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lunes, 11 de octubre de 2010

Mis recuerdos

A lo largo de mi vida he visto muchas cosas y he pasado por muchos momentos. Me he enfrentado a auditorios llenos de gente con su atención puesta en mí. He sentido el éxito en mi cuerpo y he tenido mucho dinero, tanto que podía comprar casi cualquier cosa. El balance de mi vida cae sobre el lado positivo pero no por las fiestas a las que asistí, ni los coches que compré. Mis experiencias no se valoran en euros, de hecho pocas cosas de las realmente válidas pude comprar con el dinero.
La gente que conocí mientras triunfaba ya no está, se evaporó con la fama y el prestigio. Mis vestidos caros se arrugaron y pasaron de moda y mis zapatos de tacón me dejaron de parecer útiles. Todo lo material se fue desgastando y  pasó a ocupar un lugar más en una habitación llena de trastos viejos. Pero aún así yo era feliz.
Había otras cosas en mi vida que me hacían enormemente dichosa. Recuerdo una tarde de sábado, nada la hacía especial y para mí lo fue. Recuerdo que estaba cansada, un viernes duro y quedé con dos amigas para dar un paseo. Hacía tanto frío que terminamos en un restaurante tomando un café caliente. Recuerdo que nos reímos mucho, hablamos de todo, nos desahogamos juntas y volvimos a reír y al llegar casa me sentía en paz, bien, feliz. Eso sí lo echo de menos, los paseos por Madrid en invierno que te llevaban a lugares llenos de luces y músicas recónditas de intérpretes ambulantes.
Recuerdo una noche, una vez más el sábado como protagonista y una vez más sin planes para ese día.  Pero para no variar de nuevo había alguien ahí dispuesto a aguantarme unas horas. Todo empezó con chocolate y mojito y terminó en una noche de risas y recuerdos. Hubo tiempo para todo: lloramos, hicimos el ridículo pero lo pasamos bien.
Miles de días insignificantes un grupo de personas sin importancia se reúnen para hacer algo cotidiano y lo mejor es de esas horas que pasan juntos salen los mejores momentos de su vida. Las cosas que pasan desapercibidas por el mundo son las que nos hacen realmente felices. Un día de nieve atrapados en una cuesta con miedo a caernos, una fiesta, un día de febrero...
Lo que realmente me hizo feliz cada día fueron las llamadas de teléfono que no decían nada, sólo ocupaban horas y gastaban batería mientras un silencio rico en mensajes llenaba el tiempo. Me sentía cómoda compartiendo copas y bailes en un local de mala muerte en un barrio desaparecido del mapa junto a la gente que no me quería por lo que tenía sino por lo que era. Estaba a gusto sentada en el césped de una avenida lejana comiendo pipas mientras decidíamos donde cenar.
Es curioso que habiéndolo tenido todo sólo aprecies lo más insignificante, los pequeños momentos que hacen que un día pase de ser uno más en el calendario a ser legendario. Pero lo que marca la diferencia no es el cómo lo vives sino con quién lo haces. Un viaje puede ser un auténtico desastre si estas solo o un desastre divertido si estás con tus amigos. Una mala racha puede ser el principio de una depresión o sólo un día malo si te rodeas de buenos consejeros.
Todo forma parte de un dar y recibir. Pero lo que se entrega no es dinero y lo recibido no se puede tocar con los dedos. Se ve, se nota, se percibe en el ambiente que lo rodea y causa mucha satisfacción aunque en otros momentos sea desdicha. Pero sea como fuere merece la pena entregar un pedacito de tu corazón y recibir miles de trozos a cambio.
Los viajes, el lujo y la buena vida han llenado mi vida durante gran parte de ella, pero no la han marcado, solo han adornado los momentos realmente importantes.

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