Un beso en la frente al
despertar, un zumo de naranja por la mañana, un rayito de sol que se cuela a
través de las cortinas. Día de domingo, como los antiguos, paseo tranquilo,
contar historias, reír de todo. Sentarse un minuto y tomar aire, sin esperar,
sin que nadie espere. Subir una cuesta, quedarse sin oxígeno y reírse por lo
complicado que resulta hablar.
Dejar la gran avenida, callejear,
encontrar sin buscar. Un edificio señorial, una fuente escondida, un jardín de
hadas… ¡Cuántas fotos que tomar! Capturarlo todo en la cabeza y continuar.
Tropezar y casi caer, podía haber sido un gran golpe, pero, en esta ocasión el
centro de gravedad no ha fallado.
Los pájarillos pían entre las
ramas de los árboles, poniendo banda sonora al paseo, escondidos. La brisa que
refresca la cara, escalofrío y sol de nuevo, reconfortante calor. Huele a
lilas, a lavanda, primavera, cabellos que aún se agitan, chaqueta anudada en la
cintura. Pequeña carrera por alcanzar algo y verlo volar.
Sonrisa anclada en un rostro,
pompas de un regalo de cumpleaños que se elevan flotando a un sitio muy muy lejano.
Soñar despierto y caminar, niños jugando, madres paseando y, no muy lejos, un
río que fluye lento y ajeno a todo. Aire puro que limpia los pulmones solo con
rozarlos.
Regresar, pero por otro camino
para ver más casas, jardines y gente diferente. Es la hora de comer casi, huele
a tortilla, paella, cebolla pochada y cocido. Decenas de abuelas preparan la
comida del domingo a sus nietos. Flanes y natillas esperan en las neveras para
ser probados por familias enteras. Sonreír una vez más, gran mañana de domingo.
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