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miércoles, 31 de julio de 2013

DEP T.

Era viernes, nos levantamos temprano para ir a ese lugar al que jamás habríamos querido viajar. Cuando salimos reinaba el silencio, todavía nos preguntábamos por qué; recordábamos momentos de risas y nos lamentábamos por la gente más cercana. Era un día triste y el cansancio no ayudaba a hacerlo más llevadero.

El viaje comenzó, charlábamos e intentábamos mentalizarnos de lo que íbamos a encontrar a nuestra llegada, pero era imposible hacerse una idea. El primer golpe de realidad nos lo dio aquella curva, un tramo por el que pasan al año centenares de trenes sin problema, y que aquella tarde del día 24 de julio se había llevado por delante a 79 personas. Contuvimos la respiración al ver los restos de ese tren en el que horas antes había montado nuestro conocido, amigo, primo, hijo… Tortu. Su último viaje, al lugar donde pertenecía, a casa, con su familia.

Al llegar allí vimos el panorama desolador que nos rodeaba. Esta vez la realidad nos había hecho una llave de judo y estábamos KO en el suelo. Decenas de amigos se reunieron una vez más con él, pero esta vez no había risas, ni bromas, ni siquiera ese toque de humor negro. Silencio, así definiría aquella estampa. Una concentración de palabras e imágenes que no se pronunciaban, pero que se sentían y creaban lazos entre todos los que le habían conocido. No era incómodo, todo lo contrario, permitía llorar, pensar y, sobretodo, recordar.

La gente que le quería no paraba de llegar, era como volver a las tardes de fútbol, de botellones, pero sin él esta vez. Las miradas de los amigos se perdían en los recuerdos mientras las lágrimas brotaban porque éstos no volverían. Nadie hablaba de justicia porque todos sabíamos que no era justo.

Y entre aquella procesión de tristeza y dolor le despedimos, rodeado de flores, entre muchas muestras de cariño de amigos. Sus padres, los que más le habían querido consolaban y eran consolados, aunque para los que allí estaban no había consuelo y menos para ellos. Una camiseta de sus amigos llena de palabras que no dio tiempo a pronunciar, demasiadas despedidas que habían llegado antes de tiempo, sentimientos enfrentados por lo que no había dado tiempo a decir…

El sol descendió como todos los días ya que, aunque el dolor pareciera inmenso, la vida continuaba para el resto. La gaita dejó de sonar y, de nuevo, llegó el silencio de las lágrimas que se derraman, de los abrazos, de las miradas, de los recuerdos… Todos vimos como se fue, para siempre, y todos los que le conocimos le dijimos adiós desde Madrid y Galicia. Y, mientras volvíamos aquella noche a nuestras casas, una estrella más brilló en el cielo, la suya. Hasta siempre, nos vemos en el cielo.


"Solo se va quien es olvidado" DEP T.