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martes, 1 de abril de 2014

Historia de una pesadilla

Ella despertó cuando él ya se había ido. Su colonia aún flotaba en el aire, dulce y excesiva, como todo en él. Durante mucho tiempo rezó para que se quedara a su lado, le necesitaba. Luchó por detener el tiempo en su sonrisa, pero ya casi no recordaba qué era eso, ni siquiera sabía si alguna vez había existido.

Tenía miedo. Cada día era una nueva batalla por no olvidar, por aferrarse a una felicidad que era efímera e intangible, como la humedad que lo cubre todo bajo la niebla. No quería decepcionar a nadie o, al menos, no podía permitirse hacerlo tanto como ya se había defraudado a sí misma.

No recordaba quién era. Se había vestido con ropa que no le pertenecía, había reído con bromas que no le hacían gracia, había caminado de la mano con alguien a quien no quería. Pero, sobre todo, había besado unos labios a los que no amaba. La mentira, que comenzó siendo una canica, era ahora una esfera opaca y pesada que amenazaba con caerse sobre todo lo que había logrado construir.

Y aquella noche todo había cambiado, en un segundo, como en las grandes historias. Reunió el valor necesario y gritó todo lo que había callado, lo que él no quería oír. Antes de terminar supo que se había acabado y sintió el alivio del que ha hecho lo que debía. Cuando el silenció volvió a inundar la sala, ella no se movió, ni bajo la mirada como había hecho en el pasado.

Una única lágrima corría por su mejilla, huyendo del vacío de sus ojos. Sus brazos caían firmes a ambos lados de su cuerpo. Entonces, él comprendió sin más preguntas que ninguna palabra podría llenar aquel hueco nunca más y se giró, dándole la espalda una vez más.

Ella despertó cuando él ya se había ido. Y, cuando se dio cuenta de ese pequeño detalle, comenzó a reír. Las carcajadas salían de su garganta y chocaban con las paredes, ahora desnudas, resonando en el vacío de la sala. Quizá muchos pensaran que estaba loca, pero ahora era feliz.


[Porque cuentan las historias que si cuentas tus sueños, éstos nunca se harán realidad. Espero que pase lo mismo con las pesadillas. Aquí la mía]

sábado, 21 de diciembre de 2013

El contraste de diciembre

Las luces se han vuelto a encender. La ciudad brilla extendiendo su manto dorado, rojo, verde y azul en la oscuridad. Los coches van y vienen, escondiendo en su interior caras felices, discusiones, gente cansada y otra contenta por la llegada de las vacaciones. Gorros con bolas de lana pasean por las calles abarrotadas de personas que señalan a un lado y a otro, sorprendiéndose, como cada año, porque ha regresado en seguida. El metro cambia maletines por bolsas de regalos; se llena de niños con guantes y abrigos de paño que sujetan con fuerza las manos de sus padres temerosos de que se pierdan entre la multitud.

Cuernos de reno que relucen, pelucas de colores, gorros rojos o con animales de peluche y gafas más grandes de lo normal. Músicos en la calle que, entre el examen y el frío, consiguen tocar canciones de esas que muestran las inexistentes noches de paz. Una fiesta temática que llega a cada uno de los rincones de la ciudad y el tema, como siempre en estas fechas, Navidad.

Familias que se reúnen en el rito de adorar al pavo o al cochinillo de turno, que hace unos meses paseaba feliz en la inconsciencia de su destino. Vestidos de lentejuelas, de raso, de tul, todos más emperifollados de lo normal. Corbatas rosas sobre camisas de rayas o moradas sobre lila o las clásicas negras sobre blanco. Olor a comida, a perfume del caro, a laca de la barata. Caras de "me alegro de verte" y otras de "que pase el trago de todos los años". Multitudes infelices, soledades deslumbrantes que ríen entre polvorones y mazapanes.

Frío, mucho frío. Cartones en una esquina de esta y aquella calle del centro. Mantas que acunan a los que, quizá un día fueron felices, y hoy luchan por dormir sin lograr que la Navidad caliente sus fríos pies. Platos de comida que no se llenan, bolsillos que se vacían. Niños que abren regalos que no existen e imaginan ser príncipes y princesas con coronas de cartón, mientras otros derrotan a los monstruos de los juegos de sus teléfonos móviles.

Una familia llora por el que este año ya no está, porque se echa de menos, porque la ausencia duele. Una sonrisa intenta abrirse paso en una cara que ya no recuerda como se hace, un rostro que se ha hecho íntimo amigo de la angustia y la desilusión. Un trabajo que no llega, en una mesa que ha cambiado el jamón por la mortadela. Cuatro gambas colocadas con esmero en un plato en el que ayer había veinte y un cartón de vino que sustituye al transparente vidrio. Pero, es Navidad.


El gordo de barba blanca que repartía regalos se cambia por el flaco ojeroso que los busca en la caridad, en las latas de conserva que alguna organización reparte. En el belén , los pastores se sientan a esperar que el hombre del traje los eche de su casa, de donde han vivido siempre. Hombres duros que se han derretido entre las lágrimas de su agonía, enfermos que se apagan, gente presa que vive en supuesta libertad. Pero, un año más, en diciembre es Navidad.

miércoles, 31 de julio de 2013

DEP T.

Era viernes, nos levantamos temprano para ir a ese lugar al que jamás habríamos querido viajar. Cuando salimos reinaba el silencio, todavía nos preguntábamos por qué; recordábamos momentos de risas y nos lamentábamos por la gente más cercana. Era un día triste y el cansancio no ayudaba a hacerlo más llevadero.

El viaje comenzó, charlábamos e intentábamos mentalizarnos de lo que íbamos a encontrar a nuestra llegada, pero era imposible hacerse una idea. El primer golpe de realidad nos lo dio aquella curva, un tramo por el que pasan al año centenares de trenes sin problema, y que aquella tarde del día 24 de julio se había llevado por delante a 79 personas. Contuvimos la respiración al ver los restos de ese tren en el que horas antes había montado nuestro conocido, amigo, primo, hijo… Tortu. Su último viaje, al lugar donde pertenecía, a casa, con su familia.

Al llegar allí vimos el panorama desolador que nos rodeaba. Esta vez la realidad nos había hecho una llave de judo y estábamos KO en el suelo. Decenas de amigos se reunieron una vez más con él, pero esta vez no había risas, ni bromas, ni siquiera ese toque de humor negro. Silencio, así definiría aquella estampa. Una concentración de palabras e imágenes que no se pronunciaban, pero que se sentían y creaban lazos entre todos los que le habían conocido. No era incómodo, todo lo contrario, permitía llorar, pensar y, sobretodo, recordar.

La gente que le quería no paraba de llegar, era como volver a las tardes de fútbol, de botellones, pero sin él esta vez. Las miradas de los amigos se perdían en los recuerdos mientras las lágrimas brotaban porque éstos no volverían. Nadie hablaba de justicia porque todos sabíamos que no era justo.

Y entre aquella procesión de tristeza y dolor le despedimos, rodeado de flores, entre muchas muestras de cariño de amigos. Sus padres, los que más le habían querido consolaban y eran consolados, aunque para los que allí estaban no había consuelo y menos para ellos. Una camiseta de sus amigos llena de palabras que no dio tiempo a pronunciar, demasiadas despedidas que habían llegado antes de tiempo, sentimientos enfrentados por lo que no había dado tiempo a decir…

El sol descendió como todos los días ya que, aunque el dolor pareciera inmenso, la vida continuaba para el resto. La gaita dejó de sonar y, de nuevo, llegó el silencio de las lágrimas que se derraman, de los abrazos, de las miradas, de los recuerdos… Todos vimos como se fue, para siempre, y todos los que le conocimos le dijimos adiós desde Madrid y Galicia. Y, mientras volvíamos aquella noche a nuestras casas, una estrella más brilló en el cielo, la suya. Hasta siempre, nos vemos en el cielo.


"Solo se va quien es olvidado" DEP T.

domingo, 23 de junio de 2013

Erasmus

Hace un año cuando me dijeron que me iba de Erasmus todos los que habían vivido esa experiencia (u oído hablar de ella) me contaban que iba a ser el mejor año de mi vida. Decían que no iba a estudiar nada, que iba a salir mucho de fiesta y que iba a conocer a mucha gente.

Hoy, un año después, tengo mi propia versión del Erasmus. ¿Qué ha sido el Erasmus para mí? Personas con las que he compartido experiencias, con las que he crecido y he aprendido a valorar situaciones que antes pasaban de largo por mi vida.

Erasmus es Patri con su tupper de ensaladas y su forma de peinarse que nos contagió a todas. Erasmus es José, con su cabezonería, sus twits y su música. Erasmus es Pau, que consiguió que pasáramos horas delante de Youtube aprendiéndonos las frases de los vídeos de memoria. Erasmus es Julia, su manía de luchar por las injusticias y sus espaguetis carbonara. Erasmus es Marta, muchas veces desaparecida durmiendo, que luchó por limpiar el nombre de Benidorm. Erasmus es quedar a cenar con ellas un mínimo de tres veces por semana para quejarnos de cualquier cosa. Erasmus es Raquel, que nos presentó a dos mil millones de amigos. Erasmus es Pablo, su colchón ambulante y su capacidad de escuchar. Erasmus es quedar con Blanca para teñirme el pelo y tardar tres horas. Erasmus es ver discutir a Alfonso y José Carlos, meterse con la edad del Gallego, debatir con Álvaro algún tema del que no tenemos ni idea. Erasmus es conocer toda la lista de cosas que Gary no come. Erasmus es que todos lleguen tarde cada día.

Pero también Erasmus es conocerse a uno mismo. Dejar las prisas a un lado, aprender que la tortilla lleva sal siempre, que los champiñones no se lavan, se sacuden, que los españoles nos ganamos la fama que tenemos. Erasmus es saber que nuestro ingles es mil veces mejor que el de otros países, que se puede dormir en un aeropuerto, en un tren, en un autobús. Erasmus es descubrir que la ropa no se lava sola, que la arruga es bella, que las pelusas crecen en las esquinas. Erasmus es mirar mil veces el horario del tram antes de un examen, caminar durante horas para llegar a casa después de una fiesta, compartir la propiedad de un sofá cama, ver cada noche como algo especial. Erasmus es valorar las palabras "gratis" o "barato", afiliarse a la marca blanca, la cerveza y la sangría, reutilizar las bolsas, apurar los pantalones vaqueros, conocerse todas las variaciones de Absolut, JB y Larios de ocho euros. Erasmus es tener diez "yayas" que te cuidan si estás mal, veinte madres que te recuerdan las cosas que tienes que hacer y mas de treinta amigos que disfrutan cada segundo contigo.

Y, sobretodo, Erasmus es conocer el mundo que nos rodea. Discutir durante horas sobre qué Comunidad Autónoma es mejor pero saber que todas son increíbles. Criticar a los franceses y, a la vez, descubrir que tienen un punto de lo más "salao". Salir cada noche y encontrarse alguien nuevo y diferente con una historia. Viajar y hacerse fotos en mil lugares. Tener la maleta siempre preparada, bañarte en el mar de madrugada, caminar sobre la nieve esperando a que amanezca, caminar contra el viento de Montpellier.

Podría seguir escribiendo y no me detendría, pues este año han sido mil historias que jamás olvidaré. Es el momento de hacer la maleta mientras las lágrimas ruedan por nuestras mejillas. El curso se acaba, las bienvenidas se cambian ya por las despedidas, la gente coge trenes, aviones, coches y autobuses y vuelve a sus casas donde sus familias y amigos los esperan. A todos nos gustaría estirar el tiempo pero Erasmus también es eso, diez meses que puedes aprovechar como quieras, pero que se acaban.

Ahora que esto ha llegado a su fin me despido, agradeciendo vuestra presencia en mi vida durante este año. Deseo que el "hasta pronto" sea real y que en muy poco tiempo estemos juntos, que nunca dejemos de llamarnos, que siempre recordemos lo que hemos compartido. Gracias, de verdad, a todos y cada uno de vosotros porque para mí, vosotros sois Erasmus.

miércoles, 22 de mayo de 2013


La era del No, la palabra del futuro. Cada día nos dicen no hay trabajo, no tienes una oportunidad, pero no te rindas. La negación se antepone a todo lo que nos rodea: no creas, no sueñes, no aspires e, incluso, no lo intentes. Una generación de pesimistas que abarca todos los rangos de edad; los viejos por viejos y los jóvenes porque no conocen otra cosa.

Los que tienen suerte se encuentran con un Sí, pero No. Sí estás capacitado, pero no hay un lugar para ti; sí te queremos, pero no podemos pagarte; sí eres necesario, pero no aquí. Los que desafían a la negación son llamados idealistas, inocentes, inexpertos; los que se amoldan a ella son conformistas, carentes de imaginación, mediocres… No hay solución buena más allá del No.

Los periódicos se llenan de noticias sobre medidas económicas que no funcionaron o no se cumplieron, guerras que no acabaron, deudas que no se pagaron o personas que no sobrevivieron. "No hay", "no existe", "no nos queda" y el temido "no puedo prometer nada".

El "puede" y el "quizá" ya no son una opción, demasiada esperanza. Es preferible la rotundidad absoluta que no decepciona, que no hace albergar esperanza. Los ambiciosos son una lacra que hay que eliminar, los emprendedores son el cáncer de una sociedad que tiene por pilares el estatismo y la apatía.

¿Qué ocurriría si alguien alguna vez usara el No de una manera diferente? En una pregunta, por ejemplo, ¿por qué no lo voy a intentar? o, aún mejor, ¿por qué no lo voy a conseguir? La negación optimista, las puertas que se vuelven a abrir.

Ya que estamos cambiando el sentido del No, ¿qué pasaría si alguien añadiese al pesimismo un poco de esperanza? No sé, se me ocurre algo como "no eres lo que busco, pero te voy a dar una oportunidad", "no, de momento" o "no, todavía". Una vía de escape hacia el Sí, una motivación para intentarlo, para lograrlo.

Un último intento por ver el lado bueno al No: ¿por qué no anteponemos el monosílabo a verbos como sufrir, caer, llorar, odiar, olvidar o temer y se lo quitamos a amar, sentir o esperar? En mi opinión, podemos formar una frase mucho más interesante, ¿NO?

"No sufras, no temas, no llores y, pase lo que pase, no caigas. Ten paciencia, espera, ama, siente y nunca olvides".

martes, 14 de mayo de 2013

Otoño en Berlín


Una vez un muro cayó en un país no muy lejano. Se llevó por delante los años de miedo, de inseguridades, de mirar al de al lado como un aliado y al de enfrente como un enemigo. Aquel 9 de noviembre de 1989 centenares de personas se abrazaron y derramaron lágrimas de felicidad por el mismo motivo. Miles de hombres y mujeres alzaron los brazos en señal de victoria, era el momento de construir algo nuevo derribando aquellas piedras.

Entre ellos surgieron parejas, nacieron bebés, familias se reencontraron… Si tomamos un momento para contemplar las fotos de aquel instante podemos observar que fueron las voces de la gente, sus sentimientos, los que derribaron aquel muro. Hay vínculos que no se pueden separar con piedras.

Es irónico como, a veces, las nuevas historias comienzan sobre las ruinas de otras. Los antiguos cimientos parecen endebles para soportar el peso invisible de la novedad: tantas ilusiones recuperadas, la esperanza retomada… Todo lo que fuimos se une a lo que nos hemos convertido, sin desentonar, sin perder la armonía, sin suponer un peso.

Más curioso, aún, es el tiempo que pasamos apilando ladrillos para protegernos de un enemigo que no existe o que jamás va a venir a por nosotros. Colocamos miedo tras miedo en esa gruesa pared que nos sitúa frente al mundo. Escondemos lo mejor de nosotros mismos tras los metros de rocas: nuestras sonrisas más increíbles, nuestros sueños, nuestro lado más humano…

Y una noche, como ocurrió aquel otoño en Berlín, cientos de pasiones desenfrenadas derriban todo lo que nunca debió ser construido. La felicidad sustituye al miedo, las lágrimas desbordan los nudos en la garganta almacenados, el agotamiento se cambia por la euforia y los corazones dormidos parecen despertar. En definitiva, nos volvemos los humanos que nunca debimos dejar de ser y comenzamos a soñar.

viernes, 26 de abril de 2013

¿Podías?


-¿Podías?

- Podía, es más, estaba al alcance de mi mano, tan cerca que si abría mi mano lo hubiese tocado, acariciado y con un poco más de esfuerzo, quizá, capturado.

-Hablas como si se hubiera escapado.

-Así fue. Llegó a mi lado, estuvo unos instantes y luego se fue. Voló muy alto y se perdió en el cielo para no volver más.

-Y, ¿por qué lo dejaste escapar?

-Porque así tenía que ser. No podía retenerlo. Los mejores momentos llegan, nos sorprenden, nos hacen reír y, a veces, hasta llorar, nos enloquecen un tiempo y, tal como llegaron, desaparecen sin despedirse. Y nosotros nos quedamos con cara de tontos, pensativos y preguntándonos si podíamos haber hecho algo para estirar ese instante de felicidad. Algunas personas asumen antes que otras que no son superhéroes y que, como seres humanos, no pueden detener el tiempo, ni hacerlo avanzar y, mucho menos, repetirlo.

-¿Tú descubriste que no tenías superpoderes?

-Ojalá. Yo fui de esas que se quedó con cara de tonta eternamente, regocijándose en la idea de poder luchar contra el destino. Durante mucho tiempo pensé qué hubiera pasado si hubiese abierto la mano para acariciarlo. Puede ser que jamás partiese pero, ¿de qué sirve retener algo que no quiere quedarse? La vida es especial por breve, por intensa y porque es capaz de crear recuerdos eternos.

-¿Y ahora?

-Presente. Aumenté la capacidad de mi memoria, abrí mi mano para acariciar a aquellos que estuvieron lo bastante cerca y, cuando creí que algo merecía la pena, estiré los dedos y lo alcancé, sin volver a cerrarlos, sin retenerlo, solo me permití tocarlo. De vez en cuando, alguno se quedó y se instaló junto a mí para hacerme feliz, otros se convirtieron en sonrisas en blanco y negro que, aún hoy, vienen a mi cabeza cuando estoy triste. Y ahora, como tú dices, solo puedo abrir la mano para rozar tu nariz mientras te vas.