Se levantó a la misma hora de siempre, cansada por el madrugón y la mala noche que había pasado. Llevaba varios días durmiendo escasas horas, como si tuviera la sensación de que algo no iba bien pero no lograba averiguar qué era. Nada en su vida había cambiado en los últimos meses: sus amigos seguían ahí, con los problemillas de siempre; su familia la llamaba varias veces a la semana para informar del buen estado de salud de todos... nada amenazaba con comprometer esa estabilidad que llevaba varios años construyendo.
Encendió la televisión como cada mañana antes de ir a trabajar, nunca prestaba atención a lo que estaban echando pero le servía de compañía, hacía que volviera a sus años en la casa paterna donde el desayuno se tomaba entre el bullicio de su madre peinándose, su padre saliendo de la ducha y su hermana viendo los dibujos animados.
Poco a poco iba despertando y pensó en el día que tenía por delante. Iría a trabajar y en el descanso de la comida debía visitar al óptico para recoger las nuevas gafas que había encargado una sema antes. Era jueves por lo que cuando saliera del trabajo, después de ocho incansables horas, debería visitar el gimnasio, donde se tonificaba desde principios de año. El hecho de analizar el día era tranquilizador, no soportaba pararse demasiado tiempo a pensar.
Se arregló como cada día. Su traje negro impolutamente planchado la esperaba colgado de una percha en el armario, la camisa que se pondría ese día estaba cuidadosamente doblada sobre la mesa. Al mirarse al espejo recordaba como cuando era apenas una adolescente su madre reprochaba diariamente su descuido con la ropa y ahora, cuando vivía sola se había visto obligada a ordenar cada día la casa y todo lo que en ella había.
Mientras se peinaba pensaba en el futuro y en el pasado. El sueño que había tenido la había alterado. En él aparecía siendo una viejecita llena de arrugas, postrada en una silla de ruedas y sola, completamente sola. Desde muy joven había mostrado un patológico miedo al compromiso que le había supuesto dejar escapar a varios pretendientes muy valiosos. Esta vez estaba alargando la situación, él quería casarse y formar una familia pero ella no se sentía preparada por lo que se habían tomado un tiempo. Ambos en el fondo sabía que ella no cedería, en ese tema no y que tendrían que poner punto y final a aquella relación, pero ella no quería verse sola. Y allí estaba aún su ropa esperando que pasara a recogerla para desaparecer para siempre de su vida, uno más. Pero él era diferente, la quería y ella a él.
Pensaba en cómo se habían truncado muchos de sus sueños por conseguir la estabilidad que ansiaba. Atrás quedaba el espíritu viajero propio de su profesión y las largas jornadas en la calles, lejos de la oficina, buscando la noticia más pura, junto al público. Quizá tenía una casa y un sueldo fijo al mes pero echaba de menos algunas de esas cosas, alguno de esos riesgos.
La vida no la había tratado mal, tenía todo lo que podía desear y era bastante feliz, pero la plenitud nunca es completa. Notaba un vacío, algo faltaba y no podía decir con exactitud qué era. Llevaba notándolo desde su último cumpleaños cuando todos sus amigos la sorprendieron con una fiesta escondida. Allí estaban todos, casados y algunos incluso con hijos. Unos pasaban penurias para llegar a final de mes con dos colegios que pagar, otros tenían caras de sueño ya que los pequeños no les dejaban dormir pero aún así parecían felices. Y allí estaba ella, sola por elección, contemplándoles y muriéndose de envidia.
Cerró el bote de rimmel, no quería seguir pensando en eso, hacía que se sintiera más desdichada. Entró a la cocina a rescatar su paquete de chicles y vio la nota en la nevera que decía que debía llamar a su hermana. Llevaba varios días evitando la llamada, sabía que su hermana había hablado con él y la intentaría convencer para que se comprometiera. Pero ella no sabía nada, su vida siempre había sido idílica en el amor. Había encontrado a su amor con apenas catorce años y aún seguían juntos. Formó una familia feliz como las de las películas y vivía una vida muy familiar, comía cada día con su madre y su padre y por la noche cenaba con su marido y sus hijos. Por supuesto que la envidiaba, pero era su hermana y se lo había montado muy bien.
Ya estaba lista para salir, cogió el bolso y buscó las llaves del coche, pero entonces se acordó. Él había llevado el coche al taller el día anterior, antes de irse, un problema en los frenos había dicho, así que hoy viajaría en tren. No tenía nada en contra del transporte público, pero sabía que por la hora que era llegaría tarde. Bajo aprisa las escaleras y entro en la boca de metro donde viajaría hasta la estación de RENFE.
El metro llegó en seguida y pudo coger el tren puntualmente. Mientras estaba allí sentada seguía pensando en él. Quería formar una familia con él, pero tenía miedo al fracaso, a no ser suficientemente perfecta para hacerlo, a no hacerle feliz... Iba pensando todo esto cuando de repente un pitido quebró sus oídos y se vio en el suelo. No entendía que había pasado, estaba sorda, algo había explotado, no podía moverse y un dolor inmenso ocupada el espacio donde habían estado sus ojos. Notó como un líquido viscoso salía de su oreja. Intentó levantarse pero no disponía de fuerzas, además algo había atravesado su pierna. Intentó escuchar algo pero el pitido no se lo permitía, pero en el fondo sabía que había ocurrido algo grave, sentía pasos de un lado hacía otro y sus años como periodista destinada en catástrofes le permitían distinguir el caos que se producía a su alrededor.
En esos momentos no se paró a pensar en cómo salir de allí, era muy consciente de que eso ya era imposible, había perdido demasiada sangre y la hemorragia cerebral era muy fuerte. En sus últimos instantes de vida quiso casarse con él, vio como sería su familia y no tuvo miedo, sabía que estaría a la altura. Con ese último pensamiento cerró los ojos y se sumió en la oscuridad y el silencio eternos, con una sonrisa en la cara y allí quedó bajo el esqueleto metálico de un tren que estalló llevándose su futuro por delante.
En su piso quedaba el papel que avisaba de la llamada a su hermana que jamás realizó, la ropa que él jamás se llevó, en la óptica las gafas que nunca pudo recoger, su mesa vacía con documentos que jamás entregó, el gimnasio vacío ya que ese día cerró y las llaves del coche, reparado desde la noche anterior en el buzón.
Quizá decidió demasiado tarde y nadie se enteró, pero en el fondo de su corazón el día de la despedida él sabía cuál había sido su último pensamiento y sus corazones estuvieron siempre juntos. A pesar de todo él sabía con certeza que nunca jamás nadie los separaría.
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