elegir los actos de esos momentos, pero lo que no podremos seleccionar es el tiempo del que disponemos cada día. Igual que a Cenicienta nos han concedido hasta las doce, podemos ir al baile y disfrutar o, por el contrario, quedarnos lamentando el poco tiempo que tenemos.
Y cogí un barco, y dejé al capitán que me llevara con él. Me daba igual el lugar, no me importaba la ciudad, el país o el continente, ni siquiera el tiempo que tardase en llegar. Llegar al otro extremo del mundo no suponía un problema, alejarme de todo, abandonar mi vida a su suerte.
Las olas balanceaban mi cuerpo, el aire hacía ondear mi pelo y la suave brisa mojaba mis brazos. Miraba fija al horizonte, diciendo adiós sin la esperanza de volver, sin ser capaz de recordar un momento bonito, aunque los hubiese.
Las pesadillas me atormentaban, oscureciendo mi rostro y creando una sombra oscura en mi mirada. Lo deseaba, lo necesitaba, el pájaro por fin había echado a volar, libre, sin cadenas, dejando el peso atrás.
El barco se abría paso entre el mar, un mar que parecía una masa imposible de atravesar pero que en realidad era frágil. La noche se cernía sobre la vela mientras las lágrimas surcaban mi rostro.
Sé que las lágrimas no van a cambiar nada, los errores se han grabado a fuego en el libro de la vida. El dolor causado permanece impasible en los corazones de las personas que perdonan, pero no olvidan. Soy consciente de que mi llanto es inútil, no debí llevar las situaciones al límites, a un punto donde ya no era capaz de solucionarlo.
Nunca pensé que agradecería tanto el silencio que ahora me rodeaba, yo que siempre había huido de él. Pero ahí estaba sin escuchar nada, sola de nuevo, rumbo hacía un lugar desconocido.
La noche llegó y yo seguía en la misma postura con la que había abandonado el puerto. No era capaz de asimilarlo, no era capaz de identificar la pieza exacta que había fallado pues todas habían caído a la vez. Realmente eso ya no servía de nada. El ser humano tiene la mala costumbre de darse cuenta de los errores una vez cometidos. Puede vivir metiendo la pata años y solo reconoce que se ha equivocado cuando pierde algo importante.
Sabía que era el momento y lo dejé caer, allí, en medio del mar. Los restos de su cuerpo en forma de partículas grises volaron, la urna donde había comenzado su último viaje quedó vacía ya, todo había terminado para los dos y las lágrimas volvieron a brotar una vez más por mis mejillas. Lloraba por mi estupidez, por la suya, por la de los dos, por todo lo que había hecho que jamás volviéramos a estar juntos, incluso en sus últimos minutos.
Quizá en ese momento lo comprendí y me di cuenta de qué había sido. Hay un libro que dice: "Hay personas que pasan por la vida buscando y nunca encuentran a su alma gemela. Nunca. Tú y yo la encontramos, sólo que las tuvimos por un periodo más corto del habitual". Nosotros nos encontramos pero no supimos querernos en el momento adecuado o del modo correcto y ahora ya no está.
Él se posó por última vez sobre la superficie antes de que sus cenizas se hundiesen definitivamente en el agua. Parecía que se estaba despidiendo de mí. Sentía su mano acariciar mi pelo y su boca besar mis labios, y le oí susurrarme al oído que no me sintiese culpable. Entonces desapareció, tal y como había venido, sin hacer ruido, de puntillas, dejándome el corazón roto y dolor en el cuerpo.
Ese fue el último viaje de ambos: el de los dos juntos porque nunca más hubo "los dos", el suyo porque su corazón ya no latía y el mío porque nunca más saldría del lugar al que me condujo aquel velero. Era el precio que tenía que pagar por mi error y era mi deber asumirlo sin reticencias.