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sábado, 14 de julio de 2012

Hay veces... ... Distancia


Hay veces que nos empeñamos en comenzar causas perdidas, en continuar en una batalla que estaba condenada desde el principio. Parece que nos gusta chocarnos contra una pared que no podemos derribar y adoramos las lágrimas de impotencia.  No comprendemos que no tenemos la capacidad de cambiarlo todo, que no somos un milagro con el poder de solucionar los males del mundo.

Hay veces que nos aferramos a la gente que queremos por ese sentimiento de amor y no entendemos que, en ocasiones, es mejor dejar marchar. Permitir que esa persona continúe su camino sin exigirle que regrese, confiando en que estará bien.

Hay veces que la única manera de evitar el dolor es alejándose, es emprender un camino diferente, un sendero que, muy probablemente nunca nos volverá a unir. Unas pisadas que, por separado, serán capaces de conducir a la felicidad mientras que, cuando caminaban juntas, solo conllevaban tropiezos.

Me recuerda a unos pies que se han hecho a unos zapatos, caminan dentro de ellos sin problemas y sienten que habitan en el lugar más cómodo del mundo. Pero, sin previo aviso, esos pies comienzan a sufrir, las ampollas empiezan a brotar y el caminar se convierte en una tarea pesada. Incluso los zapatos se sienten mal por herir a los que, durante tanto tiempo, fueron sus mejores amigos. Quizá ese sea el momento de cambiar de zapatos, de recordar los lugares que pisaron juntos pero comprender que lo mejor es separarse.

Hay veces que es mejor derramar una lágrima por amor que mil por dolor. El amor del desinteresado, del que es capaz de ver más allá de su propio sufrimiento y tiene la humildad de resignarse. Dolor del que lucha tan ensimismado en su propia cruzada que no logra ver que la guerra estaba perdida antes de iniciar la batalla.

Hay veces que es necesario dejar a un lado el miedo al adiós porque el "hasta luego" no siempre vale. Cuando ni siquiera el tiempo es capaz de sanar las heridas del corazón, la distancia actúa como la mejor de las curas: esteriliza la zona afectada y actúa sobre ella aplicando una ligera dosis de olvido.

Hay veces que te das cuenta de que has empleado todas tus cartas, combinándolas para obtener la mejor jugada posible y aún así no has logrado ganar. Te quedaba una última cartulina para obtener la victoria y no lo conseguiste. Deja de apostar y retírate, la partida está perdida.

Un amigo me dijo que si creía en la causalidad tenía que creer en el destino. Jamás lo hice, siempre me pareció algo demasiado sencillo, resignarse y dejar que la vida se viva sola por ti. Pero quizá ese sino exista, en cierto modo, para todos y si lo hace, puede ser que nos vuelva a colocar en la misma dirección, nos sitúe frente a la persona que dejamos atrás o nos acerque lo suficiente para volver a ver sus ojos y su sonrisa. Mientras tanto, la mejor opción es la de seguir viviendo sin su compañía.

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