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domingo, 28 de noviembre de 2010

El último pensamiento

Se levantó a la misma hora de siempre, cansada por el madrugón y la mala noche que había pasado. Llevaba varios días durmiendo escasas horas, como si tuviera la sensación de que algo no iba bien pero no lograba averiguar qué era. Nada en su vida había cambiado en los últimos meses: sus amigos seguían ahí, con los problemillas de siempre; su familia la llamaba varias veces a la semana para informar del buen estado de salud de todos... nada amenazaba con comprometer esa estabilidad que llevaba varios años construyendo.
Encendió la televisión como cada mañana antes de ir a trabajar, nunca prestaba atención a lo que estaban echando pero le servía de compañía, hacía que volviera a sus años en la casa paterna donde el desayuno se tomaba entre el bullicio de su madre peinándose, su padre saliendo de la ducha y su hermana viendo los dibujos animados.
Poco a poco iba despertando y pensó en el día que tenía por delante. Iría a trabajar y en el descanso de la comida debía visitar al óptico para recoger las nuevas gafas que había encargado una sema antes. Era jueves por lo que cuando saliera del trabajo, después de ocho incansables horas, debería visitar el gimnasio, donde se tonificaba desde principios de año. El hecho de analizar el día era tranquilizador, no soportaba pararse demasiado tiempo a pensar.
Se arregló como cada día. Su traje negro impolutamente planchado la esperaba colgado de una percha en el armario, la camisa que se pondría ese día estaba cuidadosamente doblada sobre la mesa. Al mirarse al espejo recordaba como cuando era apenas una adolescente su madre reprochaba diariamente su descuido con la ropa y ahora, cuando vivía sola se había visto obligada a ordenar cada día la casa y todo lo que en ella había.
Mientras se peinaba pensaba en el futuro y en el pasado. El sueño que había tenido la había alterado. En él aparecía siendo una viejecita llena de arrugas, postrada en una silla de ruedas y sola, completamente sola. Desde muy joven había mostrado un patológico miedo al compromiso que le había supuesto dejar escapar a varios pretendientes muy valiosos. Esta vez estaba alargando la situación, él quería casarse y formar una familia pero ella no se sentía preparada por lo que se habían tomado un tiempo. Ambos en el fondo sabía que ella no cedería, en ese tema no y que tendrían que poner punto y final a aquella relación, pero ella no quería verse sola. Y allí estaba aún su ropa esperando que pasara a recogerla para desaparecer para siempre de su vida, uno más. Pero él era diferente, la quería y ella a él.
Pensaba en cómo se habían truncado muchos de sus sueños por conseguir la estabilidad que ansiaba. Atrás quedaba el espíritu viajero propio de su profesión y las largas jornadas en la calles, lejos de la oficina, buscando la noticia más pura, junto al público. Quizá tenía una casa y un sueldo fijo al mes pero echaba de menos algunas de esas cosas, alguno de esos riesgos.
La vida no la había tratado mal, tenía todo lo que podía desear y era bastante feliz, pero la plenitud nunca es completa. Notaba un vacío, algo faltaba y no podía decir con exactitud qué era. Llevaba notándolo desde su último cumpleaños cuando todos sus amigos la sorprendieron con una fiesta escondida. Allí estaban todos, casados y algunos incluso con hijos. Unos pasaban penurias para llegar a final de mes con dos colegios que pagar, otros tenían caras de sueño ya que los pequeños no les dejaban dormir pero aún así parecían felices. Y allí estaba ella, sola por elección, contemplándoles y muriéndose de envidia.
Cerró el bote de rimmel, no quería seguir pensando en eso, hacía que se sintiera más desdichada. Entró a la cocina a rescatar su paquete de chicles y vio la nota en la nevera que decía que debía llamar a su hermana. Llevaba varios días evitando la llamada, sabía que su hermana había hablado con él y la intentaría convencer para que se comprometiera. Pero ella no sabía nada, su vida siempre había sido idílica en el amor. Había encontrado a su amor con apenas catorce años y aún seguían juntos. Formó una familia feliz como las de las películas y vivía una vida muy familiar, comía cada día con su madre y su padre y por la noche cenaba con su marido y sus hijos. Por supuesto que la envidiaba, pero era su hermana y se lo había montado muy bien.
Ya estaba lista para salir, cogió el bolso y buscó las llaves del coche, pero entonces se acordó. Él había llevado el coche al taller el día anterior, antes de irse, un problema en los frenos había dicho, así que hoy viajaría en tren. No tenía nada en contra del transporte público, pero sabía que por la hora que era llegaría tarde. Bajo aprisa las escaleras y entro en la boca de metro donde viajaría hasta la estación de RENFE.
El metro llegó en seguida y pudo coger el tren puntualmente. Mientras estaba allí sentada seguía pensando en él. Quería formar una familia con él, pero tenía miedo al fracaso, a no ser suficientemente perfecta para hacerlo, a no hacerle feliz... Iba pensando todo esto cuando de repente un pitido quebró sus oídos y se vio en el suelo. No entendía que había pasado, estaba sorda, algo había explotado, no podía moverse y un dolor inmenso ocupada el espacio donde habían estado sus ojos. Notó como un líquido viscoso salía de su oreja. Intentó levantarse pero no disponía de fuerzas, además algo había atravesado su pierna. Intentó escuchar algo pero el pitido no se lo permitía, pero en el fondo sabía que había ocurrido algo grave, sentía pasos de un lado hacía otro y sus años como periodista destinada en catástrofes le permitían distinguir el caos que se producía a su alrededor.
En esos momentos no se paró a pensar en cómo salir de allí, era muy consciente de que eso ya era imposible, había perdido demasiada sangre y la hemorragia cerebral era muy fuerte. En sus últimos instantes de vida quiso casarse con él, vio como sería su familia y no tuvo miedo, sabía que estaría a la altura. Con ese último pensamiento cerró los ojos y se sumió en la oscuridad y el silencio eternos, con una sonrisa en la cara y allí quedó bajo el esqueleto metálico de un tren que estalló llevándose su futuro por delante.
En su piso quedaba el papel que avisaba de la llamada a su hermana que jamás realizó, la ropa que él jamás se llevó, en la óptica las gafas que nunca pudo recoger, su mesa vacía con documentos que jamás entregó, el gimnasio vacío ya que ese día cerró y las llaves del coche, reparado desde la noche anterior en el buzón.
Quizá decidió demasiado tarde y nadie se enteró, pero en el fondo de su corazón el día de la despedida él sabía cuál había sido su último pensamiento y sus corazones estuvieron siempre juntos. A pesar de todo él sabía con certeza que nunca jamás nadie los separaría.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Según Pablo Neruda...

Pablo Neruda dijo una vez: "Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo,  y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas". Efectivamente cuando más perdido estás, cuando piensas que todo va a salir mal, cuando ves que la gente sólo echa más leña al fuego, cuando te crees sólo... ahí te encuentras a ti mismo. Todas tus dudas parecen cobrar sentido entonces, sabes claramente qué es lo que tienes que hacer y donde.

Podría decir que la solución es continuar sin mirar atrás, pero el alma humano no es tan puro, no podemos continuar sin más, perdonando y olvidando, queremos algo más, venganza, odio... Deseamos que el dolor que nos han causado sea vengado porque sabemos que es injusto, que no lo merecíamos y que nadie puede devolvernos ese tiempo que hemos perdido.

La rabia nos inunda y tenemos ganas de llorar, de llorar y herir, hacer que la persona que nos ha destrozado reciba un poco de lo que nos regaló y así comienza la venganza. Quizá no sea el método más terapéutico y en muy pocas ocasiones termina bien, pero es el que a priori nos parece más sano. Hacer todo lo posible para que nadie pase por lo que pasamos nosotros, intentar ser el punto y final de una larga lista de daños.
Pero nos sentimos culpables, mejor dicho, nos hacen sentir culpables y, ante todo, no tenemos la culpa. Sólo somos la causa de nuestros errores y no debemos cargar con los del prójimo por mucho que nos lo hagan pensar.
Crueldad, como ya dijo una gran mujer, como cualquier otro vicio, no requiere ningún motivo para ser practicada, apenas oportunidad. Y es que el hacer daño es gratuito, echamos balones fuera, la culpa a otros y a la vez lo alimentamos con crueldad porque cuanto más hundamos al otro mejor nos sentimos, menos solos y creamos así un círculo vicioso.
Pero a pesar de todo, el ser humano está preparado para levantarse tras caer una y otra vez, se llama instinto de supervivencia, no podemos estar abajo demasiado tiempo. A pesar de todo de una u otra manera, ponemos la otra mejilla para recibir un golpe más, esperando que sea definitivo y que se acabe el dolor definitivamente. Pero no, no es así volvemos a levantarnos dispuestos a encajar otro golpe, uno más.
Pero a pesar de todo expresamos a la perfección todo nuestros sentimientos, entre mentiras, entre resentimiento, sabiendo perfectamente que no tenemos motivos para quejarnos porque la crueldad y la venganza han actuado por nosotros. Somos conscientes de que nos hemos aprovechado de los que nos rodean y sabemos que estamos solos porque lo merecemos. Pero aún así somos capaces de dar nuestro último ataque, como una serpiente y soltar todo nuestro veneno.
Un gran amigo me mostró todo esto, como era posible destrozar a una persona, hundirla hasta que no pueda casi respirar. Él dijo: "Me has jodido como poca gente lo ha hecho, sabes que estaba y estoy enamorado de una persona y que estaba a punto de empezar algo serio y te has encargado de joderlo. Confié en ti y fuiste de las poquísimas personas a las que se lo conté y lo sabías y ya has jodido todo. No te puedes hacer una idea del daño que me estás haciendo con todo esto. Gracias por todo como siempre (irónicamente claro)". Pero yo digo: "No ha llegado el día todavía que tú me hagas sentir culpable. Tú has decidido tu futuro no yo. Pero gracias porque me tú has hecho que me encontrara a mí misma".

viernes, 19 de noviembre de 2010

La chica del acantilado

Es una gota de arena la que crea el mar y un minúsculo grano de arena el que forma el desierto más grande del mundo. Es una pequeña piedra la que construye un acantilado y una hierba en el lugar adecuado la que hace que surja una pradera. Es una pequeña semilla, inapreciable para el ojo humano, la que se asienta en el corazón y hace que florezca algo, a veces ese algo es una bonita flor, grande y vistosa, otras, por el contrario es un pequeño cactus que pincha a quien lo toca.
Al escribir esto imagino a una chica vestida con un blanco vestido de raso que se agita con el viento, sentada de espaldas en un acantilado junto al mar. Veo la luna, reflejando su brillo sobre el inmenso océano y de fondo una melodía, quizá una vieja pieza para violines o un solo de piano. Una chica con la vista perdida en el horizonte sintiendo cada fenómeno atmosférico sobre su piel, el viento, la brisa...
Y allí pensaba, se preguntaba por lo vivido, el por qué del dolor que él le había hecho. No entendía cómo la vida puede cambiar tanto en tan poco tiempo. Había apostado todo lo que tenía a una sola carta ante su convicción de que iba a ganar y ahora se había quedado sin nada. La nada no era tan suculenta como se había imaginado, allí no estaba ninguno de sus amigos, ni su familia, había arriesgado todo y no había recibido nada.
Sola, así es como se sentía ahora, sola y abandonada. La decepción tomaba cada uno de sus músculos y agarrotaba su corazón. Nunca se había entregado con tanta pasión y desinterés, é había sido todo para ella y ahora ya no estaba. Todos se lo avisaron y ella no quiso ver, no quería creer que el centro de su mundo no la quisiese, no podía hacer caso a todo eso porque no quería.
Y el tiempo les dio la razón, él se marchó de la misma forma que había llegado, arrasando todo a su paso y dejando a su paso caos. Los trozos de su corazón caían a su lado, afilados y ensangrentados por el reciente dolor y allí esta ella, de nuevo sola, pero esta vez nadie había acudido a consolarla.
Esa imagen se va esfumando de mi mente y me veo a mí misma, sola en esta habitación, rodeada de fotos que demuestran que existió y no fue un sueño. Lloró porque sé que es lo único que puedo hacer, llorar, la indecisión ha supuesto que le perdiera a él y que el resto del mundo se fuera.
En este punto las disculpas no sirven y las demostraciones son demasiado débiles y efímeras. He metido la pata hasta el fondo y me he hundido en mi propio egoísmo, en mis mentiras y en mis errores. No supe ver el camino correcto ni conseguí elegir bien, una vez más me equivoqué, para no variar, para continuar con la rutina. La diferencia es que está vez nadie estaba para levantarme, todos se habían cansado y se habían marchado. Yo soy la chica del acantilado, una vez más, demasiado perdida como para ver con claridad, demasiado orgullosa para pedirperdón.

lunes, 15 de noviembre de 2010

La vida no es un sueño asombroso

Me senté en una silla en medio de una luz cegadora, cuando lo hice la oscuridad se cernió sobre mí. No podía apreciar mis huellas sobre el barro ni el camino que tenía frente a mí. Ni siquiera apreciaba lo más cercano a mi posición, sabía que mis brazos estaban ahí por su peso cayendo, olía mi perfume pero era incapaz de ver nada.
No sé cuánto tiempo permanecí en esa oscuridad ni que pasó en esos momentos a mi alrededor, sólo sé que no podía comprender nada, estaba en shock, intentando asimilar sin éxito mi vida. De pronto algo allí en frente se iluminó.
La imagen que vi me causo dolor, me hizo llorar amargamente por aquello que se ha perdido. Esa escena fue sustituida por otra y luego otra y otra... y todas ellas me hacían dejar de respirar. Las lágrimas seguían brotando de mis ojos, incansables al desaliento y yo seguía desorientada viendo mi vida pasar.
Lloraba por lo tonta que fui, porque malgasté mi tiempo con personas que nunca lo agradecieron, que pasaron por mi vida como estacas que lo único que hacen en clavarse en el corazón. Lloré por lo que di sin recibir nada a cambio y el dolor que me fue devuelto, por la decepción, por lo que no había llorado antes.
Y de repente las lágrimas cesaron como vinieron. Poco a poco la luz fue apareciendo poco a poco, primero débilmente, luego con algo más de fuerza. Parecía que todo iba a salir bien ahora que había algo que alumbraba mi camino así que me dispuse a andar.
Pero justo cuando lo estaba haciendo algo me cegó, una explosión de luz seguida de una nueva oscuridad. Otra vez la misma historia, otra decepción, pero ésta vez mucho más grande que las anteriores. Una persona diferente, alguien en quien confiaba me había soltado la mano al borde del precipicio y la caída había sido casi mortal.
En ese momento, agonizando lo vi. A veces depositamos toda nuestra confianza y nuestras expectativas en personas que no son capaces de cargar siquiera con sus vidas. Gente que se pasa el día mirando a su ombligo sin ser consciente de la gente que a su alrededor se preocupa por ellos. Y todos esos buenos deseos se convierten en armas arrojadizas que hacen mucho daño tanto al que las tira como al que las recibe.
Quizá sea que la vida no es un sueño asombroso o que de los sueños al final te acabas despertando y ves que la realidad no es tan ideal como creías. Puede ser que lo bueno es que te den golpes que te hagan más fuerte y que aún lleno de heridas puedas seguir adelante. Pues bien yo ya llevo una muesca más en mi cinturón, ésta más grande que las anteriores y más dolorosa también, pero que seguro que me resultará muy útil en algún momento de mi vida.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Mi momento

Si pudieras elegir un recuerdo, el más feliz, el más triste, el más insignificante o el más importante, ¿cuál sería? ¿qué hizo que ese momento fuera  especial frente a un cúmulo infinito de instantes almacenados?
Mi momento no es demasiado grande, ni demasiado importante, quizá tampoco sea demasiado significativo y puede que sólo yo le diese importancia, pero es mío. Justo en ese instante me sentí parte de algo, un algo del cual yo era una mínima parte pero, al igual que el resto de piezas, era indispensable para su funcionamiento.
Me hizo sentir especial, como si fuera alguien en el mundo, como si de verdad a alguien le importara lo que yo sintiera o pensase. De verdad creí que nada podía ir mal desde aquello, que la gente que me rodeaba estaría allí siempre. Todas aquellas personas se fueron, unas lejos y otras más cerca, pero la mayoría de ellas desaparecieron de mi vida. Pero no se esfumaron para siempre, permanecían allí en mi recuerdo, como el primer día.
Cada vez que me encuentro triste y estoy perdida, recurro a mi recuerdo especial. Allí están ellos en el momento más feliz de todos los que residen en mi memoria, mirándome con caras sonrientes y gorros de fiesta, haciéndome sentir que todo iba a salir bien.
Es curioso eso de los recuerdos felices, son capaces de hacerte llorar mares a la vez que sacan la mejor sonrisa de tu boca. Pueden causarte la añoranza más amarga y la alegría más profunda, pueden convertirse en una marca que oriente tus pasos o en una cuerda que tira de ti hacia atrás impidiéndote avanzar.
Hay veces que me siento sola, con un poco de música y me pongo a pensar cómo hubiera sido mi vida de haber vivido ese momento de otra manera, de haber conocido a otra gente. Nunca encuentro una respuesta definitiva, quizá hubiera sido más feliz o quizá no, nadie lo sabe.
Lo que más echo de menos  es el ruido, la gente de un lado a otro, cada uno absorto en sus propios pensamientos pero siendo conscientes de la presencia del otro junto a ellos. No me gusta el mundo de ahora, en el que cada uno mira su ombligo sin saber por qué el vecino ha perdido la sonrisa. En mi recuerdo no me sentía sola y sé que los de mi alrededor tampoco lo estaban.
Realmente misterioso el mundo de la memoria, creemos que no la podemos manipular pero estamos constantemente interviniendo en ella, transformando los recuerdos en idílicos, construyendo la felicidad que no tenemos en la realidad. Cada recuerdo es una vaga sombra de la vida, sin esencia para lo bueno y lo malo. Los momentos increíbles se convierten en medianamente buenos y los malos son siempre soportables. Pero la verdad es que cuando viviste ambos, experimentaste sentimientos llevados al límite y eso los recuerdos jamás lo mostrarán.
El malo nunca fue tan malo y el bueno tampoco es el héroe de cuentos. Los recuerdos están bien, pero no pueden dominar tu existencia. Soy consciente de que mi recuerdo no es tan bello como lo recuerdo y que felicidad no era lo único que sentía. Sé que no todas las personas que estaban ahí me causaban simpatía y que ese día me acosté sintiendo lo mismo que cualquier otro. Pero también sé que ocurrió algo ahí que me hizo seleccionar lo que viví y elevarlo en la memoria, crear con ello un modelo y vivir según él.
Lo que allí pasó queda para mí, la gente se ha desvanecido, la música y el ruido que se oía se apagó, los lugares han perdido su color original y las estrellas que brillaban han desaparecido. No me importa que nunca se vuelva a repetir porque sé que una vez ocurrió y con eso me basta para ser feliz.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El mensaje en la botella

Puedes ir andando por la arena de una playa y encontrar una botella con un mensaje dentro, es poco probable, pero puede ocurrir. Puede ser que un día te levantes y lluevan pétalos de rosa, puede ser que una mañana te mires al espejo y allí no estés tú. Puedes vivir tu vida esperando que ocurra algo excepcional, algo que dé sentido a tu vida, que te haga sonreír como nunca antes lo habías hecho, que te haga darte cuenta que todo merece la pena.
Hubo una época que esperaba que mi vida cambiase, nada tenía sentido, faltaban muchas cosas que no era capaz de encontrar. Quería cambiar de ambiente, de amigos, necesitaba salir de mi mundo y tomar aire, poder llenar mi pulmones para introducirme en otras aguas. Cada segundo que permanecía entre los mismos pensamientos pesimistas me oprimían el pecho y no podía respirar, sólo sabía llorar y cada lágrima que brotaba de mis ojos lo hacía entre profundos dolores.
Veía películas y envidiaba a los protagonistas que pasaban de no ser nadie, vivir camuflados entre miles de iguales, a ser gente especial que vivía historias especiales. Deseaba ser alguna de esas actrices que se enamoraban de un desconocido en un autobús de camino al trabajo y que conseguían vivir una vida feliz. Quería realizar uno de aquellos viajes por todo el mundo y descubrir gente nueva, escondida en las raíces de otra cultura.
Llegó un momento que pase a resignarme, ya no lloraba pero estaba muy lejos de ser feliz. Vivía por rutina, respiraba porque me daba pereza ahogarme y me levantaba cada mañana porque siempre lo había hecho así. No ponía ilusión en nada de lo que hacía y los días se me hacían eternos, el sol me molestaba y la noche me cansaba. Ya no buscaba motivaciones convencida de que no las encontraría jamás. Así transcurría mi vida, entre nada y menos, entre poco y nada, entre oscuridad y vacio.
Un día decidí volver andando a casa, necesitaba despejarme después de un día más largo que de costumbre. Entonces vi unas viejas vías del tren junto a mi camino, estaban valladas y no podía pasar, pero me hicieron pensar qué pasaría si el próximo tren pasar sobre mi cuerpo. Para mí nada, llevaba mucho tiempo viviendo en la nada por lo que la muerte no supondría un cambio. Para los de mi alrededor probablemente tampoco, había decidido desvincularme de todo porque no era feliz y ellos no notarían que ya no les llamaba, porque hacía meses que no lo hacía, ni se darían cuenta de que no estaría en las fiestas, porque había dejado de ir.

Me dio rabia pensar que no significaba nada para nadie y estallé en lágrimas. Lloré como nunca antes lo había hecho, me tiré al suelo y me abracé las rodillas, me dolía el pecho, llevaba conteniendo aquello demasiado tiempo. Ahí fui consciente de cuantas cosas había perdido por esperar un hecho magnífico que cambiara mi vida. Mis sueños dejaron de ser eso, sueño, para convertirse en una obsesión. Por supuesto que necesitaba amigos nuevos, pero los viejos tenían que seguir ahí, también necesitaba viajar pero los que me querían debían ser testigos de ello. Debía buscar el éxito y visitar nuevos ambientes, pero sin olvidarme de quién era, recordando mi pasado, lo que me hacía única.
Volví a casa y al entrar lo que vi no me gustó, nadie sonreía como yo recordaba, la tristeza reinaba en aquel ambiente y yo sabía que era culpa mía. Había pasado los últimos meses de mi vida destrozando cada cosa que tocaba, haciendo infeliz a cada persona que se acercaba a mí y era hora de que eso cambiara. Allí se iniciaba una nueva etapa de mi vida en la que no había sitio para la desilusión.
Puede ser que un día vayas paseando por una playa y encuentres una botella con un mensaje dentro, puede ser que la abras y ese día tu vida cambie radicalmente, es difícil, pero puede ocurrir. Pero no te puedes sentar en la arena de la playa con la vista perdida en el horizonte esperando esa botella porque quizá nunca llegue, o aparezca cuando menos lo esperas, o ya estuviese ahí y tú no la viste. De la misma manera, en tu vida no te puedes sentar viendo los días pasar, esperando el milagro que cambiará todo, alejando a los que te quieren por miedo a que te distraigan de encontrar lo que esperas
 Debemos vivir como mejor podamos o sepamos cada día, soñando, pero sin olvidarnos de que el cambio le construimos nosotros con cada paso, cada acierto y cada error, y los sueños, como diría aquel, sueños son.