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martes, 19 de junio de 2012

Tal vez...


Tal vez algún día nos encontremos de nuevo, en un mundo paralelo, pero diferente. Un lugar en el que tu no cargues tus prejuicios y en el que yo haya abandonado el recuerdo de mis cuentas pasadas. Quizá nos miremos a los ojos y comprendamos que ese sitio no tiene sentido si no estamos juntos, que la gravedad se basa en nuestra forma de mirarnos y que el ciclo de la vida continua siempre y cuando nosotros permanezcamos de la mano.

Tal vez nos sentemos a hablar, de verdad, como nunca hicimos y tú me cuentes tus miedos y aceptes mi hombro para consolar tus lágrimas. Puede ser que yo te cuente quién soy de verdad, sin miedo a los juicios y te haga promesas que pueda cumplir. Es posible que, en ese mundo, tu hayas aprendido a hablar y yo haya comprendido el valor del silencio.

Tal vez en ese mundo la llave de tu corazón no se ha perdido y el grifo de tus ojos puede volver a abrirse para que las lágrimas limpien tu corazón. Ojalá en ese sitio la palabra "rencor" solo se utilice para hablar del pasado y haya sido sustituida por la confianza. Quizá el "nosotros" deje de ser un concepto platónico y sea una realidad, quizá hayamos comenzado a poner los cimientos de una amistad, quizá, quizá...

Es posible que algún día, de vuelta a nuestra realidad,  nos crucemos por la calle y no nos reconozcamos. Puede que se hayan borrado la tristeza y el odio pero también el cariño y el amor. Tal vez ya no pueda ni mirarte a los ojos y decirte "te quiero" y lo que hemos vivido se haya convertido en una sombra de lo que fue. Qué duro es el olvido...

Tal vez un día lea esto y no recuerde por quién lo escribí. Las espinas se clavan durante un tiempo, pero después se extraen con el instrumento adecuado y no dejan marca.  Tal vez un día encuentre el mundo paralelo del que te hablo y, tal vez, tú me des la opción de elegir lo que yo quiero esta vez. Seguramente cometeré el mismo error.

sábado, 16 de junio de 2012

Existe un momento en el que todo cambia


Existe un momento en el que todo cambia. Quizá cuando ocurre no lo notas y pasas por encima de él como si, únicamente, hubiera supuesto un segundo más en una vida llena de minutos. Algo insignificante y pequeño cuya importancia solo percibes cuando, tomando la perspectiva que aporta el tiempo, echas la vista atrás.

A veces es una mirada o un gesto, otras veces una conversación o una palabra perdida en alguna de ellas y, en muchas ocasiones, se trata de estar en el momento adecuado, en el lugar correcto. Pero ese instante no es como la gente dice, todo es como siempre, las leyes de la física siguen actuando y el tiempo sigue corriendo a la misma velocidad.

Es curioso como todos los grandes momentos de tu vida siempre están precedidos de estos segundos sin importancia. Te pueden conducir a la tristeza más profunda o a la época más especial; pueden hacer que tu vida se desmorone como un castillo de arena al que arrasa una pequeña ola o, por el contrario, pueden rescatar una vida que estaba a punto de lanzarse desde un helicóptero sin paracaídas.

Hoy me he dado cuenta cuál fue el momento que lo cambió todo, que me trajo a escribir esto hoy. No fue culpa de nadie que pasase, simplemente ocurrió. Trajo segundos muy felices pero horas muy amargas y, quizá, ese poco tiempo de alegría solo suponga un vaso de agua en el océano de tristeza que vino después.

Supongo que ahora estás esperando que diga un "pero": pero, a pesar de todo, mereció la pena; pero no me arrepiento de nada... Ese momento no va a llegar porque, aún hoy, no estoy segura de si mereció la pena ni de si me arrepiento, no creo que compensase y no sé si, de tener la oportunidad, lo desharía.

Y aquí viene mi "pero".  Pero, cada día se compone de muchos más momentos menos determinantes como para obsesionarse con los que nos van a marcar o los que ya lo han hecho. Elegir la camiseta de manga corta o de tirantes, champú para pelo seco o para cabello teñido, cuchilla o cera suponen mi reto de cada día. Por otro lado, están los que nos construyen sin determinarnos: una conversación con un amigo, pedir ayuda en un ejercicio que se nos atravesó o un abrazo en esa situación complicada.

Existe un momento en el que todo cambia, un instante en el que el mundo da la vuelta para reorganizarse posteriormente. Un segundo de tu vida que no tiene la llave que abre la puerta de la felicidad, pero que tampoco supone la cerradura de la tristeza. Es tuyo y de nadie más y hagas lo que hagas va a estar ahí para que, cuando lo desees, cambies sus consecuencias.

miércoles, 13 de junio de 2012

El peregrino


Esta es la historia de un peregrino que inició su camino igual que muchos otros, lleno de ilusión y con una meta  clara en su cabeza. Recorrió bosques y explanadas, durmió bajo la luna y caminó bajo la lluvia. Tan claro tenía el trayecto, que andaba por inercia, no necesitaba ni siquiera un mapa.

Un día, después de una tormenta, encontró el sendero bloqueado por árboles caídos y piedras. Se detuvo y, por primera vez, en su vida, se sintió perdido. Había vivido demasiado tiempo dando por supuesto todo en su vida, agarrándose a certezas sin saber que éstas son las que, con más frecuencia, se convierten en inseguridades.

Buscó en su mochila algo que le ayudase en aquel momento. Un mapa, una brújula, algo que le indicase como salir de allí. Al abrir el macuto le inundó la sorpresa, dentro solo había piedras. Inútiles rocas que cargaban su espalda y hacían su camino más pesado. El peregrino sintió ganas de llorar pero, eso era cosa de débiles.

En ese momento decidió no sentarse a respirar, no desandar el camino. Intentó recordar cuál era la meta que le había llevado por ese lugar, pero ni siquiera se acordaba de si ese final había existido alguna vez. Aún así, no quería perder tiempo y detenerse, por lo que eligió otro camino. Y así pasó su vida, entre senderos que no conducían a ningún lado, con una mochila llena de piedras, perdido y sin brújula por no pararse un segundo a pensar, por no pedir ayuda, por preferir equivocarse en soledad que acertar en compañía.

Cuando pasas toda tu vida persiguiendo tus sueños aprendes que, muchas veces, es mejor desandar tus pasos y volver a iniciar el camino, que la vida no premia al que llega primero, sino al que llega. Un verdadero peregrino entiende que es necesario detenerse en el camino, a veces para respirar, otras, simplemente, para contemplar el paisaje. Comprende que recorrer ese trecho sin compañía no sirve de nada, que la gente te hace más completo, que necesitar ayuda vuelve más débil y que hablando también se curan las ampollas del corazón.

Un verdadero peregrino no teme que un camino desaparezca porque tiene un mapa para encontrar mil carreteras más que le lleven a su destino. El caminante se desanima cuesta arriba y disfruta en la llanura, llora pero no se rinde y, únicamente, renuncia cuando lo que pretende lograr le hace más desdichado que feliz.

El peregrino es persona, soy yo, eres tú. Viste como un tronco bloqueaba el camino y lo intentaste saltar, continuar con tu vida como si nada sabiendo, de antemano, que eso no era posible. No te detuviste a pensar, a recordar tu meta en la vida y seguiste adelante con una mochila llena de piedras, un lastre que te destrozaba por dentro. Fuiste valiente al elegir otro camino, pero te faltó la fuerza para alejarte del principal en busca de nuevas salidas, te golpeaste demasiadas veces contra la misma pared.

Agachaste la cabeza y emprendiste de nuevo el rumbo, solo y sombrío, alejando a la gente de ti, creando barreras de desconfianza y egoísmo a tu alrededor. Mientras, en tu interior, quieres que la gente a la que quisiste vuelva y te cure, te indiquen la salida. Ellos, por su parte, esperan a que derribes los muros que has creado y volverán, sin duda alguna, a  consolarte. Yo, te contemplo desde la distancia, a punto de irme. El peregrino también aprende que, a veces, la mejor forma de ayudar consiste en no prestar ninguna ayuda.

domingo, 3 de junio de 2012

El mejor regalo


Imagínate, por un segundo, que pudieses viajar a cualquier recuerdo para volver a vivirlo, sin tener derecho a interferir en él. Tendrías la oportunidad de revivir un beso o descubrir por qué te equivocaste en este o aquel momento pero sin tener la opción de cambiarlo. Poder volver a notar aquellas mariposas en el estómago o sentir, de nuevo, el viento en la cara como aquel día. Pisar sobre seguro sabiendo qué te espera mañana.

Parar tu barco en el ayer y echar el ancla, bañarte en el mar abierto de tu memoria sin temor a lo que ya viviste. Elegir el instante más insignificante para rememorar lo que se sentía cuando eras feliz, cuando cada día no suponía una batalla por averiguar quién eres, qué quieres y dónde vas. No tener la necesidad de derramar más lágrimas por sentirte perdido, recordar cómo se veía tu cara cuando tu corazón sonreía.

Ahora, suponte que te ofrecen revelarte una parte de tu futuro, sentarte en una silla para ver unos cuantos fotogramas de tu mañana con la única condición de olvidarlo todo de vuelta al presente. Descubrir el instante más feliz o el más triste, contemplarlo, sonreír, llorar y, después, seguir con tu vida como si nada.

Por último nos queda la tercera opción, no es la que más alivia, ni la que más nos atrae. Consiste en abrazar los recuerdos sin aferrarte a ellos, sin fundirte en su memoria. Se trata de esperar el futuro, pero sin sentarte a hacerlo, ser consciente de que mañana aparece después de hoy pero que has comprado cada uno de los segundos del día y tienes que disfrutarlos.

En esta opción te vas construyendo unas alas para salir a volar con ellas. Es parecido a nadar en un lugar en el que no haces pie, sabes que has de mover tus brazos y piernas para no hundirte y tienes la incertidumbre de cuán profundo estará el fondo. Pero, a pesar de todo esto, no tienes miedo porque sabes que si nadas no te ahogas, que si vives todo irá bien.

Ahora que ya conoces las opciones te toca elegir a ti, pero debes tener en cuenta varias cosas. El pasado siempre está exagerado, los malos y los buenos momentos se graban, multiplicados por mil, en nosotros y se reproducen con más intensidad de lo que, en verdad, supusieron. El futuro es lo incierto y, por ello, nos da curiosidad. Pagaríamos por saber cómo o dónde vamos a conocer, por ejemplo, a esa persona, cuando sabemos que esos son los momentos que realmente se disfrutan por ser sorprendentes, por alterarnos el corazón.

Por último está el presente que asusta por lo rápido que se convierte en pretérito, porque es el que nos hace daño, porque confiamos en un mañana mejor. En cambio, en el presente también nos enamoramos, nos sorprendemos, nos asustamos, viajamos, echamos de más y de menos, olvidamos, decimos "te quiero", metemos la pata, perdonamos, rectificamos, nos alejamos, nos abrazamos, lloramos y, en la mayoría de ocasiones, gritamos muy alto. En el fondo, el presente es el mejor de nuestros regalos.