Una vez más me ha sorprendido lo rápido que pasa el tiempo. Los nuevos descubrimientos y las recientes experiencias adquiridas se amontonan en mi cabeza sin que me haya detenido un segundo a juntarlas y ordenarlas con el resto de recuerdos.
Veo como una hoja va cayendo lentamente hasta llegar al suelo y pienso en todos los pilares de mi vida que se han derrumbado en estas últimas semanas. Mis amigos, las personas importantes para mí, han cambiado y, a pesar de ello, mi casa se mantiene en pie. Recuerdo también las cosas que he conseguido sin verme capaz de hacerlo, la actitud con la que he afrontado algunas dificultades, el cariño que he recibido...
Siento como soy mejor persona en muchos aspectos y como debo mejorar en otros, noto como mis prioridades han cambiado y ahora sé que soy más fuerte que antes, capaz de afrontar los golpes.
Pero me doy cuenta de que, aún hoy, son esos pequeños momentos los que me siguen haciendo sonreír. Esos instantes que nadie menciona en un diario, que nadie recuerda al día siguiente, que pasan desapercibidos entre momentos grandiosos.
Una mirada que se escapa entre amigos que forman parte de una realidad alternativa llena de complicidad, un gesto que significa el comienzo de algo diferente. Quizá incluso, una conversación con una persona de la que no esperabas nada que se convierte en alguien importante.
Sonrío porque sé que puedo empezar el otoño. Llevo ropa de abrigo para resguardarme del mal tiempo que pueda venir, tengo un paraguas que puedo abrir cuando la lluvia sea fuerte, en mi armario hay unas botas de agua preparadas para no mojarme con los charcos y gente en la que apoyarme si el viento amenaza con llevarme con él.