Neruda escribió una vez: "en un beso, sabrás todo lo que he callado". Hay veces que las palabras adecuadas se atrincheran en lo más profundo de nuestra garganta y se niegan a salir. Esas frases jamás pronunciadas resuenan en nuestras cabezas durante mucho tiempo, a veces demasiado, y van creando una herida excesivamente profunda, imposible de curar.
Algunas de esas frases permanecen ahí, en el recuerdo, clavándose como afilados cuchillos del remordimiento por no ser pronunciadas. Otras, en cambio, corren mejor suerte. Se evaporan, se las llevan los gestos que hablaron por ellas, que dijeron más que páginas enteras escritas.
Miradas, caricias, sonrisas que por sí mismas alivian, siendo capaces de aligerar la carga que con palabras no podemos. El beso de Neruda, un gesto capaz de narrar numerosas historias en el escaso segundo que dura, un beso de amor que derrite el hielo o un beso de un amigo que te hace sentirte querido, comprendido. Y, por supuesto, esas gotitas de agua que salen de nuestros ojos, lágrimas de alegría, de rabia, de dolor...
Pero, es el silencio, muchas veces, el único capaz de calmar ese nudo de palabras que jamás se harán escuchar. Silencios que dicen demasiado, que llenan conversaciones vacías, que te golpean como un puño de hierro y, sobretodo, que te hacen comprender.
Es el silencio uno de nuestros más fieles aliados. Nos abrazamos a él cuando lo que podemos decir es demasiado difícil o es capaz de hacer daño a la gente que nos importa. Castigamos a las personas con el silencio más cruel y nos acompaña en los momentos de tensión más cruda.
Muchas veces sabemos que es mejor callar y nos obligamos a ello y duele, nos lastima de una forma que nadie llega a comprender. Sentimos como si cada parte de nosotros se rompiese en mil trozos que se esparcen y que, posiblemente, jamás volveremos a juntar. Ese es el silencio de la decepción, del pasar página, del amor que se acaba... y quizá sea el silencio más duro y que más cuesta mantener, pero, sin duda, el más necesario.
Y así el silencio se convierte en nuestro compañero de viaje, en nuestro mayor confidente que recoge nuestros sentimientos en un pequeño compartimento bajo llave. Lo que nunca diremos porque duele demasiado, lo que es mejor no decir, lo que más vale callar, lo que da vergüenza...
Mi saco del silencio está lleno de palabras de disculpa por lo que no hice o dije, de "te quieros" que no me dio tiempo a pronunciar, de frases de agradecimiento por lo que hicisteis por mí... Pero también tiene algún reproche por lo que no me diste opción de demostrarte, algún grito por todo el daño que me hiciste y alguna suplica que no debo dejar salir.
Pero, las palabras que más pesan en mi compartimento son cuatro. Una frase sencilla pero que, por orgullo, por vergüenza o porque, probablemente es lo correcto, siempre permanecerán ocultas tras la barrera del silencio, sin forma, impronunciables. Cuatro palabras que construí especialmente para ti y que, espero que algún día tú puedas pronunciar por mí: Te echo de menos.
"Para toda clase de males hay dos remedios: el tiempo y el silencio" - Alejandro Dumas
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