¿Alguna vez has sentido esa mano
que, con sumo cuidado, aparta un mechón de pelo de tus ojos? Un escalofrío recorre
tu espalda y se instala en tu estómago y te hace sonreír mientras tus mejillas
se tiñen de un rosa intenso. Una vez que esa ilusión entra en ti no puedes
hacerla desaparecer y piensas en ese pequeño gesto cada minuto del día.
Después de eso tus días se basan
en recordar aquella conversación con él, buscar el significado oculto detrás de
esas palabras que te dijo y, cuando por fin le ves de nuevo, huir despavorida
por miedo a que note que algo en ti a cambiado. Contemplarlo, a veces, sin que
lo note e imaginar que vuelve a rozar tu cara con su cálido tacto.
Es la sensación de estar sentado
en un acantilado con los pies colgando hacia un mar que resuena, amenazador,
algunos metros por debajo. La seguridad que da tener la tierra bajo tu trasero
y, a la vez, ese nudo en el estómago por contemplar un paisaje tan bonito con
medio cuerpo colgando. Saber que puedes caer en cualquier momento y aún así
permanecer allí, con el aire en la cara.
Cada día que amanece es un nuevo
día de verano que calienta tu vida cuando el otoño ya se ha instalado y
pretende quedarse. Es una estrella fugaz que brilla en un día soleado y una
gota de agua tras una semana en el desierto. El corazón, que parecía llevar
siglos dormido, despierta y acelera y frena a su antojo y, misteriosamente, eso
te hace feliz.
El ruido llena lo que hasta no
hace mucho eran silencios. Bandas sonoras ponen música a tus días. Alguien
pincha risas enlatadas, aplausos y onomatopeyas a cada paso que das. Velocidad,
los días parecen tener menos horas que de costumbre y solo unos pocos de esos
minutos tiene ya sentido.
¿Alguna vez has sentido esa mano
que, sin pensar en las consecuencias, te acaricia una mejilla mientras nota
como se ruboriza al hacerlo? Entonces estás perdido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario