Derramó toda la leche sobre la
cocina, las manos le temblaban de nerviosismo, de rabia. Su cara no había
conseguido recuperar su color original, sus preciosos ojos verdes se
emborronaban detrás de un velo de humedad, el corazón había emprendido una carrera
infernal y él no conseguía detenerlo.
No entendía qué había ocurrido.
Había vuelto a ver esa sonrisa justo en el momento en el que necesitaba tenerla
más apartada. Los ojos de ella le habían mirado directamente a los suyos,
desnudándole, dejándole expuesto. El contenido de su pupila había cambiado, ya
no había amor allí dentro, ni cariño, ni siquiera compasión por él, estaban
congelados, vacíos, con el brillo del dolor. Pero su sonrisa, siempre tan
abierta al mundo, era feliz sin él.
Tiró la taza enfadado. Llevaba
demasiado tiempo esperando aquel momento, intentando demostrarle que aquel
libro que comenzaron juntos había escrito su puto final hacía mucho tiempo.
Nunca se preparó para aquella sorpresa, no esperaba verla tan contenta, no
contaba con su indiferencia y, mucho menos, espero su olvido.
A su favor sabía que él también
lo había hecho bien. Ocultó el torrente de emociones tras palabras vacías,
miradas ausentes y distancia, mucha distancia. Pero, todo aquello le pasó
factura, se sentía perdido como unos mese atrás. Necesitaba gritar que no todo
estaba bien, pedir opinión, consuelo, pero no podía hacerlo. El tiempo de hablar
se pasó y el de actuar huyó, ahora era
el momento de asumir, no se merecía llorar.
Recuperó la calma y, poco a poco,
la rabia se fue disipando. Era consciente de que, en unos días, la tranquilidad
volvería a su vida. Le hubiera gustado pedir perdón por tantas cosas que sabía
que había hecho mal pero ya no había tiempo. Debía ser justo con ella, por una
vez, y no remover la basura. Ella le había concedido su espacio y era el
momento de devolverle el favor, de dejarla marchar.
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