Si pudieras elegir un recuerdo, el más feliz, el más triste, el más insignificante o el más importante, ¿cuál sería? ¿qué hizo que ese momento fuera especial frente a un cúmulo infinito de instantes almacenados?
Mi momento no es demasiado grande, ni demasiado importante, quizá tampoco sea demasiado significativo y puede que sólo yo le diese importancia, pero es mío. Justo en ese instante me sentí parte de algo, un algo del cual yo era una mínima parte pero, al igual que el resto de piezas, era indispensable para su funcionamiento.
Me hizo sentir especial, como si fuera alguien en el mundo, como si de verdad a alguien le importara lo que yo sintiera o pensase. De verdad creí que nada podía ir mal desde aquello, que la gente que me rodeaba estaría allí siempre. Todas aquellas personas se fueron, unas lejos y otras más cerca, pero la mayoría de ellas desaparecieron de mi vida. Pero no se esfumaron para siempre, permanecían allí en mi recuerdo, como el primer día.
Cada vez que me encuentro triste y estoy perdida, recurro a mi recuerdo especial. Allí están ellos en el momento más feliz de todos los que residen en mi memoria, mirándome con caras sonrientes y gorros de fiesta, haciéndome sentir que todo iba a salir bien.
Es curioso eso de los recuerdos felices, son capaces de hacerte llorar mares a la vez que sacan la mejor sonrisa de tu boca. Pueden causarte la añoranza más amarga y la alegría más profunda, pueden convertirse en una marca que oriente tus pasos o en una cuerda que tira de ti hacia atrás impidiéndote avanzar.
Hay veces que me siento sola, con un poco de música y me pongo a pensar cómo hubiera sido mi vida de haber vivido ese momento de otra manera, de haber conocido a otra gente. Nunca encuentro una respuesta definitiva, quizá hubiera sido más feliz o quizá no, nadie lo sabe.
Lo que más echo de menos es el ruido, la gente de un lado a otro, cada uno absorto en sus propios pensamientos pero siendo conscientes de la presencia del otro junto a ellos. No me gusta el mundo de ahora, en el que cada uno mira su ombligo sin saber por qué el vecino ha perdido la sonrisa. En mi recuerdo no me sentía sola y sé que los de mi alrededor tampoco lo estaban.
Realmente misterioso el mundo de la memoria, creemos que no la podemos manipular pero estamos constantemente interviniendo en ella, transformando los recuerdos en idílicos, construyendo la felicidad que no tenemos en la realidad. Cada recuerdo es una vaga sombra de la vida, sin esencia para lo bueno y lo malo. Los momentos increíbles se convierten en medianamente buenos y los malos son siempre soportables. Pero la verdad es que cuando viviste ambos, experimentaste sentimientos llevados al límite y eso los recuerdos jamás lo mostrarán.
El malo nunca fue tan malo y el bueno tampoco es el héroe de cuentos. Los recuerdos están bien, pero no pueden dominar tu existencia. Soy consciente de que mi recuerdo no es tan bello como lo recuerdo y que felicidad no era lo único que sentía. Sé que no todas las personas que estaban ahí me causaban simpatía y que ese día me acosté sintiendo lo mismo que cualquier otro. Pero también sé que ocurrió algo ahí que me hizo seleccionar lo que viví y elevarlo en la memoria, crear con ello un modelo y vivir según él.
Lo que allí pasó queda para mí, la gente se ha desvanecido, la música y el ruido que se oía se apagó, los lugares han perdido su color original y las estrellas que brillaban han desaparecido. No me importa que nunca se vuelva a repetir porque sé que una vez ocurrió y con eso me basta para ser feliz.
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