Esta es la historia de un peregrino que inició su camino
igual que muchos otros, lleno de ilusión y con una meta clara en su cabeza. Recorrió bosques y explanadas,
durmió bajo la luna y caminó bajo la lluvia. Tan claro tenía el trayecto, que
andaba por inercia, no necesitaba ni siquiera un mapa.
Un día, después de una tormenta, encontró el sendero
bloqueado por árboles caídos y piedras. Se detuvo y, por primera vez, en su
vida, se sintió perdido. Había vivido demasiado tiempo dando por supuesto todo
en su vida, agarrándose a certezas sin saber que éstas son las que, con más
frecuencia, se convierten en inseguridades.
Buscó en su mochila algo que le ayudase en aquel momento. Un
mapa, una brújula, algo que le indicase como salir de allí. Al abrir el macuto
le inundó la sorpresa, dentro solo había piedras. Inútiles rocas que cargaban
su espalda y hacían su camino más pesado. El peregrino sintió ganas de llorar
pero, eso era cosa de débiles.
En ese momento decidió no sentarse a respirar, no desandar
el camino. Intentó recordar cuál era la meta que le había llevado por ese lugar,
pero ni siquiera se acordaba de si ese final había existido alguna vez. Aún así,
no quería perder tiempo y detenerse, por lo que eligió otro camino. Y así pasó
su vida, entre senderos que no conducían a ningún lado, con una mochila llena
de piedras, perdido y sin brújula por no pararse un segundo a pensar, por no
pedir ayuda, por preferir equivocarse en soledad que acertar en compañía.
Cuando pasas toda tu vida persiguiendo tus sueños aprendes
que, muchas veces, es mejor desandar tus pasos y volver a iniciar el camino,
que la vida no premia al que llega primero, sino al que llega. Un verdadero
peregrino entiende que es necesario detenerse en el camino, a veces para
respirar, otras, simplemente, para contemplar el paisaje. Comprende que
recorrer ese trecho sin compañía no sirve de nada, que la gente te hace más
completo, que necesitar ayuda vuelve más débil y que hablando también se curan
las ampollas del corazón.
Un verdadero peregrino no teme que un camino desaparezca
porque tiene un mapa para encontrar mil carreteras más que le lleven a su
destino. El caminante se desanima cuesta arriba y disfruta en la llanura, llora
pero no se rinde y, únicamente, renuncia cuando lo que pretende lograr le hace
más desdichado que feliz.
El peregrino es persona, soy yo, eres tú. Viste como un tronco
bloqueaba el camino y lo intentaste saltar, continuar con tu vida como si nada
sabiendo, de antemano, que eso no era posible. No te detuviste a pensar, a
recordar tu meta en la vida y seguiste adelante con una mochila llena de
piedras, un lastre que te destrozaba por dentro. Fuiste valiente al elegir otro
camino, pero te faltó la fuerza para alejarte del principal en busca de nuevas
salidas, te golpeaste demasiadas veces contra la misma pared.
Agachaste la cabeza y emprendiste de nuevo el rumbo, solo y
sombrío, alejando a la gente de ti, creando barreras de desconfianza y egoísmo a
tu alrededor. Mientras, en tu interior, quieres que la gente a la que quisiste
vuelva y te cure, te indiquen la salida. Ellos, por su parte, esperan a que
derribes los muros que has creado y volverán, sin duda alguna, a consolarte. Yo, te contemplo desde la
distancia, a punto de irme. El peregrino también aprende que, a veces, la mejor
forma de ayudar consiste en no prestar ninguna ayuda.
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