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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Deseos de cosas imposibles


Pedimos deseos a las estrellas fugaces, a las velas de la tarta de cumpleaños, a los tréboles de cuatro hojas… Cerramos los ojos y los apretamos muy fuerte, intentando retener la magia en nuestro interior; pero ésta se escapa por nuestras pestañas y se derrama con nuestras lágrimas, milímetro a milímetro, dejando un rastro que brilla durante unos segundos hasta extinguirse por completo.

El tiempo pasa y los deseos no se hacen realidad. La poca esperanza que nos queda la depositamos cada noche en nuestra almohada y pensamos: "Mañana va a ser un día mejor". Lo repetimos hasta que nuestro anhelo se mezcla con un sueño en el que, efectivamente, cada minuto supera al anterior. Al despertar, esa magia moja nuestro rostro e impregna nuestras sábanas pero permanece en la cama, fuera todo es igual.

Con la estela de la estrella pedimos que nos quieran locamente y, en cambio, nos encontrando amando sin medida a alguien que no sabe que existimos. Soplamos pestañas y dientes de león, saltamos las hogueras de San Juan, nos sentamos frente al Año Nuevo  ocultos en prendas rojas… Deseamos, rogamos, suplicamos y nada, el responsable de hacer realidad los deseos parece que estaba a otra cosa.

No es cierto eso que dicen que el más feliz es el que menos necesita. El ser humano más dichoso, sin duda, es el que menos desea, el que se encuentra cada día a sí mismo en el espejo y se sonríe, el que acepta la noche como parte del día, el que adora los minutos de sesenta segundos, el que aprecia lo que tiene por encima de lo que podría poseer. Un hombre feliz es aquel que no desea nada que no pueda conseguir por sí mismo.

Mientras, el resto de mortales seguimos acumulando deseos en las velas de la tarta. Los albergamos unos segundos en nuestros pulmones, nos llenamos de ellos y luego los expulsamos, de manera que el fuego se extingue con ellos. Quizá ese es el problema, que los echamos de nosotros mismos demasiado pronto, intentando cargarle a otro la tarea de hacerlos realidad.

Escribo el último mensaje del día: "que todos tus deseos se cumplan", lo espero de veras. Y sin más, hoy me voy a la cama, puede ser que mis deseos de hoy no se realizasen pero me acuesto susurrándole a mi almohada eso de "Mañana va a ser un día mejor".

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