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miércoles, 1 de agosto de 2012

Causa - efecto


No podemos escapar de la ley de la causalidad. Todo acto tiene un efecto y, a su vez, éste repercute de alguna manera en otro acto posterior. Suponemos las consecuencias y damos por hecho que si prendes fuego una caja se quema, que si te metes bajo una ducha abierta te mojas, que si cierras los ojos dejas de ver.

Nos enamoramos y pensamos que el amor tiene que ser correspondido, odiamos y queremos ser odiados, nos entregamos y esperamos recibir al menos lo otorgado. Creemos saber con certeza las consecuencias de nuestros actos y vivimos sobre un futuro seguro que resulta ser de lo más incierto.

La sorpresa viene cuando, de repente, un día el fuego deja de calentar o el agua se vuelve una sustancia completamente seca. La causalidad nos golpea en el estómago y nos deja retorcidos en el suelo, nos voltea hasta situarnos cabeza abajo y se ríe de los que, hasta hace poco creían saberlo todo.

En esos momentos el sol sale por la tarde y se esconde en el amanecer, la luna comienza a brillar por sí misma y las palabras que ayer conseguían emocionarme, hoy no significan nada. Quizá no conseguí controlar las consecuencias pero ellas tampoco me determinaron a mí. Hoy no lloro por lo que pensé que me hundiría, ni sonrío por lo que creí que me haría reír.

La ley de la causalidad nunca estuvo muy de mi parte pero me hizo considerar la posibilidad de que mis certezas no debían serlo y de que las posibilidades más pequeñas pueden hacerse realidad. He aprendido que todos mis actos tienen consecuencias pero éstas son imposibles de determinar, que tengo que hacer lo que me dicte el corazón y los efectos ya vendrán.

Y, tal y como me dijeron hace poco, he asumido que no sé nada, que no puedo jugar viendo todas las cartas, que considerar todas las opciones hace que pierda un tiempo del que no dispongo. Puede ser que mañana cuando me pinchen no sangre o que salte y no vuelva jamás al suelo pero, al fin y al cabo, ¿es tan importante?

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