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lunes, 15 de noviembre de 2010

La vida no es un sueño asombroso

Me senté en una silla en medio de una luz cegadora, cuando lo hice la oscuridad se cernió sobre mí. No podía apreciar mis huellas sobre el barro ni el camino que tenía frente a mí. Ni siquiera apreciaba lo más cercano a mi posición, sabía que mis brazos estaban ahí por su peso cayendo, olía mi perfume pero era incapaz de ver nada.
No sé cuánto tiempo permanecí en esa oscuridad ni que pasó en esos momentos a mi alrededor, sólo sé que no podía comprender nada, estaba en shock, intentando asimilar sin éxito mi vida. De pronto algo allí en frente se iluminó.
La imagen que vi me causo dolor, me hizo llorar amargamente por aquello que se ha perdido. Esa escena fue sustituida por otra y luego otra y otra... y todas ellas me hacían dejar de respirar. Las lágrimas seguían brotando de mis ojos, incansables al desaliento y yo seguía desorientada viendo mi vida pasar.
Lloraba por lo tonta que fui, porque malgasté mi tiempo con personas que nunca lo agradecieron, que pasaron por mi vida como estacas que lo único que hacen en clavarse en el corazón. Lloré por lo que di sin recibir nada a cambio y el dolor que me fue devuelto, por la decepción, por lo que no había llorado antes.
Y de repente las lágrimas cesaron como vinieron. Poco a poco la luz fue apareciendo poco a poco, primero débilmente, luego con algo más de fuerza. Parecía que todo iba a salir bien ahora que había algo que alumbraba mi camino así que me dispuse a andar.
Pero justo cuando lo estaba haciendo algo me cegó, una explosión de luz seguida de una nueva oscuridad. Otra vez la misma historia, otra decepción, pero ésta vez mucho más grande que las anteriores. Una persona diferente, alguien en quien confiaba me había soltado la mano al borde del precipicio y la caída había sido casi mortal.
En ese momento, agonizando lo vi. A veces depositamos toda nuestra confianza y nuestras expectativas en personas que no son capaces de cargar siquiera con sus vidas. Gente que se pasa el día mirando a su ombligo sin ser consciente de la gente que a su alrededor se preocupa por ellos. Y todos esos buenos deseos se convierten en armas arrojadizas que hacen mucho daño tanto al que las tira como al que las recibe.
Quizá sea que la vida no es un sueño asombroso o que de los sueños al final te acabas despertando y ves que la realidad no es tan ideal como creías. Puede ser que lo bueno es que te den golpes que te hagan más fuerte y que aún lleno de heridas puedas seguir adelante. Pues bien yo ya llevo una muesca más en mi cinturón, ésta más grande que las anteriores y más dolorosa también, pero que seguro que me resultará muy útil en algún momento de mi vida.

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