La conocí hace cinco años, aún lo recuerdo. Ella estaba sentada en su silla, con la mirada perdida y el pelo alborotado. Las arrugas de su piel definían la experiencia de cada rasgo, sus dedos entrelazados dibujaban las profundas curvas de unos huesos envejecidos y sus canas se extendían a lo lardo de su espalda en el pelo que un día se recogió en un elegante moño. La piel casi trasparente mostraba aún algo de lo que debió ser en su origen, suave y agradable, aunque ahora las manchas adornaban su textura.
Era la viva imagen de la experiencia, cada parte de su cuerpo postrada en aquella vieja silla deseaba contar algo vivido, una historia de una infancia lejana, diferente. Recuerdo como me acerqué lentamente por si acaso la sacaba de la burbuja construida en los últimos tiempos, con la precaución de quien trata con un sonámbulo. Ella notó mi presencia y acercó una silla que estaba a su lado para que yo me sentase, y así lo hice. Pasamos horas contemplando la nada, cada una absorta en sus cosas, sin prestarnos atención, pero sabiendo que estábamos acompañadas.
Luego empezó a hablar, a contar historias de su juventud ya pasada, y mientras lo hacía, un sin fin de lágrimas brotaban de sus ojos. Lágrimas de comprensión, por fin se sentía útil, escuchada, querida. Y yo me limitaba a contemplarla en silencio, atendiendo ensimismada a sus palabras. Tenía tanto que dar y nadie había querido recibirlo. Cada día me sentaba junto a ella en el mismo taburete unos minutos y una nueva historia brotaba del fondo de su ser, un esfuerzo para una memoria considerada débil.
Me recordaba tanto a mi abuela cuando se sentaba en la mecedora del salón a ver la televisión. Ella hacía que la miraba pero nunca la veía, estaba pendiente de cada cosa que hacíamos y le gustaba contemplar nuestra juventud. Aprovechaba cada vez que estábamos cerca para recordar viejas "batallitas" del pasado. Cuando lo hacía la entraban ganas de llorar, como a alguien que sabe que está en el final de sus días.
En el tiempo que vi a aquella mujer en su silla me sentí comprendida, cada vez que me ocurría algo se lo contaba y ella asistía en silencio a mis malas experiencias. Me restaba sus brazos ara llorar y me recordaba que todo el mundo pasa por lo mismo. Sabía elegir de entre todo su amplio repertorio, la frase adecuada para hacerme sentir bien y cuando la decía mi mundo se ponía derecho.
No podía entender que había hecho aquella mujer para merecer ser relegada al olvido, qué pecado era tan grave de no ser perdonado. Poco después lo entendí, su error había sido envejecer. Cada año que cumplía la restaba utilidad en su mundo, la convertía en un objeto inservible que sus hijos y nietos deseaban guardar en el trastero para que no molestara. Tanto fue así que un día se olvidaron de visitarla y a ese día le sucedió otro, y luego otro, y luego otro... Así hasta que un día permaneció horas y horas en su silla esperando ver la juventud de su sangre y nunca llegaron.
Ella amaba a su familia, luchó mucho por ver a sus hijos crecer entre las penurias que la tenían atada a una larga jornada laboral. Muchas veces se equivocó y les regaló su vida sin esperar nada a cambio. Tropezó mil veces en la misma piedra y avanzó, pero en ese lugar encontró su pared, la que le impidió seguir avanzando.
A pesar del tiempo, sé qué ropa llevaba puesta aquel. Recuerdo su bata azul cielo raída en las costuras, su pijama rosa con ositos y sus zapatillas de cuadros escoceses. Nunca olvidaré que se había arreglado como solía hacer para acudir a una fiesta hacía no mucho tiempo. Su pelo lucía recogido en un moño y en sus mejillas había cierto toque de color. En sus manos un libro, de esos que parecen antiguos y una pequeña caja de cartón.
Eses día llegué a la hora de costumbre y cuando ya me iba, unas horas después me tomó la mano, suavemente pero con decisión, y se incorporó. Fue la primera y la única vez que la vi de pie, con su delgada figura vertical, esperando volver a su amada silla. Me miró con sus verdes ojos llenos de lágrimas y me entregó aquel libro y aquella caja, me dio un abrazo, cálido y dulce, y se sentó. Intenté hablar pero su mirada permanecía de nuevo impasible al infinito, como la primera vez, y allí permaneció para siempre, mirando a la nada y viendo todo.
Se marchó como había vivido, en silencio, sin intención de molestar a nadie, dejando como recuerdo de su estancia una medalla de oro con su nombre grabado, un nombre que marcaría mi vida, y un álbum de fotos antiguas, fotos de toda una vida que yo custodiaría como tesoro, intentando inculcar su experiencia a los que desearan oírla.
Hay muchas cosas en la vida que se pueden almacenar: las cajas, la comida, la ropa... en definitiva, todo lo material. Podemos guardar en grandes armarios bolsas de objetos desterrados al olvido, cosas que han perdido su utilidad y son retiradas a lugares escondidos para que no estorben. Pero las personas no son simples objetos, llevan tras de sí miles de instantes de vida para aconsejarnos, millones de historias con las que entretenerlos y centenares de kilos de comprensión. Los seres humanos que envejecen saben qué es el cariño y saben qué es no tener nada y aún así tenerlo todo. Nos dan la vida y no esperan nada, solo una visita o una palabra amable.
Ella se fue físicamente, pero sé que cada minuto que pasamos juntas me cambió y me hizo diferente, ni mejor ni peor, simplemente distinta. Ahora logro entender lo que es el cariño y puedo darlo y recibirlo. Sé que ella sonríe desde arriba porque por fin es feliz, sabe que su vida mereció la pena y por eso pudo marcharse en paz, libre de rencores y odios, sólo feliz por lo que dejaba.




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