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miércoles, 22 de agosto de 2012

Cortando hilos


La bailarina que giraba en la caja de música se detuvo por fin. Ya no había ningún ruido en la sala, la luz del sol se había extinguido, la oscuridad y el silencio lo habían cubierto todo bajo su manto. Solo quedaban algunos objetos, quizá olvidados, quizá abandonados a propósito por unos dueños que habían partido con todos sus recuerdos a cuestas.

Una blusa sobre la cama mostraba una mancha seca de vino que, por mucho que ella lavó, jamás se fue. Parecía que aquella forma granate se atrincherase en la camisa para atormentarla y hacerle recordar algo que estaba destinado a ser olvidado. Un frasco de colonia  casi lleno permanecía sobre el mueble, un olor capaz de atraer la mala suerte, o eso creía ella. Un atrapasueños que fue incapaz de alejar las pesadillas, una frase que se convirtió en un lema y un mechero que encendió sus ilusiones permanecían también en su habitación ya vacía.

En el cuarto de él las cosas eran diferentes, había dejado más objetos atrás. Sobre la mesa un reloj que se había detenido al marcar las dos. En la pared, colgado, un calendario del mes de mayo con todos los días contados. Fragmentos de cristal brillaban amenazadores en el suelo, parecía que alguien había arrojado algo con fuerza hasta conseguir que se rompiera. El armario estaba medio abierto y en su interior una corbata gritaba a su camisa que se encontraba en otra percha. Todo lo demás estaba tirado aquí y allí: un frasco vacío se asomaba desde un cajón, un colgante se balanceaba en el picaporte y un pequeño llavero brillaba junto a la pata de la cama. Parecía que él había torturado a aquellos objetos antes de dejarlos.

El resto de la casa estaba completamente desierta pero, al llegar a la puerta, tirada en el suelo permanecía la marioneta que el padre de ella le había regalado. Alguien le había cortado los hilos y ahora parecía un vulgar muñeco antiguo. Quizá fuese él, nunca le gustó aquel muñeco que requería que alguien lo moviese en el aire. Tal vez fuera ella, por error, al intentar desenredar un nudo. Puede ser que fuese el tiempo el que desgastó las finas cuerdas.

En el jardín la hierba se comenzaba a secar, la manguera se enroscaba en una esquina mientras una hilera de hormigas trepaba por ella. El columpio que había albergado tantos juegos y risas se había detenido, el agua se evaporaba en la fuente, la pequeña estatua sonreía irónicamente desde una esquina.

Una lágrima cayó rodando de los ojos de aquel testigo que no creía posible que aquello hubiese ocurrido. Otra gotita tímida siguió la carrera de su amiga hasta que la mirada se le nubló completamente. Una pequeña pelota amarilla golpeó su tobillo, que se interponía en su juego. La tomó y vio que sonreía y entre lágrimas comprendió que, quizá solo se trataba de eso, de sonreírle a los malos momentos, de sacarles la lengua, de perdonar, de dejar atrás, de abrazarse a la esperanza, de sembrar ilusiones, de llorar de la risa, de tender la mano, de guiñar un ojo. Pero, sobre todo y a pesar del dolor, se trataba de haber querido tanto como ellos lo habían hecho.

domingo, 19 de agosto de 2012

Para todos


No te olvides de esos secretos en forma de notita, ni de los abrazos que lo sanaban todo. Recuerda esas risas por teléfono y los silencios que decían más que las palabras. Las cenas cuando todo el universo se desmoronaba a nuestro alrededor y las confesiones escondidas entre aquellos árboles. No te olvides, por favor, de los años.

Acuérdate de las veces que nos cruzamos en aquel lugar sin decirnos nada y cómo, de pronto, surgieron mil conversaciones bajo una manta. Ten presentes los recuerdos, esos que yo me llevo encerrados no solo en mi cabeza, sino también entre esas páginas. Recuerda las rabietas que juntas superamos. No te olvides de la fuerza de voluntad.

Guarda en tu corazón las lágrimas, las de felicidad y las de tristeza, y continúa aprendiendo con ellas. Conserva las palabras que flotaban sobre tu cabeza de madrugada, cuando solo tenías ganas de dormir. Recuerda la confianza que pusiste en mí cuando ni siquiera yo la tenía, las cartas, los regalos por sorpresa. No te olvides de que el norte no se mueve de su sitio.

Protege en tu memoria los viajes en tren, las confesiones entre botellines, las risas al descubrir nuevos horizontes. Recuerda los paseos por Madrid, el Palacio, el arpa... Retén en tu corazón las charlas, las fiestas... Todo tenía banda sonora de reggaetón, en el coche, las tres comiéndonos el mundo. No te olvides de que hay un lugar en el que cada uno encaja perfectamente.

Recuerda que, a veces, es mejor escuchar que hablar, ser aconsejada que aconsejar, parar que continuar. Mantén a salvo esas ocasiones en las que aprendimos que un grito lo sanaba todo, que no has de llorar por quién no se merece tus lágrimas, que hay personas que esconden en su interior cosas más valiosas de las que muestran. No te olvides de que todos somos necesarios.

Acordaos de que la victoria es del que lo intenta, que tras la carrera el atleta sigue corriendo. Recordad que el tiempo no se detiene pero, que ni las agujas del reloj son capaces de borrar la memoria. Conservadlo todo bien guardado y, mientras, yo me llevaré conmigo un pedacito de cada uno de vosotros para teneros siempre en mi corazón. No os vayáis, vivid, sed felices pero esperadme a la vuelta.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Una historia en color sepia

Una canción que se repite continuamente en el reproductor como si el tiempo se hubiera estancado en aquel instante para no volver a correr. Un reloj que, por cada segundo que marca hacía delante, retrocede dos. Una taza de café que se enfría sobre la mesa, cerca de una carta arrugada.

Él contempla la calle por la única ventana que da al exterior. Cientos de edificios cubren el horizonte. Pero su mirada se encuentra más allá de aquel barrio, de aquella ciudad, a muchos kilómetros de allí. Su mente viaja entre esos recuerdos felices que creyó haber escondido bajo llave, junto a su conciencia, para que no le molestasen más.

Piensa en aquella foto que nunca se atrevió a destruir, aquel olor que jamás se esfumó del todo, aquella camiseta que no se volvió a poner. ¡Qué vivos brillaban los recuerdos ahora y cuánto daño hacían! Nunca consiguió derramar una lágrima, se lo prohibió a sí mismo, quizá por orgullo o, tal vez, por miedo. Le aterraba la idea de reconocer que algo así había ocurrido y le daba aún más miedo pensar que se había acabado para siempre.

Durante toda su vida había evitado las despedidas, decir adiós no entraba en sus planes, él vivía el presente. Cambiaba a la gente de lugar como se hace con los cuadros, sustituyendo a unos por otros para llenar los huecos que dejaban al marcharse. Creía que correr era de cobardes y así había vivido, sin mover un solo músculo para luchar por sus sueños.

Se acordó de cómo, en esa época, aprendió de nuevo a madrugar, a distinguir todos los matices de gris, a valorar lo que le habían regalado, a sentarse únicamente el tiempo necesario para tomar aliento. Todos estos pensamientos no le tranquilizaban ni le hacían más feliz, solo aumentaban el nudo en la garganta que empañaba sus ojos después de mucho tiempo.

Él, el hombre de hielo, abandona por primera vez en horas su lugar junto a la ventana y se dirige al armario. Allí, bajo un montón de ropa destapa una caja que, al igual que había hecho con sus recuerdos, enterró para olvidar. Mientras la abre, mil palabras acuden a su cabeza y se ordenan en frases que debió pronunciar, en sentimientos que debió expresar, en un "lo siento" que jamás consiguió decir.

El contenido de la caja estaba frente a sus ojos, intacto. El tiempo parecía haberse detenido también en aquellos objetos. No había polvo sobre ellos ni nada que indicase cuánto llevaban allí guardados, ni siquiera él lo sabe ya. Ahora mismo no consigue recordar por qué motivo los escondió como si debiera avergonzarse de ellos. Tampoco sabe por qué razón se enfadó tanto al recibirlos, probablemente no fueran gran cosa pero estaban hechos solo para él.

Entre tanto dolor liberado le resultaba curioso pensar lo que había desatado el torrente que le hizo recordar. Visitar de nuevo ese lugar, en esta ocasión en otra compañía; escuchar las mismas palabras, esta vez procedentes de otros labios o leer otra vez esa máldita carta. Quizá fuera el destino en el que había dejado de creer el que le guardaba un golpe maestro, como si pretendiese vengarse de su falta de fe. Tal vez, era la manera de mostrarle que se había golpeado con el suelo.

Vuelve a su ventana, esta vez con la caja y se sumerge en el color amarillento de la habitación, el sepia de las películas antiguas. Se ha dado cuenta de que, sin quererlo, ha despedido a alguien al que jamás deseó decir adiós. Aquello no le alivia, pero también sabe que después de cada despedida llega el momento de añorar al que se marcha. Hoy él, después de mucho tiempo, ha aprendido a echar de menos.

lunes, 13 de agosto de 2012

Preguntas

¿Alguna vez has escuchado el silencio, has subido únicamente por el placer de bajar, has apretado una mano con fuerza para sostener el cuerpo que hay detrás? ¿Has sido capaz de responder con un monosílabo una pregunta llena de matices? ¿En alguna ocasión has olvidado algo que te hicieron recordar o rompiste una promesa que juraste cumplir? ¿Te equivocaste y no supiste rectificar?

Me gustaría saber si lograste contemplar algo por el placer que te daba verlo o si tomaste tus decisiones por "hacer lo correcto". Quisiera preguntarte si te justificaste en el amor, si pudiste estar seguro de que no ibas a fallar, si rodeaste a alguien entre tus brazos porque tú mismo necesitabas un abrazo.

No puedo irme sin que me digas si alguna vez besaste con la cabeza o perdonaste cuando te tocaba pedir perdón. Necesito saber si echaste de menos, si compraste un regalo porque te hizo sonreír o si cortaste una margarita para deshojarla después ¿Te sentaste en el suelo cuando te dolían las piernas?

¿Alguna vez te diste cuenta de que aún era pronto, escribiste mil veces unas palabras para luego borrarlas, miraste un objeto sin decidirte a actuar? ¿Nunca te aferraste a algo por la persona a la que te recordaba o modificaste tu rutina sólo para variar? ¿No cambiaste de parecer en el último segundo o te dejó de gustar una camisa que adorabas?

¿Has esperado alguna vez el final solo por ver la segunda parte, has gritado por no llorar, has cruzado los dedos detrás de tu espalda? ¿Conseguiste sonreír al recordar aquella anécdota que creías olvidada? ¿Susurraste porque pensabas que así las palabras tenían más valor o desapareciste porque creías que era necesario? ¿Te llegaste a dar por aludido?

Y por último, ¿alguna vez tuviste una sensación tan fuerte que lo diste todo por hacerla caso y después fracasaste? Entonces entenderás que me haga todas estas preguntas: quiero saber dónde me equivoqué.

sábado, 11 de agosto de 2012

Lágrimas de San Lorenzo


Pasa una estrella fugaz y me sorprendo pidiendo un deseo superficial: "Aprobar el curso". Probablemente, cuando vuelva a ver el siguiente destello me piense un poco más lo que voy a decir. Esta es una noche mágica en la que crédulos como yo todavía pensamos que los sueños se cumplen. Todo se basa en no apartar la vista de un cielo que te atrapa en su inmensidad con esos diminutos puntos allí brillando.

Otra más. En esta ocasión ha sido de esas que te congelan la sangre, de las que abren paso en la oscuridad. Una estrella así se merece un gran deseo, de esos que no pueden ser pronunciados en voz alta porque no se cumplen, porque las palabras los privan de su magia, porque solo cobran sentido en tu cabeza.

Otra vez oscuridad. Cada estrella se lleva en su haz luminoso toda la esperanza que pusieron en ella cientos de personas con sus deseos. El minúsculo instante en el que brilla es suficiente para crear una ilusión que se desvanece cuando regresa lo estático. De nuevo se escucha la brisa, las hojas, unos pasos que nadie camina, un agua que nadie agita...

Y allí, de pie bajo ese cielo estrellado espero el milagro. Construyo mil deseos que llevan hacia el mismo punto, la felicidad. Una llamada, una noticia, una señal que me diga hacia dónde debo dirigirme ahora. Una estrella que con su estela guíe mis pasos como hizo con los Tres Reyes Magos.

Mientras tanto, en el Universo el resto de astros permanecen quietos, observando a todas las personas que, como yo, contemplan embelesadas el firmamento. ¡Qué pequeñas parecen, pero qué grandes son! Deben mofarse de nosotros y nuestros cuellos torcidos por el ansía de no perdernos aquel espectáculo. En mi retina un cuadro de Van Gogh: "Noche estrellada" y en mi cabeza el poema XX de Neruda (... y tiritan azules los astros a lo lejos).

Una nube se interpone entre el cielo y yo. Es el momento de acostarse, de seguir soñando en un escenario diferente. Allí, en la oscuridad, el cielo seguirá llorando sus lágrimas de San Lorenzo por los deseos que han de cumplirse, por la felicidad que debe alcanzarse. Aquí abajo continuaremos observando maravillados como decenas de estrellas se desprenden y caen para llevarse consigo todo lo que soñamos.



viernes, 10 de agosto de 2012

Una bocanada de aire

Se parece a esa sensación que tienes cuando sacas la cabeza de debajo del agua. La presión en tu cabeza en el instante antes de salir, el peso de tus pulmones, el mareo... Es como sentir que esa única bocanada de aire es suficiente para olvidar aquel instante fatídico.

Me gusta pensar que algo tan insignificante como el aire tenga esa capacidad milagrosa. Una sustancia que no se ve pero que nos acompaña allá donde vayamos. Esa brisa que te refresca cuando pensabas que ibas a morir del calor, que te empuja la espalda cuesta arriba, que sopla más fuerte para llevarse lejos aquello que te preocupa.

Ese aire que se convierte en viento y encarrila barcos y guía aves. Algo que es capaz de vencer al propio silencio con su leve ulular. Una corriente capaz, no solo de dar vida, sino de destruirla. Huracanes que pueden arrancar casas completas de cuajo, sin pararse a pensar en las personas que había dentro.

Ese viento que, en ocasiones, se parece tanto al amor. Un amor que oxigena un cuerpo que llevaba demasiado tiempo bajo el agua. Un amor que se lleva los cimientos de vidas sostenidas por fuertes pilares. Un amor que destruye con la misma fuerza que crea, que llena los silencios de corrientes de emociones pero que, sin mediar palabra, hace rodar las lágrimas más tímidas y saca a pasear las sonrisas del corazón.

Y estando bajo el agua te planteas si salir o no. Allí se está muy cómodo, sin ruidos molestos, solos tú, el agua y tus pensamientos. Aún así, con la última burbuja a punto de estallar en tu cara decides salir a llenar tus pulmones, eliges amar y dejar que te quieran.

Así funciona el amor, te llena, te guía y, a la vez, te destruye. Hace que seas feliz el tiempo suficiente para que pienses que ha merecido la pena inspirar aquellos litros de aire. Al fin y al cabo es como sacar la cabeza de debajo del agua: si quieres vivir no tienes elección.

-Uy, sí, el mágico aire fresco... Obra milagros con el corazón. (Pd.: Te quiero).

miércoles, 8 de agosto de 2012

Aquí lo importante somos las personas


Es curioso cómo puedes resumir tu vida en veintidós fotos, ni una más, pero tampoco una menos. Imágenes en las que sonríes, en las que pones una mueca, en las que saludas, nunca sola, siempre en compañía. Cada una es capaz de transportarte a un instante importante, al momento de la captura junto al fotógrafo.

En algunas fotos, esas personas se mezclan con el fondo, como si no hubieran estado, como si tú sola fueses capaz de llenar por completo el espacio del objetivo. Esa gente que hace que tus sonrisas parezcan más brillantes, que te recuerdan lo increíble de aquel momento aunque ya quede lejos.

Hay veces que esas fotografías no existen, que se borraron o extraviaron o que nunca fueron capturadas por ningún instrumento más allá de una retina. En otras ocasiones se recuerda más al fotógrafo que a la imagen en sí, gente que no posó delante de una cámara pero que también sonrió detrás de ella.

"Aquí lo importante somos las personas". Los momentos que recuerdan esas veintidós fotografías no serían importantes sin esa gente. Esos amigos que contribuyeron a tu equilibrio, que te hicieron tan feliz cuando no creías tener motivo por el que continuar. Personas que pasaban, sonreían y conseguían iluminar ese cuarto que permanecía a oscuras.

Y así, solo con veintidós imágenes sé que el amor existe, un amor que hace que esas personas, a pesar de ser tan diferentes, encajen perfectamente en un marco, en un puzzle, en tu vida. Ese amor que se puede apreciar en la forma de posar contigo, de acompañarte en esos momentos que hoy te definen.

Es posible que en una maleta no quepan todas las cosas que me gustaría llevar conmigo. Tengo que dejar atrás muchos objetos cargados de significados, muchos lugares especiales, muchas películas que lo dicen todo. Mi yaya siempre ha dicho que si alguna vez se incendiara la casa lo primero que salvaría serían las fotos, es la única forma de recordar a los que ya se fueron. Yo creo que los recuerdos permanecen en la memoria y las imágenes nos hacen ver que existieron de verdad y que fueron maravillosos.

sábado, 4 de agosto de 2012

Allez, le film va commencer

Como en aquella película, elegir lo mejor para alguien que no eres tú mismo. Seguir recordando su olor, el tacto de sus brazos cuando te recogían en su pecho. Saber que jamás olvidarás esa sensación que te recorría el cuello cuando te tocaba, la felicidad que se instalaba en tu corazón cuando te sonreía o la falta de oxígeno que te invadía cuando te miraba.

Es posible que te vuelvas a cruzar con él en algún lugar. Es probable que os reconozcáis y continuéis sin deteneros, aceptando que es mejor así, sin dolor, sin despedidas, sin explicaciones. Quizá sea un instante complicado pero vale más un minuto de lágrimas que una vida entera de nudos en el estómago.

Mirar al cielo, esa bóveda que, a pesar de la distancia, es la misma que cubre todo lo que recuerdas. Este es el lugar más hermoso que he visto en mucho tiempo. Un edificio iluminado en azul que corona una plaza llena de gente paseando, personas que no me conocen, que no me entienden, que no saben por qué motivo hay una lágrima escapando de mi ojo en ese momento.

Aquí el sol sale al lado del mar y las olas luchan por llevarse tus recuerdos. La palabra "amor" no tiene significado porque lo que vale es susurrar "je t'aime" y hacerlo de corazón, demostrándolo con un gran gesto. Es cuestión de coger un tranvía y ver hacia dónde te lleva, sin pensarlo.  Aquí las palabras se entienden pero no se contestan, no puedes luchar contra la gramática.

Da igual que nunca hubiera un espacio reservado para mí. No quiero ser la mártir que afirma que renunció a su propia vida por tu felicidad pues, de haber tenido elección, probablemente no te habría abierto la puerta. El caso es que te has ido o, mejor dicho,  he sido yo la que se ha largado de un lugar que debía haber abandonado hacía ya mucho tiempo.

Quiero que lo entiendas, no te echo de menos, simplemente me acuerdo de ti. Ahora mismo no quiero recortar la distancia que nos separa, que has interpuesto entre nosotros. Únicamente me gusta pensar lo que dirías si estuvieses aquí, qué opinarías de aquel edificio azul que ve entrar centenares de personas, qué película de este cartel escogerías.

Me gusta este sitio en el que las distancias se miden en pasos y no en kilómetros, los minutos no se agrupan formando horas, mis palabras permanecen. Si me quedo en silencio, con la música apagada, escucho a la plaza susurrarme: Allez, le film va commencer.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Causa - efecto


No podemos escapar de la ley de la causalidad. Todo acto tiene un efecto y, a su vez, éste repercute de alguna manera en otro acto posterior. Suponemos las consecuencias y damos por hecho que si prendes fuego una caja se quema, que si te metes bajo una ducha abierta te mojas, que si cierras los ojos dejas de ver.

Nos enamoramos y pensamos que el amor tiene que ser correspondido, odiamos y queremos ser odiados, nos entregamos y esperamos recibir al menos lo otorgado. Creemos saber con certeza las consecuencias de nuestros actos y vivimos sobre un futuro seguro que resulta ser de lo más incierto.

La sorpresa viene cuando, de repente, un día el fuego deja de calentar o el agua se vuelve una sustancia completamente seca. La causalidad nos golpea en el estómago y nos deja retorcidos en el suelo, nos voltea hasta situarnos cabeza abajo y se ríe de los que, hasta hace poco creían saberlo todo.

En esos momentos el sol sale por la tarde y se esconde en el amanecer, la luna comienza a brillar por sí misma y las palabras que ayer conseguían emocionarme, hoy no significan nada. Quizá no conseguí controlar las consecuencias pero ellas tampoco me determinaron a mí. Hoy no lloro por lo que pensé que me hundiría, ni sonrío por lo que creí que me haría reír.

La ley de la causalidad nunca estuvo muy de mi parte pero me hizo considerar la posibilidad de que mis certezas no debían serlo y de que las posibilidades más pequeñas pueden hacerse realidad. He aprendido que todos mis actos tienen consecuencias pero éstas son imposibles de determinar, que tengo que hacer lo que me dicte el corazón y los efectos ya vendrán.

Y, tal y como me dijeron hace poco, he asumido que no sé nada, que no puedo jugar viendo todas las cartas, que considerar todas las opciones hace que pierda un tiempo del que no dispongo. Puede ser que mañana cuando me pinchen no sangre o que salte y no vuelva jamás al suelo pero, al fin y al cabo, ¿es tan importante?