Es interesante observar como todas las cosas que creía ciertas han ido cambiando en las últimas semanas. Poco a poco se ha ido poniendo a prueba mi capacidad de adaptación a un medio desconocido y que me asustaba demasiado. Lo nuevo estaba ahí, justo delante de mis ojos pero yo ya no temía enfrentarme a ello.
La gente paseaba sin rumbo, perdida ante la inmensidad de esa nueva etapa desconocida, todos sin rumbo y sin finalidad, estaban allí porque tocaba. Las miradas incidía de reojo en unos y otros procedentes de diferentes flancos y las preguntas eran comunes: ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres?
Llegué a aquel sitio desconocido con una historia a mis espaldas, un verano raro, diferente, un círculo de amigos que no pasaba por su mejor momento... Cada paso que daba se convertía en un cuchillo clavándose sobre mi espalda. Echaba de menos todo, incluso las cosas más pequeñas y sabía que en aquel lugar no las encontraría: no iba a estar él como cada día de los últimos seis años recogiéndome cada mañana en casa, no iba a volver en el autobús con esa gente que me abrazaba cuando me encontraba mal y había numerosas cosas que no iba a recuperar.
Ese día me encontraba mal, una noche larga sin sueño, de esas que me acompañaban desde verano. Por fin se había acabado, todo el sufrimiento por una relación que apuntaba a la luna y nunca llegó a despegar. Al principio me alivié pero después el dolor me llenó, dolor por lo que no fue, por la enfermedad que nos separó, por todo lo que no le había podido dar. Los ojos se me llenaron de lágrimas pero jamás llegaron a aflorar. Ya no estaba en el colegio donde podía llorar con mis amigas durante mucho tiempo y después sentirme aliviada. Allí las cosas eran diferentes, cada uno iba concentrado en su propia camisa, en sus historias y nadie tenía tiempo para más.
Pasaron los días allí y lejos de mejorar la situación se volvía más dura, más insostenible. Los profesores no eran los míos, los que tantas veces me dijeron que yo podía, los que al final se convirtieron en mis confesores y tutores de una vida que no parecía tan difícil. Me giraba en clase y no encontraba ese rostro amigo del que ha compartido tantas cosas, las caras que encontraba por los anchos pasillos no me resultaban familiares y no conseguía encontrar el acompañamiento en nadie.
Dejé de hablar e, incluso de sonreír. La gente me tomaba por una persona tímida y cerrada y yo no lo era, jamás lo había sido. Cada día se presentaba como una tortura y al legar a casa las cosas no mejoraban. Me daba cuenta de lo que me estaba alejando de la gente que más quería, de los momentos que me estaba perdiendo pero es que no conseguía reunir el valor para coger el teléfono y marcar un número. Todo me daba igual, me sentía sola y al echar la vista atrás no conseguía recordar los buenos momentos.
Así estuve varios días pero poco a poco todo fue volviendo a una calma más feliz y embriagadora, de esas que te hacen sentir a gusto, reconfortado y seguro. Fui conociendo a gente más afín que hasta entonces había permanecido oculta como yo, por miedo o por egoísmo. Al regresar cada noche ya no estaba sola y me di cuenta de que nunca lo estuve simplemente estaba demasiado ocupada compadeciéndome de mí misma en un rincón como para prestar atención al resto del mundo. Vi que todos tenían sus tristezas y sus dolores, que los míos contaban pero no eran más importantes.
Cada sonrisa escondía tras de sí un pasado, muy parecido al mío, en un ambiente similar, miraba a los ojos de la gente y podía descubrir mil historias que antes no estaba dispuesta a escuchar pero ahora me sentía con ánimo de oírlas. Todos rompimos las barreras y nos acercamos, todavía con impedimentos pero allí estábamos, dispuestos a intentarlo.
Y una vez más todo giró de repente. Lo que pasó aquel viernes volvió poner mi mundo del revés, me llevó a aquel punto al que no quería volver, a la angustia y las lágrimas. Me mostró que no podía pasar página sin curar las heridas porque si no se abrían y se hacían cada vez más dolorosas. Así que fui allí cargando mi nudo en la garganta y me enfrenté a él. La persona que había conseguido hacerme la mujer más feliz del mundo durante unos meses pero que también me había vuelto la más triste.
Al verle se me cayó el peso equivalente a mil losas de mármol sobre la cabeza. Estaba frente a mí, tan indefenso y perdido que no parecía él y entonces mi nudo en el estómago se disolvió y fue sustituido por lástima. Sentía que tuviera que pasar por algo así y más aún sentía que hubiera decidido pasarlo solo. Había perdido una de las cosas más importantes que tenemos los humanos y aún ahí estaba allí, guardando el tipo, intentando parecer fuerte y despreocupado. Pero yo le conocía y sabía que él no era así y que le dolía todo aquello y que necesitaba un abrazo y un cariño que había decidido rechazar.
Una barrera nos separaba, un muro trasparente de esos que a pesar de su fragilidad no puedes romper por la fuerza. Una pared que habíamos ido construyendo durante todo un verano para protegernos el uno del otro cuando de verdad la amenaza no veía de nosotros. Pero a pesar de todo nos miramos y lo entendimos: comprendimos lo que habíamos dejado pasar y lo que habíamos pasado y las lágrimas invadieron sus ojos al igual que los míos. Pero ninguno lloró, ya no era el momento y como dice un sabio dicho "no llores porque terminó, sonríe porque ocurrió".
Así me despedí de él, dejando en aquel lugar lleno de muerte y dolor no sólo un amor tierno y sincero sino todo el pesar que me había embargado los últimos meses. Supe que pude hacer las cosas mejor pero no tenía nada de lo que arrepentirme. Allí cerré aquel capítulo para siempre que podía iniciarse como una amistad o permanecer cerrado como un recuerdo pero que nunca más me causaría dolor.
Lo mejor vino después, la gente se preocupó, los nuevos amigos llamaron y se interesaron y los viejos por supuesto lloraron conmigo. Ya no quedaba hueco para la duda, no tenía que renunciar a nada para seguir avanzando y las reticencias hacia lo desconocido se borraron. Era momento de crecer y confiar aunque luego doliera, mejor arrepentirse de lo que haces, lo que vives y por lo que lloras que de lo que nunca sabrás qué hubiera podido ser.



No hay comentarios:
Publicar un comentario