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miércoles, 15 de agosto de 2012

Una historia en color sepia

Una canción que se repite continuamente en el reproductor como si el tiempo se hubiera estancado en aquel instante para no volver a correr. Un reloj que, por cada segundo que marca hacía delante, retrocede dos. Una taza de café que se enfría sobre la mesa, cerca de una carta arrugada.

Él contempla la calle por la única ventana que da al exterior. Cientos de edificios cubren el horizonte. Pero su mirada se encuentra más allá de aquel barrio, de aquella ciudad, a muchos kilómetros de allí. Su mente viaja entre esos recuerdos felices que creyó haber escondido bajo llave, junto a su conciencia, para que no le molestasen más.

Piensa en aquella foto que nunca se atrevió a destruir, aquel olor que jamás se esfumó del todo, aquella camiseta que no se volvió a poner. ¡Qué vivos brillaban los recuerdos ahora y cuánto daño hacían! Nunca consiguió derramar una lágrima, se lo prohibió a sí mismo, quizá por orgullo o, tal vez, por miedo. Le aterraba la idea de reconocer que algo así había ocurrido y le daba aún más miedo pensar que se había acabado para siempre.

Durante toda su vida había evitado las despedidas, decir adiós no entraba en sus planes, él vivía el presente. Cambiaba a la gente de lugar como se hace con los cuadros, sustituyendo a unos por otros para llenar los huecos que dejaban al marcharse. Creía que correr era de cobardes y así había vivido, sin mover un solo músculo para luchar por sus sueños.

Se acordó de cómo, en esa época, aprendió de nuevo a madrugar, a distinguir todos los matices de gris, a valorar lo que le habían regalado, a sentarse únicamente el tiempo necesario para tomar aliento. Todos estos pensamientos no le tranquilizaban ni le hacían más feliz, solo aumentaban el nudo en la garganta que empañaba sus ojos después de mucho tiempo.

Él, el hombre de hielo, abandona por primera vez en horas su lugar junto a la ventana y se dirige al armario. Allí, bajo un montón de ropa destapa una caja que, al igual que había hecho con sus recuerdos, enterró para olvidar. Mientras la abre, mil palabras acuden a su cabeza y se ordenan en frases que debió pronunciar, en sentimientos que debió expresar, en un "lo siento" que jamás consiguió decir.

El contenido de la caja estaba frente a sus ojos, intacto. El tiempo parecía haberse detenido también en aquellos objetos. No había polvo sobre ellos ni nada que indicase cuánto llevaban allí guardados, ni siquiera él lo sabe ya. Ahora mismo no consigue recordar por qué motivo los escondió como si debiera avergonzarse de ellos. Tampoco sabe por qué razón se enfadó tanto al recibirlos, probablemente no fueran gran cosa pero estaban hechos solo para él.

Entre tanto dolor liberado le resultaba curioso pensar lo que había desatado el torrente que le hizo recordar. Visitar de nuevo ese lugar, en esta ocasión en otra compañía; escuchar las mismas palabras, esta vez procedentes de otros labios o leer otra vez esa máldita carta. Quizá fuera el destino en el que había dejado de creer el que le guardaba un golpe maestro, como si pretendiese vengarse de su falta de fe. Tal vez, era la manera de mostrarle que se había golpeado con el suelo.

Vuelve a su ventana, esta vez con la caja y se sumerge en el color amarillento de la habitación, el sepia de las películas antiguas. Se ha dado cuenta de que, sin quererlo, ha despedido a alguien al que jamás deseó decir adiós. Aquello no le alivia, pero también sabe que después de cada despedida llega el momento de añorar al que se marcha. Hoy él, después de mucho tiempo, ha aprendido a echar de menos.

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