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viernes, 19 de noviembre de 2010

La chica del acantilado

Es una gota de arena la que crea el mar y un minúsculo grano de arena el que forma el desierto más grande del mundo. Es una pequeña piedra la que construye un acantilado y una hierba en el lugar adecuado la que hace que surja una pradera. Es una pequeña semilla, inapreciable para el ojo humano, la que se asienta en el corazón y hace que florezca algo, a veces ese algo es una bonita flor, grande y vistosa, otras, por el contrario es un pequeño cactus que pincha a quien lo toca.
Al escribir esto imagino a una chica vestida con un blanco vestido de raso que se agita con el viento, sentada de espaldas en un acantilado junto al mar. Veo la luna, reflejando su brillo sobre el inmenso océano y de fondo una melodía, quizá una vieja pieza para violines o un solo de piano. Una chica con la vista perdida en el horizonte sintiendo cada fenómeno atmosférico sobre su piel, el viento, la brisa...
Y allí pensaba, se preguntaba por lo vivido, el por qué del dolor que él le había hecho. No entendía cómo la vida puede cambiar tanto en tan poco tiempo. Había apostado todo lo que tenía a una sola carta ante su convicción de que iba a ganar y ahora se había quedado sin nada. La nada no era tan suculenta como se había imaginado, allí no estaba ninguno de sus amigos, ni su familia, había arriesgado todo y no había recibido nada.
Sola, así es como se sentía ahora, sola y abandonada. La decepción tomaba cada uno de sus músculos y agarrotaba su corazón. Nunca se había entregado con tanta pasión y desinterés, é había sido todo para ella y ahora ya no estaba. Todos se lo avisaron y ella no quiso ver, no quería creer que el centro de su mundo no la quisiese, no podía hacer caso a todo eso porque no quería.
Y el tiempo les dio la razón, él se marchó de la misma forma que había llegado, arrasando todo a su paso y dejando a su paso caos. Los trozos de su corazón caían a su lado, afilados y ensangrentados por el reciente dolor y allí esta ella, de nuevo sola, pero esta vez nadie había acudido a consolarla.
Esa imagen se va esfumando de mi mente y me veo a mí misma, sola en esta habitación, rodeada de fotos que demuestran que existió y no fue un sueño. Lloró porque sé que es lo único que puedo hacer, llorar, la indecisión ha supuesto que le perdiera a él y que el resto del mundo se fuera.
En este punto las disculpas no sirven y las demostraciones son demasiado débiles y efímeras. He metido la pata hasta el fondo y me he hundido en mi propio egoísmo, en mis mentiras y en mis errores. No supe ver el camino correcto ni conseguí elegir bien, una vez más me equivoqué, para no variar, para continuar con la rutina. La diferencia es que está vez nadie estaba para levantarme, todos se habían cansado y se habían marchado. Yo soy la chica del acantilado, una vez más, demasiado perdida como para ver con claridad, demasiado orgullosa para pedirperdón.

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