No me cabe ninguna duda. Después de tres meses de vacaciones, de viajar, de pensar, de conocer estilos de vida diferentes, lo tengo claro: el ser humano es incapaz de evitar tropezarse con la misma piedra indefinidamente.
En mi opinión, a la vez que desarrollamos la capacidad de reconocer quiénes somos, vamos edificando un muro justo frente a nuestros ojos. Esta pared no nos rodea ni nos limita, simplemente está allí, frente a nosotros, transparente, casi imperceptible, pero rígida y sólida. Cuando empezamos a ser independientes, a tomar decisiones, a coger las riendas de nuestra vida, intentamos avanzar, chocando una y otra vez con el mismo muro que nosotros edificamos justo en ese lugar.
No escarmentamos con los chichones y, aunque los hematomas duelan, seguimos intentando seguir de frente, sin darnos cuenta de que solo unos metros a la izquierda o a la derecha el muro desaparece permitiéndonos el paso. De este modo, somos incapaces de juzgar de un modo "objetivo" nuestra propia vida y sus errores, pero sí reconocemos cuando alguien ajeno va a equivocarse.
Pero lo fácil, con toda la ironía que ello supone, es tomar el camino difícil y lo complicado es conseguir mirar un poco más allá, evaluar un segundo la situación y seleccionar lo sencillo. Y de esta manera, pasamos la vida embistiendo un muro cuyos cimientos son parte de nosotros mismos: nuestras expectativas, nuestro orgullo, nuestra confianza ciega en los demás... Da igual que nos equivoquemos, lamentaremos el error, lloraremos un instante por él y volveremos a cometerlo una y otra vez.
¿Quién no ha perdonado a un amigo mil veces lo mismo?¿ Quién no ha sido disculpado por reiterar el mismo error? ¿Quién no ha tomado dos veces la misma decisión fallida? Pero lo que es más importante, ¿quién no se volvería a equivocar si se diese la misma situación? Como se suele decir: "El que esté libre de pecado que tire la primera piedra".