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domingo, 29 de enero de 2012

Junto a un chocolate

Giraba la cuchara dentro de la taza en el sentido contrario a las agujas del reloj, una manía que tenía desde pequeña. Su abuela solía decirle que lo hacía porque no quería avanzar, tenía miedo a que el tiempo pasase demasiado rápido y esa era su particular forma de frenarlo.

Miraba como la leche blanca se iba impregnando del marrón del chocolate. Le recordaba demasiado a su vida, a cómo se había teñido ella de él, esperando acabar así, unidos para siempre. Pero resultó que su mezcla no era como la leche y el chocolate que se disuelven en poco tiempo. Ella era para él el azúcar, que mientras remueves permanece allí, camuflado, pero que después de un tiempo se posa en el fondo, olvidado.

Cada palabra y cada gesto que él le demostraba ahora, se le clavaba bajo la piel, como pequeñas agujas. Sentía que todavía había algo que le unía a él, algo que le impedía marcharse, unos hilos invisibles que creía haber cortado semanas atrás. Lo peor era que sabía perfectamente que debía dejar todo aquello atrás si quería reconstruir su corazón.

A veces, cuando creía que todo iba bien, se sorprendía mirándole a los ojos. Y allí, aunque todo a su alrededor fuera caos y oscuridad, se sentía a salvo. Al poco tiempo él giraba la cara, quizá con miedo a ser descubierto en sus más profundos anhelos y la tristeza que le hacía llorar cada mañana se volvía a instalar en el corazón de ella.

Estaba cansada de recordar tiempos felices con la impotencia de no poder volver a vivirlos. No quería hablar más de desamores e historias con finales tristes y, en el fondo, confiaba que su cuento de hadas esperaba el momento adecuado para comenzar. Cada mañana antes de abrir los ojos rogaba que él volviese y que dijese: "te he echado de menos" y esa ansiada frase nunca llegaba.

Notaba como cada día libraba una batalla contra sí misma, luchando por sonreír, por no preocupar a nadie con sus tristes pensamientos. Sabía que la gente lo notaba, que, a veces, cuando su mirada se perdía en otro universo, alguien la contemplaba preguntándose qué estaría pensando.

Entonces, empezó a girar la cuchara en el sentido en el que gira el tiempo, en la dirección en la que pasan las horas. Se acordó de su abuela y quiso que, en ese momento, los minutos comenzaran a pasar más rápido. Rezó para que el reloj se detuviese, de nuevo, en un día mejor en el que se pudiera reír de las lágrimas del ayer.

Y así, mientras se bebía el chocolate, miles de pensamientos de corazones rotos descendían también por su garganta y se instalaban en el estómago. Las lágrimas, sus amigas íntimas en los últimos tiempos, regresaron a sus ojos y allí permanecieron largo rato, hasta que poco a poco ella se durmió.

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