Cuando una persona cercana se va, el reloj comienza a girar hacia atrás. No piensas en los minutos que pasarán porque nunca más lo harán en su compañía, solo quieres recordar los que sí existieron. Intentas seleccionar los buenos momentos o los que te marcaron, pese a su insignificancia y muchas veces no consigues hallar nada, solo días y días vacíos.
No recuerdo grandes momentos a tu lado, ni recuerdo que me dijeses nada que me marcase, pero sé con certeza de que cada vez que me mirabas te sentías orgulloso de mí y me querías. Pero éramos tan diferentes que nos resultaba imposible romper el muro que habíamos construido entre los dos y así pasó el tiempo.
Me han contado que viví los mejores años de tu vida, cuando eras generoso y desinteresado y cuando llamabas para felicitarnos por nuestros cumpleaños a las 7 de la mañana, antes de clase, para encontrarnos en casa. Quizá fueras así porque encontraste a tu media naranja, tal vez cuando no te quedaba mucho tiempo para disfrutarla pero aún así perfecta para ti. Me gustaba como eras con ella y lo que ella te hacía ser con nosotros, me gusta oír de su boca vuestros mejores momentos y que, a pesar de lo malo, todo lo convertías en algo bueno.
Te parecerá una tontería pero recuerdo tu voz a la perfección, con ese acento tan "salaó" pero soy incapaz de reconstruir tu imagen de persona graciosa que se ponía roja con el segundo vaso de vino y no puedo ver tus fotos porque es demasiado doloroso pensar que no vas a estar ahí en esas comidas de domingos esporádicos.
No me gustaba que nos reunieses, estaba incómoda y desde el momento que llegaba quería irme. Pero eso ahora da igual, supongo, porque aunque deseara repetir una de esas comidas sería imposible, lo único que queda es el recuerdo, tú presidiendo la mesa intentando que gente que se llevaba tan mal se uniese. Aunque fuese en tu último día, me siento orgullosa de comunicarte que lo lograste: mucha gente que llevaba años sin verse se ha reunido para despedirte.
Y ahora no estás, te has ido para siempre luchando, como siempre, contra la adversidad. Pero en esta ocasión no dependía de ti, la enfermedad no entendió de valor ni de resistencia, lo destruía todo a su paso y al final no hubo nada que hacer. Sufriste, sufriste mucho en silencio, fingiendo fortaleza y despreocupación delante de todos, para no preocuparnos, pero no engañaste a nadie y a ella menos.
Pero a pesar de todo llevaste la vida que tú elegiste desde el principio. Te enamoraste, desapareciste de nuestras vidas, te volviste a enamorar, diste tu vida a una persona y otra hizo lo mismo por ti. Tuviste hijos y nietos y los viste reunidos, con pareja, a punto de casarse. Enseñaste que la vida no se acaba cuando muere el cuerpo y que arrepentirse es de sabios y conseguiste el perdón por tus actos.
Ya no queda nada físico de tu cuerpo, pero sí muchas cosas que recuerdan a ti. Fotos, ropa, videos, lugares, fechas... que harán que ninguno de nosotros se olvide de ti. Quizá yo no tengo demasiados de esos recuerdos pero puedo traerte a mi memoria cuando quiera y recordarte cantando flamenco en la Comunión, en las comidas, en los cumpleaños, con los perritos...
Hasta luego abuelo, nos vemos en el cielo.