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domingo, 5 de febrero de 2012

El corto...

Intentar sacarle una moraleja a algunos cuentos se plantea como una tarea complicada. No se puede decir qué se ha aprendido cuando las lágrimas de dolor cubren tus ojos y cierran tu garganta con un fuerte nudo. Mirar el lado positivo y recoger los trocitos de tu corazón son tareas que, a menudo, hay que realizar a la vez, inseparables, pero que son demasiado incompatibles.

En esos momentos en los que el "The end" cubre la pantalla, intentas buscar un apoyo entre tus amigos y te das cuenta que muchos han abandonado la historia hace tiempo. Te sientes rodeado de gente pero, entre ellos, no encuentras una mirada cómplice que te acoja y te haga pensar que todo va a ir bien.

Aún resuena en tu cabeza ese último punto y final, tajante, sin opción a continuaciones. Quieres gritar que estás ahí, que necesitas un abrazo o un beso pero no logras ni susurrar. Te gustaría tirarte al suelo y patalear, abandonar la partida antes de perderlo todo, pero tu orgullo actúa como lastre. La vergüenza de reconocer que necesitas ayuda, de descargar un segundo los problemas de los demás y hacer hueco a tus propios sentimientos, es demasiado poderosa.

Te das cuenta de que el tiempo no pasa, que lo que a ti te han parecido meses solo han sido días, que las heridas no hacen amago de cicatrizar. La rabia del que da sin recibir te inunda y sientes que es injusto, que mereces una oportunidad de ser feliz, de seguir adelante. Lo has intentado, has puesto de tu parte para salir del hoyo y el lodo te traga cada día un poco más.

Y mientras, los créditos siguen apareciendo. Personajes ordenados alfabéticamente. El director, el productor y el guionista encabezan la lista de nombres en la que tú no figuras. Es curioso, no eres el protagonista de tu propia vida, no la diriges y ni siquiera eres tú el que piensa lo que dices. Por no tener iniciativa te ves viviendo en los zapatos de otro y la presión comienza a ahogarte.

Pero justo en el momento en el que las páginas en blanco donde solías escribir tu vida se han acabado y en el que la soledad te hace plantearte cuáles son tus metas, encuentras otro cuaderno completamente en blanco. Una nueva opción de comenzar que no puedes desperdiciar a tu antojo porque, raras veces, la vida da segundas oportunidades.

Aún así, sabes que no puedes volver a escribir tu historia en esas páginas, que necesitas tiempo para crear otras nuevas y, cuando estés listo, comenzarás de nuevo, esta vez manejando tus propios hilos. Otros personajes, argumentos diferentes  y, sobre todo, una conclusión distinta, mejor.

Un final en el que la protagonista no llore cada noche, en el que haya hueco para el "Fueron Felices", en el que las palabras grises se vuelvan rojas, azules y verdes, en el que "desear" valga para "tener" pero no implique "poseer". En definitiva, una historia que te haga feliz. Y esta vez te tocará a ti reír por todo lo que ya has llorado.

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