Decepción es lo que sientes cuando habías puesto todas tus esperanzas sobre unos únicos hombros y estos no han sido capaz de sostener la carga. Decepción es no poder mirar a alguien a los ojos por miedo a que una sola mirada pueda engañarte. Decepción es soltar la mano a la que siempre te agarraste con fuerza, para no perderte.
Una persona que no te importa, jamás puede desilusionarte, no hay confianza, no hay cariño, no hay ningún vínculo que pueda romperse. En cambio, son los lazos que más cuidamos los que resultan más sensibles. Puedes estar forjando una relación años y que baste un segundo para que se venga abajo como el castillo de naipes más susceptible al viento.
Pero más sorprendente que la decepción es su contrario, es la esperanza, el entusiasmo, la sorpresa más grata. Lo mejor de la desilusión son los tintes de colores que parecen entre ella, la gente que se convierte en importante, las sonrisas de ánimo y esa luz potente que aparece en la oscuridad.
Hay veces que tienes que esperar a esa decepción para ser capaz de ver lo bueno que permanece. Algunos días en los que las palabras negativas inundan tus pensamientos y conversaciones, descubres que todavía hay hueco para la gente que de verdad importa.
Cada día entran en tu vida muchas personas. La mayoría salen al instante y a muchos ni los recuerdas. Otros se quedan un tiempo y salen a lo grande, causando demasiado dolor, o lo hacen por la puerta de atrás, sin armar demasiado escándalo, para que no te des cuenta. Pero hay unos cuantos, los menos, que se quedan para siempre, de una manera o de otra, no te abandonan.
Y son esos los que más pueden desilusionarte, los que más daño te pueden hacer y todos somos consciente de ello y aún así apostamos por esas relaciones. Quizá nos guste demasiado sufrir o, simplemente, todos los buenos momentos compensen ese instante.
La verdad creo que no existe la decepción absoluta. El que te hace daño hoy es el que te ilusionó ayer, el que construyó una relación de confianza, el que te hizo feliz y con el que jugaste muchas veces a soñar. Por mucho que nos sintamos desolados recordamos los buenos tiempos y tenemos fe en las personas.
Es ese sentimiento el que nos permite seguir adelante, el que matiza el negro y lo convierte en gris, el que nos despierta en medio de una pesadilla, el que nos da oxígeno cuando nos estamos ahogando, en definitiva, el que no permite vivir.
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