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jueves, 14 de febrero de 2013

El cine español


Me dicen que el cine español está en decadencia y, todavía, les veo preguntarse por qué.  Se indignan porque faltan subvenciones, porque este y aquel gobierno no invierte en cultura, todos culpan a alguien ajeno y, con los bolsillos llenos, gritan que no hay dinero. Mientras tanto, esos que tanto se quejan y que se manifiestan a la vez que se ponen las medallas de cineastas, nos regalan casi anualmente una gran "película". Los críticos, sus colegas de bares, las alaban y colocan en los grandes podios de la cultura, catalogándolas de obras de arte, nominándolas a multitud de premios que, si me permiten decirlo, a la gente que va al cine "se la trae floja".

Y, mientras ellos se alojan en los mejores hoteles para presentar sus guiones en los festivales de cine, un espectador está pagando cerca de 9 euros de su salario que, en raras ocasiones, llega a los 700 euros. Pero la grandiosidad viene cuando sus "genialidades" solo son comprendidas por los estudiantes de cine y los "amantes del arte" y, como consecuencia, el resto del público se marcha a casa aburrido y hastiado de una película sin argumento, lenta, pesada y nada interesante.

Entre bomba y bomba de la Guerra Civil, un joven guionista presenta su trabajo a algún experto en "truños cinematográficos" que cataloga su trabajo de "demasiado comercial". Esto, en los tiempos que corren, viene a decir, para que ustedes entiendan, demasiado interesante, demasiado bueno. En resumen, algo que el común de los mortales entendería y disfrutaría y, por supuesto, derrumbaría los pilares de la élite que académicos y críticos llevan años construyendo.

Pero, aún se preguntan, por qué los ingresos de sus películas disminuyen. Permítanme darles una contestación, queridos cineastas: porque los espectadores estamos cansados de sus bodrios. Queremos historias que nos entretengan, que sean capaces de arrancar un aplauso con los créditos, que nos enganchen hasta el final. Uno de esos guiones que ustedes ridiculizan y torturan, de esos a los que no les dan premios, de esos que no siempre firma el director famoso. Pero, mientras ustedes acaparan las pantallas, ellos se tienen que conformar con las salas de segunda, con las cámaras domésticas y con unos actores que, de vez en cuando, reciben un sueldo digno.

Pues bien, si quieren mi opinión, dejen de rodar películas elitistas. Si para ustedes eso es arte, dejen de hacerlo y comiencen a crear cine para el espectador y no para sus amigos. Devuelvan la ilusión, las risas, la intriga a sus películas y desciendan de sus altares pues, la mayoría de ustedes, hizo grandes cosas cuando su ego no ocultaba su creatividad. Y, sobre todo, no tomen por tonto al espectador ya que él, a fin de cuentas, es el que decide si ustedes siguen comiendo marisco en restaurantes de lujo. Queremos dignidad en el cine, únicamente eso.

martes, 5 de febrero de 2013

Respirar


Pasamos por la vida equivocándonos, por ello he llegado a pensar que ese es el verdadero sentido de la vida: cagarla. Una y otra vez, con nuestra familia y amigos, metemos la pata y pedimos perdón, una y otra vez hacemos daño a los que más queremos y, por supuesto, a nosotros mismos. La única cosa que hacemos, quizá, al mismo nivel que fastidiarla es despedirnos.

Cada día cuando nos vamos a dormir decimos adiós, cuando terminamos una conversación, cuando vamos a dormir. Necesitamos poner puntos en la vida, como nos enseñaron a hacer con los textos en el colegio. Pero esas despedidas esconden mucho más. A veces, significan "márchate", otras "se acabó para siempre" y, las menos, "no dejes que me vaya".

La última imagen que nos queda de una persona es la que tenía en el momento de la despedida. Es curiosa la manera en la que podemos recordar su ropa, su peinado y, por supuesto, sus gestos y miradas. Las últimas palabras que se cruzan significan más que todas las conversaciones, esos abrazos de despedida dicen más que todos los que nos acompañaron durante meses  y las lágrimas que ahogan nuestros corazones expresan más que todas las palabras de gratificación y perdón posibles.

En esencia, todo forma parte de eso: equivocarse y despedirse. Meter la pata y aprender a solucionar los errores e intentar obtener experiencia con ello. Despedirse  es posible porque se ha conocido, se ha compartido, se ha vivido algo digno de terminar. El consuelo está en que, posiblemente, hay otra cosa que hacemos tanto como errar y decir adiós: respirar.

viernes, 1 de febrero de 2013

El columpio


El columpio se balanceaba arriba y abajo una y otra vez. Su pelo ondeaba ligeramente en el poco viento que soplaba. El abrigo caía sobre sus hombros como si de una muñeca destartalada se tratase. Estaba paralizada, inerte y, ni siquiera se percibía el ligero movimiento de sus piernas para columpiarse.

En su cabeza resonaban sus últimas palabras: "La gente normal cambia, no se detiene a jugar con muñecas eternamente. Crecemos, nos equivocamos, conocemos gente y nos hacen daño. Pero eso es la vida, de eso se aprende y tú has decidido no vivirla". Cambiar, equivocarse, conocer… eran verbos que para ella habían perdido el sentido hacía mucho tiempo. Ahora, ella era más de sustantivos, porque no la obligaban a actuar y permanecían en el tiempo, como la "tristeza" y el "olvido" que, en ese tiempo, llenaban sus días.

"Todos tenemos derecho a soñar y luchar por cumplir nuestros sueños. A veces infligimos dolor a los que nos rodean, pero no lo hacemos queriendo y eso hace que se solucione. Para eso están las reconciliaciones. No hay nada tan complicado que no encuentre solución en el gesto o la palabra adecuadas". "Dolor", podía añadirlo a su lista de nombres junto con "lágrimas" como las que surcaban sus mejillas.

El columpio continuaba su travesía hacia el cielo consciente de que jamás lo alcanzaría. "No puedes amar, odiar, ni sentir. Te estancaste en una página de un libro y no eres capaz de continuar". Quizá él tuviera razón en esto último, pero, sin duda, ella había amado y de una manera tan fuerte que dolía. Su problema siempre fue la demostración: era incapaz de hablar cuando los sentimientos anudaban las palabras en su garganta impidiéndolas salir y los gestos tampoco habían sido nunca su fuerte.

"Adiós", esas habían sido sus últimas palabras y, aún cuando ella sabía que, de no decir nada, él se marcharía, permaneció en silencio, observando como él se alejaba. Porque los finales felices no eran para la gente real, el príncipe no aparecía cabalgando sobre un caballo blanco, sino que desaparecía en un coche de segunda mano. El columpio se detuvo, por fin. Él había pasado página por ella, revelando el final del cuento que citaba en letra morada: "y, una vez más, no fueron felices ni comieron perdices".