La bailarina que giraba en la
caja de música se detuvo por fin. Ya no había ningún ruido en la sala, la luz
del sol se había extinguido, la oscuridad y el silencio lo habían cubierto todo
bajo su manto. Solo quedaban algunos objetos, quizá olvidados, quizá
abandonados a propósito por unos dueños que habían partido con todos sus recuerdos
a cuestas.
Una blusa sobre la cama mostraba
una mancha seca de vino que, por mucho que ella lavó, jamás se fue. Parecía que
aquella forma granate se atrincherase en la camisa para atormentarla y hacerle
recordar algo que estaba destinado a ser olvidado. Un frasco de colonia casi lleno permanecía sobre el mueble, un olor
capaz de atraer la mala suerte, o eso creía ella. Un atrapasueños que fue
incapaz de alejar las pesadillas, una frase que se convirtió en un lema y un
mechero que encendió sus ilusiones permanecían también en su habitación ya
vacía.
En el cuarto de él las cosas eran
diferentes, había dejado más objetos atrás. Sobre la mesa un reloj que se había
detenido al marcar las dos. En la pared, colgado, un calendario del mes de mayo
con todos los días contados. Fragmentos de cristal brillaban amenazadores en el
suelo, parecía que alguien había arrojado algo con fuerza hasta conseguir que
se rompiera. El armario estaba medio abierto y en su interior una corbata
gritaba a su camisa que se encontraba en otra percha. Todo lo demás estaba
tirado aquí y allí: un frasco vacío se asomaba desde un cajón, un colgante se
balanceaba en el picaporte y un pequeño llavero brillaba junto a la pata de la
cama. Parecía que él había torturado a aquellos objetos antes de dejarlos.
El resto de la casa estaba
completamente desierta pero, al llegar a la puerta, tirada en el suelo
permanecía la marioneta que el padre de ella le había regalado. Alguien le
había cortado los hilos y ahora parecía un vulgar muñeco antiguo. Quizá fuese
él, nunca le gustó aquel muñeco que requería que alguien lo moviese en el aire.
Tal vez fuera ella, por error, al intentar desenredar un nudo. Puede ser que
fuese el tiempo el que desgastó las finas cuerdas.
En el jardín la hierba se
comenzaba a secar, la manguera se enroscaba en una esquina mientras una hilera
de hormigas trepaba por ella. El columpio que había albergado tantos juegos y
risas se había detenido, el agua se evaporaba en la fuente, la pequeña estatua
sonreía irónicamente desde una esquina.
Una lágrima cayó rodando de los
ojos de aquel testigo que no creía posible que aquello hubiese ocurrido. Otra
gotita tímida siguió la carrera de su amiga hasta que la mirada se le nubló
completamente. Una pequeña pelota amarilla golpeó su tobillo, que se interponía
en su juego. La tomó y vio que sonreía y entre lágrimas comprendió que, quizá
solo se trataba de eso, de sonreírle a los malos momentos, de sacarles la lengua,
de perdonar, de dejar atrás, de abrazarse a la esperanza, de sembrar ilusiones,
de llorar de la risa, de tender la mano, de guiñar un ojo. Pero, sobre todo y a
pesar del dolor, se trataba de haber querido tanto como ellos lo habían hecho.
