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viernes, 29 de octubre de 2010

Vacunada

Cuando nos vacunan contra la gripe lo que realmente están haciendo es introducirnos virus para que nuestro cuerpo genere anticuerpos contra ellos. Podemos vacunarnos contra muchas enfermedades y, en la mayoría de casos, evitar padecerlas; pero existen otro muchos casos en los que terminamos desarrollando efectos secundarios o los virus se vuelven más poderosos y nuestro cuerpo no puede eliminarlos.
En el amor ocurre lo mismo, cuando vemos una enfermedad inminente nos vacunamos para inmunizar nuestro frágil corazón, esperamos permanecer impasibles ante el problema que venga y así evitar el dolor. Pero hay veces que esas vacunas se vuelven en nuestra contra, o muchas otras, el virus ha mutado y no hay vacuna que valga contra él.
Creemos que podemos enfrentarnos a eso que nos da tanto miedo porque pensamos que está superado, y cuando llega el momento descubrimos como las viejas heridas del pasado se van abriendo lentamente y vuelven a sangrar. En esos momentos nos damos cuenta de lo ingenuos que somos, caemos en la cuenta de que padecemos adicción al dolor.
Y es que las heridas pueden llegar a cicatrizar y cerrarse por completo, pero necesitan mucho tiempo y los humanos no estamos dispuestos a esperarlo y arriesgamos. Los puntos que las cerraban se desprenden y caen y volvemos a recordar ese dolor que nos mantenía inmóviles y decaídos. Pero, en el remoto caso de que dejásemos cicatrizar esa brecha, seguiría produciendo dolor, una punzada que nos doblaría en el momento.
Desde casa todo es diferente, delante de un ordenador nos colocamos el traje de superhéroe y nos vemos capaces de enfrentarnos a todo, pero la realidad llega a nuestra vida en forma de criptonita y nos priva de nuestros poderes. Nos volvemos frágiles, lloramos de infelicidad de nuevo y recordamos cosas que prometimos olvidar. Desempolvamos pensamientos que juramos no volver a tener.
Toda la madurez y experiencia que creíamos haber obtenido se queda en una ilusión óptica provocada por la seguridad que provoca la distancia. Lo que creíamos haber logrado se convierte en un montón de escombros, restos de un rascacielos sin cimientos. La página pasada retrocede y volvemos a leer una y otra vez el mismo capítulo de siempre y, aunque ya sabemos el final y lo que daña, esperamos que esta vez sea diferente, que pueda cambiar.
Y mientras las ciudades edificadas en nuestro corazón son desoladas por terremotos, huracanes y maremotos se van creando nuevos muros de hormigón a base de expectativas. Paredes que nos resultan familiares por la cantidad de veces que chocamos contra ellas, pero aún así preferimos seguir llenándolas de esperanzas que derrumbarlas y ver lo que hay detrás.
Dicen que "el corazón tiene razones que la razón no entiende" y quizá por eso una parte de nosotros quiera seguir alimentando el "puede ser". Pero sabemos que no debemos, que eso ya lo hemos vivido y no hemos sido feliz, el problema es que no sabemos como cambiar de dirección, como librarnos de la fuerza de gravedad del corazón, como ser felices sin eso. Necesitamos que alguien nos aconseje y nos regañe para sentir que lo estamos haciendo mal. Quizá eso no cambie las cosas pero queremos que nos digan que estamos equivocados y así el malestar que sentimos se hace más llevadero.
Todos estos pensamientos son los virus de esa pequeña jeringuilla que insertó un día ese virus en nuestro cuerpo, que lo dejó crecer esperando que nuestro cuerpo reaccionara luchando contra él. Pero no esperaba que nuestro ser se rendiría ante él, dejándonos expuestos a un dolor más fuerte contra el que no hay antibiótico que lo desarme, crece y crece sin que podamos hacer nada.

Si quieres algo déjalo libre, si regresa es tuyo, si no, realmente nunca lo fue


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