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sábado, 21 de diciembre de 2013

El contraste de diciembre

Las luces se han vuelto a encender. La ciudad brilla extendiendo su manto dorado, rojo, verde y azul en la oscuridad. Los coches van y vienen, escondiendo en su interior caras felices, discusiones, gente cansada y otra contenta por la llegada de las vacaciones. Gorros con bolas de lana pasean por las calles abarrotadas de personas que señalan a un lado y a otro, sorprendiéndose, como cada año, porque ha regresado en seguida. El metro cambia maletines por bolsas de regalos; se llena de niños con guantes y abrigos de paño que sujetan con fuerza las manos de sus padres temerosos de que se pierdan entre la multitud.

Cuernos de reno que relucen, pelucas de colores, gorros rojos o con animales de peluche y gafas más grandes de lo normal. Músicos en la calle que, entre el examen y el frío, consiguen tocar canciones de esas que muestran las inexistentes noches de paz. Una fiesta temática que llega a cada uno de los rincones de la ciudad y el tema, como siempre en estas fechas, Navidad.

Familias que se reúnen en el rito de adorar al pavo o al cochinillo de turno, que hace unos meses paseaba feliz en la inconsciencia de su destino. Vestidos de lentejuelas, de raso, de tul, todos más emperifollados de lo normal. Corbatas rosas sobre camisas de rayas o moradas sobre lila o las clásicas negras sobre blanco. Olor a comida, a perfume del caro, a laca de la barata. Caras de "me alegro de verte" y otras de "que pase el trago de todos los años". Multitudes infelices, soledades deslumbrantes que ríen entre polvorones y mazapanes.

Frío, mucho frío. Cartones en una esquina de esta y aquella calle del centro. Mantas que acunan a los que, quizá un día fueron felices, y hoy luchan por dormir sin lograr que la Navidad caliente sus fríos pies. Platos de comida que no se llenan, bolsillos que se vacían. Niños que abren regalos que no existen e imaginan ser príncipes y princesas con coronas de cartón, mientras otros derrotan a los monstruos de los juegos de sus teléfonos móviles.

Una familia llora por el que este año ya no está, porque se echa de menos, porque la ausencia duele. Una sonrisa intenta abrirse paso en una cara que ya no recuerda como se hace, un rostro que se ha hecho íntimo amigo de la angustia y la desilusión. Un trabajo que no llega, en una mesa que ha cambiado el jamón por la mortadela. Cuatro gambas colocadas con esmero en un plato en el que ayer había veinte y un cartón de vino que sustituye al transparente vidrio. Pero, es Navidad.


El gordo de barba blanca que repartía regalos se cambia por el flaco ojeroso que los busca en la caridad, en las latas de conserva que alguna organización reparte. En el belén , los pastores se sientan a esperar que el hombre del traje los eche de su casa, de donde han vivido siempre. Hombres duros que se han derretido entre las lágrimas de su agonía, enfermos que se apagan, gente presa que vive en supuesta libertad. Pero, un año más, en diciembre es Navidad.

miércoles, 31 de julio de 2013

DEP T.

Era viernes, nos levantamos temprano para ir a ese lugar al que jamás habríamos querido viajar. Cuando salimos reinaba el silencio, todavía nos preguntábamos por qué; recordábamos momentos de risas y nos lamentábamos por la gente más cercana. Era un día triste y el cansancio no ayudaba a hacerlo más llevadero.

El viaje comenzó, charlábamos e intentábamos mentalizarnos de lo que íbamos a encontrar a nuestra llegada, pero era imposible hacerse una idea. El primer golpe de realidad nos lo dio aquella curva, un tramo por el que pasan al año centenares de trenes sin problema, y que aquella tarde del día 24 de julio se había llevado por delante a 79 personas. Contuvimos la respiración al ver los restos de ese tren en el que horas antes había montado nuestro conocido, amigo, primo, hijo… Tortu. Su último viaje, al lugar donde pertenecía, a casa, con su familia.

Al llegar allí vimos el panorama desolador que nos rodeaba. Esta vez la realidad nos había hecho una llave de judo y estábamos KO en el suelo. Decenas de amigos se reunieron una vez más con él, pero esta vez no había risas, ni bromas, ni siquiera ese toque de humor negro. Silencio, así definiría aquella estampa. Una concentración de palabras e imágenes que no se pronunciaban, pero que se sentían y creaban lazos entre todos los que le habían conocido. No era incómodo, todo lo contrario, permitía llorar, pensar y, sobretodo, recordar.

La gente que le quería no paraba de llegar, era como volver a las tardes de fútbol, de botellones, pero sin él esta vez. Las miradas de los amigos se perdían en los recuerdos mientras las lágrimas brotaban porque éstos no volverían. Nadie hablaba de justicia porque todos sabíamos que no era justo.

Y entre aquella procesión de tristeza y dolor le despedimos, rodeado de flores, entre muchas muestras de cariño de amigos. Sus padres, los que más le habían querido consolaban y eran consolados, aunque para los que allí estaban no había consuelo y menos para ellos. Una camiseta de sus amigos llena de palabras que no dio tiempo a pronunciar, demasiadas despedidas que habían llegado antes de tiempo, sentimientos enfrentados por lo que no había dado tiempo a decir…

El sol descendió como todos los días ya que, aunque el dolor pareciera inmenso, la vida continuaba para el resto. La gaita dejó de sonar y, de nuevo, llegó el silencio de las lágrimas que se derraman, de los abrazos, de las miradas, de los recuerdos… Todos vimos como se fue, para siempre, y todos los que le conocimos le dijimos adiós desde Madrid y Galicia. Y, mientras volvíamos aquella noche a nuestras casas, una estrella más brilló en el cielo, la suya. Hasta siempre, nos vemos en el cielo.


"Solo se va quien es olvidado" DEP T.

domingo, 23 de junio de 2013

Erasmus

Hace un año cuando me dijeron que me iba de Erasmus todos los que habían vivido esa experiencia (u oído hablar de ella) me contaban que iba a ser el mejor año de mi vida. Decían que no iba a estudiar nada, que iba a salir mucho de fiesta y que iba a conocer a mucha gente.

Hoy, un año después, tengo mi propia versión del Erasmus. ¿Qué ha sido el Erasmus para mí? Personas con las que he compartido experiencias, con las que he crecido y he aprendido a valorar situaciones que antes pasaban de largo por mi vida.

Erasmus es Patri con su tupper de ensaladas y su forma de peinarse que nos contagió a todas. Erasmus es José, con su cabezonería, sus twits y su música. Erasmus es Pau, que consiguió que pasáramos horas delante de Youtube aprendiéndonos las frases de los vídeos de memoria. Erasmus es Julia, su manía de luchar por las injusticias y sus espaguetis carbonara. Erasmus es Marta, muchas veces desaparecida durmiendo, que luchó por limpiar el nombre de Benidorm. Erasmus es quedar a cenar con ellas un mínimo de tres veces por semana para quejarnos de cualquier cosa. Erasmus es Raquel, que nos presentó a dos mil millones de amigos. Erasmus es Pablo, su colchón ambulante y su capacidad de escuchar. Erasmus es quedar con Blanca para teñirme el pelo y tardar tres horas. Erasmus es ver discutir a Alfonso y José Carlos, meterse con la edad del Gallego, debatir con Álvaro algún tema del que no tenemos ni idea. Erasmus es conocer toda la lista de cosas que Gary no come. Erasmus es que todos lleguen tarde cada día.

Pero también Erasmus es conocerse a uno mismo. Dejar las prisas a un lado, aprender que la tortilla lleva sal siempre, que los champiñones no se lavan, se sacuden, que los españoles nos ganamos la fama que tenemos. Erasmus es saber que nuestro ingles es mil veces mejor que el de otros países, que se puede dormir en un aeropuerto, en un tren, en un autobús. Erasmus es descubrir que la ropa no se lava sola, que la arruga es bella, que las pelusas crecen en las esquinas. Erasmus es mirar mil veces el horario del tram antes de un examen, caminar durante horas para llegar a casa después de una fiesta, compartir la propiedad de un sofá cama, ver cada noche como algo especial. Erasmus es valorar las palabras "gratis" o "barato", afiliarse a la marca blanca, la cerveza y la sangría, reutilizar las bolsas, apurar los pantalones vaqueros, conocerse todas las variaciones de Absolut, JB y Larios de ocho euros. Erasmus es tener diez "yayas" que te cuidan si estás mal, veinte madres que te recuerdan las cosas que tienes que hacer y mas de treinta amigos que disfrutan cada segundo contigo.

Y, sobretodo, Erasmus es conocer el mundo que nos rodea. Discutir durante horas sobre qué Comunidad Autónoma es mejor pero saber que todas son increíbles. Criticar a los franceses y, a la vez, descubrir que tienen un punto de lo más "salao". Salir cada noche y encontrarse alguien nuevo y diferente con una historia. Viajar y hacerse fotos en mil lugares. Tener la maleta siempre preparada, bañarte en el mar de madrugada, caminar sobre la nieve esperando a que amanezca, caminar contra el viento de Montpellier.

Podría seguir escribiendo y no me detendría, pues este año han sido mil historias que jamás olvidaré. Es el momento de hacer la maleta mientras las lágrimas ruedan por nuestras mejillas. El curso se acaba, las bienvenidas se cambian ya por las despedidas, la gente coge trenes, aviones, coches y autobuses y vuelve a sus casas donde sus familias y amigos los esperan. A todos nos gustaría estirar el tiempo pero Erasmus también es eso, diez meses que puedes aprovechar como quieras, pero que se acaban.

Ahora que esto ha llegado a su fin me despido, agradeciendo vuestra presencia en mi vida durante este año. Deseo que el "hasta pronto" sea real y que en muy poco tiempo estemos juntos, que nunca dejemos de llamarnos, que siempre recordemos lo que hemos compartido. Gracias, de verdad, a todos y cada uno de vosotros porque para mí, vosotros sois Erasmus.

miércoles, 22 de mayo de 2013


La era del No, la palabra del futuro. Cada día nos dicen no hay trabajo, no tienes una oportunidad, pero no te rindas. La negación se antepone a todo lo que nos rodea: no creas, no sueñes, no aspires e, incluso, no lo intentes. Una generación de pesimistas que abarca todos los rangos de edad; los viejos por viejos y los jóvenes porque no conocen otra cosa.

Los que tienen suerte se encuentran con un Sí, pero No. Sí estás capacitado, pero no hay un lugar para ti; sí te queremos, pero no podemos pagarte; sí eres necesario, pero no aquí. Los que desafían a la negación son llamados idealistas, inocentes, inexpertos; los que se amoldan a ella son conformistas, carentes de imaginación, mediocres… No hay solución buena más allá del No.

Los periódicos se llenan de noticias sobre medidas económicas que no funcionaron o no se cumplieron, guerras que no acabaron, deudas que no se pagaron o personas que no sobrevivieron. "No hay", "no existe", "no nos queda" y el temido "no puedo prometer nada".

El "puede" y el "quizá" ya no son una opción, demasiada esperanza. Es preferible la rotundidad absoluta que no decepciona, que no hace albergar esperanza. Los ambiciosos son una lacra que hay que eliminar, los emprendedores son el cáncer de una sociedad que tiene por pilares el estatismo y la apatía.

¿Qué ocurriría si alguien alguna vez usara el No de una manera diferente? En una pregunta, por ejemplo, ¿por qué no lo voy a intentar? o, aún mejor, ¿por qué no lo voy a conseguir? La negación optimista, las puertas que se vuelven a abrir.

Ya que estamos cambiando el sentido del No, ¿qué pasaría si alguien añadiese al pesimismo un poco de esperanza? No sé, se me ocurre algo como "no eres lo que busco, pero te voy a dar una oportunidad", "no, de momento" o "no, todavía". Una vía de escape hacia el Sí, una motivación para intentarlo, para lograrlo.

Un último intento por ver el lado bueno al No: ¿por qué no anteponemos el monosílabo a verbos como sufrir, caer, llorar, odiar, olvidar o temer y se lo quitamos a amar, sentir o esperar? En mi opinión, podemos formar una frase mucho más interesante, ¿NO?

"No sufras, no temas, no llores y, pase lo que pase, no caigas. Ten paciencia, espera, ama, siente y nunca olvides".

martes, 14 de mayo de 2013

Otoño en Berlín


Una vez un muro cayó en un país no muy lejano. Se llevó por delante los años de miedo, de inseguridades, de mirar al de al lado como un aliado y al de enfrente como un enemigo. Aquel 9 de noviembre de 1989 centenares de personas se abrazaron y derramaron lágrimas de felicidad por el mismo motivo. Miles de hombres y mujeres alzaron los brazos en señal de victoria, era el momento de construir algo nuevo derribando aquellas piedras.

Entre ellos surgieron parejas, nacieron bebés, familias se reencontraron… Si tomamos un momento para contemplar las fotos de aquel instante podemos observar que fueron las voces de la gente, sus sentimientos, los que derribaron aquel muro. Hay vínculos que no se pueden separar con piedras.

Es irónico como, a veces, las nuevas historias comienzan sobre las ruinas de otras. Los antiguos cimientos parecen endebles para soportar el peso invisible de la novedad: tantas ilusiones recuperadas, la esperanza retomada… Todo lo que fuimos se une a lo que nos hemos convertido, sin desentonar, sin perder la armonía, sin suponer un peso.

Más curioso, aún, es el tiempo que pasamos apilando ladrillos para protegernos de un enemigo que no existe o que jamás va a venir a por nosotros. Colocamos miedo tras miedo en esa gruesa pared que nos sitúa frente al mundo. Escondemos lo mejor de nosotros mismos tras los metros de rocas: nuestras sonrisas más increíbles, nuestros sueños, nuestro lado más humano…

Y una noche, como ocurrió aquel otoño en Berlín, cientos de pasiones desenfrenadas derriban todo lo que nunca debió ser construido. La felicidad sustituye al miedo, las lágrimas desbordan los nudos en la garganta almacenados, el agotamiento se cambia por la euforia y los corazones dormidos parecen despertar. En definitiva, nos volvemos los humanos que nunca debimos dejar de ser y comenzamos a soñar.

viernes, 26 de abril de 2013

¿Podías?


-¿Podías?

- Podía, es más, estaba al alcance de mi mano, tan cerca que si abría mi mano lo hubiese tocado, acariciado y con un poco más de esfuerzo, quizá, capturado.

-Hablas como si se hubiera escapado.

-Así fue. Llegó a mi lado, estuvo unos instantes y luego se fue. Voló muy alto y se perdió en el cielo para no volver más.

-Y, ¿por qué lo dejaste escapar?

-Porque así tenía que ser. No podía retenerlo. Los mejores momentos llegan, nos sorprenden, nos hacen reír y, a veces, hasta llorar, nos enloquecen un tiempo y, tal como llegaron, desaparecen sin despedirse. Y nosotros nos quedamos con cara de tontos, pensativos y preguntándonos si podíamos haber hecho algo para estirar ese instante de felicidad. Algunas personas asumen antes que otras que no son superhéroes y que, como seres humanos, no pueden detener el tiempo, ni hacerlo avanzar y, mucho menos, repetirlo.

-¿Tú descubriste que no tenías superpoderes?

-Ojalá. Yo fui de esas que se quedó con cara de tonta eternamente, regocijándose en la idea de poder luchar contra el destino. Durante mucho tiempo pensé qué hubiera pasado si hubiese abierto la mano para acariciarlo. Puede ser que jamás partiese pero, ¿de qué sirve retener algo que no quiere quedarse? La vida es especial por breve, por intensa y porque es capaz de crear recuerdos eternos.

-¿Y ahora?

-Presente. Aumenté la capacidad de mi memoria, abrí mi mano para acariciar a aquellos que estuvieron lo bastante cerca y, cuando creí que algo merecía la pena, estiré los dedos y lo alcancé, sin volver a cerrarlos, sin retenerlo, solo me permití tocarlo. De vez en cuando, alguno se quedó y se instaló junto a mí para hacerme feliz, otros se convirtieron en sonrisas en blanco y negro que, aún hoy, vienen a mi cabeza cuando estoy triste. Y ahora, como tú dices, solo puedo abrir la mano para rozar tu nariz mientras te vas.

miércoles, 10 de abril de 2013

¿Es complicado?


-Se acabó-dijo ella.

-¿Por qué?- preguntó él.

-Ocurre que, después de pasar mucho tiempo con alguien, conoces perfectamente cómo funciona esa persona. Sabes cuál es su comida favorita, qué cosas odia hacer y dónde tiene cada lunar. Podrías recitar el nombre de sus amigos, de su familia y de sus deportistas preferidos. Pero, a veces, solo tienes esa lista de datos, nada más. Cuando eso pasa, lo mejor es alejarse e intentar sacar de la cabeza lo que nunca tuvo un hueco en el corazón.

-¿Fue eso lo que sucedió?

-Sí. Yo lo sabía todo de él y, probablemente, él de mí; pero, a la vez, ninguno de los dos sabíamos nada del otro. Nunca supe interpretar sus sonrisas ni jamás averigüé en qué pensaba cuando su mirada se perdía en la distancia. Muchas veces pasa, dos personas se empeñan en estar juntas, luchan por conseguirlo y, cuando por fin lo han logrado y la calma se ha instaurado en sus vidas, se dan cuenta de que ya no hay nada que los una.

-¿Y después?

-A veces nada, solo eso, vacío, pérdida. En otras ocasiones, ocurre algo extraordinario. Te das cuenta de que otra persona, un amigo se ha convertido en algo más, en alguien al que no quieres entregar sólo tu tiempo, sino compartirlo con él. Una persona que, después de mucho tiempo observándote, es capaz de hablarte con su mirada. Coge tu mano y no pretende dirigirte hacía ningún lado, sino caminar contigo. Y lo mejor de todo, es que no necesitas que esté ahí en todo el momento, tu vida no gira a su alrededor. Simplemente, en algún punto, vuestras órbitas se han cruzado y vuestros núcleos se han chocado para convertiros en una sola persona. En ese momento sabes que las cosas han cambiado y que quieres estar con él.

-¿Es complicado?

-Eso dependerá de nosotros.

jueves, 21 de marzo de 2013

La primavera nos vuelve un poco locos


Una carcajada, silencio, otra, una más, y otra. La tormenta ha pasado, ya no llueve, el viento se ha calmado. ¿Pronóstico del tiempo? Soleado toda la jornada así que, preparen la crema bronceadora y las gafas de sol que hoy nos ponemos morenos…

Cogí una escalera para llegar a la luna y, sorprendentemente, nunca la alcancé. Pero, cuando estaba muy arriba, me di cuenta de que tenía ante mis ojos un amanecer precioso. Construí una torre para rozar las estrellas y antes de llegar me detuve para contemplar el paisaje. Apunté alto y disparé fuerte, casi nunca llegué, pero lo que encontré por el camino me encantó.

Si me permitís decirlo, yo creo que todo el mundo tiene una razón para llorar, para encerrarse en casa y compadecerse de sí mismo. Tanto el pesimista como el optimista conocen ese motivo; el primero la acepta y trata de buscar otro impulso para salir, mientras, el segundo no ve más allá de él y se encierra.

Sube, baja sin marearte, pero no corras, recuerda, eso es de cobardes. Chupa el lacasito blanco hasta hacerlo marrón, ponte calcetines diferentes y nunca planches la ropa, la arruga es bella. Córtate el pelo, llena de "ñ" tus palabras, guiña un ojo mientras sacas la lengua, salta a la pata coja en la muñeca, toma aliento.

Las calorías no se cuentan, se comen; los amigos nunca son pocos; el amor no se mide, se regala. Las penas se llevan mejor en grupo, con una cerveza en la mano y una sonrisa en la cara. El mundo no está en tu contra, tú le das la espalda. Pisa con fuerza y verás que el suelo sigue ahí. Nada pesa demasiado si llevas la mochila adecuada.

jueves, 14 de febrero de 2013

El cine español


Me dicen que el cine español está en decadencia y, todavía, les veo preguntarse por qué.  Se indignan porque faltan subvenciones, porque este y aquel gobierno no invierte en cultura, todos culpan a alguien ajeno y, con los bolsillos llenos, gritan que no hay dinero. Mientras tanto, esos que tanto se quejan y que se manifiestan a la vez que se ponen las medallas de cineastas, nos regalan casi anualmente una gran "película". Los críticos, sus colegas de bares, las alaban y colocan en los grandes podios de la cultura, catalogándolas de obras de arte, nominándolas a multitud de premios que, si me permiten decirlo, a la gente que va al cine "se la trae floja".

Y, mientras ellos se alojan en los mejores hoteles para presentar sus guiones en los festivales de cine, un espectador está pagando cerca de 9 euros de su salario que, en raras ocasiones, llega a los 700 euros. Pero la grandiosidad viene cuando sus "genialidades" solo son comprendidas por los estudiantes de cine y los "amantes del arte" y, como consecuencia, el resto del público se marcha a casa aburrido y hastiado de una película sin argumento, lenta, pesada y nada interesante.

Entre bomba y bomba de la Guerra Civil, un joven guionista presenta su trabajo a algún experto en "truños cinematográficos" que cataloga su trabajo de "demasiado comercial". Esto, en los tiempos que corren, viene a decir, para que ustedes entiendan, demasiado interesante, demasiado bueno. En resumen, algo que el común de los mortales entendería y disfrutaría y, por supuesto, derrumbaría los pilares de la élite que académicos y críticos llevan años construyendo.

Pero, aún se preguntan, por qué los ingresos de sus películas disminuyen. Permítanme darles una contestación, queridos cineastas: porque los espectadores estamos cansados de sus bodrios. Queremos historias que nos entretengan, que sean capaces de arrancar un aplauso con los créditos, que nos enganchen hasta el final. Uno de esos guiones que ustedes ridiculizan y torturan, de esos a los que no les dan premios, de esos que no siempre firma el director famoso. Pero, mientras ustedes acaparan las pantallas, ellos se tienen que conformar con las salas de segunda, con las cámaras domésticas y con unos actores que, de vez en cuando, reciben un sueldo digno.

Pues bien, si quieren mi opinión, dejen de rodar películas elitistas. Si para ustedes eso es arte, dejen de hacerlo y comiencen a crear cine para el espectador y no para sus amigos. Devuelvan la ilusión, las risas, la intriga a sus películas y desciendan de sus altares pues, la mayoría de ustedes, hizo grandes cosas cuando su ego no ocultaba su creatividad. Y, sobre todo, no tomen por tonto al espectador ya que él, a fin de cuentas, es el que decide si ustedes siguen comiendo marisco en restaurantes de lujo. Queremos dignidad en el cine, únicamente eso.

martes, 5 de febrero de 2013

Respirar


Pasamos por la vida equivocándonos, por ello he llegado a pensar que ese es el verdadero sentido de la vida: cagarla. Una y otra vez, con nuestra familia y amigos, metemos la pata y pedimos perdón, una y otra vez hacemos daño a los que más queremos y, por supuesto, a nosotros mismos. La única cosa que hacemos, quizá, al mismo nivel que fastidiarla es despedirnos.

Cada día cuando nos vamos a dormir decimos adiós, cuando terminamos una conversación, cuando vamos a dormir. Necesitamos poner puntos en la vida, como nos enseñaron a hacer con los textos en el colegio. Pero esas despedidas esconden mucho más. A veces, significan "márchate", otras "se acabó para siempre" y, las menos, "no dejes que me vaya".

La última imagen que nos queda de una persona es la que tenía en el momento de la despedida. Es curiosa la manera en la que podemos recordar su ropa, su peinado y, por supuesto, sus gestos y miradas. Las últimas palabras que se cruzan significan más que todas las conversaciones, esos abrazos de despedida dicen más que todos los que nos acompañaron durante meses  y las lágrimas que ahogan nuestros corazones expresan más que todas las palabras de gratificación y perdón posibles.

En esencia, todo forma parte de eso: equivocarse y despedirse. Meter la pata y aprender a solucionar los errores e intentar obtener experiencia con ello. Despedirse  es posible porque se ha conocido, se ha compartido, se ha vivido algo digno de terminar. El consuelo está en que, posiblemente, hay otra cosa que hacemos tanto como errar y decir adiós: respirar.

viernes, 1 de febrero de 2013

El columpio


El columpio se balanceaba arriba y abajo una y otra vez. Su pelo ondeaba ligeramente en el poco viento que soplaba. El abrigo caía sobre sus hombros como si de una muñeca destartalada se tratase. Estaba paralizada, inerte y, ni siquiera se percibía el ligero movimiento de sus piernas para columpiarse.

En su cabeza resonaban sus últimas palabras: "La gente normal cambia, no se detiene a jugar con muñecas eternamente. Crecemos, nos equivocamos, conocemos gente y nos hacen daño. Pero eso es la vida, de eso se aprende y tú has decidido no vivirla". Cambiar, equivocarse, conocer… eran verbos que para ella habían perdido el sentido hacía mucho tiempo. Ahora, ella era más de sustantivos, porque no la obligaban a actuar y permanecían en el tiempo, como la "tristeza" y el "olvido" que, en ese tiempo, llenaban sus días.

"Todos tenemos derecho a soñar y luchar por cumplir nuestros sueños. A veces infligimos dolor a los que nos rodean, pero no lo hacemos queriendo y eso hace que se solucione. Para eso están las reconciliaciones. No hay nada tan complicado que no encuentre solución en el gesto o la palabra adecuadas". "Dolor", podía añadirlo a su lista de nombres junto con "lágrimas" como las que surcaban sus mejillas.

El columpio continuaba su travesía hacia el cielo consciente de que jamás lo alcanzaría. "No puedes amar, odiar, ni sentir. Te estancaste en una página de un libro y no eres capaz de continuar". Quizá él tuviera razón en esto último, pero, sin duda, ella había amado y de una manera tan fuerte que dolía. Su problema siempre fue la demostración: era incapaz de hablar cuando los sentimientos anudaban las palabras en su garganta impidiéndolas salir y los gestos tampoco habían sido nunca su fuerte.

"Adiós", esas habían sido sus últimas palabras y, aún cuando ella sabía que, de no decir nada, él se marcharía, permaneció en silencio, observando como él se alejaba. Porque los finales felices no eran para la gente real, el príncipe no aparecía cabalgando sobre un caballo blanco, sino que desaparecía en un coche de segunda mano. El columpio se detuvo, por fin. Él había pasado página por ella, revelando el final del cuento que citaba en letra morada: "y, una vez más, no fueron felices ni comieron perdices".

domingo, 27 de enero de 2013

Corta eternidad


¿Cuánto tiempo es para siempre? A veces, tan solo un segundo

¿Es cierto que la eternidad es tan fugaz? Todo es finito decimos, a veces, haciendo un alarde de nuestra fragilidad. Miedo a que todo permanezca cuando nosotros nos hayamos ido y, de esa manera, dejar de ser testigos de una vida que no se detiene. Pánico a no encontrar los puntos finales, a vivir sentados en una pausa que no es nunca lo suficientemente larga.

¿Es verdad que la eternidad existe? Luchamos por estirar momentos, como si de goma se tratase. Los modelamos a nuestro alrededor y los atamos con el lazo del "para siempre".  Nos erigimos dueños del tiempo tras una varita mágica que no poseemos y, en nuestra ceguera, no somos capaces de apreciar que el caos ha tomado el control.

Nos regocijamos en el mañana, en los planes, en un futuro mejor. Depositamos nuestras mejores expectativas en la eternidad y ésta, a cambio, nos devuelve una breve porción de sí misma. Pero, nunca es suficiente y seguimos ansiando más, luchando por ser dioses y señores del tiempo y sostener con él los momentos que, en su fragilidad, se nos escapan entre los dedos sin remedio.

¿Para siempre solo dura un segundo? Puede ser que quizá dos, pero nunca más. Es inconcebible algo mejor para unos seres que se deshacen con cada segundo que pasa, que caminan hacia su fin con cada paso que dan. ¿Cómo podemos, siquiera, aspirar la eternidad cuando no somos capaces de definirla?

Y, a veces, ocurre algo que nos hace percatarnos que la palabra "final" existe y que no siempre es tan mala. Las despedidas prevalecen porque lo hacen las bienvenidas y la eternidad resulta no ser tan "eterna". Un segundo en una vida compuesta por una sucesión de horas supone una mancha de color en un cuadro en blanco y negro. Un "para siempre" dura tanto como se alargue el "siempre" y, por si eso no es demasiado tiempo, ruego que me disculpen, tengo una cita con mi corta eternidad.

sábado, 19 de enero de 2013

No hay que ser el primero para ser el número uno




Te he visto reír, te he visto llorar, he estado contigo cuando todos se habían ido. He cogido tu mano para evitar tus tropiezos, la he apretado fuerte para darte fuerzas. Te he mirado directamente a los ojos y he traspasado con ellos todas tus fronteras. Me he sentado a aguardarte en tu corazón con la esperanza de que un día pasaras por allí.

Corrimos juntos mil carreras, soportamos tormentas que mojaron nuestros cabellos. Sentimos vértigo al ascender montañas y nos faltó el aire al hundirnos bajo el mar. Nos sentamos en silencio y jamás éste fue incomodo.  Paseamos por la playa escribiendo mil discursos en la arena, lanzando cien promesas hacia el viento. A veces, nos detuvimos a contemplar el tiempo pasar para unirnos, de nuevo, a él unos minutos después.

Crecimos unidos, ubicamos el mundo en su lugar correcto, dimos a cada persona el peso que merecía. Nos caímos juntos y nos levantamos apoyándonos el uno en el otro. Nunca fingimos, nunca mentimos, no hacía falta, todo tenía sentido cuando estábamos cerca. Hubo momentos en los que nos separamos y, entonces, el camino se llenaba de piedras y el horizonte se elevaba sobre una gran cuesta que se convertía en llanura al reencontrarnos.

Gracias a ti he simplificado conceptos, he deshecho mil enredos, he aprendido a comprender. Ahora puedo dibujar la ilusión con cuatro trazos e identificar la esperanza al verla, soy capaz de interpretar miradas y hay gestos capaces de conmoverme. He entendido, por fin, que no es necesario ser el primero para ser el número uno.

Porque tú eres la única persona a la que le debo explicaciones, la única cuya opinión es vital para mí, con la que pasaré mis ratos buenos y malos. Sé que cuando todo se acabe, dentro de mucho tiempo, nos sentaremos al final de ese muelle que aparece en las películas y nos sonreiremos con la sensación del que ha vuelto a casa después de pasar años viajando. Tú y yo, cuerpo y corazón.

domingo, 6 de enero de 2013

Estrella fugaz

Desde allí arriba se veía todo mucho más claro. Avanzaba al mismo ritmo que el tiempo, algo que no hacía desde hacía mucho tiempo, se había quedado anclada en ese segundo en el que retroceder duele y dar un paso al frente lo hace aún más. La noche se cernía sobre ella indicando, por fin, el final de un día que había durado demasiado.

No tenía sueño, todavía no era el momento de rendirse ante Morfeo, era necesario dar algunas explicaciones más. Llevaba demasiado tiempo rindiéndose antes de jugar, perdiendo por no atreverse a ganar, sin amar por miedo a volver a sufrir. Allí, cuando todo el mundo se había acostado, ella comenzaba a despertar.

Le habían contado que si te alejas lo suficiente de lo que te hace infeliz acabas olvidándolo. Ella se alejó tanto como pudo, eliminó sus recuerdos, cortó todo tipo de contacto y, en efecto, consiguió deshacerse de ese sufrimiento. Pero, nadie le había avisado de que, al volver, el dolor lo hace contigo y que, en ese momento, no hay distancia que lo cure.

Ahora sabía que nunca lo olvidaría, por mucho que se alejase o por mucho tiempo que pasase, había sido una parte demasiado importante en su vida y no podía, ni quería deshacerse de ella. Los recuerdos eran bonitos, tanto que corrían por sus ojos en forma de polvo de hadas, camino de la tierra que había bajo sus pies.

Las estrellas brillaban a su alrededor en el firmamento y ella, por fin, se unió a esos astros que tanto velaron por ella. Quizá en la tierra no encontrase su sitio, pero en el cielo siempre hacían falta estrellas. Así se fue, dejando tras ella un brillante rastro, fugaz y breve, pero cargado de centenares de deseos. Desde la tierra, él alzó la vista al cielo y, al ver un astro correr, soñó con reunirse un día con ella y así, después de todo, tener el final que ambos merecían.