Las luces se han vuelto a
encender. La ciudad brilla extendiendo su manto dorado, rojo, verde y azul en
la oscuridad. Los coches van y vienen, escondiendo en su interior caras felices,
discusiones, gente cansada y otra contenta por la llegada de las vacaciones.
Gorros con bolas de lana pasean por las calles abarrotadas de personas que
señalan a un lado y a otro, sorprendiéndose, como cada año, porque ha regresado en seguida. El metro cambia maletines por bolsas de regalos; se llena de niños con
guantes y abrigos de paño que sujetan con fuerza las manos de sus padres temerosos de que se pierdan entre la multitud.
Cuernos de reno que relucen,
pelucas de colores, gorros rojos o con animales de peluche y gafas más grandes
de lo normal. Músicos en la calle que, entre el examen y el frío, consiguen
tocar canciones de esas que muestran las inexistentes noches de paz. Una
fiesta temática que llega a cada uno de los rincones de la ciudad y el tema, como
siempre en estas fechas, Navidad.
Familias que se reúnen en el rito
de adorar al pavo o al cochinillo de turno, que hace unos meses paseaba feliz
en la inconsciencia de su destino. Vestidos de lentejuelas, de raso, de tul,
todos más emperifollados de lo normal. Corbatas rosas sobre camisas de rayas o
moradas sobre lila o las clásicas negras sobre blanco. Olor a comida, a perfume
del caro, a laca de la barata. Caras de "me alegro de verte" y otras
de "que pase el trago de todos los años". Multitudes infelices,
soledades deslumbrantes que ríen entre polvorones y mazapanes.
Frío, mucho frío. Cartones en una
esquina de esta y aquella calle del centro. Mantas que acunan a los que, quizá
un día fueron felices, y hoy luchan por dormir sin lograr que la Navidad
caliente sus fríos pies. Platos de comida que no se llenan, bolsillos que se
vacían. Niños que abren regalos que no existen e imaginan ser príncipes y
princesas con coronas de cartón, mientras otros derrotan a los monstruos de los
juegos de sus teléfonos móviles.
Una familia llora por el que este
año ya no está, porque se echa de menos, porque la ausencia duele. Una sonrisa
intenta abrirse paso en una cara que ya no recuerda como se hace, un rostro que
se ha hecho íntimo amigo de la angustia y la desilusión. Un trabajo que no llega, en una mesa que ha cambiado el jamón por la mortadela. Cuatro gambas colocadas
con esmero en un plato en el que ayer había veinte y un cartón de vino que sustituye
al transparente vidrio. Pero, es Navidad.
El gordo de barba blanca que repartía regalos se cambia por el flaco ojeroso que los busca en la
caridad, en las latas de conserva que alguna organización reparte. En el belén
, los pastores se sientan a esperar que el hombre del traje los eche de su
casa, de donde han vivido siempre. Hombres duros que se han derretido entre las
lágrimas de su agonía, enfermos que se apagan, gente presa que vive en supuesta
libertad. Pero, un año más, en diciembre es Navidad.