Existe un momento en el que todo
cambia. Quizá cuando ocurre no lo notas y pasas por encima de él como si,
únicamente, hubiera supuesto un segundo más en una vida llena de minutos. Algo
insignificante y pequeño cuya importancia solo percibes cuando, tomando la
perspectiva que aporta el tiempo, echas la vista atrás.
A veces es una mirada o un gesto,
otras veces una conversación o una palabra perdida en alguna de ellas y, en
muchas ocasiones, se trata de estar en el momento adecuado, en el lugar
correcto. Pero ese instante no es como la gente dice, todo es como siempre, las
leyes de la física siguen actuando y el tiempo sigue corriendo a la misma
velocidad.
Es curioso como todos los grandes
momentos de tu vida siempre están precedidos de estos segundos sin importancia.
Te pueden conducir a la tristeza más profunda o a la época más especial; pueden
hacer que tu vida se desmorone como un castillo de arena al que arrasa una
pequeña ola o, por el contrario, pueden rescatar una vida que estaba a punto de
lanzarse desde un helicóptero sin paracaídas.
Hoy me he dado cuenta cuál fue el
momento que lo cambió todo, que me trajo a escribir esto hoy. No fue culpa de
nadie que pasase, simplemente ocurrió. Trajo segundos muy felices pero horas
muy amargas y, quizá, ese poco tiempo de alegría solo suponga un vaso de agua
en el océano de tristeza que vino después.
Supongo que ahora estás esperando
que diga un "pero": pero, a pesar de todo, mereció la pena; pero no
me arrepiento de nada... Ese momento no va a llegar porque, aún hoy, no estoy
segura de si mereció la pena ni de si me arrepiento, no creo que compensase y
no sé si, de tener la oportunidad, lo desharía.
Y aquí viene mi "pero".
Pero, cada día se compone de muchos más
momentos menos determinantes como para obsesionarse con los que nos van a
marcar o los que ya lo han hecho. Elegir la camiseta de manga corta o de tirantes,
champú para pelo seco o para cabello teñido, cuchilla o cera suponen mi reto de
cada día. Por otro lado, están los que nos construyen sin determinarnos: una
conversación con un amigo, pedir ayuda en un ejercicio que se nos atravesó o un
abrazo en esa situación complicada.
Existe un momento en el que todo
cambia, un instante en el que el mundo da la vuelta para reorganizarse
posteriormente. Un segundo de tu vida que no tiene la llave que abre la puerta
de la felicidad, pero que tampoco supone la cerradura de la tristeza. Es tuyo y
de nadie más y hagas lo que hagas va a estar ahí para que, cuando lo desees,
cambies sus consecuencias.
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