Me dicen que el cine español está
en decadencia y, todavía, les veo preguntarse por qué. Se indignan porque faltan subvenciones, porque
este y aquel gobierno no invierte en cultura, todos culpan a alguien ajeno y,
con los bolsillos llenos, gritan que no hay dinero. Mientras tanto, esos que
tanto se quejan y que se manifiestan a la vez que se ponen las medallas de
cineastas, nos regalan casi anualmente una gran "película". Los
críticos, sus colegas de bares, las alaban y colocan en los grandes podios de
la cultura, catalogándolas de obras de arte, nominándolas a multitud de premios
que, si me permiten decirlo, a la gente que va al cine "se la trae
floja".
Y, mientras ellos se alojan en
los mejores hoteles para presentar sus guiones en los festivales de cine, un
espectador está pagando cerca de 9 euros de su salario que, en raras ocasiones,
llega a los 700 euros. Pero la grandiosidad viene cuando sus
"genialidades" solo son comprendidas por los estudiantes de cine y
los "amantes del arte" y, como consecuencia, el resto del público se
marcha a casa aburrido y hastiado de una película sin argumento, lenta, pesada
y nada interesante.
Entre bomba y bomba de la Guerra
Civil, un joven guionista presenta su trabajo a algún experto en "truños
cinematográficos" que cataloga su trabajo de "demasiado
comercial". Esto, en los tiempos que corren, viene a decir, para que
ustedes entiendan, demasiado interesante, demasiado bueno. En resumen, algo que
el común de los mortales entendería y disfrutaría y, por supuesto, derrumbaría
los pilares de la élite que académicos y críticos llevan años construyendo.
Pero, aún se preguntan, por qué
los ingresos de sus películas disminuyen. Permítanme darles una contestación,
queridos cineastas: porque los espectadores estamos cansados de sus bodrios.
Queremos historias que nos entretengan, que sean capaces de arrancar un aplauso
con los créditos, que nos enganchen hasta el final. Uno de esos guiones que
ustedes ridiculizan y torturan, de esos a los que no les dan premios, de esos
que no siempre firma el director famoso. Pero, mientras ustedes acaparan las
pantallas, ellos se tienen que conformar con las salas de segunda, con las
cámaras domésticas y con unos actores que, de vez en cuando, reciben un sueldo
digno.
Pues bien, si quieren mi opinión,
dejen de rodar películas elitistas. Si para ustedes eso es arte, dejen de
hacerlo y comiencen a crear cine para el espectador y no para sus amigos.
Devuelvan la ilusión, las risas, la intriga a sus películas y desciendan de sus
altares pues, la mayoría de ustedes, hizo grandes cosas cuando su ego no
ocultaba su creatividad. Y, sobre todo, no tomen por tonto al espectador ya que
él, a fin de cuentas, es el que decide si ustedes siguen comiendo marisco en
restaurantes de lujo. Queremos dignidad en el cine, únicamente eso.