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domingo, 27 de enero de 2013

Corta eternidad


¿Cuánto tiempo es para siempre? A veces, tan solo un segundo

¿Es cierto que la eternidad es tan fugaz? Todo es finito decimos, a veces, haciendo un alarde de nuestra fragilidad. Miedo a que todo permanezca cuando nosotros nos hayamos ido y, de esa manera, dejar de ser testigos de una vida que no se detiene. Pánico a no encontrar los puntos finales, a vivir sentados en una pausa que no es nunca lo suficientemente larga.

¿Es verdad que la eternidad existe? Luchamos por estirar momentos, como si de goma se tratase. Los modelamos a nuestro alrededor y los atamos con el lazo del "para siempre".  Nos erigimos dueños del tiempo tras una varita mágica que no poseemos y, en nuestra ceguera, no somos capaces de apreciar que el caos ha tomado el control.

Nos regocijamos en el mañana, en los planes, en un futuro mejor. Depositamos nuestras mejores expectativas en la eternidad y ésta, a cambio, nos devuelve una breve porción de sí misma. Pero, nunca es suficiente y seguimos ansiando más, luchando por ser dioses y señores del tiempo y sostener con él los momentos que, en su fragilidad, se nos escapan entre los dedos sin remedio.

¿Para siempre solo dura un segundo? Puede ser que quizá dos, pero nunca más. Es inconcebible algo mejor para unos seres que se deshacen con cada segundo que pasa, que caminan hacia su fin con cada paso que dan. ¿Cómo podemos, siquiera, aspirar la eternidad cuando no somos capaces de definirla?

Y, a veces, ocurre algo que nos hace percatarnos que la palabra "final" existe y que no siempre es tan mala. Las despedidas prevalecen porque lo hacen las bienvenidas y la eternidad resulta no ser tan "eterna". Un segundo en una vida compuesta por una sucesión de horas supone una mancha de color en un cuadro en blanco y negro. Un "para siempre" dura tanto como se alargue el "siempre" y, por si eso no es demasiado tiempo, ruego que me disculpen, tengo una cita con mi corta eternidad.

sábado, 19 de enero de 2013

No hay que ser el primero para ser el número uno




Te he visto reír, te he visto llorar, he estado contigo cuando todos se habían ido. He cogido tu mano para evitar tus tropiezos, la he apretado fuerte para darte fuerzas. Te he mirado directamente a los ojos y he traspasado con ellos todas tus fronteras. Me he sentado a aguardarte en tu corazón con la esperanza de que un día pasaras por allí.

Corrimos juntos mil carreras, soportamos tormentas que mojaron nuestros cabellos. Sentimos vértigo al ascender montañas y nos faltó el aire al hundirnos bajo el mar. Nos sentamos en silencio y jamás éste fue incomodo.  Paseamos por la playa escribiendo mil discursos en la arena, lanzando cien promesas hacia el viento. A veces, nos detuvimos a contemplar el tiempo pasar para unirnos, de nuevo, a él unos minutos después.

Crecimos unidos, ubicamos el mundo en su lugar correcto, dimos a cada persona el peso que merecía. Nos caímos juntos y nos levantamos apoyándonos el uno en el otro. Nunca fingimos, nunca mentimos, no hacía falta, todo tenía sentido cuando estábamos cerca. Hubo momentos en los que nos separamos y, entonces, el camino se llenaba de piedras y el horizonte se elevaba sobre una gran cuesta que se convertía en llanura al reencontrarnos.

Gracias a ti he simplificado conceptos, he deshecho mil enredos, he aprendido a comprender. Ahora puedo dibujar la ilusión con cuatro trazos e identificar la esperanza al verla, soy capaz de interpretar miradas y hay gestos capaces de conmoverme. He entendido, por fin, que no es necesario ser el primero para ser el número uno.

Porque tú eres la única persona a la que le debo explicaciones, la única cuya opinión es vital para mí, con la que pasaré mis ratos buenos y malos. Sé que cuando todo se acabe, dentro de mucho tiempo, nos sentaremos al final de ese muelle que aparece en las películas y nos sonreiremos con la sensación del que ha vuelto a casa después de pasar años viajando. Tú y yo, cuerpo y corazón.

domingo, 6 de enero de 2013

Estrella fugaz

Desde allí arriba se veía todo mucho más claro. Avanzaba al mismo ritmo que el tiempo, algo que no hacía desde hacía mucho tiempo, se había quedado anclada en ese segundo en el que retroceder duele y dar un paso al frente lo hace aún más. La noche se cernía sobre ella indicando, por fin, el final de un día que había durado demasiado.

No tenía sueño, todavía no era el momento de rendirse ante Morfeo, era necesario dar algunas explicaciones más. Llevaba demasiado tiempo rindiéndose antes de jugar, perdiendo por no atreverse a ganar, sin amar por miedo a volver a sufrir. Allí, cuando todo el mundo se había acostado, ella comenzaba a despertar.

Le habían contado que si te alejas lo suficiente de lo que te hace infeliz acabas olvidándolo. Ella se alejó tanto como pudo, eliminó sus recuerdos, cortó todo tipo de contacto y, en efecto, consiguió deshacerse de ese sufrimiento. Pero, nadie le había avisado de que, al volver, el dolor lo hace contigo y que, en ese momento, no hay distancia que lo cure.

Ahora sabía que nunca lo olvidaría, por mucho que se alejase o por mucho tiempo que pasase, había sido una parte demasiado importante en su vida y no podía, ni quería deshacerse de ella. Los recuerdos eran bonitos, tanto que corrían por sus ojos en forma de polvo de hadas, camino de la tierra que había bajo sus pies.

Las estrellas brillaban a su alrededor en el firmamento y ella, por fin, se unió a esos astros que tanto velaron por ella. Quizá en la tierra no encontrase su sitio, pero en el cielo siempre hacían falta estrellas. Así se fue, dejando tras ella un brillante rastro, fugaz y breve, pero cargado de centenares de deseos. Desde la tierra, él alzó la vista al cielo y, al ver un astro correr, soñó con reunirse un día con ella y así, después de todo, tener el final que ambos merecían.