Era viernes, nos levantamos
temprano para ir a ese lugar al que jamás habríamos querido viajar. Cuando
salimos reinaba el silencio, todavía nos preguntábamos por qué; recordábamos
momentos de risas y nos lamentábamos por la gente más cercana. Era un día
triste y el cansancio no ayudaba a hacerlo más llevadero.
El viaje comenzó, charlábamos e
intentábamos mentalizarnos de lo que íbamos a encontrar a nuestra llegada, pero
era imposible hacerse una idea. El primer golpe de realidad nos lo dio aquella
curva, un tramo por el que pasan al año centenares de trenes sin problema, y
que aquella tarde del día 24 de julio se había llevado por delante a 79
personas. Contuvimos la respiración al ver los restos de ese tren en el que
horas antes había montado nuestro conocido, amigo, primo, hijo… Tortu. Su
último viaje, al lugar donde pertenecía, a casa, con su familia.
Al llegar allí vimos el panorama
desolador que nos rodeaba. Esta vez la realidad nos había hecho una llave de
judo y estábamos KO en el suelo. Decenas de amigos se reunieron una vez más con
él, pero esta vez no había risas, ni bromas, ni siquiera ese toque de humor
negro. Silencio, así definiría aquella estampa. Una concentración de palabras e
imágenes que no se pronunciaban, pero que se sentían y creaban lazos entre
todos los que le habían conocido. No era incómodo, todo lo contrario, permitía
llorar, pensar y, sobretodo, recordar.
La gente que le quería no paraba
de llegar, era como volver a las tardes de fútbol, de botellones, pero sin él
esta vez. Las miradas de los amigos se perdían en los recuerdos mientras las
lágrimas brotaban porque éstos no volverían. Nadie hablaba de justicia porque
todos sabíamos que no era justo.
Y entre aquella procesión de
tristeza y dolor le despedimos, rodeado de flores, entre muchas muestras de
cariño de amigos. Sus padres, los que más le habían querido consolaban y eran
consolados, aunque para los que allí estaban no había consuelo y menos para
ellos. Una camiseta de sus amigos llena de palabras que no dio tiempo a pronunciar,
demasiadas despedidas que habían llegado antes de tiempo, sentimientos
enfrentados por lo que no había dado tiempo a decir…
El sol descendió como todos los
días ya que, aunque el dolor pareciera inmenso, la vida continuaba para el
resto. La gaita dejó de sonar y, de nuevo, llegó el silencio de las lágrimas
que se derraman, de los abrazos, de las miradas, de los recuerdos… Todos vimos
como se fue, para siempre, y todos los que le conocimos le dijimos adiós desde
Madrid y Galicia. Y, mientras volvíamos aquella noche a nuestras casas, una
estrella más brilló en el cielo, la suya. Hasta siempre, nos vemos en el cielo.
"Solo se va quien es
olvidado" DEP T.