-->

martes, 24 de enero de 2012

Una historia para un amigo

Una vez más le he descubierto mirando por la ventana de un tren que nos balanceaba de camino a casa. Veía la noche y se sumía en ella, la oscuridad le abrazaba y recibía como a un viejo conocido. Con la mirada perdida en los tonos más azulados y violáceos era incapaz de ver los blancos y amarillos de las luces que, a pesar de las horas, recordaban que la ciudad estaba viva. Al bajarnos  en el andén, un escalofrío me ha recorrido todo el cuerpo y, después de mucho tiempo, he vuelto a sentir ese miedo en su cara.

Hay muchas situaciones que nos dan miedo: las que nos causan dolor físico, las que dañan a nuestros seres queridos, las que nos lastiman el alma... Muchas de ellas solo nos atemorizan por instinto, por supervivencia. Pero lo que veía en él en ese momento, iba  más allá de sufrimientos de cualquier tipo, era miedo a la nada.

Temía no sentir nada, ni bueno ni malo, no ser capaz de alegrarse por los demás ni siquiera por sí mismo, no poder sentir cariño por la gente que, durante años, había sido importante para él, relegar al olvido a personas importantes. Tenía miedo de haber gastado sus lágrimas en causas perdidas, de haber agotado su cupo de entrega y recogida de amor, de pasar los días esperando que se acabasen, de no tener energía para caminar un solo paso más.

En silencio buscó su reflejo en un cristal y lo contempló lentamente. Allí no estaba él o, por lo menos, no la persona que yo recordaba. Su mueca no denotaba el menor signo de expresión. Recordaba más bien una de esas cara de muñeco, de mirada perdida y sonrisa artificial, destinadas a pasar la eternidad en manos de otros.

Sé que interiormente quería llorar, sé que todavía había un resquicio de humanidad en él que le oprimía el corazón y le impedía respirar. Pero también era consciente de que no se sentía triste, sabía que no tenía motivo.

Frente a aquel cristal de la estación se debatía en una batalla interna que creía haber vencido hacía años. Se levantaba por la mañana como un autómata, iba a clase y trabajaba solo por el hecho de que "debía hacerlo". No recordaba ya cuando fue la última vez que sonó el despertador y, al apagarlo, sintió que merecía la pena vivir aquel día, por algo, por alguien o por él mismo.

De repente cerró los ojos, con fuerza, como queriendo alejar todo ello de él y mandarlo lejos. La nada no era un gran compañero de viaje, te hace olvidar y te relega a la oscuridad. Te convierte en una persona que juraste no ser y te sostiene del cuello, con los pies en alto, hasta que dejas de respirar para siempre y te traga entre sus tinieblas.

Volvió a despegar los párpados  y se giró para mirarme, parecía acabar de darse cuenta de que yo aún seguía ahí. Sus ojos, antes inexpresivos ahora mostraban un brillo más familiar. Me recordaba a aquel niño pequeño que se acababa de manchar los pantalones limpios de tierra y regresaba a casa esperando una regañina.

Tal y como hubiera hecho ese niño, su versión adulta comenzó a llorar. Se sintió querido y solo a la vez, bien y mal, egoísta y generoso. Pero, sin duda, si algo sintió en aquel momento, con aquellas lágrimas cargadas de la nada que le habían asfixiado todo aquel tiempo, era alivio y consuelo por lo que ya no guardaba en su interior, por lo que ya no le destruía.

"Conserva tus sueños, nunca sabes cuando te harán falta". Carlos Ruiz Zafón - La sombra del viento

No hay comentarios:

Publicar un comentario