-->

sábado, 31 de marzo de 2012

Pero si sigo respirando

¡Cuidado, un elefante está a punto de pisarte! Esquívalo y sigue andando, que aún queda mucho camino por hacer. ¡Aparta! Casi pisas esa madriguera. Tienes que prestar más atención o te vas a perder las cosas verdaderamente importantes. ¡Mira al frente! Oh vaya, te has chocado con ese árbol. Por ir pensando en tu vida te has topado con ella de bruces.

¿Ahora qué sientes? ¿Mareada? ¿Visión borrosa? Párate un segundo y aclara tu cabeza antes de continuar. ¿Ya? Hazme un favor, vuelve a ponerlo todo en su sitio: que las personas dejen de volar para volver a andar, que los peces con corbata que se desvistan y vuelvan al mar, gracias. Pon los pies en tierra antes de que pienses que estar cabeza abajo es lo normal.

¿Recuerdas por qué estamos aquí? Venga, haz un esfuerzo, tú puedes. ¿No? Yo tampoco. Bueno qué más da, la cuestión es que estamos solas, colgadas de un árbol y la sangre se nos está bajando a la cabeza. Me conformaría con que hicieras algo para sacarnos de aquí, me gusta tener la cabeza sobre los hombros y no bajo ellos.

No llores, te entiendo pero no podemos volver atrás para cambiarlo todo. Es el momento de asumirlo y buscar una solución antes de que nuestro mundo deje de girar. Sigue así, lo estás logrando, casi estamos erguidas ya, solo tienes que cortar esa última cuerda.  No lo pienses, es lo mejor.

La respuesta a todas tus preguntas pasa por dejar de cuestionártelas. Vamos a seguir el viaje y ya se verá lo que pasa. No hace falta que te pongas todos esos escudos, pesan demasiado . ¿Qué es lo peor que puede pasar si te caes? Te haces una herida y punto, en unos días se curará.

Espera, repite eso que acabas de hacer, me gusta más tu cara cuando sonríes. Mira, todos te contemplan, tienes una risa preciosa. Fíjate, los peces vuelven al mar, los pájaros han dejado sus oficinas y regresan al cielo y nosotras estamos caminando de nuevo. ¿Eres feliz ahora? Lo sé, soy tu maldita conciencia.

jueves, 29 de marzo de 2012

***************************************

Muchas veces me he sentado frente al papel en blanco dispuesta a escribir algo que no sentía, una entrada vacía que no fuese dirigida a nadie, redactada sin motivo. Pero nunca lo conseguí, escribir sigue sacando lo mejor y lo peor de mí. Es eso, quizá, lo que más me recuerda a ti y ese es, en gran parte, el motivo por el que tienes un hueco importante en este blog.

Te miro a los ojos y te vuelvo a encontrar, después de mucho tiempo sigues allí; pero, por algún motivo, apartas la cabeza y vuelves a desaparecer, a ratos, como si quisieses ocultarme que has vuelto. Me siento bien al ver que estás ahí, que puedo tocar tu mano y sentirte y que, pese a todo, sigues a mi lado.

La brújula ha vuelto a girar, pero esta vez no sé hacia donde señala. Quizá sea porque ahora ni yo misma sé cuál es el norte y es posible que tú tampoco lo sepas. Tal vez sea necesario usar otros métodos para orientarnos: el viento, el amanecer, el atardecer… O, es posible, que deba hacer caso de nuevo a mi brújula, que ese sigue siendo el norte y que jamás me dejaría perderme.

Me gusta la tranquilidad que siento cuando estoy contigo, el hecho de no tener miedo a nada, que puedo ser yo, que no es necesario contarlo todo. Echaba de menos reírme contigo, que me contases qué piensas, mirarte a los ojos e intentar “leerte”. Sé que piensas que soy tonta, no entiendes por qué te necesito tanto, pero eres una persona demasiado importante en mi vida.

Llego a casa y pienso que no ha sido verdad, que es demasiado irreal que estés otra vez aquí. Sonrío y me alegro de no haberte perdido. Aprieto los ojos y pido un deseo: que no te vuelvas a ir tanto tiempo. Te Quiero.

sábado, 24 de marzo de 2012

Mi paranoia

Vuelve a salir el sol y eso que ayer me dijo que no lo volvería a hacer. Pues nada, habrá que empezar un nuevo día. Unas tostadas de arcilla y un café a la sal de esos que ayudan a despertarte. Tengo la sensación de que hoy no va a ser un día más, mil cosas que hacer y muy poco tiempo, la prioridad: ser feliz.

Subiré a la luna y volveré a bajarla como ya hice antes, pero esta vez lo haré por mí, porque me gusta como queda la luna en mi cama. Iré al fin del mundo y traeré una criatura sin descubrir para poder admirarla cinco segundos. Contaré todas las estrellas del cielo solo para olvidarlas al día siguiente, soplaré las velas de una tarta y pediré un deseo aunque no sea mi cumpleaños. Me reiré en una película de terror y lloraré con la mejor comedia.

Me miraré en el espejo, no para darme la aprobación sobre si puedo o no salir a la calle, sino para reírme de lo mal que conjunto la ropa. Miraré el horizonte en una playa, intentando ver un pececillo saltar, me enfrentaré a la lluvia con un paraguas de lunares cerrado. Haré cola hacia ningún lugar para conocer a la gente que allí espera.

Reconciliaré a mis calcetines, los rosas y los rojos se volverán a hablar, por fin, no aguantaba más ese silencio incómodo. Me compraré un sombrero de paja, nunca se sabe cuántos días más va a salir ese sol traicionero. Intentaré tocarme otra vez la nariz con la lengua y, de nuevo, fracasaré. Caminaré hacia atrás para que el viento me empuje cuesta arriba; no, no tiene sentido, pero he dicho que lo voy a hacer y lo haré.

Saltaré a la comba durante horas pero sin entrar, todavía me da miedo. Me vendaré los ojos y avanzaré a ciegas para intentar descubrir el universo que se esconde bajo el roce de mis dedos. Me tumbaré en una hamaca colgada entre dos árboles y me meceré hasta que la cabeza me dé vueltas. Sonreiré con cada paso que dé.

La vida no está hecha para ser medida, las calorías no se cuentan, ¿valorar del uno al diez? Pues menos dos millones quinientos mil trescientos dieciséis, si nos ponemos. Qué más da cómo y cuánto de feliz eres, lo importante es que sonríes y que tienes un motivo para hacerlo. ¿El resultado final? Empate y tiro porque me toca que para eso tengo yo los dados.

martes, 20 de marzo de 2012

*Si tú no estás*

Recuerdo que aquella noche me desperté de golpe muchas veces. Tu rostro se aparecía en mis sueños y me sonreía mientras yo rompía a llorar. Cuando abrí los ojos las lágrimas todavía corrían por mis mejillas. Me acuerdo del dolor del pecho que me impedía respirar, las tristeza, el sentido del deber luchando contra el querer.

Construí una presa en mi interior con la esperanza de que el agua no llegase a desbordarse. En los tiempos de sequía todo iba bien pero, sin previo aviso, comenzó a llover. Cada momento que vivíamos llenaba un poco más aquella infraestructura hecha con muros de cartón. Poco a poco la puerta fue cediendo y, en el fondo, sabía que se abriría por completo.

Cada día me acostaba con el alivio de haber aguantado un poco más. Me alejé, me distancié o, por lo menos lo intenté. Todos los pasos que daba en la dirección contraria a la que, en realidad, quería tomar me resultaban imposibles. Necesitaba irme para que, poco a poco, la presa se vaciase, pero, sin duda, necesitaba quedarme.

A veces, me sorprendía sonriendo al recordar algún momento, algún gesto especial que me causó un escalofrío, alguna mirada de complicidad. Tensión era la palabra que mejor lo definía todo, no poder compartir ni un segundo a solas, girar la cabeza sin aguantar tu mirada, mover la mano para evitar que la rozases.

No podía ni quería engañarte, lo había intentado muchas veces llegando incluso a mentirme a mí misma, pero nunca había funcionado. Tus ojos me observaban intentando averiguar qué ocultaba, qué callaba, qué era tan importante para no ser dicho. Agachaba la cabeza, luchando por evitar todo contacto con tu mirada. En esta ocasión el silencio era la mejor opción.

El esfuerzo dio sus frutos y la sequía volvió, los muros no corrían peligro de ceder y podía respirar más tranquila. Volví a acercarme a ti y me di cuenta de que, en cualquier momento, la lluvia volvería y esta vez no sería capaz de contenerla. Te necesitaba demasiado a mi lado y ya no tenía fuerzas para alejarte.

Pero el silencio no cesó y, lentamente, nos fue enmudeciendo, yo dejé de hablar y tú de preguntar. Nos sacamos de nuestras respectivas vidas con un corte limpio, engañándonos al creer que ya no teníamos nada más que contarnos pero, en realidad, quedaba todo por decir. Lo único que nos unía era tu mirada que, sin decir nada, seguía abriendo mi corazón en la distancia.

Así, el tiempo y la distancia que tanto sanan normalmente, se convirtieron en armas que nos herían cada día. Elegimos el camino fácil y, a la vez, el difícil, el que más daño nos hizo a nosotros pero el que menos dañaba al resto. La indiferencia se llevó todo a su paso entre nosotros, no hubo más tristeza, pero tampoco quedó ni rastro de la felicidad. Y, al final, el silencio ganó esta batalla y nosotros, los que no podíamos dejar de hablar, no volvimos a pronunciar palabra.


viernes, 9 de marzo de 2012

Lo más difícil

Quizá cuando leas esto aún te preguntes qué ha pasado, por qué esta actitud ahora y es posible que te merezcas una explicación pero, la cuestión es que yo no puedo dártela ahora mismo. Sé que esta es una forma muy cobarde de decir las cosas pero es la única que puedo usar en este momento o, mejor dicho, que quiero usar.

No estoy decepcionada porque no me debes nada, porque no esperaba nada, porque es tu vida y no la mía. Tampoco estoy enfadada, al principio quizá sí, ahora no. Es tristeza por saber que he perdido a una de las personas que más quería. Pena porque busco a la persona que pensé que eras y no la encuentro, porque no siento nada cuando debería sentirlo todo.

Me siento tonta porque me equivoqué y pedí perdón y creí que todo se estaba arreglando. Me siento estúpida porque pensé que eras transparente, que tus sonrisas eran sinceras, que no eras capaz de ocultar cosas. Pensé que te iba conociendo, que me querías cerca, que me necesitabas, al menos, una mínima parte de lo que yo a ti.

No te mentí ni una sola vez al decirte que te quería, que eras mi brújula, que orientabas mi camino. Pero, a veces, las brújulas se estropean y dejan de marcar al norte, ni ellas mismas saben la dirección. No sé si tú sabes hacia donde debes ir ahora mismo, si eres capaz de orientarte y, con mucho dolor, te digo que me da igual.

Hace algún tiempo te miré a los ojos y te dije que no te reconocía y luego me arrepentí porque pensé que estabas ahí, en algún lugar. Ahora sé que no te he llegado a conocer, que no sé quién eres y qué quieres y que no quiero saberlo. Solo espero que tú lo tengas claro porque, si no es así, vas a hacerle mucho daño a la gente que quieres.

Puedes decir que estoy celosa y que todo lo que hago o digo es porque siento algo por ti. Créetelo, de verdad, si así entiendes mejor las cosas piensa eso. La verdad no sé porque estoy así, pero no es amor. Quizá esperaba algo diferente de ti, quizá esperaba que fueses la persona con la que fui al cine y no puedo aceptar que también puedes ser una persona que no me gusta. Es probable que me encanten tus virtudes y que odie el resto, tanto que lo he ignorado y, de repente,  me he chocado de golpe contra ello.

Siempre he querido que fueras feliz, con la persona que eligieras a tu lado. Sé que a veces no dio esa impresión pero todo lo que te pude decir fue para que no te equivocases. Ahora no sé si eres tú el que iba a caer en el error o soy yo la que no tiene razón. A pesar de todo, espero ser yo la que está equivocada porque así no sufriría nadie más que yo misma.

Me pregunto cómo concluir esto. El punto suena demasiado a final pero la coma es una pausa demasiado breve. Lo único que se me ocurre es usar el punto y coma con el "hasta luego" que connota. Tomar distancia y ver qué está pasando, sentir que puedes ser feliz y, cuando todo se vaya equilibrando, en algún momento volver. A veces, la distancia es la única manera de darle perspectiva a las cosas y yo necesito esa claridad. Te voy a echar de menos.

domingo, 4 de marzo de 2012

Un cuento

Recuerdo cómo le entregaba su vida como si le rembolsaran en su propio tiempo cada segundo que regalaba. La miraba y, aunque ella no se diera cuenta, los ojos de él decían todo lo que su boca no articulaba. La quería en silencio, la cuidaba en la sombra, velaba sus sueños y curaba sus heridas. Él era la barca que remaba hacia la orilla de su mar de dudas y, a cambio, solo quería que ella sonriese.

Todas las canciones le recordaban a ella, las de amor, las de amistad, las de desilusión, las de esperanza...  Se perdía en el recuerdo de cada uno de los abrazos que se daban y le parecía percibir su perfume suave, lejano, como ella, inalcanzable. Su mano se tensaba y volvía a sentir el pelo de ella enredándose entre sus dedos.

La quería de un modo tan perfecto que nunca sería posible. Era como si ella fuese una idea impoluta de su imaginación y, el hecho de hacerla suya, la alejaría de él para siempre. Quería acariciar su cara pero una fuerza contraria a la de un imán tiraba de él hacia atrás y, en su tristeza, le era suficiente con cuidarla en la más larga de las distancias.

Mientras, ella tenía miedo al olvido, a la soledad, a que amaneciese un día y nadie fuese capaz de recordarla. Temía acercarse demasiado a la gente, mostrarse tal cual era y ser vulnerable, estar expuesta a ser herida y a sufrir. Pero con él era diferente, podía reír y sabía que nunca apagaría su sonrisa, podía ser ella misma sin tener miedo a ser herida de muerte. Ella le miraba intentando averiguar qué sentía él, veía la esperanza en sus ojos y, un instante después, la sombra los iluminaba, derrotados por saber que lo que ansiaba era imposible.

Se amaban  en silencio, contra la gente, contra el tiempo, contra ellos mismos. Pero, en su empeño por no hacerse daño se habían entregado mutuamente sus respectivas criptonitas y cada uno tenía en su mano la facultad de destruir al otro. Cada segundo que pasaban separados les destrozaba por la necesidad que se habían creado. Pero, cuando estaban juntos las cosas no mejoraban, estaban tan pendientes de controlar sus sentimientos que la ausencia marcaba su estancia.

La frustración llenaba sus vidas, mil días de desesperanza les inundaron. Cuando estaban juntos callaban más de lo que decían por temor a destruirlo todo, a derribar aquel palacio de altas torres que habían construido. Y así, poco a poco, se hicieron daño, se causaron el dolor que siempre temieron, por miedo, porque cada vez que daban un paso que les acercaba, sus corazones caminaban hacia atrás, creando un vacío entre ellos.

Solo las personas a las que realmente queremos son las que tienen la capacidad de hacernos sufrir. Nosotros les entregamos ese poder que, una vez otorgado, es difícil de arrebatar. El miedo y la falta de confianza destruyen lo que queda en pie y nosotros nos alimentamos de las cenizas de por vida. Y así vamos viviendo, comprobando mil veces el suelo que pisamos por si está minado, pensando que así nos dolerá menos. No sabemos que hay veces que lo mejor es taparse los ojos y correr, como si mañana no fuera a llegar nunca, como si la única forma de ser feliz residiese en aprovechar ese preciso instante.

jueves, 1 de marzo de 2012

Felicidades Picatostes

Por un día abandono mis zapatos y me meto en los tuyos, en esos dos trozos de sandía que tanto nos han hecho reír a todos. Dos pequeños pies que pisan fuerte allá donde van, que hacen suyo el lugar en el que se paran, que anuncian su llegada antes de aparecer.

Quiero contemplar el mundo desde tu perspectiva, tan amplia y tan pequeña a la vez.  Me gustaría poder diferenciar lo verdaderamente importante, como haces tú. Quisiera hacer las cosas únicamente por el placer que causan, sin pensar en el qué dirán, no ser perfecta pero parecerlo.

A veces estás ahí, como escondida, en los gritos y el barullo del resto pero sabes el momento justo en el que aparecer. Surges con el comentario adecuado, con el gesto necesario o con la pregunta oportuna. Eres capaz de reírte y bromear y, al segundo siguiente, echarme la bronca porque estoy perdiendo el norte.

Me gusta sentarme contigo simplemente a hablar, mirarte a los ojos y saber que estás diciendo exactamente lo que piensas, sin reservas. Y es que no puedes actuar si no es de corazón, la honestidad inunda cada una de tus palabras y tus gestos. La virtud que no muchos tienen de dar sin recibir, la generosidad de ofrecer.

Mientras todo el mundo da besos, abrazos y "te quieros",  tú los regalas, muy de vez en cuando, a la gente a la que de verdad quieres, pero son de corazón. No te llenas la boca de palabras vacías; acompañas cada sonrisa, cada abrazo y cada mirada de una emoción.

Entre tu deporte y tu música vas viviendo, a veces de una manera independiente, otras de la forma más normal.  Te rodeas de gente muy diferente que seleccionas por lo que significan, por lo que valen, por lo que son, pues has aprendido muy bien que las apariencias engañan, que no todo es lo que parece. La vida te ha enseñado a observar.

Poco a poco te vas abriendo y me vas enseñando una pequeña parte de ti, algo que me vuelve a sorprender: una canción que te llega dentro, un vídeo tuyo bailando, tu casa, tu familia, tus amigos de siempre... Cosas que son importantes para ti y decides compartir.

Necesitas a las personas y las que te conocen te necesitan a ti. Eres como el caramelo de cocacola entre los dulces de frutas, das ese toque personal que consigue alegrar el día más triste. Puedes ser borde y ácida y volverte dulce y mimosa, como te apetezca, pues eres tú la que decide.

Y justo cuando ya no espero absolutamente nada de nadie apareces, en el día más gris de la semana, en el momento en el que estaba a punto de tirar la toalla y me das uno de esos abrazos que raramente ofreces. Muchas felicidades Picatostes, espero seguir teniéndote cerca mucho tiempo más y compartir contigo más clases, conciertos, viajes de metro... Que cumplas muchos más.