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martes, 17 de enero de 2012

F.E.L.I.C.I.D.A.D

Es extraño, en estos días en los que las palabras tristes ocupan la parte fundamental de las conversaciones, sorprenderme sonriendo al recordar determinadas cosas. Mi mirada se pierde entre folios, partituras y canciones de fondo y viaja en el tiempo hasta otros tiempos, no demasiado lejanos.

Me escondo en esos momentos felices, cierro los ojos y los aprieto con fuerza para quedarme en ese lugar para siempre. A veces, lucho tanto por no abrirlos que alguna lagrima se escapa, deslizándose perdida por una mejilla. Y allí, en la tierra donde los colores deslumbran por su pureza, permanezco inmersa unos instantes.

Rostros borrosos se perfilan, poco a poco, en situaciones en las que las risas resonaban por encima de cualquier otra cosa. Gestos de complicidad que fueron el punto blanco en el folio negro, manos que se entrelazaban sin miedo, miradas que sonreían y sonrisas que mostraban más allá de todas las palabras.

Lugares que han permanecido impasibles al tiempo en mi cabeza, con sus playas y sus rocas, con sus edificios y sus árboles. Parece que estoy caminando entre ellos, pensando exactamente lo que pensaba al pasear por ellos la primera vez. Mientras, auténticas bandas sonoras se incluyen entre los minutos de esos instantes.

Al despertar de ese ensimismamiento me choco de bruces con una realidad en la que la palabra felicidad parece un recuerdo muy lejano, de otra época que no estoy segura haber vivido. Pero, justo cuando estoy a punto de sumergirme en la amarga rutina, descubro algo que me hace creer que sigue siendo posible la felicidad para mí.

Esperanza, tres partes de fe por una de realidad. Un presentimiento de que todo se va a solucionar, de que el equilibrio que nunca se debió perder  vuelve a colocar toda mi vida en su sitio. Y ya  con los ojos abiertos descubro que la música no se ha parado, sigue sonando cada vez más cerca, lo que me hace darme cuenta de que nada ha sido un sueño.

Con esa sensación vuelvo a cerrar los ojos pensando esta vez en el presente y en el futuro, en lo que ha de ser y será, en lo que me espera... Una vez más, mi conciencia abandona mi cuerpo y divaga entre cada una de las letras de la palabra felicidad pero dejando bien firmes los pies en el suelo y mi brújula, como siempre, marcando el norte.

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