No podemos escapar de la ley de
la causalidad. Todo acto tiene un efecto y, a su vez, éste repercute de alguna
manera en otro acto posterior. Suponemos las consecuencias y damos por hecho
que si prendes fuego una caja se quema, que si te metes bajo una ducha abierta
te mojas, que si cierras los ojos dejas de ver.
Nos enamoramos y pensamos que el
amor tiene que ser correspondido, odiamos y queremos ser odiados, nos
entregamos y esperamos recibir al menos lo otorgado. Creemos saber con certeza
las consecuencias de nuestros actos y vivimos sobre un futuro seguro que
resulta ser de lo más incierto.
La sorpresa viene cuando, de
repente, un día el fuego deja de calentar o el agua se vuelve una sustancia
completamente seca. La causalidad nos golpea en el estómago y nos deja
retorcidos en el suelo, nos voltea hasta situarnos cabeza abajo y se ríe de los
que, hasta hace poco creían saberlo todo.
En esos momentos el sol sale por
la tarde y se esconde en el amanecer, la luna comienza a brillar por sí misma y
las palabras que ayer conseguían emocionarme, hoy no significan nada. Quizá no
conseguí controlar las consecuencias pero ellas tampoco me determinaron a mí. Hoy
no lloro por lo que pensé que me hundiría, ni sonrío por lo que creí que me
haría reír.
La ley de la causalidad nunca
estuvo muy de mi parte pero me hizo considerar la posibilidad de que mis
certezas no debían serlo y de que las posibilidades más pequeñas pueden hacerse
realidad. He aprendido que todos mis actos tienen consecuencias pero éstas son
imposibles de determinar, que tengo que hacer lo que me dicte el corazón y los
efectos ya vendrán.
Y, tal y como me dijeron hace
poco, he asumido que no sé nada, que no puedo jugar viendo todas las cartas,
que considerar todas las opciones hace que pierda un tiempo del que no dispongo.
Puede ser que mañana cuando me pinchen no sangre o que salte y no vuelva jamás
al suelo pero, al fin y al cabo, ¿es tan importante?
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