Se parece a esa sensación que tienes cuando sacas la cabeza de debajo del agua. La presión en tu cabeza en el instante antes de salir, el peso de tus pulmones, el mareo... Es como sentir que esa única bocanada de aire es suficiente para olvidar aquel instante fatídico.
Me gusta pensar que algo tan insignificante como el aire tenga esa capacidad milagrosa. Una sustancia que no se ve pero que nos acompaña allá donde vayamos. Esa brisa que te refresca cuando pensabas que ibas a morir del calor, que te empuja la espalda cuesta arriba, que sopla más fuerte para llevarse lejos aquello que te preocupa.
Ese aire que se convierte en viento y encarrila barcos y guía aves. Algo que es capaz de vencer al propio silencio con su leve ulular. Una corriente capaz, no solo de dar vida, sino de destruirla. Huracanes que pueden arrancar casas completas de cuajo, sin pararse a pensar en las personas que había dentro.
Ese viento que, en ocasiones, se parece tanto al amor. Un amor que oxigena un cuerpo que llevaba demasiado tiempo bajo el agua. Un amor que se lleva los cimientos de vidas sostenidas por fuertes pilares. Un amor que destruye con la misma fuerza que crea, que llena los silencios de corrientes de emociones pero que, sin mediar palabra, hace rodar las lágrimas más tímidas y saca a pasear las sonrisas del corazón.
Y estando bajo el agua te planteas si salir o no. Allí se está muy cómodo, sin ruidos molestos, solos tú, el agua y tus pensamientos. Aún así, con la última burbuja a punto de estallar en tu cara decides salir a llenar tus pulmones, eliges amar y dejar que te quieran.
Así funciona el amor, te llena, te guía y, a la vez, te destruye. Hace que seas feliz el tiempo suficiente para que pienses que ha merecido la pena inspirar aquellos litros de aire. Al fin y al cabo es como sacar la cabeza de debajo del agua: si quieres vivir no tienes elección.
-Uy, sí, el mágico aire fresco... Obra milagros con el corazón. (Pd.: Te quiero).
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