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domingo, 30 de octubre de 2011

El otoño

Mirar por la ventana y descubrir que ya ha llegado el otoño, que es pronto y ya es de noche, que hace frío, que se caen las hojas de los árboles, que mañana ha dicho el hombre del tiempo que va a llover...
Una vez más me ha sorprendido lo rápido que pasa el tiempo. Los nuevos descubrimientos y  las recientes experiencias adquiridas se amontonan en mi cabeza sin que me haya detenido un segundo a juntarlas y ordenarlas con el resto de recuerdos.
Veo como una hoja va cayendo lentamente hasta llegar al suelo y pienso en todos los pilares de mi vida que se han derrumbado en estas últimas semanas. Mis amigos, las personas importantes para mí, han cambiado y, a pesar de ello, mi casa se mantiene en pie. Recuerdo también las cosas que he conseguido sin verme capaz de hacerlo, la actitud con la que he afrontado algunas dificultades, el cariño que he recibido...
Siento como soy mejor persona en muchos aspectos y como debo mejorar en otros, noto como mis prioridades han cambiado y ahora sé que soy más fuerte que antes, capaz de afrontar los golpes.
Pero me doy cuenta de que, aún hoy, son esos pequeños momentos los que me siguen haciendo sonreír. Esos instantes que nadie menciona en un diario, que nadie recuerda al día siguiente, que pasan desapercibidos entre momentos grandiosos.
Una mirada que se escapa entre amigos que forman parte de una realidad alternativa llena de complicidad, un gesto que significa el comienzo de algo diferente. Quizá incluso, una conversación con una persona de la que no esperabas nada que se convierte en alguien importante.
Sonrío porque sé que puedo empezar el otoño. Llevo ropa de abrigo para resguardarme del mal tiempo que pueda venir, tengo un paraguas que puedo abrir cuando la lluvia sea fuerte, en mi armario hay unas botas de agua preparadas para no mojarme con los charcos y gente en la que apoyarme si el viento amenaza con llevarme con él.

jueves, 6 de octubre de 2011

Nadie quiere morir...

Steve Jobs descubrió hace algún tiempo una realidad que hoy ha confirmado: nadie quiere morir. Esta afirmación que el propio Jobs realizó en una conferencia en Stanford me ha hecho reflexionar durante el día de hoy.

¿Qué implica morirse? Parecerá una tontería, algo sencillo, pero morir significa dejar de vivir: no volver a abrazar a alguien a quien queremos, no derramar una lágrima de dolor, no sonreír de alegría al rencontrarse con alguien... Pero no solo eso, morir significa despedirse de las pequeñas cosas de la vida: de los agujeros que rompen tus calcetines, del olor a tostadas, de los semáforos que parpadean.

Quizá solo las personas que han estado frente a esta experiencia son capaces de apreciar lo que significa seguir respirando. Mientras, nosotros seguimos obviando el cariño a los demás, continuamos guardando nuestras sonrisas para una ocasión especial sin pensar que esa ocasión puede ser el simple hecho de seguir viviendo.

Es aquí donde aparece el hecho curioso: nadie quiere morirse, pero la vida nos aburre. No vivimos como si fuera el último día porque sabemos que va a haber mañana y que tras ese mañana viene otro y otro y así sucesivamente. Frente a nosotros aparece un camino largo del cual no vemos el final hasta que nos topamos directamente con él.

Y es que, por suerte o por desgracia, la verdad es que el camino se acaba para todos. Da igual nuestra posición social, el dinero que acumulemos, la fama que poseamos o la belleza que nos caracterice, la muerte es el final que compartimos.

Hoy, quizá sea uno de esos días en que se nos alecciona de una forma diferente, de una forma ejemplarizante. Ha muerto Steve Jobs, un visionario, una persona que nos ha facilitado la vida, que podía comprar cualquier cosa con su dinero y que, a pesar de todo, se ha ido para siempre sin poder llevarse nada con él.

Pues bien, como dijo Jobs: "nadie quiere morir pero es el destino que todos compartimos". Todos tenemos miedo o reparo al pensar que pueda llegar pero, como le paso a él, solo nos damos cuenta de lo importante de la vida cuando no nos queda casi tiempo de disfrutarla. Así se despide, dándonos uno de los consejos más válidos que nos podrían dar: "recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder".