-->

sábado, 30 de octubre de 2010

La experiencia

La conocí hace cinco años, aún lo recuerdo. Ella estaba sentada en su silla, con la mirada perdida y el pelo alborotado. Las arrugas de su piel definían la experiencia de cada rasgo, sus dedos entrelazados dibujaban las profundas curvas de unos huesos envejecidos y sus canas se extendían a lo lardo de su espalda en el pelo que un día se recogió en un elegante moño. La piel casi trasparente mostraba aún algo de lo que debió ser en su origen, suave y agradable, aunque ahora las manchas adornaban su textura.
Era la viva imagen de la experiencia, cada parte de su cuerpo postrada en aquella vieja silla deseaba contar algo vivido, una historia de una infancia lejana, diferente. Recuerdo como me acerqué lentamente por si acaso la sacaba de la burbuja construida en los últimos tiempos, con la precaución de quien trata con un sonámbulo. Ella notó mi presencia y acercó una silla que estaba a su lado para que yo me sentase, y así lo hice. Pasamos horas contemplando la nada, cada una absorta en sus cosas, sin prestarnos atención, pero sabiendo que estábamos acompañadas.
Luego empezó a hablar, a contar historias de su juventud ya pasada, y mientras lo hacía, un sin fin de lágrimas brotaban de sus ojos. Lágrimas de comprensión, por fin se sentía útil, escuchada, querida. Y yo me limitaba a contemplarla en silencio, atendiendo ensimismada a sus palabras. Tenía tanto que dar y nadie había querido recibirlo. Cada día me sentaba junto a ella en el mismo taburete unos minutos y una nueva historia brotaba del fondo de su ser, un esfuerzo para una memoria considerada débil.
Me recordaba tanto a mi abuela cuando se sentaba en la mecedora del salón a ver la televisión. Ella hacía que la miraba pero nunca la veía, estaba pendiente de cada cosa que hacíamos y le gustaba contemplar nuestra juventud. Aprovechaba cada vez que estábamos cerca para recordar viejas "batallitas" del pasado. Cuando lo hacía la entraban ganas de llorar, como a alguien que sabe que está en el final de sus días.
En el tiempo que vi a aquella mujer en su silla me sentí comprendida, cada vez que me ocurría algo se lo contaba y ella asistía en silencio a mis malas experiencias. Me restaba sus brazos ara llorar y me recordaba que todo el mundo pasa por lo mismo. Sabía elegir de entre todo su amplio repertorio, la frase adecuada para hacerme sentir bien y cuando la decía mi mundo se ponía derecho.
No podía entender que había hecho aquella mujer para merecer ser relegada al olvido, qué pecado era tan grave de no ser perdonado. Poco después lo entendí, su error había sido envejecer. Cada año que cumplía la restaba utilidad en su mundo, la convertía en un objeto inservible que sus hijos y nietos deseaban guardar en el trastero para que no molestara. Tanto fue así que un día se olvidaron de visitarla y a ese día le sucedió otro, y luego otro, y luego otro... Así hasta que un día permaneció horas y horas en su silla esperando ver la juventud de su sangre y nunca llegaron.
Ella amaba a su familia, luchó mucho por ver a sus hijos crecer entre las penurias que la tenían atada a una larga jornada laboral. Muchas veces se equivocó y les regaló su vida sin esperar nada a cambio. Tropezó mil veces en la misma piedra y avanzó, pero en ese lugar encontró su pared, la que le impidió seguir avanzando.
A pesar del tiempo, sé qué ropa llevaba puesta aquel. Recuerdo su bata azul cielo raída en las costuras, su pijama rosa con ositos y sus zapatillas de cuadros escoceses. Nunca olvidaré que se había arreglado como solía hacer para acudir a una fiesta hacía no mucho tiempo. Su pelo lucía recogido en un moño y en sus mejillas había cierto toque de color. En sus manos un libro, de esos que parecen antiguos y una pequeña caja de cartón.
Eses día llegué a la hora de costumbre y cuando ya me iba, unas horas después me tomó la mano, suavemente pero con decisión, y se incorporó. Fue la primera y la única vez que la vi de pie, con su delgada figura vertical, esperando volver a su amada silla. Me miró con sus verdes ojos llenos de lágrimas y me entregó aquel libro y aquella caja, me dio un abrazo, cálido y dulce, y se sentó. Intenté hablar pero su mirada permanecía de nuevo impasible al infinito, como la primera vez, y allí permaneció para siempre, mirando a la nada y viendo todo.
Se marchó como había vivido, en silencio, sin intención de molestar a nadie, dejando como recuerdo de su estancia una medalla de oro con su nombre grabado, un nombre que marcaría mi vida, y un álbum de fotos antiguas, fotos de toda una vida que yo custodiaría como tesoro, intentando inculcar su experiencia a los que desearan oírla.
Hay muchas cosas en la vida que se pueden almacenar: las cajas, la comida, la ropa... en definitiva, todo lo material. Podemos guardar en grandes armarios bolsas de objetos desterrados al olvido, cosas que han perdido su utilidad y son retiradas a lugares escondidos para que no estorben. Pero las personas no son simples objetos, llevan tras de sí miles de instantes de vida para aconsejarnos, millones de historias con las que entretenerlos y centenares de kilos de comprensión. Los seres humanos que envejecen saben qué es el cariño y saben qué es no tener nada y aún así tenerlo todo. Nos dan la vida y no esperan nada, solo una visita o una palabra amable.
Ella se fue físicamente, pero sé que cada minuto que pasamos juntas me cambió y me hizo diferente, ni mejor ni peor, simplemente distinta. Ahora logro entender lo que es el cariño y puedo darlo y recibirlo. Sé que ella sonríe desde arriba porque por fin es feliz, sabe que su vida mereció la pena y por eso pudo marcharse en paz, libre de rencores y odios, sólo feliz por lo que dejaba.

viernes, 29 de octubre de 2010

Vacunada

Cuando nos vacunan contra la gripe lo que realmente están haciendo es introducirnos virus para que nuestro cuerpo genere anticuerpos contra ellos. Podemos vacunarnos contra muchas enfermedades y, en la mayoría de casos, evitar padecerlas; pero existen otro muchos casos en los que terminamos desarrollando efectos secundarios o los virus se vuelven más poderosos y nuestro cuerpo no puede eliminarlos.
En el amor ocurre lo mismo, cuando vemos una enfermedad inminente nos vacunamos para inmunizar nuestro frágil corazón, esperamos permanecer impasibles ante el problema que venga y así evitar el dolor. Pero hay veces que esas vacunas se vuelven en nuestra contra, o muchas otras, el virus ha mutado y no hay vacuna que valga contra él.
Creemos que podemos enfrentarnos a eso que nos da tanto miedo porque pensamos que está superado, y cuando llega el momento descubrimos como las viejas heridas del pasado se van abriendo lentamente y vuelven a sangrar. En esos momentos nos damos cuenta de lo ingenuos que somos, caemos en la cuenta de que padecemos adicción al dolor.
Y es que las heridas pueden llegar a cicatrizar y cerrarse por completo, pero necesitan mucho tiempo y los humanos no estamos dispuestos a esperarlo y arriesgamos. Los puntos que las cerraban se desprenden y caen y volvemos a recordar ese dolor que nos mantenía inmóviles y decaídos. Pero, en el remoto caso de que dejásemos cicatrizar esa brecha, seguiría produciendo dolor, una punzada que nos doblaría en el momento.
Desde casa todo es diferente, delante de un ordenador nos colocamos el traje de superhéroe y nos vemos capaces de enfrentarnos a todo, pero la realidad llega a nuestra vida en forma de criptonita y nos priva de nuestros poderes. Nos volvemos frágiles, lloramos de infelicidad de nuevo y recordamos cosas que prometimos olvidar. Desempolvamos pensamientos que juramos no volver a tener.
Toda la madurez y experiencia que creíamos haber obtenido se queda en una ilusión óptica provocada por la seguridad que provoca la distancia. Lo que creíamos haber logrado se convierte en un montón de escombros, restos de un rascacielos sin cimientos. La página pasada retrocede y volvemos a leer una y otra vez el mismo capítulo de siempre y, aunque ya sabemos el final y lo que daña, esperamos que esta vez sea diferente, que pueda cambiar.
Y mientras las ciudades edificadas en nuestro corazón son desoladas por terremotos, huracanes y maremotos se van creando nuevos muros de hormigón a base de expectativas. Paredes que nos resultan familiares por la cantidad de veces que chocamos contra ellas, pero aún así preferimos seguir llenándolas de esperanzas que derrumbarlas y ver lo que hay detrás.
Dicen que "el corazón tiene razones que la razón no entiende" y quizá por eso una parte de nosotros quiera seguir alimentando el "puede ser". Pero sabemos que no debemos, que eso ya lo hemos vivido y no hemos sido feliz, el problema es que no sabemos como cambiar de dirección, como librarnos de la fuerza de gravedad del corazón, como ser felices sin eso. Necesitamos que alguien nos aconseje y nos regañe para sentir que lo estamos haciendo mal. Quizá eso no cambie las cosas pero queremos que nos digan que estamos equivocados y así el malestar que sentimos se hace más llevadero.
Todos estos pensamientos son los virus de esa pequeña jeringuilla que insertó un día ese virus en nuestro cuerpo, que lo dejó crecer esperando que nuestro cuerpo reaccionara luchando contra él. Pero no esperaba que nuestro ser se rendiría ante él, dejándonos expuestos a un dolor más fuerte contra el que no hay antibiótico que lo desarme, crece y crece sin que podamos hacer nada.

Si quieres algo déjalo libre, si regresa es tuyo, si no, realmente nunca lo fue


miércoles, 27 de octubre de 2010

Carpe Diem


Los seres humanos estamos diseñados para amar, para escuchar, para sufrir y para meter la pata. Podemos equivocarnos en cada paso que damos, cada metro que avanzamos y jamás darnos cuenta o, mucho menos, reconocer nuestro error. Somos capaces de herir a los que tenemos cerca, olvidar las cosas realmente importantes y dejar de luchar ante la más mínima dificultad.
No nos damos cuenta de la importancia de los pequeños detalles que nos rodean hasta que los perdemos. Creemos que siempre van a permanecer ahí, como parte de nuestro día a día, gestos cotidianos, personas que cada mañana veíamos al empezar el día... Pero como todo, eso también se acaba. Es cada uno de esos instantes sin ninguna importancia lo que más añoramos: esas sonrisas que comprendían tus malos momentos, esas miradas de complicidad, esa mano que aparecía en el momento adecuado, ese chascarrillo que no has vuelto a oír y miles de recuerdos más que no se repiten cada día.
Sabemos que el tiempo pasa, pero no somos conscientes de la velocidad a la que lo hace. Es capaz de llevarse años enteros en lo que a nosotros nos parecen segundos y cada rato que se va lo hace en el momento en el que estamos empezando a disfrutarlo. Quizá sea porque lo vivimos todo a medias, esperando segundas oportunidades, aguardando a que la felicidad completa llegue de un plumazo y no nos damos cuenta de que la felicidad la construimos nosotros mismos. Somos felices cada vez que nos entregamos a alguien por amor, cada vez que tendemos a un amigo nuestra mano, cada vez que somos útiles a alguien, cada vez que de verdad vivimos.
Pero una vez más nos equivocamos y empleamos ese preciado tiempo colocándonos metas imposibles, intentando ser personas que de verdad no somos. No somos capaces de ver que lo que tenemos que hacer es vivir cada instante como si fuera el último, tenemos que apreciar lo realmente importante y eliminar los falsos ídolos y lo que está de relleno en nuestra vida.
Nunca pensé que llegaría a añorar tanto esas cosas. Siempre me quejé de que no me dejaban mi espacio, de que me chinchaban, de que nos enfadábamos, y es justo eso lo que más echo de menos. No me arrepiento de nada de lo que hice, pero si me diesen la oportunidad de regresar a esos años lo aprovecharía todo mucho más. Daría las gracias las veces que no las di, besaría a quien no besé y sonreiría a los que miré mal.
Y cuanto más miras el pasado y lo bello que es, más rápido pasa el presente y tampoco lo vives al doscientos por cien, ni siquiera a la mitad, estás por estar, ansiando un mañana mejor, dejando pasar oportunidades y desperdiciando sueños.
Llega un momento que has cumplido cada meta que te has propuesto, has luchado por ser la persona que ahora eres y has cedido todo tu tiempo a la causa que consideraste correcta. Ahora haciendo la revisión de tus años de vida te das cuenta que las metas eran falsas, que no te gusta en quien te has convertido y que tu causa no respondía a lo que de verdad querías. Quieres regresar y no puedes, te desesperas y no ves que nunca es tarde, cada día es la pieza clave de un rompecabezas que puede cambiar el resto de tu vida. Cada decisión importa aunque parezca insignificante y el pasado nos ha de servir para no cometer los mismos errores.
No quiero que al leer esto pienses que simplemente es bonito o que te deje indiferente. No quiero que caiga en saco roto como un blog más. Me gustaría que dejases de buscar excusas en tu vida para asumir tu culpa, que desechases la rutina y no pienses que mañana habrá tiempo para besar, para amar, para descubrir porque, aunque lo haya, puedes emplearlo en seguir siendo feliz.

lunes, 18 de octubre de 2010

De película

"Hay veces que la vida exige un cambio. Una transición. Como las estaciones. Nuestra primavera fue maravillosa, pero el verano se ha terminado… y nos perdimos el otoño. Y ahora, de repente, hace frío, tanto frío que todo se está congelando. Nuestro amor se ha dormido y la nieve lo tomó por sorpresa. Y si te duermes en la nieve no sientes venir a la muerte.Cuídate." Paris, je t'aime.

"Qué difícil. Pero me parece que aún es más difícil quedármelo para mí sola. Supongo que por eso lo hago. Tú siempre me preguntabas en qué momento había empezado a quererte. Empecé a quererte exactamente cuando me llamaste para decir que me dejabas. De hecho fue en ese preciso momento cuando olvidé el amor que sentía antes, me olvidé de la ternura y del sexo, de tu lengua, me di cuenta de que lo que había sentido antes no era más que el simple reflejo de lo que era el amor. Descubrí que no te había querido nunca. De repente pensé en aquella torturaba que practicaban en Francia. ¿Sabes qué hacían? Ataban las extremidades de una persona a cuatro caballos y los azuzaban en direcciones diferentes. Pues así es cómo me sentí. Así es cómo me siento. Ahora ya sé lo que es amar. Te amo con esa clase de amor que había rezado por sentir cuando era una adolescente y que ahora rezo por no volver a sentir nunca más." Cosas que nunca te dije.

"Toda mi vida he esperado conocer a mi hombre ideal, y entonces apareciste tu... no te pareces en nada al hombre que había imaginado. Eres cínico, gruñón e inaguantable, pero lo cierto es que pelearme contigo es lo mejor que me ha pasado nunca, y creo que es muy posible que me haya enamorado de ti." 27 Vestidos.

"Cuando el rey Lear muere en el quinto acto ¿sabes cómo lo expresó Shakespeare? Escribió: muere. Eso es todo, nada más. Sin fanfarrias, sin metáforas, sin brillantes palabras finales. Así que la culminación de la obra de literatura dramática más influyente es “muere”. Tuvo que ser Shakespeare un genio para expresar “muere”. Sin embargo, cada vez que leo esa palabra, me invade un infinito sentimiento de tristeza. Ya sé que es natural sentirse triste, pero no por la palabra muere, sino por la vida que hemos visto antes de esa palabra.
He vivido mis cinco actos, no te pido que te alegres de que me tenga que ir, sólo te pido que pases página, que continúes leyendo. Y des paso a la siguiente historia.
Y si alguien pregunta alguna vez qué ha sido de mí, cuéntale mi vida en todo su esplendor, y acaba con un sencillo y modesto -murió-." Mr. Magorium.

domingo, 17 de octubre de 2010

Te recuerdo

Es curioso como de una pequeña cosa puede surgir algo tan grande, algo que haga que tu mundo se frene y se fragmente en mil trozos, que cambie el curso normal o que pare o acelere los latidos de tu corazón. Cuando echas la vista atrás eres incapaz de señalar qué momento fue y si lo haces prácticamente no recuerdas la ropa que vestías, las palabras que pronunciaste o las personas que te rodeaban. No hubo nada que te hiciera recordarlo porque nada lo hacía especial. Durante un tiempo lo mantuviste ahí, en la misma caja de cientos de instantes sin importancia, acumulando polvo en el viejo desván de tu memoria.
Pero como ya he dicho, aún si darte cuenta va cambiando el rumbo de tu historia, ese momento se convierte en importante y te ves obligado a desenterrarlo del lugar donde estaba. Lo miras y analizas numerosas veces sin conseguir ver su excepcionalidad, sin adivinar por qué era diferente. Lo único que sabes es que es importante y que marco un antes y un después.
Pues bien, mi momento se hallaba escondido en un baúl lleno de recuerdos de convivencias y excursiones, de días fuera de casa en los que me reí y disfruté. Los momentos importantes de esos día permanecen junto al resto de recuerdos vitales pero ese, en concreto lo deseché porque era algo tan cotidiano que no podía esperar que se convirtiera en algo que me hizo tan feliz y me causó tanto daño.
Una mañana soleada cogí un autocar que me llevaría a aquel lugar, todos estábamos cansados por el madrugón, pero ilusionados por aquel fin de semana que pasaríamos lejos de casa. Mucha gente de la que veríamos allí, ya nos era conocida y mucha otra nos lo sería en muy pocas horas.
El momento exacto no lo recuerdo con exactitud, supongo que el tiempo y el polvo lo borraron. No sé que hice cuando me le presentaron y cómo nos miramos, no logro recordar quién se acercó a quién, ni nada de lo que pasó ese día entre nosotros.  De la noche sí conozco algún momento más, sé que tuve miedo en algún juego y sé que él me abrazó y, a pesar de no conocerle, me tranquilizó como después hizo muchas veces más. Con él me sentía segura de una forma agradable, como cuando era pequeña y tenía una pesadilla y mi madre me abrazaba. Era tierno y dulce pero no me terminaba de gustar.
Aquel fin de semana se acabó y con él nuestro contacto, estuvimos varias semanas sin saber el uno del otro pero de repente empezamos a hablar de nuevo. Pasábamos horas delante del ordenador riéndonos como tontos, nos dábamos toques sin sentido y , a veces, yo me sorprendía pensando en él. Pero mis sentimientos se mantenían impasibles, me gustaba un poco, pero no le quería.
Poco a poco intentamos empezar algo más profundo que dejara atrás la amistad, quedamos en persona y pasamos una buena tarde, dando vueltas por un Madrid diferente, más bonito. El calor llegó y cada día que pasaba me daba cuenta de que no podía seguir manteniendo aquello, que é no era mi chico y que no podía dejar que siguiesen creciendo ilusiones. Allí acabó todo, muy a mi pesar y quizá más al suyo, nunca lo supe.
Pero dicen que el tiempo pone a cada uno en su lugar y conmigo lo hizo con creces. Me enamoré de él, tarde pero lo hice, pero ya era demasiado tarde. Lo intenté con todas mis fuerzas, luchando por cada cosa que podía ser una puerta de acceso a su corazón, empeñando mi vida por él. Y aunque suene a tópico, la vida raras veces te da una segunda oportunidad y en mi caso no fue diferente, Pasé mucho tiempo llorando, sin poder sentir nada, hablar con él era como pasear sobre un suelo ardiente, cada vez que me decía te quiero me clavaba una estaca en el corazón y yo no podía pasar página. Recordaba los momentos tontos y felices que pasamos, cómo nos reíamos juntos, los motes que teníamos, las discusiones... Todo lo que un día no valoré y ya no podía recuperar.
Y, una vez más, el tiempo actuó limpiándolo todo. Dejó mi corazón sin sentimiento alguno hacia él, pero también se llevó mis ganas de volverme a enamorar. Lo intentaba disimular pero me seguía doliendo saber que estaba con otras y me costó mucho olvidarle.
Los mese pasaron y otra vez hablamos, bien, como al principio, sin rencores ni  nada que echarnos en cara y una vez más, la vida me recordó cuál era mi lugar. Había perdido mucho cuando decidí dejarle y lo iba a pagar durante cada día de mi vida per ya no dolía tanto, estaba resignada. Sabía que a partir de ahora me tocaría ser su amiga, me tocaría decirle te quiero como alguien más y no como yo lo sentía, tendría que estar ahí y ver como se enamoraba sin poder evitar soltar unas lágrimas y no podría evitar ver que él no me quería de la misma manera. Al fin y al cabo queda un tiempo para él, quizá otro para mí pero nunca uno para los dos juntos.
A lo mejor llega un día en el que ambos podemos volver a sentir lo mismo al igual tiempo o quizá ese día no llegue nunca. No sé dónde estaremos dentro de unos años, ni si seguiremos hablando, no puedo saber si le llegaré a olvidar y él me perdonará del todo. Lo único que tengo claro es que ahora a lo único que puedo aspirar a su amistad y no voy a renunciar a ella por nada del mundo.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Puedo escribir los versos más tristes esta noche


Hoy no me siento con fuerzas, la ilusión de los primeros días está desapareciendo y no tengo nada que decir así que dejaré que Neruda hable por mí.
PUEDO escribir los versos más tristes esta noche. 
Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada, 
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos". 

El viento de la noche gira en el cielo y canta. 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Yo la quise, y a veces ella también me quiso. 

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. 
La besé tantas veces bajo el cielo infinito. 

Ella me quiso, a veces yo también la quería. 
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. 

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. 
Y el verso cae al alma como pasto el rocío. 

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. 
La noche está estrellada y ella no está conmigo. 

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. 
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Como para acercarla mi mirada la busca. 
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. 

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. 
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. 
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. 

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. 
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. 
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, 
mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,  y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 

martes, 12 de octubre de 2010

Los primeros días

Es interesante observar como todas las cosas que creía ciertas han ido cambiando en las últimas semanas. Poco a poco se ha ido poniendo a prueba mi capacidad de adaptación a un medio desconocido y que me asustaba demasiado. Lo  nuevo estaba ahí, justo delante de mis ojos pero yo ya no temía enfrentarme a ello.
La gente paseaba sin rumbo, perdida ante la inmensidad de esa nueva etapa desconocida, todos sin rumbo y sin finalidad, estaban allí porque tocaba. Las miradas incidía de reojo en unos y otros procedentes de diferentes flancos y las preguntas eran comunes: ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres?
Llegué a aquel sitio desconocido con una historia a mis espaldas, un verano raro, diferente, un círculo de amigos que no pasaba por su mejor momento... Cada paso que daba se convertía en un cuchillo clavándose sobre mi espalda. Echaba de menos todo, incluso las cosas más pequeñas y sabía que en aquel lugar no las encontraría: no iba a estar él como cada día de los últimos seis años recogiéndome cada mañana en casa, no iba a volver en el autobús con esa gente que me abrazaba cuando me encontraba mal y había numerosas cosas que no iba a recuperar.
Ese día me encontraba mal, una noche larga sin sueño, de esas que me acompañaban desde verano. Por fin se había acabado, todo el sufrimiento por una relación que apuntaba a la luna y nunca llegó a despegar. Al principio me alivié pero después el dolor me llenó, dolor por lo que no fue, por la enfermedad que nos separó, por todo lo que no le había podido dar. Los ojos se me llenaron de lágrimas pero jamás llegaron a aflorar. Ya no estaba en el colegio donde podía llorar con mis amigas durante mucho tiempo y después sentirme aliviada. Allí las cosas eran diferentes, cada uno iba concentrado en su propia camisa, en sus historias y nadie tenía tiempo para más.
Pasaron los días allí y lejos de mejorar la situación se volvía más dura, más insostenible. Los profesores no eran los míos, los que tantas veces me dijeron que yo podía, los que al final se convirtieron en mis confesores y tutores de una vida que no parecía tan difícil. Me giraba en clase y no encontraba ese rostro amigo del que ha compartido tantas cosas, las caras que encontraba por los anchos pasillos no me resultaban familiares y no conseguía encontrar el acompañamiento en nadie.
Dejé de hablar e, incluso de sonreír. La gente me tomaba por una persona tímida y cerrada y yo no lo era, jamás lo había sido. Cada día se presentaba como una tortura y al legar a casa las cosas no mejoraban. Me daba cuenta de lo que me estaba alejando de la gente que más quería, de los momentos que me estaba perdiendo pero es que no conseguía reunir el valor para coger el teléfono y marcar un número. Todo me daba igual, me sentía sola y al echar la vista atrás no conseguía recordar los buenos momentos.
Así estuve varios días pero poco a poco todo fue volviendo a una calma más feliz y embriagadora, de esas que te hacen sentir a gusto, reconfortado y seguro. Fui conociendo a gente más afín que hasta entonces había permanecido oculta como yo, por miedo o por egoísmo. Al regresar cada noche ya no estaba sola y me di cuenta de que nunca lo estuve simplemente estaba demasiado ocupada compadeciéndome de mí misma en un rincón como para prestar atención al resto del mundo. Vi que todos tenían sus tristezas y sus dolores, que los míos contaban pero no eran más importantes.
Cada sonrisa escondía tras de sí un pasado, muy parecido al mío, en un ambiente similar, miraba a los ojos de la gente y podía descubrir mil historias que antes no estaba dispuesta a escuchar pero ahora me sentía con ánimo de oírlas. Todos rompimos las barreras y nos acercamos, todavía con impedimentos pero allí estábamos, dispuestos a intentarlo.
Y una vez más todo giró de repente. Lo que pasó aquel viernes volvió  poner mi mundo del revés, me llevó a aquel punto al que no quería volver, a la angustia y las lágrimas. Me mostró que no podía pasar página sin curar las heridas porque si no se abrían y se hacían cada vez más dolorosas. Así que fui allí cargando mi nudo en la garganta y me enfrenté a él. La persona que había conseguido hacerme la mujer más feliz del mundo durante unos meses pero que también me había vuelto la más triste.
Al verle se me cayó el peso equivalente a mil losas de mármol sobre la cabeza. Estaba frente a mí, tan indefenso y perdido que no parecía él y entonces mi nudo en el estómago se disolvió y fue sustituido por lástima. Sentía que tuviera que pasar por algo así y más aún sentía que hubiera decidido pasarlo solo. Había perdido una de las cosas más importantes que tenemos los humanos y aún ahí estaba allí, guardando el tipo, intentando parecer fuerte y despreocupado. Pero yo le conocía y sabía que él no era así y que le dolía todo aquello y que necesitaba un abrazo y un cariño que había decidido rechazar.
Una barrera nos separaba, un muro trasparente de esos que a pesar de su fragilidad no puedes romper por la fuerza. Una pared que habíamos ido construyendo durante todo un verano para protegernos el uno del otro cuando de verdad la amenaza no veía de nosotros. Pero a pesar de todo nos miramos y lo entendimos: comprendimos lo que habíamos dejado pasar y lo que habíamos pasado y las lágrimas invadieron sus ojos al igual que los míos. Pero ninguno lloró, ya no era el momento y como dice un sabio dicho "no llores porque terminó, sonríe porque ocurrió".
Así me despedí de él, dejando en aquel lugar lleno de muerte y dolor no sólo un amor tierno y sincero sino todo el pesar que me había embargado los últimos meses. Supe que pude hacer las cosas mejor pero no tenía nada de lo que arrepentirme. Allí cerré aquel capítulo para siempre que podía iniciarse como una amistad o permanecer cerrado como un recuerdo pero que nunca más me causaría dolor.
Lo mejor vino después, la gente se preocupó, los nuevos amigos llamaron y se interesaron y los viejos por supuesto lloraron conmigo. Ya no quedaba hueco para la duda, no tenía que renunciar a nada para seguir avanzando y las reticencias hacia lo desconocido se borraron. Era momento de crecer y confiar aunque luego doliera, mejor arrepentirse de lo que haces, lo que vives y por lo que lloras que de lo que nunca sabrás qué hubiera podido ser.

lunes, 11 de octubre de 2010

Mis recuerdos

A lo largo de mi vida he visto muchas cosas y he pasado por muchos momentos. Me he enfrentado a auditorios llenos de gente con su atención puesta en mí. He sentido el éxito en mi cuerpo y he tenido mucho dinero, tanto que podía comprar casi cualquier cosa. El balance de mi vida cae sobre el lado positivo pero no por las fiestas a las que asistí, ni los coches que compré. Mis experiencias no se valoran en euros, de hecho pocas cosas de las realmente válidas pude comprar con el dinero.
La gente que conocí mientras triunfaba ya no está, se evaporó con la fama y el prestigio. Mis vestidos caros se arrugaron y pasaron de moda y mis zapatos de tacón me dejaron de parecer útiles. Todo lo material se fue desgastando y  pasó a ocupar un lugar más en una habitación llena de trastos viejos. Pero aún así yo era feliz.
Había otras cosas en mi vida que me hacían enormemente dichosa. Recuerdo una tarde de sábado, nada la hacía especial y para mí lo fue. Recuerdo que estaba cansada, un viernes duro y quedé con dos amigas para dar un paseo. Hacía tanto frío que terminamos en un restaurante tomando un café caliente. Recuerdo que nos reímos mucho, hablamos de todo, nos desahogamos juntas y volvimos a reír y al llegar casa me sentía en paz, bien, feliz. Eso sí lo echo de menos, los paseos por Madrid en invierno que te llevaban a lugares llenos de luces y músicas recónditas de intérpretes ambulantes.
Recuerdo una noche, una vez más el sábado como protagonista y una vez más sin planes para ese día.  Pero para no variar de nuevo había alguien ahí dispuesto a aguantarme unas horas. Todo empezó con chocolate y mojito y terminó en una noche de risas y recuerdos. Hubo tiempo para todo: lloramos, hicimos el ridículo pero lo pasamos bien.
Miles de días insignificantes un grupo de personas sin importancia se reúnen para hacer algo cotidiano y lo mejor es de esas horas que pasan juntos salen los mejores momentos de su vida. Las cosas que pasan desapercibidas por el mundo son las que nos hacen realmente felices. Un día de nieve atrapados en una cuesta con miedo a caernos, una fiesta, un día de febrero...
Lo que realmente me hizo feliz cada día fueron las llamadas de teléfono que no decían nada, sólo ocupaban horas y gastaban batería mientras un silencio rico en mensajes llenaba el tiempo. Me sentía cómoda compartiendo copas y bailes en un local de mala muerte en un barrio desaparecido del mapa junto a la gente que no me quería por lo que tenía sino por lo que era. Estaba a gusto sentada en el césped de una avenida lejana comiendo pipas mientras decidíamos donde cenar.
Es curioso que habiéndolo tenido todo sólo aprecies lo más insignificante, los pequeños momentos que hacen que un día pase de ser uno más en el calendario a ser legendario. Pero lo que marca la diferencia no es el cómo lo vives sino con quién lo haces. Un viaje puede ser un auténtico desastre si estas solo o un desastre divertido si estás con tus amigos. Una mala racha puede ser el principio de una depresión o sólo un día malo si te rodeas de buenos consejeros.
Todo forma parte de un dar y recibir. Pero lo que se entrega no es dinero y lo recibido no se puede tocar con los dedos. Se ve, se nota, se percibe en el ambiente que lo rodea y causa mucha satisfacción aunque en otros momentos sea desdicha. Pero sea como fuere merece la pena entregar un pedacito de tu corazón y recibir miles de trozos a cambio.
Los viajes, el lujo y la buena vida han llenado mi vida durante gran parte de ella, pero no la han marcado, solo han adornado los momentos realmente importantes.

sábado, 9 de octubre de 2010

Una de optimismo


La vida empieza a tener sentido en el momento en el que eres importante para alguien, un amigo, un conocido, un compañero, da igual. Ya no actúa sólo para ti mismo sino que empiezas a ser un actor en una obra cuya misión es educar a los espectadores de tu vida. Esto, al contrario de lo que se pueda pensar, no te esclaviza sino que te hace libre. Puedes improvisar un guión y conseguir que alguien se sienta comprendido, feliz, contento... y muy posiblemente esto sea uno de los pilares de la felicidad, la tuya y la de los que te rodean.
Hubo un momento en el que dejé de creer en todo: nada me hacía feliz, vagaba sin ilusión y no tenía ningún tipo de perspectiva, pero entonces lo encontré. Allí estaba él, en el lugar en el que siempre había estado, quieto, observándome, esperando que me volviese a levantar del suelo tras la caída. Le miré a los ojos y vi que lo que allí había era confianza, sabía que lo conseguiría incluso antes que yo misma y fue entonces cuando lo supe: debía rodearme de gente como él, de amigos de verdad.
Ellos no dudaban de mí, ni esperaban nada, sólo querían que yo fuese feliz y si lo lograba les bastaba. No eran egoístas ni hipócritas y tenían sonrisas para los buenos momentos y unos brazos en los que refugiarse para los malos. Estaban provistos de innumerables paquetes de clínex para secar todas mis lágrimas y su memoria podía almacenar cada una de las historias que yo les contase. Ellos eran mis amigos.
Quizá me olvidé de ellos demasiado pronto y me sorprendía el hecho de que estuvieran allí cuando volví la vista atrás. Pero ahora lo entendía. Fui feliz, más feliz de lo que nadie fue jamás, compartimos juntos muchos momentos, los buenos muy buenos y los malos no hacen más que mejorar los buenos. Nos descubrimos juntos a nosotros mismos equivocándonos cada tres metros y encontrando manos salvadoras que nos rescataban del abismo. Pero seguimos la vida por separado y ahí no fui feliz porque me faltaba mi mitad, algo que antes me compensaba y que ya no estaba. Pero justo en mi peor momento aparecieron, como siempre, sin ser llamados, dispuestos a volver a tenderme su mano, una vez más. En ese momento ya pude empezar a caminar sola de verdad, como un bebé que sabe que sus padres están a un lado preparados para la caída.
Sé que avanzaré y que mis pasos me llevaran a lugares donde me veré obligada a retroceder pero también sé que ellos están ahí para dejarme una linterna que ilumine mi camino y un mapa para que no me pierda. Pero yo no quiero ser egoísta con ellos y les dejé algo que siempre les será útil: mi corazón. Cuando me necesiten me tendrán, esté donde esté, no porque se lo deba sino porque me lo debo a mi misma.
No tengo una lista de amigos, ni tampoco me gustaría tenerla, me basta con algunos nombres en mi cabeza y muchas historias en el corazón. Son pocos sí, los puedes contar con los dedos de una mano, pero juntos somos felices, nos entendemos con sólo una mirada. Podemos estar días y semanas sin saber nada los unos de los otros pero nos recordamos y sabemos que estamos bien. Pero no todo es idílico, lo mejor y más humano es que a veces discutimos y nos enfadamos y juramos no volver a hablarnos pero somos capaces de reinventarnos y volver a mirarnos a los ojos esperando un perdón u otorgándolo.
La vida empieza a tener sentido en el momento en el que encuentras a un amigo. Ya no puedes caer sin que él caiga contigo, pero realmente aunque fracases te levantas porque sabes que tienes a alguien esperándote con el corazón en la mano y los brazos abiertos.
Da igual lo que venga mañana, lo que el futuro nos aguarda no puede ser tan malo si lo vivimos juntos, desde el lugar que sea y a la distancia que nos sea posible. Lo único que importa es lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos juntos, mejores, invencibles como en los mejores cómics de superhéroes.
Gracias a todos.

sábado, 2 de octubre de 2010

Lo siento

He decidido olvidar mi pasado y seguir adelante. Ya no importa lo que fui y lo que no llegué a ser. No es necesario saber qué hice bien o en qué me equivoqué, ya está hecho. A los amigos los recordaré con mucho cariño, pero debo dejar espacio a las nuevas personas con las que me iré cruzando.

Es de noche, miro el cielo lleno de estrellas. Muchas de ellas ya no existen y dentro de miles de años lo sabremos. El universo es tan inmenso que una vez más me siento insignificante, como esa estrella que allí apartada de toda constelación reluce como la más bella. Olvidada, ajena, sin un lugar en el mundo, así somos ambas. Quizá tenemos mucho que mostrar, todo que ofrecer pero no ha llegado nadie que lo descubra como un tesoro enterrado por un pirata en el que nadie cree y que permanecerá bajo una palmera sin que nadie jamás lo encuentre.
Bajo la mirada y lo que veo no me agrada, nada, oscuridad, tristeza, soledad, melancolía. A veces desearía tener alas y poder volar entre las estrellas, flotar sin estar sujeta a ninguna gravedad, sólo atenta para ver, sentir, disfrutar. ¡Qué bella sería la vida así!
He sido feliz y he conocido gente, mucha personas que han participado en mi  vida de una u otra manera. He llorado con ellos y también he reído. He compartido sueños y nos hemos regalado pedacitos de una vida a medias. Pero cada momento que pasé con ellos era otra persona la que estaba allí. Nuca me sentía completa pero no era culpa suya. Ellos se esforzaban por escucharme, por consolarme, por descubrir lo que ocultaba pero nunca conseguí hacerme entender.
Había días que llegaba a casa, cansada y triste, enfadada con el mundo y deseaba que todos desapareciesen y lloraba, lloraba tanto que me escocían los ojos. Otros días sentía que les quería, que formaba parte de algo aunque fuese una parte minúscula. Pero en estos últimos la alegría no duraba mucho, se esfumaba al toparme con la realidad del día siguiente.
Miraba el móvil y nadie me llamaba, llegaba a casa y nadie me esperaba, mi bandeja de entrada estaba vacía, no significaba nada para nadie y eso me dolía. No quería aceptar que había perdido el tiempo con tantas personas. Ahora todo eso no duele, el tiempo no se pierde se emplea y con cada uso aprendes algo, descubres a una persona oculta tras una máscara. Cada vez que cedes un instante haces feliz a alguien, otro alguien se siente menos sólo y algún otro más comprendido, como a ti te paso alguna vez.
Las maletas ya están hechas y permanecen delante de la puerta, impasibles, esperando la decisión final que las sacará definitivamente de la casa para conocer un nuevo lugar, o las dejará allí donde siempre estuvieron.
En mis últimos momentos aquí me doy cuenta de que no fueron tan malos. No me sentí tan fuera de lugar o, al menos, no más que cualquiera. Si no recibí noticias de mis amigos es porque jamás me interesé por saber de ellos. Fui egoísta, hipócrita y muy egocéntrica y les pido perdón. Pero hay ya mucho daño hecho, no puedo borrar el dolor que les causé, ni lo que les hice sufrir. Lo que más lamento es haberme dado cuenta demasiado tarde, pero espero que algún día puedan perdonarme.

A mis amigos:
He decidido olvidar mi pasado y seguir adelante. En las maletas lo indispensable para empezar una nueva vida, las manos llenas de regalos y en mi cabeza mil recuerdos, ahora felices. Lo malo lo dejo atrás, en esa pequeña casa donde viví lo mejor y lo peor de mi vida, donde me construí a mi misma de enfados y experiencias. Espero que aunque me vaya, una pequeña parte de mí permanezca en los corazones de los que durante tanto tiempo fuisteis mis amigos y confidentes. También espero que, por lo menos, intentéis olvidar lo malo que os hice y recordar las veces que sí estuve allí. Gracias por todo, amigos.

Para ellos, los que siempre estuvieron y siempre estarán. Gracias.