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miércoles, 14 de noviembre de 2012

14.11.2012


Derramó toda la leche sobre la cocina, las manos le temblaban de nerviosismo, de rabia. Su cara no había conseguido recuperar su color original, sus preciosos ojos verdes se emborronaban detrás de un velo de humedad, el corazón había emprendido una carrera infernal y él no conseguía detenerlo.

No entendía qué había ocurrido. Había vuelto a ver esa sonrisa justo en el momento en el que necesitaba tenerla más apartada. Los ojos de ella le habían mirado directamente a los suyos, desnudándole, dejándole expuesto. El contenido de su pupila había cambiado, ya no había amor allí dentro, ni cariño, ni siquiera compasión por él, estaban congelados, vacíos, con el brillo del dolor. Pero su sonrisa, siempre tan abierta al mundo, era feliz sin él.

Tiró la taza enfadado. Llevaba demasiado tiempo esperando aquel momento, intentando demostrarle que aquel libro que comenzaron juntos había escrito su puto final hacía mucho tiempo. Nunca se preparó para aquella sorpresa, no esperaba verla tan contenta, no contaba con su indiferencia y, mucho menos, espero su olvido.

A su favor sabía que él también lo había hecho bien. Ocultó el torrente de emociones tras palabras vacías, miradas ausentes y distancia, mucha distancia. Pero, todo aquello le pasó factura, se sentía perdido como unos mese atrás. Necesitaba gritar que no todo estaba bien, pedir opinión, consuelo, pero no podía hacerlo. El tiempo de hablar se pasó y el de actuar  huyó, ahora era el momento de asumir, no se merecía llorar.

Recuperó la calma y, poco a poco, la rabia se fue disipando. Era consciente de que, en unos días, la tranquilidad volvería a su vida. Le hubiera gustado pedir perdón por tantas cosas que sabía que había hecho mal pero ya no había tiempo. Debía ser justo con ella, por una vez, y no remover la basura. Ella le había concedido su espacio y era el momento de devolverle el favor, de dejarla marchar.

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