Los seres humanos estamos diseñados para amar, para escuchar, para sufrir y para meter la pata. Podemos equivocarnos en cada paso que damos, cada metro que avanzamos y jamás darnos cuenta o, mucho menos, reconocer nuestro error. Somos capaces de herir a los que tenemos cerca, olvidar las cosas realmente importantes y dejar de luchar ante la más mínima dificultad.
No nos damos cuenta de la importancia de los pequeños detalles que nos rodean hasta que los perdemos. Creemos que siempre van a permanecer ahí, como parte de nuestro día a día, gestos cotidianos, personas que cada mañana veíamos al empezar el día... Pero como todo, eso también se acaba. Es cada uno de esos instantes sin ninguna importancia lo que más añoramos: esas sonrisas que comprendían tus malos momentos, esas miradas de complicidad, esa mano que aparecía en el momento adecuado, ese chascarrillo que no has vuelto a oír y miles de recuerdos más que no se repiten cada día.
Sabemos que el tiempo pasa, pero no somos conscientes de la velocidad a la que lo hace. Es capaz de llevarse años enteros en lo que a nosotros nos parecen segundos y cada rato que se va lo hace en el momento en el que estamos empezando a disfrutarlo. Quizá sea porque lo vivimos todo a medias, esperando segundas oportunidades, aguardando a que la felicidad completa llegue de un plumazo y no nos damos cuenta de que la felicidad la construimos nosotros mismos. Somos felices cada vez que nos entregamos a alguien por amor, cada vez que tendemos a un amigo nuestra mano, cada vez que somos útiles a alguien, cada vez que de verdad vivimos.
Pero una vez más nos equivocamos y empleamos ese preciado tiempo colocándonos metas imposibles, intentando ser personas que de verdad no somos. No somos capaces de ver que lo que tenemos que hacer es vivir cada instante como si fuera el último, tenemos que apreciar lo realmente importante y eliminar los falsos ídolos y lo que está de relleno en nuestra vida.
Nunca pensé que llegaría a añorar tanto esas cosas. Siempre me quejé de que no me dejaban mi espacio, de que me chinchaban, de que nos enfadábamos, y es justo eso lo que más echo de menos. No me arrepiento de nada de lo que hice, pero si me diesen la oportunidad de regresar a esos años lo aprovecharía todo mucho más. Daría las gracias las veces que no las di, besaría a quien no besé y sonreiría a los que miré mal.
Y cuanto más miras el pasado y lo bello que es, más rápido pasa el presente y tampoco lo vives al doscientos por cien, ni siquiera a la mitad, estás por estar, ansiando un mañana mejor, dejando pasar oportunidades y desperdiciando sueños.
Llega un momento que has cumplido cada meta que te has propuesto, has luchado por ser la persona que ahora eres y has cedido todo tu tiempo a la causa que consideraste correcta. Ahora haciendo la revisión de tus años de vida te das cuenta que las metas eran falsas, que no te gusta en quien te has convertido y que tu causa no respondía a lo que de verdad querías. Quieres regresar y no puedes, te desesperas y no ves que nunca es tarde, cada día es la pieza clave de un rompecabezas que puede cambiar el resto de tu vida. Cada decisión importa aunque parezca insignificante y el pasado nos ha de servir para no cometer los mismos errores.
No quiero que al leer esto pienses que simplemente es bonito o que te deje indiferente. No quiero que caiga en saco roto como un blog más. Me gustaría que dejases de buscar excusas en tu vida para asumir tu culpa, que desechases la rutina y no pienses que mañana habrá tiempo para besar, para amar, para descubrir porque, aunque lo haya, puedes emplearlo en seguir siendo feliz.



No hay comentarios:
Publicar un comentario