He pasado toda mi vida imaginando algunos momentos de mi vida: los más románticos, los más emotivos, los más duros. En ocasiones me veía rodeada de todos mis amigos, otras veces aparecía junto a un chico espectacular, guapo, cariñoso, perfecto. La gente importante para mí compartía mi vida paso a paso, me sonreía en la distancia y me tendía la mano en la cercanía.
Muchos de esos sueños se van haciendo realidad y ellos están ahí, tal y como imaginé. Pero no eran los mismos que permanecieron ayer. Muchos de los antiguos amigos no se han ido, me siguen contemplando y alegrándose por mí. Pero las filas de gente querida se llena de otras personas, gente que ha aparecido en los últimos tiempos y que se ha ganado el derecho de estar allí.
La imagen de aquel chico increíble ha sido sustituida por otras más reales. Ya no espero un príncipe azul en mallas que venga a rescatarme de mi vida, con una sonrisa perfecta y unos brazos fuertes. Ahora me conformo con alguien que me rodee en un cálido abrazo cuando esté mal, que me aconseje cuando crea que voy a equivocarme y que se ría conmigo cuando toque porque para esa persona yo también seré especial.
Hoy las lágrimas vienen a mis ojos al verme así, rodeada de brazos dispuestos a sostenerme si me tropiezo, unos nuevos y otros no tanto. Así puedo seguir viviendo sin miedo porque sé que están ahí para darme un consejo, para secar mis lágrimas y para pasarlo bien conmigo.
Gracias a todos.
No dejes que nadie marque tus pasos por ti, elige tu propio tren y alcanzarás tus objetivos.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
miércoles, 14 de septiembre de 2011
[14.09.2011]
He pasado la tarde sentada en uno de mis lugares favoritos de Madrid. Rodeada de siglos de historia por los que han pasado dictadores, reyes, príncipes, princesas, papas y obispos puedo pensar en mí sin sentirme una extraña, formando parte de algo. Allí, entre gente desconocida llena de prisas, nadie sabe quién soy, qué me ha llevado a estar allí, sentada, pensando en la mejor de manera de afrontar lo que tengo delante.
Hay veces que el jaleo de mi alrededor no me deja escuchar bien a mi corazón y éste palpita más y más fuerte para hacerse notar. En algunas ocasiones es la cabeza la que levanta la voz y guía mis pasos, pero en mi interior algo sufre. Noto como me pincha el pecho, se me corta la respiración y empiezan a brotar las lágrimas de mis ojos.
Hay veces que el jaleo de mi alrededor no me deja escuchar bien a mi corazón y éste palpita más y más fuerte para hacerse notar. En algunas ocasiones es la cabeza la que levanta la voz y guía mis pasos, pero en mi interior algo sufre. Noto como me pincha el pecho, se me corta la respiración y empiezan a brotar las lágrimas de mis ojos.
Tengo ganas de gritar que sigo aquí, que no me he ido, que soy la misma que era ayer. Me gustaría demostrar que sé cómo se llora o se ríe, que sé lo que es echar de menos, sentir agradecimiento o tener esperanza y que no hace falta decir "te quiero" para sentirlo.
Pero allí estoy, escondida detrás de unas gafas de sol, recordando alguno de los momentos que me hizo adorar aquel lugar. Las parejas pasean delante de mí y eso quizá hace que mis ánimos, un poco desmejorados hoy, prosigan su declive.
Recuerdo una clase de Historia del Arte en la que hablábamos de los pilares, su forma y cómo estos evitaban que grandes moles arquitectónicas quedasen reducidas a escombros. Quizá todo mi estado de ánimo sea simplemente una cuestión de "pilares". Tal vez, he pasado demasiado tiempo depositando todo el edificio de mi corazón sobre unos pilares externos que estaban sujetando sus propios tejados. Ahora necesito crear mis propios puntos de apoyo, interiores y míos, solamente míos.
Es la hora de irse ya; me levanto y comienzo a caminar, pero no sin antes girarme a echar un último vistazo, con la esperanza de que aparezca esa solución mágica capaz de sacarme una sonrisa hoy. Sin embargo, como suponía, allí no hay nada, la gente se ha ido yendo y solo quedan dos majestuosos que enmarcan una puesta de sol digna de postal. Y es en ese momento, con el final del día, cuando me doy cuenta de que ahí está lo que ese día había estado buscando: un final.
En cada jornada hay un ocaso que cierra una etapa, un día completo cargado de buenos y malos momentos, pero que desde que comienza está destinado a agotarse. Hoy ese atardecer también me influye a mí. Cierra una gran etapa de mi vida, una fase en la que podía controlarlo todo. Ahora tengo que ser capaz de vivir en los márgenes de la aleatoriedad, sin por ello perder el control. Es el momento de dejar que los días fluyan bajo el sol y que el anochecer se los lleve consigo para traer otros con el alba. Ahora toca eso, madurar.
martes, 13 de septiembre de 2011
.
Todas las historias sean del tipo que sean siempre acaban igual, con el odiado punto. A veces este signo marca un final rotundo, en el que no hay posibilidades de incidir; en otras ocasiones simplemente es la conclusión de una parte y va seguido por una gran mayúscula que desata más experiencias, sonrisas, llantos o vida; y por último, puede ser que no esté solo, sino acompañado por otros dos puntos que denotan esperanza, una posible continuación que no termina de estar clara.
Estos días he visto muchos puntos en mi vida. Me gustaría poder decir que prácticamente ninguno es del primer tipo, que en todos hay algo de esperanza, pero estaría mintiendo. La mayoría de las historias empiezan entre ilusiones, con sonrisas y promesas, con la esperanza de un futuro... Pero también esas historias terminan con decepción, entre lágrimas y sin nada más allá, con un punto y final.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Hasta pronto
El tiempo no se para a mi alrededor. Los días siguen pasando y el momento de la despedida está cada vez más próximo. Intento agarrarme a los buenos momentos que pasamos juntas, tengo ganas de parar los relojes justo en este momento pero sé que no puedo hacerlo. Soy consciente de que se tiene que ir y vivir su vida unos meses fuera de aquí.
No puedo evitar pensar que si marco su número ella no va a contestar, que si soy a su casa ella no va abrir su puerta y que si tengo ganas de llorar ella no va a poner su hombro para mí. Y pienso en positivo: no es tanta distancia, va a venir pronto, solo son unos meses... Pero la voy a echar mucho de menos.
Me siento fatal cuanto pienso las veces que me cabreé con ella sin motivo, que estuvimos tiempo sin hablarnos, que no la apoyé con algo por lo que ella estaba ilusionada, sé que no estuve a la altura. Ella siempre ha estado allí cuando yo estaba mal y cuando era feliz me acompañaba, en un segundo plano, alegrándose por mí. Da igual todos los enfados tontos porque en los grandes momentos siempre ha estado conmigo.
Pero ahora es necesario que nos separemos. Como se suele decir: "si quieres a alguien déjalo marchar". Tomemos esto como una prueba de nuestra amistad, si pasamos estos meses y nos reencontramos igual que antes, nada nos podrá separar.
Así que desde aquí te deseo BUEN VIAJE, disfruta mucho, vive al máximo, conoce gente, aprende de todo y vuelve con mil cosas que contar y kilos y kilos de experiencias.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

