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sábado, 21 de diciembre de 2013

El contraste de diciembre

Las luces se han vuelto a encender. La ciudad brilla extendiendo su manto dorado, rojo, verde y azul en la oscuridad. Los coches van y vienen, escondiendo en su interior caras felices, discusiones, gente cansada y otra contenta por la llegada de las vacaciones. Gorros con bolas de lana pasean por las calles abarrotadas de personas que señalan a un lado y a otro, sorprendiéndose, como cada año, porque ha regresado en seguida. El metro cambia maletines por bolsas de regalos; se llena de niños con guantes y abrigos de paño que sujetan con fuerza las manos de sus padres temerosos de que se pierdan entre la multitud.

Cuernos de reno que relucen, pelucas de colores, gorros rojos o con animales de peluche y gafas más grandes de lo normal. Músicos en la calle que, entre el examen y el frío, consiguen tocar canciones de esas que muestran las inexistentes noches de paz. Una fiesta temática que llega a cada uno de los rincones de la ciudad y el tema, como siempre en estas fechas, Navidad.

Familias que se reúnen en el rito de adorar al pavo o al cochinillo de turno, que hace unos meses paseaba feliz en la inconsciencia de su destino. Vestidos de lentejuelas, de raso, de tul, todos más emperifollados de lo normal. Corbatas rosas sobre camisas de rayas o moradas sobre lila o las clásicas negras sobre blanco. Olor a comida, a perfume del caro, a laca de la barata. Caras de "me alegro de verte" y otras de "que pase el trago de todos los años". Multitudes infelices, soledades deslumbrantes que ríen entre polvorones y mazapanes.

Frío, mucho frío. Cartones en una esquina de esta y aquella calle del centro. Mantas que acunan a los que, quizá un día fueron felices, y hoy luchan por dormir sin lograr que la Navidad caliente sus fríos pies. Platos de comida que no se llenan, bolsillos que se vacían. Niños que abren regalos que no existen e imaginan ser príncipes y princesas con coronas de cartón, mientras otros derrotan a los monstruos de los juegos de sus teléfonos móviles.

Una familia llora por el que este año ya no está, porque se echa de menos, porque la ausencia duele. Una sonrisa intenta abrirse paso en una cara que ya no recuerda como se hace, un rostro que se ha hecho íntimo amigo de la angustia y la desilusión. Un trabajo que no llega, en una mesa que ha cambiado el jamón por la mortadela. Cuatro gambas colocadas con esmero en un plato en el que ayer había veinte y un cartón de vino que sustituye al transparente vidrio. Pero, es Navidad.


El gordo de barba blanca que repartía regalos se cambia por el flaco ojeroso que los busca en la caridad, en las latas de conserva que alguna organización reparte. En el belén , los pastores se sientan a esperar que el hombre del traje los eche de su casa, de donde han vivido siempre. Hombres duros que se han derretido entre las lágrimas de su agonía, enfermos que se apagan, gente presa que vive en supuesta libertad. Pero, un año más, en diciembre es Navidad.