-->

miércoles, 29 de febrero de 2012

...

Quiero que se abra el suelo a mi pies y me absorba hacia dentro, desaparecer de la memoria de todo el que me conoció. Refugiarme en la nada y abrazarme a ella, tomar aire y expirarlo como si el tiempo no fuera importante. Sentir que he dejado de caminar hacia el precipicio, que puedo abandonar la partida, que si digo "casa" estoy a salvo.

Sigo siendo demasiado cobarde. No me atrevo a poner la cara para que me la partan por algo que me merezco. Soy incapaz de enfrentarme al mundo sin más arma que yo misma, necesito escudos en los que resguardarme. Me refugio en las lágrimas, en la rabia y en el miedo, como un niño que no puede soltar su chupete.

He construido un personaje de piedra contra el que se estrellan aquellos que se aproximan. Una figura que cree que es capaz de soportarlo todo pero que se descascarilla a la mínima dificultad. Un ser que se muere por recibir uno de esos abrazos de corazón, que agacha las orejas porque sabe que lo hizo mal pero el orgullo le impide pedir perdón.

Recuerdo los días en los que jugaba al escondite. Cuando me tocaba ligarla cerraba los ojos, contaba hasta veinte y cuando los abría todo el mundo había desaparecido. Poco a poco cada uno era descubierto y, al terminar, todos volvíamos a casa riéndonos. Me gustaría que, en esta ocasión, todo fuera así, un juego que acaba en risas.

Me encantaría  que las palabras perdonar y olvidar fueran juntas, que el que perdona olvidase al instante. Ojalá un beso o un abrazo expresaran todo lo que con las palabras no puedo decir y fueran capaces de borrar el daño que hago. Desearía que con cruzar los dedos detrás de la espalada mis actos carecieran de valor y mis malas palabras se convirtiesen en buenas.

Y una vez más ante las dificultades corro a esconderme entre las piernas de mamá, mirando hacia arriba, a los adultos. Agarro su mano y allí me siento a salvo a pesar de que sé que no puedo permanecer así para siempre. Quizá simplemente necesite detenerme un instante a su lado y comprobar que mi corazón sigue latiendo.

"La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Pablo Neruda

lunes, 27 de febrero de 2012

Hasta mañana

Cierro los ojos y los aprieto bien fuerte. Me duelen, están rojos e hinchados. Me gustaría que al abrirlos estuvieras ahí, mirándome como antes, medio en broma, medio en serio. Imagino que te acercas y me das uno de esos abrazos que tanto me curaban, como si nada hubiese pasado, como si nos siguiésemos conociendo.

No entiendo cómo es posible echar de menos tanto algo que no has tenido nunca, que te regalaron hace un periodo de tiempo muy corto. Es suficiente con que falte un día para darte cuenta de su ausencia y cuando eres consciente de que no está te sientes vacío, sin nada que lo sustituya.

Las cosas más tontas me parecen ahora las más grandes y el tiempo se ha convertido en mi enemigo. Me gustaría acelerar las horas y curar las heridas, que el "hasta pronto" se convirtiese en un "hasta mañana", que la palabra "decepción" desapareciese de nuestros diccionarios.

Sé que probablemente esto no sea para tanto y en unos días se haya solucionado. Puedo seguir viviendo como siempre aunque no estés, pero la cuestión es que no quiero hacerlo.  He decidido necesitarte y no olvidarte. He optado por darte ese lugar en mi vida que solo tienen las personas importantes. No es lo mismo querer que amar y yo he elegido quererte, quizá demasiado, quizá de una forma poco sana.

Ahora, a pesar de que duela muchísimo, me toca dejarte a un lado, darte ese tiempo que necesitas y luchar para recuperar lo que perdí. Debo guardar las explicaciones y las palabras de disculpa porque no hay espacio para ellas. Al final, todo se ha convertido en el "adiós" que no quisimos. Solo me queda esperar que cuando regreses yo siga aquí, esperándote como antes.

"Si quieres a alguien déjalo ir. Si vuelve es tuyo, sino, nunca lo fue".

El silencio

Solemos vivir entre el ruido, el “tengo que ir” y el “estoy ocupado”. Somos capaces de distinguir sonidos de alarmas, el claxon de mil vehículos, gritos, música, teclas que machacan nuestros ordenadores… En todo ese jaleo no hay espacio para el corazón, para detenerse un segundo y escucharse a sí mismo, descifrar lo que no se dice pero se piensa, lo que no se pronuncia pero se siente.

Un instante de silencio es suficiente para ver lágrimas caer, para sentir que seguimos vivos, para descubrir nuestros mayores temores. Ese “no-ruido”  es el que me ha acompañado estos días y me ha hecho callar más de lo que he hablado y darme cuenta de lo que he perdido.

Lágrimas que ruedan por mis mejillas por haber dicho demasiado y haber demostrado demasiado poco. Porque tuve un momento para hacer ver que lo que decía sentir era sincero y lo malgasté. Lo que se ha ganado en esta batalla es insignificante en comparación con lo que se ha perdido. Y ahora solo queda un mal sabor de boca y la sensación de impotencia del que siente que es tarde para enmendar su error, para dar vuelta atrás.

Y aunque las sonrisas de nuestras caras intenten ocultar lo que de verdad sentimos, sé que la decepción actuará como tu muro de contención hacia mí. Sé que no me mirarás desde los mismos ojos y no alcanzo a ver si algún día podrás volver a hacerlo, a confiar en mí.

No sé si leerás esto y quizá tampoco vaya a solucionar nada, pero te echo de menos. Nuestras conversaciones estúpidas y las serias también y que, con solo mirarme, fueras capaz de hacerme llorar. Echo de menos que me contases en qué estabas pensando justo cuando estaba a punto de desistir en preguntártelo, que te rías de mí, que me cojas el móvil y te conviertas en un cotilla. Incluso, echo de menos cuando hablaba contigo como si fueras una pared, impenetrable.

Una vez más tengo que usar las palabras contigo porque los hechos me fallaron y no supe demostrar que podías confiar en mí. Otra vez tengo que decirte que eres importante para mí de esta manera y que, me cuesta horrores verte y no poder darte un abrazo. No sé, después de todo, ha sido el silencio el que me ha hecho darme cuenta de que no quiero que te alejes de mí y de que quiero que sigas siendo mi brújula.

martes, 21 de febrero de 2012

Una corta

Muchas veces no vale escribir un "te quiero" o "eres importante para mí". Las palabras llevan sentimientos que se evaporan, recuerdos que se desgastan hasta desaparecer.  Una palabra que un día te hirió puede llegar a convertirse en alivio y, al día siguiente, no significar nada. Es curioso eso del lenguaje, lo necesitamos para comunicarnos pero, en cuanto a sentimientos, no vale de nada.

En cambio, los gestos, son otra historia. Duran un instante, lo que tardas en abrazar en besar, en mirar, en estar ahí, en rozar, en sonreír, en callar, pero siempre permanecen en el recuerdo. Las personas que más recordamos son las que nos demostraron en algún momento que sus palabras eran ciertas. El resto se van, con sus "te echo de menos" y sus "te amo". Vale un minuto con un gesto equivocado para romper un siglo de palabras bonitas y, ni siquiera un "lo siento", por muy sincero que sea, puede reparar la más absoluta decepción.

martes, 14 de febrero de 2012

¡Eh tú!

Eh tú, sí, te estoy hablando a ti. Deja de llorar y acércate, tengo algo que contarte. ¿Te acuerdas de todos los paseos que diste con ella, de cuándo llorabais y reíais juntos? Pues bien, no van a volver. Siento ser yo la que te comente esto pero se ha acabado para siempre. ¿Recuerdas las noches que pasasteis juntos, abrazados, pensado que el sol no iba a salir nunca? Aférrate a esa imagen porque jamás se va a repetir.

Espero que fueran muchos los momentos en los que disfrutasteis juntos, en los que os sentíais unidos, en los que fuisteis felices caminando de la mano. Si no consigues recordar demasiados, lo lamento por ti, son oportunidades que perdiste, probablemente por estar demasiado ocupado, y no podrás recuperar nunca. Puedes golpearte la cabeza o llorar de la rabia pero ella se ha ido para siempre.

Sécate los ojos, mira al frente y explícame qué ves. Si eres la persona que yo recuerdo me dirás cosas obvias: hay coches, casas, gente que va a trabajar, niños que vuelven del colegio... Venga, esfuérzate un poco más. ¿No eres capaz de ver el mundo de posibilidades que se dibuja ante ti, que te abre las puertas para que entres en él?

Allí hay amor, amistad, ilusión y esperanza que están esperando a que dejes de compadecerte y te decidas a recibirlos. Camina con cuidado si te hace feliz, conserva tus recuerdos, los buenos y los malos, pero no olvides construir otros nuevos. No te ahogues en tus lágrimas, coge tu dolor y utilízalo como salvavidas para salir del pozo en el que te estás hundiendo.

¿Ves esas sombras de allí? Son la tristeza, el odio, el agobio, la desesperanza y la apatía. También te están esperando. Pero tranquilo, no suelen disfrutar de la compañía humana. Es posible que, de vez en cuando te visiten, pero si les tratas bien y les sonríes se suelen ir rápido. Además si siempre estás rodeado de la gente que te quiere, te temerán por ser el hombre más fuerte y valioso del mundo y probablemente se disolverán.

No me preguntes más por ella de verdad, no hay posibilidades de retomarlo y ninguno de los dos querríais. No, tu tampoco, aunque pienses que sí sabes que no era una relación sana, que os hacíais daño, que necesitáis estar separados. Quizá ahora solo recuerdes lo malo, pero si me haces caso verás como en un tiempo la herida ha cicatrizado y solo tengas en mente lo maravilloso que fue.

Ya sé que hiciste cosas mal, eres humano al fin y al cabo. No puedes volver atrás y cambiarlo todo, lo siento. Hazte un favor y deja de intentarlo. ¿No eres capaz de recordar lo bueno, lo que os unió? Aleja el dolor que se ha instalado en tu corazón y nubla tu cabeza. Eso es, lo estás haciendo muy bien.

Ahora puedes volver a respirar. ¿Recuerdas como se hacía? Primero toma el aire, siente como llega a tus pulmones y se reparte a cada parte de tu cuerpo. No te lo guardes, expíralo. Seguro que te sientes más relajado. Pues bien, haz esto con las personas de tu vida: conócelas, siente como entran en ti y te oxigenan, guarda sus recuerdos y deja que formen parte de tu vida. Pero no los retengas eternamente, déjalos ir porque si son libres nunca te abandonarán, flotarán a tu alrededor como el aire.

¿Te sientes mejor? Poco a poco, al principio caminar solo, cuesta un poco, no te voy a engañar. Pero cuanto antes te quites las muletas, antes podrán comenzar a correr. Puedes seguir mis consejos o no pero, sobretodo, hagas lo que hagas, sé feliz.

lunes, 13 de febrero de 2012

Bajo el agua

¿Has jugado alguna vez a aguantar la respiración debajo del agua? Mientras estas allí, la realidad exterior parece estar a kilómetros de distancia, los gritos se convierten en susurros y las conversaciones se pierden, distantes, entre el silencio que gana terreno. Cada pequeña idea que alberga tu cabeza se convierte en algo material y tangible, capaz de ser llevado a cabo. Sientes como la felicidad se cuela y llena cada uno de tus músculos.

Pero, cuando sales a la superficie, agotado, sientes una gran presión en la cabeza y quieres inspirar todo el aire del mundo para compensar el tiempo que no lo has tenido. Durante unos segundos crees que vas a estallar por los aires y el corazón te late mucho más rápido que de costumbre. En esos instantes te arrepientes de no haber salido antes, de haber aguantado tanto allí abajo y se te saltan las lágrimas.

Después, poco a poco, el dolor pasa, la cabeza se sitúa en su horizontal y el aire entra acompasado, de nuevo, en tus pulmones. Todo lo que hace un minuto estaba del revés, se vuelve a girar y se coloca en su lugar correspondiente. Entonces comienzas a reír por haberte atrevido a jugar a ese juego, por haberte arrepentido, por no haber aguantado un poco más.

¿Has jugado alguna vez a querer a alguien? Cuando todo va bien te parece estar conectado a esa persona, sientes que los demás están lejos, que no son necesarios. Te centras en las sensaciones que te inundan en ese momento y eres incapaz de ver más allá. Algo se hincha dentro de ti y te hace despegar los pies del suelo haciéndote perder, incluso, tu identidad.

Y, de repente, todo se acaba y abandonas ese sitio feliz bajo el agua. Te arrepientes de cada segundo en el que has sido feliz y sientes que no puede haber nada más allá. La cabeza te da vueltas y quieres desaparecer, te duele el estomago y ni siquiera llorar o gritar te consuela, no tienes fuerzas.

Un tiempo después lo que te parecía impensable sucede. Cada parte de tu cuerpo vuelve a su lugar. Lo que antes te causó dolor ahora es solo un espejismo y te alegras de haberlo vivido. Aprendes a querer a pesar del daño, a quedarte con los buenos momentos y consigues inspirar todo el aire que te faltaba para poder seguir.

Lo curioso de todo es que querer no es un juego, quieres a tus amigos, a tu familia y lo haces sin planteártelo, sin decidirlo. Mientras amas eres feliz pero cuando ese amor, cariño o ilusión falta, las cosas se tuercen y te gustaría poder gritar, retenerlo todo en tus brazos. Querrías que una decisión no fuese capaz de cambiar nada de lo que te une a esas personas, pero te equivocas.

Quizá yo acabo de salir del agua y, aún, me duele demasiado la cabeza por eso no soy capaz de darle un final a todo esto. Lo único que me viene a la cabeza es una frase: "si quieres a alguien déjalo libre si vuelve es tuyo, sino nunca lo fue".

domingo, 5 de febrero de 2012

El corto...

Intentar sacarle una moraleja a algunos cuentos se plantea como una tarea complicada. No se puede decir qué se ha aprendido cuando las lágrimas de dolor cubren tus ojos y cierran tu garganta con un fuerte nudo. Mirar el lado positivo y recoger los trocitos de tu corazón son tareas que, a menudo, hay que realizar a la vez, inseparables, pero que son demasiado incompatibles.

En esos momentos en los que el "The end" cubre la pantalla, intentas buscar un apoyo entre tus amigos y te das cuenta que muchos han abandonado la historia hace tiempo. Te sientes rodeado de gente pero, entre ellos, no encuentras una mirada cómplice que te acoja y te haga pensar que todo va a ir bien.

Aún resuena en tu cabeza ese último punto y final, tajante, sin opción a continuaciones. Quieres gritar que estás ahí, que necesitas un abrazo o un beso pero no logras ni susurrar. Te gustaría tirarte al suelo y patalear, abandonar la partida antes de perderlo todo, pero tu orgullo actúa como lastre. La vergüenza de reconocer que necesitas ayuda, de descargar un segundo los problemas de los demás y hacer hueco a tus propios sentimientos, es demasiado poderosa.

Te das cuenta de que el tiempo no pasa, que lo que a ti te han parecido meses solo han sido días, que las heridas no hacen amago de cicatrizar. La rabia del que da sin recibir te inunda y sientes que es injusto, que mereces una oportunidad de ser feliz, de seguir adelante. Lo has intentado, has puesto de tu parte para salir del hoyo y el lodo te traga cada día un poco más.

Y mientras, los créditos siguen apareciendo. Personajes ordenados alfabéticamente. El director, el productor y el guionista encabezan la lista de nombres en la que tú no figuras. Es curioso, no eres el protagonista de tu propia vida, no la diriges y ni siquiera eres tú el que piensa lo que dices. Por no tener iniciativa te ves viviendo en los zapatos de otro y la presión comienza a ahogarte.

Pero justo en el momento en el que las páginas en blanco donde solías escribir tu vida se han acabado y en el que la soledad te hace plantearte cuáles son tus metas, encuentras otro cuaderno completamente en blanco. Una nueva opción de comenzar que no puedes desperdiciar a tu antojo porque, raras veces, la vida da segundas oportunidades.

Aún así, sabes que no puedes volver a escribir tu historia en esas páginas, que necesitas tiempo para crear otras nuevas y, cuando estés listo, comenzarás de nuevo, esta vez manejando tus propios hilos. Otros personajes, argumentos diferentes  y, sobre todo, una conclusión distinta, mejor.

Un final en el que la protagonista no llore cada noche, en el que haya hueco para el "Fueron Felices", en el que las palabras grises se vuelvan rojas, azules y verdes, en el que "desear" valga para "tener" pero no implique "poseer". En definitiva, una historia que te haga feliz. Y esta vez te tocará a ti reír por todo lo que ya has llorado.