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domingo, 3 de junio de 2012

El mejor regalo


Imagínate, por un segundo, que pudieses viajar a cualquier recuerdo para volver a vivirlo, sin tener derecho a interferir en él. Tendrías la oportunidad de revivir un beso o descubrir por qué te equivocaste en este o aquel momento pero sin tener la opción de cambiarlo. Poder volver a notar aquellas mariposas en el estómago o sentir, de nuevo, el viento en la cara como aquel día. Pisar sobre seguro sabiendo qué te espera mañana.

Parar tu barco en el ayer y echar el ancla, bañarte en el mar abierto de tu memoria sin temor a lo que ya viviste. Elegir el instante más insignificante para rememorar lo que se sentía cuando eras feliz, cuando cada día no suponía una batalla por averiguar quién eres, qué quieres y dónde vas. No tener la necesidad de derramar más lágrimas por sentirte perdido, recordar cómo se veía tu cara cuando tu corazón sonreía.

Ahora, suponte que te ofrecen revelarte una parte de tu futuro, sentarte en una silla para ver unos cuantos fotogramas de tu mañana con la única condición de olvidarlo todo de vuelta al presente. Descubrir el instante más feliz o el más triste, contemplarlo, sonreír, llorar y, después, seguir con tu vida como si nada.

Por último nos queda la tercera opción, no es la que más alivia, ni la que más nos atrae. Consiste en abrazar los recuerdos sin aferrarte a ellos, sin fundirte en su memoria. Se trata de esperar el futuro, pero sin sentarte a hacerlo, ser consciente de que mañana aparece después de hoy pero que has comprado cada uno de los segundos del día y tienes que disfrutarlos.

En esta opción te vas construyendo unas alas para salir a volar con ellas. Es parecido a nadar en un lugar en el que no haces pie, sabes que has de mover tus brazos y piernas para no hundirte y tienes la incertidumbre de cuán profundo estará el fondo. Pero, a pesar de todo esto, no tienes miedo porque sabes que si nadas no te ahogas, que si vives todo irá bien.

Ahora que ya conoces las opciones te toca elegir a ti, pero debes tener en cuenta varias cosas. El pasado siempre está exagerado, los malos y los buenos momentos se graban, multiplicados por mil, en nosotros y se reproducen con más intensidad de lo que, en verdad, supusieron. El futuro es lo incierto y, por ello, nos da curiosidad. Pagaríamos por saber cómo o dónde vamos a conocer, por ejemplo, a esa persona, cuando sabemos que esos son los momentos que realmente se disfrutan por ser sorprendentes, por alterarnos el corazón.

Por último está el presente que asusta por lo rápido que se convierte en pretérito, porque es el que nos hace daño, porque confiamos en un mañana mejor. En cambio, en el presente también nos enamoramos, nos sorprendemos, nos asustamos, viajamos, echamos de más y de menos, olvidamos, decimos "te quiero", metemos la pata, perdonamos, rectificamos, nos alejamos, nos abrazamos, lloramos y, en la mayoría de ocasiones, gritamos muy alto. En el fondo, el presente es el mejor de nuestros regalos.

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