Quiero que se abra el suelo a mi pies y me absorba hacia dentro, desaparecer de la memoria de todo el que me conoció. Refugiarme en la nada y abrazarme a ella, tomar aire y expirarlo como si el tiempo no fuera importante. Sentir que he dejado de caminar hacia el precipicio, que puedo abandonar la partida, que si digo "casa" estoy a salvo.
Sigo siendo demasiado cobarde. No me atrevo a poner la cara para que me la partan por algo que me merezco. Soy incapaz de enfrentarme al mundo sin más arma que yo misma, necesito escudos en los que resguardarme. Me refugio en las lágrimas, en la rabia y en el miedo, como un niño que no puede soltar su chupete.
He construido un personaje de piedra contra el que se estrellan aquellos que se aproximan. Una figura que cree que es capaz de soportarlo todo pero que se descascarilla a la mínima dificultad. Un ser que se muere por recibir uno de esos abrazos de corazón, que agacha las orejas porque sabe que lo hizo mal pero el orgullo le impide pedir perdón.
Recuerdo los días en los que jugaba al escondite. Cuando me tocaba ligarla cerraba los ojos, contaba hasta veinte y cuando los abría todo el mundo había desaparecido. Poco a poco cada uno era descubierto y, al terminar, todos volvíamos a casa riéndonos. Me gustaría que, en esta ocasión, todo fuera así, un juego que acaba en risas.
Me encantaría que las palabras perdonar y olvidar fueran juntas, que el que perdona olvidase al instante. Ojalá un beso o un abrazo expresaran todo lo que con las palabras no puedo decir y fueran capaces de borrar el daño que hago. Desearía que con cruzar los dedos detrás de la espalada mis actos carecieran de valor y mis malas palabras se convirtiesen en buenas.
Y una vez más ante las dificultades corro a esconderme entre las piernas de mamá, mirando hacia arriba, a los adultos. Agarro su mano y allí me siento a salvo a pesar de que sé que no puedo permanecer así para siempre. Quizá simplemente necesite detenerme un instante a su lado y comprobar que mi corazón sigue latiendo.
"La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Pablo Neruda