Imagínate, por un segundo, que pudieses
viajar a cualquier recuerdo para volver a vivirlo, sin tener derecho a
interferir en él. Tendrías la oportunidad de revivir un beso o descubrir por
qué te equivocaste en este o aquel momento pero sin tener la opción de
cambiarlo. Poder volver a notar aquellas mariposas en el estómago o sentir, de
nuevo, el viento en la cara como aquel día. Pisar sobre seguro sabiendo qué te
espera mañana.
Parar tu barco en el ayer y echar
el ancla, bañarte en el mar abierto de tu memoria sin temor a lo que ya
viviste. Elegir el instante más insignificante para rememorar lo que se sentía
cuando eras feliz, cuando cada día no suponía una batalla por averiguar quién
eres, qué quieres y dónde vas. No tener la necesidad de derramar más lágrimas
por sentirte perdido, recordar cómo se veía tu cara cuando tu corazón sonreía.
Ahora, suponte que te ofrecen
revelarte una parte de tu futuro, sentarte en una silla para ver unos cuantos
fotogramas de tu mañana con la única condición de olvidarlo todo de vuelta al
presente. Descubrir el instante más feliz o el más triste, contemplarlo,
sonreír, llorar y, después, seguir con tu vida como si nada.
Por último nos queda la tercera
opción, no es la que más alivia, ni la que más nos atrae. Consiste en abrazar
los recuerdos sin aferrarte a ellos, sin fundirte en su memoria. Se trata de
esperar el futuro, pero sin sentarte a hacerlo, ser consciente de que mañana
aparece después de hoy pero que has comprado cada uno de los segundos del día y
tienes que disfrutarlos.
En esta opción te vas
construyendo unas alas para salir a volar con ellas. Es parecido a nadar en un
lugar en el que no haces pie, sabes que has de mover tus brazos y piernas para
no hundirte y tienes la incertidumbre de cuán profundo estará el fondo. Pero, a
pesar de todo esto, no tienes miedo porque sabes que si nadas no te ahogas, que
si vives todo irá bien.
Ahora que ya conoces las opciones
te toca elegir a ti, pero debes tener en cuenta varias cosas. El pasado siempre
está exagerado, los malos y los buenos momentos se graban, multiplicados por
mil, en nosotros y se reproducen con más intensidad de lo que, en verdad,
supusieron. El futuro es lo incierto y, por ello, nos da curiosidad. Pagaríamos
por saber cómo o dónde vamos a conocer, por ejemplo, a esa persona, cuando
sabemos que esos son los momentos que realmente se disfrutan por ser
sorprendentes, por alterarnos el corazón.
Por último está el presente que
asusta por lo rápido que se convierte en pretérito, porque es el que nos hace
daño, porque confiamos en un mañana mejor. En cambio, en el presente también
nos enamoramos, nos sorprendemos, nos asustamos, viajamos, echamos de más y de menos,
olvidamos, decimos "te quiero", metemos la pata, perdonamos,
rectificamos, nos alejamos, nos abrazamos, lloramos y, en la mayoría de
ocasiones, gritamos muy alto. En el fondo, el presente es el mejor de nuestros
regalos.
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