-->

martes, 31 de enero de 2012

Tormenta en Madrid

Vivo en un mundo en el que no hay lugar para la calma y la tranquilidad, en el que si te paras a respirar tres segundos después de correr una gran carrera, alguien te pisará sin ningún tipo de miramiento. La vida se vive deprisa, si tiempo para pensar, a veces, incluso, sin tiempo para sentir. Cada día es un conjunto de batallas que luchas por inercia, sin recordar muy bien qué te llevó a emprender esa cruzada.

Me descubro en una calle viendo pasar la gente, los coches, y el tiempo a mi alrededor como una escena de película en la que todo avanza a cámara rápida mientras el protagonista intenta averiguar quién es. Miles de personas se deslizan junto a mí como autómatas sumidos en sus circuitos, maquinando negocios, añorando sentimientos, introducidos en el software de sus teléfonos móviles.

Hace algún tiempo que he perdido la esperanza en las personas y en esta ciudad que, tan pronto te muestra su cara más amable, como te envía de una patada a la más profunda decepción. Nadie parece preocuparse por nadie, no hay tiempo, hay que conseguir metas que no se desean por medios que no nos hacen felices.

Y entre todo aquel bullicio en el que no se entendía una sola palabra llegó el silencio. Una fuerte tormenta estalló en el cielo de Madrid. Truenos, relámpagos, llovía como si el agua intentase limpiar el egoísmo y sustituirlo por calma, esa paz que viene después de la tempestad. Era justo lo que aquel lugar necesitaba.

Me recordó tanto a mi vida, a esos días en los que la tristeza y la desmotivación habitaban junto a mí y, de repente, llegó mi particular tormenta: tú. Alteraste cada minuto de mi día, me hiciste llorar y correr, grité, te quise y te odié. Viví unos meses entre tu fuerza y la persona que ésta me hacía ser a mí.

Pero justo cuando iba a comenzar a llover en mi vida te fuiste sin que el agua se pudiese llevar todo lo que me impedía ser yo misma. El caos reinó en mi cuento de nuevo porque tú no dejaste que aquella tormenta terminase, porque zanjaste todo sin buscar un punto o, al menos una coma para detenerlo de la mejor forma.

La lluvia que caía sobre Madrid se metió en mi cuerpo y en mi corazón. En aquel momento no me sentí mal. Acepté el mundo en el que vivía y me di cuenta de que cada uno tenemos demasiadas cargas encima como para responsabilizarnos de las de los demás. Pero, sobre todo tuve esperanza porque sabía que, tarde o temprano, esa lluvia ansiada viene y se lleva lo malo.

El cielo no se sostiene oscuro eternamente, en algún momento  las nubes llegan al límite de sus fuerzas y sueltan esas pequeñas gotitas que tanto necesitamos. Yo, por mi parte, puedo decir que sigo esperando que su tormenta vuelva  y llueva como nunca antes lo hizo. Y así, poder refugiarnos en la calma de después.

No hay comentarios:

Publicar un comentario