Hay
veces que nos empeñamos en comenzar causas perdidas, en continuar en una
batalla que estaba condenada desde el principio. Parece que nos gusta chocarnos
contra una pared que no podemos derribar y adoramos las lágrimas de
impotencia. No comprendemos que no tenemos
la capacidad de cambiarlo todo, que no somos un milagro con el poder de
solucionar los males del mundo.
Hay
veces que nos aferramos a la gente que queremos por ese sentimiento de amor y
no entendemos que, en ocasiones, es mejor dejar marchar. Permitir que esa
persona continúe su camino sin exigirle que regrese, confiando en que estará
bien.
Hay
veces que la única manera de evitar el dolor es alejándose, es emprender un
camino diferente, un sendero que, muy probablemente nunca nos volverá a unir.
Unas pisadas que, por separado, serán capaces de conducir a la felicidad
mientras que, cuando caminaban juntas, solo conllevaban tropiezos.
Me
recuerda a unos pies que se han hecho a unos zapatos, caminan dentro de ellos
sin problemas y sienten que habitan en el lugar más cómodo del mundo. Pero, sin
previo aviso, esos pies comienzan a sufrir, las ampollas empiezan a brotar y el
caminar se convierte en una tarea pesada. Incluso los zapatos se sienten mal
por herir a los que, durante tanto tiempo, fueron sus mejores amigos. Quizá ese
sea el momento de cambiar de zapatos, de recordar los lugares que pisaron
juntos pero comprender que lo mejor es separarse.
Hay
veces que es mejor derramar una lágrima por amor que mil por dolor. El amor del
desinteresado, del que es capaz de ver más allá de su propio sufrimiento y
tiene la humildad de resignarse. Dolor del que lucha tan ensimismado en su propia
cruzada que no logra ver que la guerra estaba perdida antes de iniciar la
batalla.
Hay
veces que es necesario dejar a un lado el miedo al adiós porque el "hasta
luego" no siempre vale. Cuando ni siquiera el tiempo es capaz de sanar las
heridas del corazón, la distancia actúa como la mejor de las curas: esteriliza
la zona afectada y actúa sobre ella aplicando una ligera dosis de olvido.
Hay
veces que te das cuenta de que has empleado todas tus cartas, combinándolas
para obtener la mejor jugada posible y aún así no has logrado ganar. Te quedaba
una última cartulina para obtener la victoria y no lo conseguiste. Deja de
apostar y retírate, la partida está perdida.
Un
amigo me dijo que si creía en la causalidad tenía que creer en el destino.
Jamás lo hice, siempre me pareció algo demasiado sencillo, resignarse y dejar
que la vida se viva sola por ti. Pero quizá ese sino exista, en cierto modo,
para todos y si lo hace, puede ser que nos vuelva a colocar en la misma
dirección, nos sitúe frente a la persona que dejamos atrás o nos acerque lo
suficiente para volver a ver sus ojos y su sonrisa. Mientras tanto, la mejor
opción es la de seguir viviendo sin su compañía.
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